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Relatos Ardientes

Una semana en Vietnam: confesión de un viaje sin límites

3.3 (37)

Roberto llevaba cuatro días en Nha Trang cuando decidió que las cosas tenían que cambiar. Las noches anteriores habían terminado mal: conversaciones que prometían algo y no llegaban a nada, la frustración acumulándose como una deuda silenciosa, el ventilador del hotel girando en el techo mientras él daba vueltas sin poder dormir.

El quinto día salió temprano, antes de que el calor apretara demasiado, y se sentó en una terraza de madera frente a la playa a comer. Langostinos fritos con salsa de tamarindo, una cerveza Saigon helada. El ruido de las motos al fondo, el olor a sal y aceite quemado desde la cocina abierta. Comía despacio, sin prisa, mirando a la gente pasar por la calle junto al mar, cuando la puerta del bar se abrió y entró ella.

Era diferente a todas las mujeres que había visto hasta entonces. Más alta que la mayoría, con el pelo negro largo y liso cayéndole sobre los hombros, una camiseta ceñida que marcaba unos pechos grandes y naturales, un culo redondo con un movimiento propio cuando caminaba. Se sentó sola en la mesa de al lado, pidió algo de beber y miró el mar con una sonrisa tranquila, como alguien que no tiene prisa en ningún sitio.

Roberto pidió otra cerveza. Esperó. Y después se levantó y se acercó.

Se llamaba Linh. Hablaron con ese inglés mezclado de gestos que funciona mejor de lo que parece. Linh tenía la paciencia de alguien acostumbrado a explicar las mismas cosas muchas veces sin aburrirse. Cuando Roberto empezó a insinuar qué buscaba, ella no se anduvo con rodeos.

—Depende de lo que quieras, cariño. Una hora, veinte dólares. La tarde entera, ochenta. Noche completa, ciento cuarenta.

Roberto lo pensó exactamente tres segundos.

—¿Y todo el día y toda la noche?

Linh lo evaluó de arriba abajo con calma, con esa mirada que calcula antes de responder.

—Ciento ochenta. Y te aviso ya: no vas a poder con tanto.

Roberto sonrió. Era exactamente la clase de desafío que necesitaba oír.

***

Cerraron la puerta de la habitación y por primera vez en cuatro días Roberto se relajó del todo. Linh se sentó en el borde de la cama con la calma de alguien que sabe exactamente lo que hace, y lo miró mientras él se quitaba la camisa.

Roberto fue directo. Se arrodilló entre sus piernas y empleó tiempo en ir despacio: lengua plana primero, abriendo los labios con los pulgares, lamiendo desde abajo hacia arriba sin ninguna prisa. Metía la lengua dentro, la sacaba, subía al clítoris y lo succionaba suave, luego volvía a empezar. Aprendiendo el ritmo que hacía que la respiración de ella cambiara.

Linh tardó menos de quince minutos en abandonar la expresión serena de profesional. Le enterró los dedos en el pelo y tiró hacia abajo con más fuerza de la que él esperaba.

—Nadie me había chupado así —dijo entre dientes. Sonó a sorpresa genuina.

Roberto levantó la vista desde abajo.

—Esto es solo el principio.

Siguió hasta llevarla dos veces antes de quitarse los pantalones. La primera llegada fue rápida y tensa: Linh agarrando la sábana con los dos puños, los muslos apretando a los lados de su cabeza. La segunda fue más larga, construida despacio desde el principio, con un grito que rebotó en las paredes de la habitación y que Roberto sintió directamente en la boca.

Cuando por fin se puso encima de ella y la penetró despacio, Linh soltó un sonido largo que no era profesional. Tenía las manos apoyadas en el pecho de él y lo miraba con los ojos entrecerrados, moviéndose despacio al principio, luego más rápido cuando él empezó a marcar el ritmo desde abajo.

—Eres demasiado para mí —dijo al rato, entre jadeos.

—Llevamos menos de dos horas —respondió él, empujando más profundo—. Queda mucho día.

Lo que siguió duró otra hora larga. Linh a cuatro patas al borde de la cama, las caderas sujetas con fuerza, el sonido de la piel contra la piel y el chirrido del colchón mezclados con sus jadeos. Luego encima de él, moviéndose con una concentración que Roberto no esperaba. Llegó tres veces más antes de que él acabara. Cuando por fin lo hizo, Linh se desplomó boca abajo sobre el colchón y no se movió durante varios minutos.

Después de un rato largo en silencio, se giró y lo miró con una expresión que Roberto no supo descifrar del todo.

—Voy a pedirte que te quedes hasta mañana —dijo él.

—Ya lo sé —respondió ella—. Lo vi venir desde la terraza.

Cenaron en la terraza del hotel: arroz frito con gambas, dos cervezas frías. Linh comió con apetito, como alguien que ha trabajado de verdad. Antes de irse, en la puerta, se giró con una sonrisa pequeña.

—Mañana a las diez te mando a alguien. La mejor que conozco en todo el pueblo. Aguanta más que yo y sabe hacer cosas que yo no sé.

Roberto le dio el dinero, más propina, y durmió ocho horas seguidas como hacía meses que no dormía.

***

A las diez menos cuarto del día siguiente, llamaron a la puerta.

Kim tenía una presencia que era difícil de ignorar: un culo gordo y redondo que se marcaba en los shorts cortísimos, pechos grandes con pezones oscuros visibles bajo la camiseta fina, los labios carnosos con una sonrisa que prometía algo específico. Entró en la habitación con la tranquilidad de alguien que sabe exactamente cuánto vale.

—Linh me dijo que eras especial —dijo, mirándolo de arriba abajo—. A ver si tiene razón.

Ciento cincuenta dólares por el día completo.

Kim se arrodilló y durante los primeros veinte minutos aplicó una técnica con la boca y las manos que Roberto no había visto antes: mano en la base apretando y girando despacio, lengua presionando en el punto exacto debajo del glande en cada subida. Chupaba con fuerza, metiendo la polla hasta el fondo de la garganta y volviendo despacio, sin arcadas, con los ojos clavados en él todo el tiempo. Roberto tuvo que apartarla dos veces antes de acabar.

—Para —dijo la segunda vez, tirándola del pelo hacia atrás—. Me haces acabar ya y perdemos todo el día.

Kim lo miró desde abajo con los ojos brillantes.

—Entonces dime qué quieres.

Lo que siguió fue diferente a la noche anterior. Kim no era pasiva: dirigía, decidía el ritmo, cambiaba de posición antes de que él se acostumbrara a ninguna. Lo cabalgó durante más de una hora con una energía que Roberto no recordaba haber visto en mucho tiempo. Llegó encima de él dos veces, la segunda tan intensa que tuvo que morder la almohada para no gritar demasiado fuerte.

Luego lo puso boca abajo.

—Relájate —dijo, con una voz más baja. Más seria—. Confía en mí.

Roberto no entendió qué estaba haciendo hasta que ya lo estaba haciendo. Un dedo al principio, solo la presión suave en el borde, luego un movimiento circular que le envió una descarga eléctrica desde la base de la columna hasta los hombros. Se tensó entero.

—¿Qué...?

—La próstata —dijo Kim, con la paciencia de alguien que ha explicado esto antes—. Primera vez, ¿verdad?

Roberto no contestó. No podía hablar.

Kim trabajó durante veinte minutos con una precisión metódica: los dedos dentro ajustando la presión y el ángulo, la boca en la base marcando un ritmo paralelo, leyendo cada cambio en la respiración de él para subir o bajar la intensidad. Cuando Roberto llegó, el orgasmo empezó desde un sitio más profundo que cualquier cosa que hubiera sentido antes. El cuerpo entero convulsionándose, las piernas temblando solas, un sonido saliendo de su garganta que no reconoció como suyo.

Se quedó boca abajo sobre el colchón sin moverse durante un rato largo.

—¿Qué acaba de pasarme? —dijo al final.

Kim se limpió las manos y le dio una palmada suave en la espalda.

—Un orgasmo prostático. Bienvenido al club.

Roberto soltó una risa corta contra la almohada.

—¿Por qué nadie me había dicho que esto existía?

—Porque la mayoría de los hombres tienen miedo de preguntarlo —respondió ella, subiéndose a la cama y apoyando la cabeza en su hombro—. Descansa un rato. Que todavía queda tarde.

***

A las nueve de la noche, Kim recibió un mensaje en el móvil y levantó la vista hacia Roberto con una ceja arqueada.

—¿Tienes energía para más compañía?

Una amiga suya estaba en el bar de abajo. Quería conocerlo.

Jade llegó veinte minutos después: alta, los pechos grandes casi salidos de un top negro, el culo redondo y alto que se movía con una gravedad propia cuando caminaba, los labios pintados de rojo oscuro. Se presentó besándolo en el cuello antes de decir su nombre, y Roberto entendió de inmediato por qué Kim la había llamado.

Doscientos dólares por las tres, el resto de la noche.

Lo que pasó en esa habitación durante las tres horas siguientes habría sonado a exageración si alguien se lo hubiera contado antes. Las dos mujeres se turnaban con una coordinación que parecía natural, sin señales visibles entre ellas. Kim con la boca mientras Jade lo montaba, luego al revés, luego combinaciones que Roberto no habría imaginado por su cuenta. Las dos también se tocaban entre ellas con la misma tranquilidad que lo tocaban a él, sin pudor, como parte evidente de la misma cosa.

En un momento de la madrugada, cuando los tres descansaban sobre el colchón en silencio y el único sonido era el aire acondicionado, Jade se giró hacia Roberto y le preguntó en voz baja:

—¿Te ha gustado lo que te hizo Kim antes?

—No tengo palabras —dijo él.

Jade sonrió despacio.

—Yo también sé hacerlo. Diferente. Más lento. Más adentro. Si quieres, ahora.

Kim estaba tumbada al otro lado, sin decir nada, esperando su respuesta.

Roberto tardó dos segundos.

—Sí.

Lo que Jade le hizo durante los veinte minutos siguientes no era solo técnica: era atención. Cada vez que cambiaba la presión o el ángulo, lo hacía porque había notado algo en la respiración de él, en la tensión de los muslos. Trabajaba despacio, sin ninguna prisa, sin buscar el orgasmo sino construirlo desde abajo, capa a capa, como quien levanta algo frágil que no debe romperse demasiado pronto.

Cuando Roberto llegó, duró casi un minuto. El cuerpo entero temblando, los ojos cerrados con fuerza, los sonidos que salían de su boca sin que él los controlara. Cuando terminó, tenía la sensación de que le habían vaciado algo desde dentro, algo que había estado apretado durante mucho tiempo sin que él lo supiera.

Jade se limpió los labios y lo miró con una sonrisa pequeña.

—Ahora ya sabes por qué la gente vuelve a Vietnam.

Roberto se rio, todavía sin fuerzas para incorporarse.

—Voy a necesitar varios días para recuperarme.

—Tienes cuatro días más —dijo Kim desde el otro lado, sin abrir los ojos—. Nos vemos mañana.

***

Roberto salió al balcón a las cuatro de la madrugada, con una cerveza fría en la mano y las luces de la ciudad abajo. Las dos mujeres dormían dentro: Jade con el pelo extendido sobre la almohada, Kim con un brazo cruzado sobre el vientre. El aire de la noche era cálido y húmedo, con olor a mar y a frituras del puesto de la esquina que nunca cerraba.

Pensó en el vuelo de vuelta. En la oficina. En las conversaciones de los lunes por la mañana donde la gente contaba cómo había pasado las vacaciones.

Decidió que este viaje no se lo iba a contar a nadie.

O quizás, con el tiempo, a alguien de confianza.

O quizás lo escribiría.

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3.3 (37)

Comentarios (9)

Nano

excelente!!!

Partenon

Que relato tan bien contado! me dejo con ganas de saber que paso el resto de la semana

viajero_roro

Vietnam en mi lista hace años y ahora con aun mas razones jajaja. Excelente

mizrahi4

Se nota que es algo real, tiene ese sabor que los relatos inventados no tienen. Mas por favor!

Sandra1282

me encanto!! sigue escribiendo porfavor

Ernesto

Una semana entera... tremendo. Los relatos de viaje siempre son los mejores, algo tiene irse lejos para que pasen estas cosas. Muy bueno.

MarcosBCN

Hize bien en llegar hasta el final. Gracias por compartirlo

Silvieta88

Espero la segunda parte, quede muy enganchada :)

Fernando8090

la terraza frente al mar me pinto la escena perfecta al tiro. Buen ritmo en la narracion

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