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Relatos Ardientes

El día que cedí ante un desconocido en el hotel

Esta es la primera vez que escribo algo así, y lo hago porque necesito sacármelo del cuerpo. Me llamo Daniela, tengo veintinueve años y hasta hace poco me consideraba una chica más bien tímida. Soy de tez clara con un tono apenas dorado, el cabello castaño oscuro y largo hasta la cintura. No estoy delgada: tengo unas curvas que me costaron años aceptar. Caderas anchas, cintura corta, pechos grandes y un trasero que mis amigas siempre me envidiaron. Lo que voy a contar pasó hace tres semanas, y aún cuando me ducho recuerdo cada detalle.

Lo conocí por una de esas aplicaciones donde nadie miente del todo. Se llamaba Bruno, decía tener treinta y siete años y era enorme. No alto sin más: corpulento, ancho, de los hombres que ocupan dos asientos en el metro. En sus fotos sonreía con timidez, casi pidiendo perdón por su tamaño. No sé qué tenía. Algo en sus manos, en cómo escribía, en el modo en que me preguntaba cosas que nadie pregunta. Estuvimos chateando casi una semana antes de que me pidiera vernos.

—¿Reservo yo? —escribió.

—Sí —contesté, y me quedé mirando el teléfono con el corazón latiéndome en las sienes.

El hotel estaba en una avenida que yo evitaba siempre, una de esas zonas que de día parecen normales y de noche cambian de temperatura. Llegué quince minutos antes, di dos vueltas a la manzana y casi me marcho. Pero la idea de no ir, de quedarme con la duda, me pesaba más que el miedo. Subí por las escaleras hasta el tercer piso para ganar tiempo. La habitación olía a sábanas limpias y a algo dulzón que después entendí que era él.

Bruno me abrió con la camisa entreabierta y los ojos brillantes. Era todavía más grande en persona. Cerré la puerta y antes de que pudiera decir nada me agarró la cara con las dos manos y me besó como si llevara meses sin probar a nadie.

—Llevo días pensando en esto —murmuró contra mi boca.

Yo también, aunque no me atreví a decirlo. Sentía sus dedos hundiéndose en mi pelo, su lengua entrando despacio, su aliento caliente. Me empujó suavemente hacia la cama mientras me quitaba el abrigo, después la camisa. Mis manos no sabían dónde apoyarse. Acabé sujetándome a sus brazos, dos brazos que me rodearon como si fuera una niña.

Sus manos me tomaron los pechos por encima del sostén y los apretaron con una fuerza que me dejó sin aire. Bajó la cabeza y se metió uno entero en la boca, sostén incluido. Sentí los dientes a través de la tela, la lengua empujando, y arqueé la espalda sin pensarlo. Cuando soltó el broche, los pechos cayeron contra su cara y él gimió como si le hubieran regalado algo. Esto va a ser largo, pensé.

—Túmbate —me ordenó, sin levantar la voz.

Lo hice. Bruno me bajó la falda hasta dejármela en los tobillos, me miró un segundo entero, y después me arrancó la tanga con dos dedos. Literalmente la rompió. Yo iba a protestar, pero su boca ya estaba entre mis muslos. Empezó por la cara interna, mordiéndome despacio, subiendo. Cuando llegó al centro me pasó toda la lengua, plana y ancha, de abajo arriba, y se me escapó un quejido que ni yo me reconocí.

—Sigue —pedí, agarrándole el pelo.

Y siguió. Diez minutos largos. Me chupó como si supiera exactamente dónde tocar y cuánto presionar. Dos dedos gruesos entraron al final, y la combinación de su lengua con el ritmo lento de los dedos me llevó al primer orgasmo casi sin avisar. Me cerré sobre su mano apretando los muslos en torno a su cara, y él se rio bajito, satisfecho.

***

Me incorporé con las piernas todavía temblándome. Le bajé el pantalón mirándolo a los ojos. Cuando salió su miembro me quedé observándolo unos segundos. No era el más largo que había visto, pero sí el más grueso, y la cabeza era roja, hinchada, palpitando contra su vientre. Tragué saliva de verdad, no de cliché.

Empecé despacio. Pasé la lengua por sus testículos primero, los besé, los chupé uno por uno mientras él respiraba con la boca abierta. Después subí por el tronco, beso a beso, y cuando llegué arriba abrí la boca lo más que pude y me la metí entera. Sentí cómo le golpeaba el fondo de la garganta, cómo le palpitaba sobre la lengua. Le babeaba todo. Bruno me sujetó la nuca con una mano enorme y empezó a guiarme. No empujaba duro, marcaba el ritmo.

—Así, así, no pares —le oí decir lejos.

Le habría seguido un rato más, pero él me apartó tirándome del pelo.

—No quiero acabar todavía. Súbete.

Me subí. Y aquí es donde tengo que confesar algo: yo puedo apretar y soltar por dentro a voluntad. Es algo que descubrí de adolescente y que casi nunca uso, pero ese día lo usé. Le clavé el peso entero de un golpe, sentí cómo me abría como nunca, y me quedé quieta arriba, ofreciéndole los pechos a la boca, apretándolo desde dentro como si lo estuviera ordeñando.

—Joder —dijo Bruno, los ojos cerrados—. Joder, joder.

Empecé a moverme entonces. Lento, profundo, marcando yo el ritmo. Subía hasta dejarle solo la punta y bajaba clavándome entera. Cada vez que tocaba fondo se me escapaba un gemido grave, un sonido que yo no sabía que me salía. Bruno me agarraba las caderas para frenarme, para que no acabáramos demasiado pronto.

Me puso a cuatro patas sin avisar. Me tiró boca abajo, me levantó las nalgas, se acomodó detrás. Yo lo esperé con la cara contra la almohada y los puños apretados. Cuando entró, lo hizo de una sola embestida, hasta el fondo. Grité. No fue un gemido, fue un grito.

—¿Te hago daño? —preguntó, frenándose.

—No pares —contesté—. No pares por nada.

Y no paró. Embistió lento, con golpes profundos, separándome más las nalgas con las manos cada vez. Me dio una nalgada que sonó en toda la habitación. Después otra. Después tres seguidas. Yo le pedía más con la voz quebrada. Las sábanas se me arrugaban entre los dedos.

***

Cambiamos a misionero porque yo necesitaba mirarlo. Le rodeé las caderas con las piernas, le clavé los talones en la espalda, y él se hundió en mí mientras me besaba. Le acaricié la cara, le mordí el labio inferior, le susurré al oído que era suya entera. No lo dije por decir. Lo sentí.

—Me voy a correr —avisó, las venas del cuello marcadas.

—Fuera —le pedí—. No tomo nada.

Salió justo a tiempo. Subió un poco y se descargó sobre mi vientre, sobre mis pechos, hilos calientes que cayeron en cadena. Después usó la cabeza de su miembro para extender lo que había soltado por mi pubis, mirándome con una intensidad que no había visto antes. Se dejó caer a mi lado, me arropó con su cuerpo entero, y nos quedamos así un buen rato, callados, escuchándonos respirar.

Yo creía que ya estaba todo. Me equivoqué.

***

Veinte minutos después le di la espalda y empecé a frotarme contra él, despacio, sintiendo cómo iba volviendo a la vida. Le pasé los dedos por la cadera, le toqué los testículos, lo provoqué con las nalgas. No le dije nada. Solo me incliné un poco y le ofrecí lo que faltaba.

Bruno entendió. Me pasó la mano por la entrepierna primero, mojó dos dedos en mí —seguía empapada— y los llevó hasta donde estaba apuntando. Después mojó la punta de su miembro de la misma manera, y empujó. Despacio, esta vez. Muy despacio. Sentí cómo se abría camino, cómo cedía algo dentro de mí, cómo entraba una pulgada y se quedaba ahí, esperando. Después otra. Después la mitad. Después entera.

Se me escapó un sonido a medio camino entre el gemido y la queja. Bruno se quedó quieto, con una mano en mi cintura, esperando que me acostumbrara.

—Avísame cuando puedas —dijo en voz baja.

Esperé. Treinta segundos. Un minuto. Después fui yo la que empujó hacia atrás. Y cuando lo hice, todo cambió. Empecé a darle yo, marcando el ritmo con las caderas, sintiendo cómo me llenaba de una manera que no había sentido nunca. Él me agarró por la cintura, después por el pelo, después me empujó la cabeza contra la almohada. Me embestía rápido, profundo, sin tregua.

Le pedí entre gemidos que no parara. Le pedí que acabara dentro. Le pedí cosas que no sabía que sabía pedir. Y cuando lo hizo, cuando sentí su descarga caliente desbordándome por dentro, me corrí yo también, apretando todo lo que tenía, mordiendo la almohada para no gritar.

Cuando salió, sentí cómo se escurría parte por mis muslos. No me moví. Me quedé boca abajo, jadeando, hasta que él me besó la espalda, me besó la nuca, me arropó con la sábana.

***

Volví a casa con la ropa puesta sobre la piel sucia. No me duché en el taxi, ni al llegar. Me quité la falda, la camiseta y el sostén roto, y me metí en la cama tal como estaba, con su olor encima, con él aún escurriendo. Me dormí casi al instante, agotada, con la certeza de que iba a buscarlo otra vez.

Hace tres semanas de aquello. Hemos vuelto a vernos dos veces más, y cada una ha sido distinta. Si os interesa, escribiré también esas. Pero esta —la primera, la que me cambió algo por dentro— era la que tenía que sacarme del pecho antes que ninguna otra.

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Comentarios (5)

Silvieta88

Me encanto!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Caro_7

Por favor que haya una segunda parte, quede queriendo saber mas de el!!

RobertoViajero

Leyendolo me acorde de un viaje de trabajo que tuve hace tiempo... estas cosas pasan mas de lo que la gente cree. Muy buen relato.

Naxo64

increible, se me hizo corto

diana_78

Que bien escrito, se siente tan real. Las confesiones son mi categoria favorita y este es de los mejores que lei

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