La despedida de vacaciones que Marcos organizó para mí
Llevaba semanas contando los días. No porque odiara mi trabajo, sino porque llevaba meses sin tomarme más de un fin de semana libre seguido, y el cuerpo empieza a acusar ese tipo de cosas de maneras que uno no anticipa: el sueño que no llega, la tensión en los hombros que no cede, la dificultad para concentrarse después de las cuatro de la tarde.
El viernes era mi último día antes de dos semanas de vacaciones, y lo único que quería era llegar a casa, soltar el bolso y no hacer absolutamente nada durante al menos cuarenta y ocho horas. Había hecho todas las compras del supermercado el miércoles para no tener que salir, tenía el teléfono en silencio desde el jueves y había borrado las apps de trabajo del móvil esa misma mañana como acto simbólico de inicio de descanso.
Pero Marcos tenía otras ideas.
—Esta tarde brindamos —anunció desde su escritorio, sin siquiera levantarse—. Los que nos vamos de vacaciones hacemos una última ronda antes de desaparecer. En mi casa.
Éramos cuatro los que arrancábamos esa semana: Marcos, Santiago, Diego y yo. Andrés no tenía vacaciones hasta agosto, pero nunca se perdía una celebración de este tipo, y nadie esperaba que lo hiciera.
—¿Tienes piscina? —pregunté.
—Tengo piscina y todo el alcohol necesario.
No era una propuesta, era una declaración. Y a decir verdad, tampoco tenía muchas ganas de resistirme.
***
Los conocía bien a todos, aunque de maneras distintas.
Con Marcos había tenido un par de encuentros esporádicos a lo largo del año, cosas que pasaban sin que nadie lo planeara y que después seguían como si nada, sin conversaciones incómodas ni expectativas que gestionar. Funcionaba así entre nosotros desde el principio y ninguno de los dos veía motivo para complicarlo.
Santiago era más joven que yo, recién cumplidos los veintiocho, callado y de pocas palabras en las reuniones de equipo. Era el tipo que siempre está en el fondo de la sala pero del que uno se termina acordando porque cuando habla, dice algo que vale la pena escuchar. Tenía una presencia física que no encajaba del todo con su manera de moverse por la oficina, casi invisible, y lo había notado más de una vez sin que nunca llegáramos a cruzar más de un par de frases en el pasillo.
Diego era el gracioso del grupo, siempre con un comentario oportuno en la punta de la lengua y una energía que llenaba cualquier espacio. Detrás de eso, sin embargo, había una mirada que sabía exactamente qué quería y esperaba el momento correcto para pedirlo. Era de esa clase de personas que uno primero subestima y después recuerda.
Y Andrés era el veterano. El que llevaba más años en la empresa que cualquiera de nosotros, el que conocía todos los protocolos no escritos de la oficina y los ignoraba con la tranquilidad que dan los años. Tenía esa calma casi calculada que al principio uno podía confundir con indiferencia pero que en realidad era todo lo contrario: era presencia, era atención concentrada detrás de una expresión neutral.
Llegamos al departamento de Marcos pasadas las siete. Era un quinto piso con terraza amplia y una piscina pequeña pero perfecta para el calor denso que hacía ese viernes de finales de julio. Nos sirvió cervezas heladas directamente en la cocina, sin ceremonias, y en cuestión de minutos ya estábamos afuera, los cinco sentados en el borde con los pies en el agua.
—¿Nos metemos? —preguntó Diego, con esa sonrisa suya que anticipaba que ya sabía la respuesta.
—No traje traje de baño —dije.
—Nadie trajo —respondió Marcos, y se sacó la camiseta.
Así fue. Sin más discusión ni comentarios. En diez minutos estábamos los cinco dentro, con las cervezas apoyadas en el borde y la conversación flotando entre el trabajo, los planes de vacaciones y esas bromas que uno solo puede hacer cuando ya conoce bien a la gente con quien está y sabe hasta dónde puede llegar.
El agua estaba tibia, casi del mismo color que el cielo, que tenía ese naranja apagado de los atardeceres de verano. Me recosté contra el borde con los brazos extendidos y los ojos cerrados. La tensión de los últimos meses empezaba a ceder. Hacía mucho tiempo que no me sentía así de relajada en un lugar que no fuera mi propia cama.
Sentí una mano en mi cintura.
No era Marcos. Era Santiago, que se había acercado sin que yo lo notara y tenía los dedos apenas apoyados sobre mi cadera bajo el agua, como probando si yo se lo permitía. No dije nada. No me moví. Y él lo interpretó como lo que era.
—Estás muy tensa —murmuró, cerca de mi oído.
—Estaba muy tensa —corregí.
Se rio suave. Luego movió la mano hacia mi espalda y empezó a masajearme los hombros con una presión exacta, ni demasiado fuerte ni demasiado suave, justo en el punto donde el músculo cede. Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. Abrí los ojos y vi que Marcos observaba desde el otro lado de la piscina con esa media sonrisa suya que significaba que sabía exactamente qué estaba pasando y no tenía ningún problema con eso.
—¿Estamos haciendo lo que creo que estamos haciendo? —preguntó Diego desde el centro de la piscina.
—Depende de lo que creas —dije.
—Que esta noche va a ser interesante.
—Muy interesante —confirmó Andrés desde mi lado izquierdo, sin que yo lo hubiera escuchado acercarse.
La mano de Santiago bajó por mi espalda y yo no hice nada para detenerla.
***
Salimos del agua cuando la noche cerró del todo. Marcos encendió unas lámparas en la terraza y alguien bajó el volumen de la música. No hacía falta hablar demasiado; la situación ya tenía su propio ritmo y los cinco lo sentíamos.
Me senté en uno de los sillones amplios que Marcos tenía cerca de la puerta de vidrio. Santiago se arrodilló frente a mí sin decir nada y empezó a recorrerme los muslos con las manos, de adentro hacia afuera, despacio. Andrés se sentó a mi lado y me besó el cuello, la curva entre el hombro y la mandíbula, ese lugar que siempre funciona. Marcos se acercó por el otro lado. Diego se quedó de pie unos pasos más atrás, mirando con los brazos cruzados y esa sonrisa suya.
Los dedos de Santiago llegaron a donde yo quería que llegaran y ahí se quedaron, aprendiendo con precisión lo que me gustaba en menos tiempo del que tardé en darme cuenta de que lo estaba leyendo. Cerré los ojos. La boca de Andrés seguía en mi cuello, bajando hacia el hombro. La mano de Marcos se apoyó en mi pecho.
Así querían que empezaran mis vacaciones. Y yo no tenía ninguna objeción.
Me corrí antes de que ninguno me penetrara. Solo manos, boca y la presión acumulada de semanas saliendo de una sola vez. Cuando abrí los ojos, los cuatro me miraban con esa atención particular que tiene la gente cuando sabe que acaba de ver algo real.
—Pasemos adentro —dijo Marcos.
***
El living tenía un sillón de cuero marrón que ocupaba casi toda la pared del fondo. El tipo de mueble que no tiene mucho sentido en una tienda pero que tiene todo el sentido del mundo en la situación correcta. Esa noche lo usamos de todas las maneras posibles.
Me puse encima de Diego primero. Él me agarró de la cintura con firmeza y yo marqué el ritmo desde arriba, inclinándome para buscarle la boca. Su manera de moverse era directa, sin rodeos, y eso era exactamente lo que necesitaba después de la delicadeza del principio. Santiago esperó detrás de mí hasta encontrar el momento y el ángulo, y cuando entró, el aire se me cortó en la garganta de una manera que no pude disimular aunque hubiera querido.
La sensación de estar así, con dos personas al mismo tiempo, tiene algo que es difícil de explicar bien. No es solo física, aunque también lo es. Es la pérdida del control sobre el ritmo, la entrega a algo que te supera y que al mismo tiempo depende completamente de tus propias decisiones. Yo lo había elegido. Los había elegido a ellos. Y eso hacía que todo funcionara de una manera que de otro modo no hubiera funcionado.
Marcos estaba de pie frente a mí. Lo tomé con la mano primero, luego con la boca, moviéndome al ritmo que Santiago marcaba desde atrás. Andrés observaba desde el brazo del sillón con esa calma suya, sin apuro.
Después de un rato cambiamos. Con Santiago fue diferente desde el principio: era el más grande de los cuatro y se notaba, no como incomodidad sino como límite preciso, esa sensación exacta de hasta dónde llega algo. Me tomé el tiempo de acostumbrarme, respiré, esperé a que el cuerpo dijera que sí, y cuando empecé a moverme, él cerró los ojos y apoyó la cabeza hacia atrás con una expresión que era la versión masculina de lo mismo que yo había hecho antes en la terraza.
Marcos me tomó del pelo apenas, sin tirar, solo para marcar que estaba ahí. Lo solté cuando terminé, me limpié los labios y me reí de no sé qué exactamente. De la noche, supongo. De estar exactamente donde estaba.
—¿Qué? —preguntó Andrés.
—Nada. Que estoy bien.
—¿Bien bien o bien?
—Las dos cosas.
***
Andrés fue el último. Tenía una manera de moverse pausada, deliberada, que contrastaba con la energía que había tenido todo lo demás. Me acostó de espaldas, se tomó su tiempo en recorrerme con las manos desde los hombros hasta los muslos, como si hubiera aprendido en algún momento que la demora tiene su propio valor y que apurarse nunca vale la pena. Cuando finalmente entró, lo hizo despacio, sin saltar pasos, y me miró a los ojos de una manera que resultó inesperadamente íntima para el contexto.
—Sos distinta a como pensaba —dijo.
—¿Qué pensabas?
—Algo diferente. No lo sé exactamente.
No contesté porque no había nada útil que decir. Me concentré en lo que sentía: la presión de sus manos en mis caderas, el cuero del sillón contra mi espalda, el ruido sordo de nuestros pesos combinados, la música que seguía sonando afuera en la terraza, el olor a cloro que los dos todavía teníamos en la piel.
Me vine por tercera vez con él encima, y esa fue la más larga. Sentí cómo se extendía desde el centro hacia afuera, lenta y completa, y me quedé quieta hasta que terminó de pasar del todo.
Andrés se recostó a mi lado. Los otros tres estaban desparramados por el sillón, alguno dormitando ya con la respiración pareja y los ojos cerrados.
—¿A dónde te vas de vacaciones? —preguntó Andrés después de un rato.
—Todavía no decidí —dije—. Quizás a ningún lado especial.
—¿Y para qué tomaste dos semanas si no vas a ningún lado?
—Para hacer esto —dije, y señalé con un gesto el cuarto, los cuatro, la noche entera.
Se rio. Era la primera vez que lo veía reírse de verdad, no esa risa cortés de las reuniones de trabajo.
—Buen criterio —dijo.
***
Me quedé a dormir porque era tarde y porque nadie me pidió que me fuera. Me desperté a las ocho con el sol entrando por las ventanas abiertas y el ruido de Marcos preparando café en la cocina. Los otros tres todavía dormían, Santiago con la cabeza apoyada en el brazo del sillón, Diego acurrucado con una almohada que alguien había traído de alguna parte, Andrés de espaldas con los brazos cruzados sobre el pecho con la misma expresión tranquila de siempre.
Me levanté, fui a la cocina y me senté en la mesada. Marcos me ofreció una taza sin preguntar cómo lo tomaba porque ya lo sabía. Tomamos el café en silencio, ese tipo de silencio cómodo que solo existe entre personas que ya no tienen nada que demostrar.
Por la ventana se veía la terraza, la piscina quieta reflejando el cielo de la mañana y el vecindario todavía dormido de un sábado de verano.
—Buen inicio de vacaciones —dijo Marcos.
—El mejor que tuve en años —respondí.
Era completamente cierto.