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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el probador de esa tienda

4.6 (26)

Andrés llevaba semanas posponiendo la visita. Era estudiante de Arquitectura en Valencia, veintiún años recién cumplidos, con una rutina que consistía en clases, bares de menú del día y pocas sorpresas. Esa tarde de viernes había decidido romper el patrón: faltó a la última hora de estructuras, cogió el metro hasta el centro y se metió en el primer centro comercial que encontró. Necesitaba ropa nueva, o al menos eso se decía a sí mismo para justificar el plan de no hacer nada útil hasta el lunes.

El local era grande, luminoso, con esa música de pop genérico que suena igual en todos los sitios y que pone nerviosa a la gente sin que sepa por qué. A las cinco de la tarde había bastante movimiento: madres con carritos, grupos de adolescentes revisando el móvil entre percha y percha, algún hombre mayor mirando los escaparates con cara de no saber muy bien qué hacía allí. Andrés empezó a revisar una percha de pantalones slim, comparando tallas sin demasiada convicción.

No la oyó llegar.

—¿Buscas algo concreto o solo miramos?

Se giró. La dependienta era una mujer de unos treinta años, morena, con el pelo oscuro recogido en un moño del que escapaban varios mechones. Alta, con esa postura de quien está cómoda en su propio cuerpo y lo sabe. Llevaba el uniforme del local, una blusa oscura y unos pantalones ajustados que se ceñían bien a sus caderas. Lo miraba con una media sonrisa que no era exactamente la de atención al cliente.

—Pantalones slim —dijo él—. Talla 42, creo.

—Con ese largo de pierna, quizás algo más estructurado te quedaría mejor. Ven, que te busco opciones.

Se llamaba Valeria, según la plaquita en la blusa. Lo condujo hacia el fondo de la tienda con pasos largos, sin prisa, sin volverse a mirarlo. Andrés la siguió, sin saber muy bien por qué le costaba apartar los ojos de su espalda.

Le sacó tres modelos distintos y los colgó en el brazo de él sin preguntarle la opinión.

—Pruébatelos. El segundo especialmente. —Señaló con la barbilla hacia los probadores, al fondo de un pasillo estrecho con cortinas gruesas—. Si necesitas otra talla, me llamas.

Andrés entró en el cubículo. El espacio era justo, olía a tela nueva y a algo más difícil de identificar, como el perfume de quien había estado allí antes. Se cambió deprisa, se puso el segundo modelo y tuvo que admitir que Valeria tenía razón: le quedaban bien. Mejor que los suyos de siempre. Se asomó al pasillo para mirarse en el espejo largo de la pared.

Ella estaba apoyada en la pared de enfrente, con los brazos cruzados.

—Sí —dijo antes de que él abriera la boca—. Esos.

—¿Así de fácil?

—Te marcan bien. —Sus ojos bajaron un momento, sin disimulo—. ¿Tienes algún problema con eso?

Andrés notó el calor en las mejillas. Su experiencia con las mujeres era escasa: un par de relaciones cortas en el bachillerato que no habían llegado a nada definitivo, y nunca había sabido qué hacer con una mirada tan directa como la de Valeria. Balbuceó algo sobre si debería probarse el tercero también.

—No hace falta —dijo ella—. Aunque si quieres que te ayude con el ajuste de la cintura, puedo echarle un vistazo.

Ayudarle con el ajuste. La frase sonó rara, pero él no la cuestionó.

Valeria entró al cubículo detrás de él y cerró la cortina con la mano. El espacio se redujo a la mitad. Andrés no se movió. Ella metió dos dedos por la cintura del pantalón, entre la tela y su piel, y los deslizó despacio hacia un costado.

—Está un poco alto. Hay que bajarlo un par de centímetros.

—No es necesario que…

—Shhh.

Fue solo eso: un sonido, suave, sin agresividad. Pero Andrés se quedó inmóvil como si le hubieran cortado los cables.

Los dedos de Valeria rozaron el elástico de su ropa interior. Él notó que su respiración había cambiado de ritmo, que el calor se concentraba en un punto concreto y que sería muy difícil disimularlo mucho más tiempo. El pulso se le aceleró de una manera que no tenía que ver con el miedo.

—Relájate —dijo ella, con voz baja—. Solo estoy mirando cómo te cae.

Pero no miraba la cintura. Lo miraba a los ojos.

***

Lo que pasó después fue demasiado rápido y demasiado lento a la vez.

Valeria bajó los pantalones con un solo gesto, sin anunciarlo. Andrés abrió la boca para decir algo, pero ella puso la mano abierta sobre su pecho y lo empujó contra la pared del fondo. El perchero tintineó. Un par de metros más allá, al otro lado de la cortina gris, alguien preguntaba por una chaqueta.

—Ni ruido ni movimientos bruscos —murmuró ella—. Hay gente en el pasillo.

Eso era exactamente lo que lo paralizaba y lo encendía al mismo tiempo. La cortina que podía descorrerse en cualquier momento. Los pasos que se oían sobre el suelo de madera. Valeria lo había calculado, eso estaba claro. Sabía perfectamente en qué terreno estaba jugando.

Se arrodilló frente a él con una naturalidad que a Andrés le resultó casi brutal, y bajó la ropa interior de un tirón. Él cerró los ojos y se aferró al perchero.

—Primera vez que te hacen esto —dijo ella. No era una pregunta.

—Primera vez en general —admitió él, con la voz rota.

Valeria levantó la vista. Algo cambió en su expresión, algo más parecido al placer que a la sorpresa.

—Mejor todavía —dijo, y lo tomó en su boca.

Lo que hizo durante los minutos siguientes fue metódico y despiadado a partes iguales. Sin prisa, pero sin pausa. Alternaba presión y ritmo, profundidad y velocidad, con una lógica que Andrés apenas podía seguir porque tenía los ojos cerrados y los nudillos blancos aferrados al perchero para no caer. Afuera, alguien discutía amablemente si una camisa era talla M o L. La normalidad del mundo al otro lado de la cortina hacía que todo resultara más intenso, más irreal.

Andrés apretó los dientes, intentando contener algo que ya era imposible de contener. Enredó los dedos en su pelo sin pensar, por instinto, y ella no se apartó.

—Valeria… —fue lo único que consiguió decir.

Ella lo sujetó con más firmeza y lo mantuvo ahí hasta el final. Él se corrió con la espalda contra la pared, los pulmones vaciándose en un jadeo silencioso que le costó más esfuerzo que cualquier cosa que hubiera hecho en su vida. Los muslos le temblaban.

Valeria se levantó, se limpió la comisura del labio con el pulgar y lo miró con una calma absoluta.

—Buen comienzo —dijo.

***

Andrés pensó que ahí terminaba. Que Valeria saldría del cubículo, volvería a su puesto y él se vestiría con las manos temblando y pagaría los pantalones en caja intentando no mirarla.

No terminó ahí.

Ella se soltó el moño, dejando que el pelo oscuro cayera sobre los hombros, y empezó a desabrocharse la blusa con movimientos tranquilos, sin apartar los ojos de él.

—Siéntate.

El suelo del probador era de madera fría y dura. A Andrés no le importó. Se sentó.

Valeria se quitó la blusa y la colgó con cuidado en el perchero junto a los pantalones sin estrenar. Llevaba debajo un sujetador de encaje oscuro. Su piel era morena y lisa, y sus pezones se marcaban ya contra la tela fina. Se acercó y se colocó sobre su cara, bajando la ropa interior a un lado, con la misma naturalidad con la que había hecho todo lo demás.

—¿Sabes lo que tienes que hacer?

—Más o menos.

—El «más o menos» no sirve. Aprende.

Le costó unos minutos encontrar el ritmo. Valeria lo guiaba con la mano en su pelo, sin violencia pero con una firmeza que no admitía dudas: más presión aquí, más rápido allá, así no, así sí. Andrés obedecía e iba ajustando, ganando confianza con cada corrección. El olor y el peso de ella lo llenaban todo. Era una sensación extraña, nueva y completa al mismo tiempo, y él dejó de pensar en los pasos del pasillo y en la música de fondo y en cualquier otra cosa.

Cuando Valeria se corrió, fue con un temblor que retuvo en la garganta, los muslos apretándose a los lados de su cabeza. Se quedó quieta un momento, con los ojos cerrados, antes de apartarse despacio.

—Ahora sí sabes —dijo.

Se puso de pie y miró hacia abajo. Andrés estaba duro otra vez.

—Vaya —murmuró ella, con algo parecido a la aprobación.

Lo que vino después fue diferente al resto. Valeria lo montó en el suelo del probador con la espalda de él contra la pared, los dos ajustados en ese espacio ridículo para lo que estaba pasando. Ella marcaba el ritmo con las caderas, lento al principio, midiendo la resistencia de él, y luego más rápido cuando vio que aguantaba. Andrés le puso las manos en la cintura sin saber muy bien si era para guiarla o simplemente para aferrarse a algo sólido.

Afuera, la música seguía. Alguien preguntó si había lista de espera para los probadores.

Él no pudo evitar una carcajada silenciosa, sin aliento.

—¿Qué te hace gracia? —susurró Valeria, sin dejar de moverse.

—Todo esto —dijo él.

Ella sonrió. Por primera vez desde que había entrado al cubículo, fue una sonrisa sin cálculo detrás. Solo eso: una sonrisa.

—Concéntrate.

Andrés se concentró. Se corrió unos minutos después, aferrado a su cintura, con la frente apoyada en su hombro y la respiración completamente deshecha.

***

Se vistieron en silencio. Ella primero, metódica, sin rastro de incomodidad. Él después, con los dedos torpes intentando abrochar el botón de los pantalones nuevos.

Valeria recogió los modelos que él no había elegido, los organizó en el brazo con profesionalidad y descorrió la cortina con la misma naturalidad con la que la había cerrado. El pasillo estaba vacío. Afuera, la tienda seguía con su música y su luz blanca y su gente comprando ropa como si nada.

Antes de alejarse, se giró.

—Los pantalones te los puedes llevar a caja o dejarlos en el perchero de fuera. Como prefieras.

—Me los llevo —dijo él.

—Bien. —Una pausa breve—. Vuelve cuando necesites algo más.

No era una invitación. Era solo eso: una frase de cierre, cortés, de dependienta. Pero ambos sabían lo que había debajo.

Andrés salió de los probadores con los pantalones bajo el brazo y las piernas flojas. Pasó por caja, pagó sin levantar mucho la vista y salió a la calle, donde el sol de la tarde todavía calentaba las aceras. Se quedó parado un momento entre la gente, con la bolsa en la mano, mirando sin ver el escaparate de la tienda de enfrente.

No volvió. No porque no quisiera, sino porque entendió que algunas cosas funcionan exactamente una vez y que forzarlas es el modo más rápido de convertirlas en algo mediocre.

Pero sí pensó en Valeria durante mucho tiempo. En cómo lo había mirado desde el principio, antes de que él supiera que estaba siendo mirado. En cómo había tomado el control de la situación sin que él hubiera tenido tiempo de decidir si lo quería o no, y en que al final eso había sido exactamente lo que necesitaba. En que aquella tarde, entre perchas y luz fluorescente y el murmullo de una tienda llena de desconocidos, había aprendido algo sobre el deseo que ninguna clase magistral podría haberle enseñado.

Llegó a casa, dejó los pantalones sobre la silla y no los puso en semanas. Cada vez que los veía, recordaba el olor a tela nueva y el sonido del perchero tintineando contra la pared.

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4.6 (26)

Comentarios (10)

rfito

jajaja tremendo lo del probador, me mato la situacion!!!

Janet

Que bueno, quede con ganas de saber como termino todo. Por favor una segunda parte!!

Marcos_77

Me encanto como lo narraste, se siente autentico. Me recordo a algo que me paso hace años, esas cosas pasan mas de lo que uno cree jaja

LucianoOK

Y despues salio como si nada de la tienda? jajajaja me imagino la cara

Romi_BA

Dios, no pude soltar el celu hasta el final. Que manera de narrar, se siente todo muy real sin ser burdo. Gracias por compartirlo, esperando ansiosa el proximo relato!

pablito_lector

Excelente!!!

PescadorNocturno

Muy bien narrado, le das el ritmo justo. Sigue asi que tenes talento de verdad

fer_noche

Queria preguntar si es historia real o inventada, se lee muy convincente la verdad

Nena_curiosa

La dependienta la rompio jajaja, que personaje mas picaresco

Meduel

Corto pero intenso, no le sobra ni le falta nada. Muy buena pluma, esperando mas

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