Mi marido me vio seducir a su hermano tras el espejo
La respiración de Mateo aún subía y bajaba bajo la luz anaranjada de las persianas. Yo descansaba sobre su hombro, dibujando círculos con la yema del dedo en su abdomen, disfrutando de ese silencio espeso que siempre nos envolvía después del sexo.
—No dejo de pensar en Adrián.
Alcé la barbilla para buscar sus ojos. Desde aquella tormenta, el nombre de su hermano había sido un tabú implícito en nuestra cama. Habíamos acordado que aquello fue una concesión única, un exorcismo. Y, en los meses posteriores, mi cuñado se había comportado de manera impecable. Un caballero. Ni un mal gesto, ni una palabra fuera de tono.
—Se ha portado muy bien —murmuré con cautela.
—Para el resto del mundo, no. Yo sé dónde mirar. He visto cómo te observa cuando cree que nadie más lo está haciendo. Es solo un segundo, antes de que vuelva a ponerse su máscara, pero en ese segundo te devora. Aquella noche no lo curó. Solo le enseñó a qué sabías.
Su mano descendió por mi espalda con una posesividad que me hizo tragar saliva.
—Le di mi palabra —le recordé.
—Lo sé. —Guió mi mano hasta su entrepierna. Su pene, que apenas diez minutos antes se había vaciado dentro de mí, volvía a hincharse a una velocidad pasmosa—. Me vuelve loco imaginar lo que haría si creyera que estás a solas con él. Sin mí marcando los límites. Sin reglas. Pensar en cómo te suplicaría…
Apreté el agarre alrededor de su erección y mi cerebro empezó a trabajar a mil por hora. Mateo ardía por una fantasía basada en una suposición. Lo que él ignoraba era que yo no necesitaba imaginar nada. Yo sabía exactamente lo que su hermano hacía cuando él no miraba. Sabía cómo se había rendido a mis pies aquella tarde frente al ordenador, y conocía el éxtasis que le desfiguró el rostro la mañana de su vasectomía, cuando lo dejé temblando a medias en la habitación de invitados.
Aquellos secretos me pesaban. Y la excitación de mi marido me acababa de entregar la llave perfecta para liberarlos. Si lograba el escenario adecuado, podría guiar a Adrián para que escupiera la verdad delante de sus narices.
Me deslicé bajo las sábanas y lo recibí con la boca. Cuando terminó, me levanté sin contestar a su petición.
—Eres insaciable. Pero le di mi palabra.
Lo dejé allí, con la miel en los labios y la semilla del morbo plantada.
***
Cuatro días después, en el salón, dejé caer la primera piedra.
—¿Has visto la fecha que es este viernes?
—Veinte años desde que me atreví a besarte por primera vez —respondió, cerrando el portátil.
Me senté a horcajadas sobre sus muslos.
—He alquilado un apartamento precioso en la costa. Tiene una particularidad arquitectónica que te va a fascinar. El tabique lateral no es de ladrillo. Es un espejo espía. Un cristal inmenso que oculta una pequeña habitación secreta.
Las manos de Mateo se detuvieron en seco.
—Tú llegarás primero —continué, acariciando su nuca—. Te encerrarás a oscuras. Y desde allí me verás preparar la cena. Y nos verás a tu hermano y a mí.
Se quedó sin palabras. Vi cómo su nuez subía y bajaba al tragar saliva.
—¿Estás hablando en serio?
Asentí. Cogí el teléfono y llamé a Adrián con el altavoz puesto.
—Adrián, dime que mañana por la tarde tienes un hueco. Marta me ha dejado tirada y necesito ayuda para preparar la sorpresa de aniversario antes de que Mateo llegue.
—Claro que te ayudo. Pásame la ubicación.
Corté la llamada. Mateo tenía los ojos brillantes y la respiración desbocada. El cebo estaba puesto.
***
El apartamento era un estudio diáfano: cocina a la izquierda, mesa redonda en el centro, cama al fondo y, ocupando todo el tabique lateral, el espejo. Imponente. Del rodapié al techo.
Empujé el panel oculto. Mateo ya estaba allí, vestido de negro, fundido con las sombras. Me besó con urgencia, como un adolescente a punto de cometer una travesura.
—Pase lo que pase, no abras. Ni un ruido.
Cerré el panel y saqué los ingredientes. Encendí la campana extractora y puse los medallones de solomillo a sellar. El timbre rompió el silencio justo cuando me secaba las manos.
—¡Salvador! —exclamé al abrir.
Adrián llevaba la camisa remangada. Le serví una copa de vino y, durante quince minutos, charlamos sobre el aniversario mientras él colgaba las guirnaldas en el ventanal. Reforcé a propósito esa imagen de matrimonio sólido y enamorado. Sus defensas estaban completamente bajas.
—Las luces están listas. ¿Qué más falta?
Bajé el fuego al mínimo y me sequé el dorso de la mano por la frente.
—He absorbido todo el olor a chalotas. Necesito una ducha. ¿Te quedas al mando un rato?
—Claro.
Caminé hasta la cama y, con lentitud deliberada, dejé la mochila abierta de par en par antes de encerrarme en el baño.
Encendí el grifo, pero no me desvestí enseguida. Apoyada contra la puerta, dejé pasar el tiempo. Al otro lado, Adrián se había quedado solo. La curiosidad humana mezclada con morbo reprimido es imparable.
Había organizado el contenido de la mochila con crueldad milimétrica: arriba, un conjunto de encaje negro sin entrepierna y mi pintalabios rojo. Debajo, asomando entre la tela, la inmensa réplica de silicona negra que él ya conocía por las carpetas ocultas de nuestro ordenador. Y al fondo, un masturbador masculino transparente con un tubo de lubricante de efecto calor.
Cuando salí envuelta en una toalla, con el pelo en un turbante, mi mirada voló a la cama. La cremallera de la mochila estaba perfectamente cerrada. A través de la barra, vi a Adrián aferrado a la cuchara como si fuera un salvavidas, removiendo la salsa con movimientos espasmódicos. El rubor le trepaba por el cuello.
—Me estoy asando —comenté, caminando hacia el inmenso cristal lateral.
Sabía que Mateo estaba al otro lado. Empuñando la falsa familiaridad como un arma, dejé caer la toalla. Después el turbante. Totalmente desnuda, me detuve frente a mi reflejo.
—Vaya cabeza la mía. Me he dejado el secador.
Crucé la habitación de vuelta sin prisa. Aquel trayecto era una exposición deliberada. Volví, enchufé el secador y el zumbido del motor llenó el apartamento, creando un muro acústico.
El cristal era mi tablero de mandos. En la superficie, mi espejo práctico; a través del reflejo, una visión periférica perfecta de la cocina. Adrián había dejado de remover. Tenía los ojos clavados en mi espalda. Cada vez que nuestras miradas amenazaban con cruzarse, él apartaba la suya a la velocidad del rayo. Yo, mientras tanto, clavaba mis pupilas en la negrura del cristal, sostenía la mirada invisible de mi marido y le ofrecía el espectáculo de ver cómo su hermano se desmoronaba.
Apagué el secador y volví con la crema, extendiéndola por mis hombros, por el esternón, por mi vientre.
—Adrián, si sigues batiendo esa reducción, la vas a montar a punto de nieve —solté con un tono burlón.
Él dio un respingo. La cuchara chocó contra el metal.
—Yo… eh… solo intentaba que no se pegara.
—Por favor, no me digas que a estas alturas te va a dar vergüenza verme desnuda. Si te incomoda, cojo mis cosas y me voy al baño.
—¡No! No hace falta. Quédate aquí.
—Menos mal. Porque tenía pensado pedirte consejo. Tú conoces a Mateo mejor que nadie.
Crucé el salón hasta la cocina, completamente desnuda, y apagué la vitrocerámica.
—Ven.
Lo guié hasta el borde de la cama. Saqué el conjunto de lencería y lo sostuve frente a mi cuerpo desnudo, como en el probador de una boutique.
—¿Crees que le gustará? Lo compré con prisas.
—Es muy bonito —logró articular, con la voz dos octavas más grave.
Me lo puse allí mismo, sin pudor. La braguita de encaje carecía de tela en la entrepierna, dejando mis labios expuestos. Di una vuelta lenta sobre mí misma.
—Ahora, la segunda duda.
Me giré hacia la mochila. Con un suspiro de impaciencia, agarré el mastodóntico consolador por los testículos y lo dejé caer sobre la colcha con la naturalidad con la que alguien saca un par de zapatos.
A través del reflejo del espejo capturé su rostro. Un destello de innegable familiaridad cruzó sus pupilas, mezclado con un rubor repentino.
—Por cómo te le has quedado mirando, juraría que acabas de reencontrarte con un viejo conocido.
Tragó saliva.
—Es… el de las fotos de las carpetas ocultas de vuestro ordenador.
Bingo. Una confesión limpia, servida en bandeja para que la sombra silenciosa de mi marido la devorara.
—El mismo.
Saqué el masturbador transparente del fondo y separé la abertura con dos dedos, con el mismo mimo con el que abriría unos labios menores.
—Dicen que es el mejor del mercado. Pero la veo súper estrecha. Como tú tienes bastante más envergadura que Mateo, he pensado que podrías hacerme el favor de probarlo. Si a ti te resulta cómodo, sé que a tu hermano le irá perfecto.
Adrián apartó la vista como si la silicona quemara.
—Lía, no. Para. Me obligaste a prometerlo. Después de la noche de tormentas, me hiciste jurar que aquella sería la última vez. —Apretó los puños—. Te aprovechas. Igual que la mañana de la vasectomía. Decidiste limpiarme con tus manos desnudas. Acariciaste mi glande con la única intención de que mi cuerpo volviera a reaccionar. Solo para arrodillarte y capturarme con tu boca, testando tus límites como si fuera un experimento. Y ahora pretendes que vuelva a ser tu banco de pruebas con un trozo de silicona.
Sus palabras resonaron como una sentencia. Al otro lado del cristal, mi marido acababa de recibir la confesión cruda de lo ocurrido en su propia casa a sus espaldas.
—Tienes razón. Aquel día fui egoísta. Pero los dos sabemos que mi curiosidad nació antes, en el despacho. Te pido perdón. —Di un paso hasta que mis rodillas rozaron la tela de su pantalón—. Pero te equivocas en una cosa. Yo no te estoy torturando ahora mismo. Lo haces tú. Llevas meses fingiendo ser el cuñado intachable, y esa promesa te asfixia. Si quieres seguir siendo el caballero perfecto, levántate y márchate. Si no, deja los reproches y coge el juguete. La decisión es tuya.
El silencio fue denso. La tormenta de resentimiento se apagó en sus ojos. Lentamente, alzó una mano y tomó el masturbador.
—Es fascinante el diseño —murmuró—. Aunque supongo que su funcionamiento no entrañará ningún misterio, ¿me equivoco?
—No creo que te cueste descifrarlo. Pero si tienes alguna duda, ya sabes que para eso estoy yo.
Me devolvió el estuche con una sonrisa cargada de descaro.
—Te lo agradezco. Sería una lástima estropearlo en la primera prueba.
—Tienes un descaro que no te cabe en el pecho. Pero me has acorralado en mi propio juego. Anda. Desnúdate.
Adrián obedeció. Camisa, zapatos, calcetines, pantalón, calzoncillos. Su erección saltó hacia delante, gruesa, imponente, apuntando al techo. Ningún hombre con el que hubiera estado —ni siquiera mi marido— poseía una naturaleza tan absurdamente colosal.
Acerqué una silla a los pies de la cama y la coloqué de perfil al espejo. El encuadre era una obra de arte voyeurista.
—Siéntate. —Lo miré mientras vertía el lubricante—. Y enséñame cómo se usa. Quiero replicarlo luego con tu hermano.
—Lía… quítate el sujetador. Déjame verte.
Sin sensualidad, con movimientos prácticos, lo desabroché. Mis pezones se contrajeron, irguiéndose duros y oscuros. La prueba física irrefutable de por qué lo volvían tan loco.
Adrián se acomodó, separó las piernas y empujó el juguete hacia abajo. La transparencia del material nos permitía a los tres ver cómo la corona de su glande estiraba la silicona al máximo.
—¿Te gusta? ¿Las estrías se notan?
—Sí… presionan en distintos puntos.
Subí a la cama, abrí las piernas y tomé el consolador.
—¿Te importa si me toco yo también?
—No… claro que no.
Apoyé la base contra el colchón y comencé a regalarle besos a la punta. Dejé caer un hilo de saliva sobre la silicona, lo engullí lentamente y forcé la garganta hasta provocarme una arcada.
—¿Sabes una cosa? —jadeé al separarme—. Desde la noche de tormentas, le he pedido a Mateo que use este muchísimas más veces. Y a veces me asalta una duda. Sabiendo lo perspicaz que es… ¿tú crees que sospecha que, cada vez que me abre con este monstruo de treinta centímetros, lo que estoy buscando es el recuerdo de cómo me sentía teniéndote a ti dentro?
Vi cómo una oleada de sangre le subía al cuello. Saqué el consolador por completo, ofreciéndole la prueba visual: mi entrada enrojecida, empapada, palpitando abierta tras albergar semejante grosor.
—Lía… —suplicó.
Me dejé caer hacia atrás sobre el colchón, con las piernas separadas. En el fondo anhelaba que tomara la iniciativa de una vez. Que se rompiera. Que le diera la razón a Mateo de la forma más incontestable.
No tuve que esperar. El peso del colchón se hundió a mis pies y Adrián se abalanzó. Hundió el rostro entre mis piernas con un ansia que bordeaba la locura. Era un hombre muerto de sed al que por fin le permitían beber.
Su lengua devoró mi humedad con una avidez salvaje. Poco a poco la falsa resistencia de mi cuerpo se derritió. Su técnica se afiló: dejó de lamer sin rumbo y se centró en mi clítoris. Sus labios sellaron la piel y succionaron con una fuerza obscena, mientras dos dedos gruesos se hundían en mi interior.
El abismo se abrió bajo mi espalda. Arqueé la columna, mis talones se clavaron en las sábanas y un alarido crudo me desgarró la garganta. Mis paredes se contrajeron salvajemente, atrapando sus dedos en una serie de espasmos que me dejaron ciega.
—Para… por favor… —balbuceé sin aire.
Lo aparté con suavidad. Recogí el masturbador del suelo, le ayudé a levantarse y lo coloqué de nuevo de perfil al espejo. Me arrodillé frente a él. Desde la oscuridad, Mateo veía la cruda materialización de su tesis: la absoluta dedicación de mi boca, entregándose a un sexo que no era el suyo.
Repliqué paso a paso la felación con la que antes había torturado al juguete. Cuando estuvo al límite, lo liberé. Levanté el masturbador y lo introduje, marcando un ritmo firme.
—Así es como me ha recomendado tu hermano que mueva la mano —susurré, acelerando—. Creo que Mateo va a quedar encantado.
Adrián soltó un rugido ahogado. Su cuerpo se tensó en un arco rígido y la primera oleada de semen salió disparada. No detuve el movimiento. A través de la silicona transparente, los chorros se acumulaban en el fondo ciego, mezclándose en una espuma lechosa.
Cuando las sacudidas cesaron, tiré del juguete. La funda mantuvo el contenido perfectamente intacto.
—Menos mal que se me ha ocurrido hacer la prueba contigo antes.
Adrián se vistió a trompicones, con la mirada huidiza, y se marchó con un beso en el que estrujé mis pechos desnudos contra su camisa.
***
Caminé hasta el panel y lo abrí.
Mateo estaba sentado en una banqueta, con la camiseta puesta y desnudo de cintura para abajo. Su erección delataba que había estado masturbándose durante el espectáculo sin permitirse llegar al clímax.
Esperaba devastación o furia. Lo que vi fue vulnerabilidad.
—Supongo que en el fondo me lo imaginaba —rompió el silencio—. Ese distanciamiento suyo desde la recuperación de la vasectomía. Y la noche de la tormenta, cómo encontró tan rápido el material de mis carpetas ocultas. Pero me hubiera gustado enterarme de otra manera, Lía.
Aquella vulnerabilidad me encogió el corazón. Acorté la distancia y me planté entre sus piernas. Lo besé, dulce y pausado.
—Lo siento. Nada de aquella tarde estaba planeado. Pero el morbo pudo más. Quise contártelo, te lo juro, pero me dio pánico perderte.
Me devolvió el beso con desesperación, rindiéndose a la evidencia de que me deseaba por encima de cualquier secreto.
Caminé hasta la mesa y recogí el masturbador, manteniendo la abertura hacia arriba.
—¿Sabes qué es lo más fascinante? Que no vamos a necesitar lubricante. Tu hermano nos lo ha dejado preparado.
Me arrodillé entre sus piernas e incliné el tubo bocabajo sobre su corona. El contenido había ganado densidad. Cayó en dos cuajarones blancos, pesados y gelatinosos, que resbalaron por su tronco con una pesadez obscena. El frío antinatural sobre su piel ardiente resultaba enfermizo. Esparcí la esencia de Adrián con los dedos hasta que toda la anatomía de Mateo quedó embadurnada por el orgasmo de su hermano.
Alineé el masturbador y comencé a introducirlo.
—Así es exactamente como me ha recomendado tu hermano que mueva la mano. ¿A ti también te gusta sentir lo mismo que él?
Mateo se rompió. Llevaba demasiado tiempo al borde. Un gemido roto escapó de su garganta. A través de la funda transparente, los nuevos chorros cálidos chocaban contra el fondo, mezclándose en un chapoteo lechoso con los restos fríos de su hermano.
Cuando los temblores cesaron, retiré el juguete y subí a la cama a su lado. Incliné el contenido sobre su pecho. La eyaculación abundante de Mateo arrastró consigo los últimos cuajarones de Adrián, derramando toda esa amalgama brillante directamente sobre su piel.
Extendí los dedos sobre su pecho embadurnado y comencé a patinar sobre aquella mezcla, removiendo irremediablemente la esencia de los dos hermanos.
—Mírate. Quién nos iba a decir que el regalo de aniversario iba a salir tan perfecto.
Acumulé una buena cantidad sobre las yemas y me las llevé a la boca, sin apartar la mirada de él. Mateo tragó saliva con dificultad. Me deslicé sobre él y lo besé profundo, compartiendo el sabor salino de nuestra victoria.
—¿Qué te parece si nos damos una buena ducha? La cena tiene pinta de estar riquísima. Y hay que reconocer que tu hermano se ha esforzado mucho vigilando el fondo.