La chica del sex shop y mi primera vez con un juguete
Nunca pensé que terminaría escribiendo algo así, pero hay experiencias que necesitan salir de uno o se quedan dando vueltas para siempre. Tengo veintiún años, vivo en Medellín y, hasta esa tarde, jamás había imaginado que la curiosidad pudiera empujarme tan lejos.
Empezó como suelen empezar estas cosas: con una pantalla, una conexión a internet y demasiado tiempo libre. Llevaba semanas viendo porno hasta tarde, cosa normal, y de repente el algoritmo me arrastró hacia clips que jamás había buscado. Hombres con hombres, hombres jugando solos, hombres con juguetes. Lo raro fue que, en lugar de cambiar de pestaña, me quedé mirando. Y mirando. Y duro, dolorosamente duro, con la polla marcándose contra el pantalón del pijama, sin entender muy bien qué me estaba pasando.
Una noche, después de una hora de ese juego silencioso de buscar y borrar el historial, escribí en Google «primera vez con un juguete anal». Saltaron foros, blogs, una página de relatos eróticos. Me metí en esa última y pasé tres horas leyendo historias de tipos que se habían metido de todo por el culo y hablaban del orgasmo como si les hubieran reventado el cerebro. A mitad de la madrugada, los huevos ya me dolían de tanta excitación contenida, y me la había cascado dos veces sin conseguir sacarme la idea de encima.
Esa noche tomé la decisión. Si tantos lo habían probado y todos hablaban como si fuera una revelación, ¿por qué no yo? Total, vivía solo en un estudio en Laureles, nadie iba a enterarse. Lo único que faltaba era el juguete. Y para eso había que dar el paso que más me intimidaba.
A las cinco de la tarde del día siguiente me bañé, me puse una camisa negra, jeans y una gorra, y bajé a la calle como si fuera a cualquier otra parte. El sex shop quedaba en la carrera setenta, en un edificio viejo de paredes amarillas. Cuarto piso. No tenía letrero a la vista, solo una flecha discreta y una escalera que olía a humedad. Cada escalón que subía me parecía una mala decisión.
Cuando llegué a la puerta, casi me devuelvo. Respiré profundo y empujé.
—Buenas —dijo una voz desde el fondo del local.
La chica que me atendió tenía el pelo recogido en una trenza larga y unos lentes de marco grueso que le daban un aire de bibliotecaria con secreto. Veintipocos años, máximo veinticinco. Llevaba una camiseta blanca ajustada con algo escrito en inglés —debajo se le marcaban dos tetas pequeñas, sin sostén, con los pezones pinchando la tela— y un short de mezclilla que no debería estar permitido. Sentí que la cara me ardía antes de abrir la boca.
—Hola, eh… —empecé, sin saber adónde mirar.
—¿Primera vez? —preguntó, sonriendo apenas.
Asentí como un idiota.
—Tranquilo, todos llegan así. ¿Buscas algo en particular o quieres que te muestre?
Me obligué a mirarla a los ojos. Tenían un color extraño, como miel oscura. Tragué saliva.
—Un dildo —dije, y la palabra me salió ronca, como si la estuviera pronunciando por primera vez—. Algo realista.
Ella no se rió, no hizo ninguna mueca. Solo se dio vuelta, caminó hasta una vitrina del fondo y empezó a sacar cajas. Yo la seguí de cerca, intentando que mis ojos no se quedaran pegados en la curva de su espalda baja, en cómo el short se le trepaba y le dibujaba el culo redondo, en cómo la trenza le rozaba el hombro derecho cada vez que se movía.
—Tenemos de varios tamaños —explicó, alineando tres cajas sobre el mostrador—. Si es tu primera vez, te recomiendo este. Mediano, suave, fácil de usar.
Miré el primero. Una pieza de silicona color piel, de unos quince centímetros. Bonito, manejable, sensato. Pero algo en mí, no sé qué, no quiso lo sensato.
—¿Tienes más grandes? —pregunté, y me sentí imbécil al instante.
Ella levantó una ceja, divertida. Se inclinó sobre la vitrina —el short se le subió otro centímetro— abrió una puerta corrediza y sacó otra caja. Esta venía con una imagen impresa que hacía honor al producto: una verga gruesa, venosa, con los huevos incluidos y un glande hinchado y brillante.
—Veinticuatro centímetros. Pero, en serio, si nunca has hecho nada, esto es mucho.
Lo agarré. Lo sopesé. Era pesado, frío, de un realismo perturbador. Sentí cómo se me apretaba todo por dentro de imaginarme con eso metido hasta el fondo, y al mismo tiempo cómo el jean se me iba volviendo incómodo, con la polla creciendo en diagonal contra el muslo. Miré a la chica. Ella me miraba a mí. Le bajó la vista un segundo al bulto y volvió a subirla como si nada.
—Me lo llevo —dije.
—Vale —respondió, y juro que noté un pequeño temblor en su voz—. Vas a necesitar lubricante. ¿Te muestro?
Asentí, otra vez sin palabras. Sacó dos frascos, me explicó la diferencia entre uno a base de agua y uno a base de silicona, y al final eligió por mí. Mientras pasaba el código de barras me preguntó, como si nada:
—¿Y por qué la decisión hoy?
Me encogí de hombros.
—Curiosidad.
—La curiosidad es buena —dijo, mirándome por encima de los lentes—. Mientras se trate con respeto.
Sonreí sin querer. Pagué en efectivo. Cuando me entregó la bolsa, sus dedos rozaron los míos un segundo más de lo necesario.
—Si te queda alguna duda —añadió—, puedes volver. Estoy todos los días excepto domingo.
Salí del local con la cara hirviendo y el corazón galopándome contra las costillas. Bajé los cuatro pisos de un tirón, caminé tres cuadras sin saber para dónde iba, paré un taxi y le di la dirección de mi estudio. Durante todo el trayecto, la bolsa de papel se quedó callada en mis piernas. Yo no.
***
Llegué, cerré con doble llave, dejé la bolsa sobre la cama y me quedé mirándola un buen rato, como si estuviera viva. Después me reí solo. Llevaba demasiado tiempo de tensión y aquello empezaba a parecer un ritual exagerado.
Abrí la caja con cuidado. El dildo era todavía más grande de lo que recordaba. Lo saqué, lo apoyé sobre el cobertor y lo observé como si fuera una pieza arqueológica. Lo toqué. La silicona se tibiaba rápido en la palma de la mano. Lo acerqué a mi cuerpo, sin pensar mucho, y lo comparé con el mío. No había comparación posible: mi polla, ya durísima, le llegaba apenas a la mitad de la verga de goma. Solté una risa nerviosa, de esas que tapan otra cosa.
Sin saber muy bien por qué, me lo llevé a la boca. Solo la punta primero. La lengua me rodeó el glande de silicona, tanteando la forma. Después empujé más, sintiendo cómo el pedazo me abría los labios, cómo se me clavaba en el paladar, hasta que el reflejo de arcada me detuvo. Cerré los ojos. Pensé en cómo se vería la chica del sex shop haciendo lo mismo, arrodillada, con los lentes a punto de resbalársele por la nariz y mi verga entrándole y saliéndole de la boca abierta, un hilo de saliva colgándole del mentón. Sentí mi propia erección latir contra la cremallera del jean, una gota tibia manchándome ya el calzoncillo. Me lo quité todo. Cada prenda cayó en una esquina distinta de la habitación.
Volví a la cama, desnudo, con la polla tiesa contra el vientre, el pecho subiéndome de golpe, el cuerpo entero pidiendo cosas que ni yo entendía del todo. Abrí el lubricante. Tenía un olor neutro, casi a nada. Me puse una buena cantidad en los dedos, tibia y espesa, y respiré profundo antes de bajar la mano entre los muslos.
El primer contacto fue raro. No malo. Solo raro. La yema del dedo índice recorrió la raya, se detuvo en el agujero cerrado, apretado, y empezó a hacer círculos lentos. El culo se me contraía por reflejo cada vez que apoyaba más. Metí la punta. Un centímetro apenas. Como descubrir un timbre que llevaba toda la vida instalado en mi propio cuerpo y nunca había tocado. Empujé más. Todo el dedo entró y me arqueé sobre la cama, sorprendido por el calor tan concentrado ahí adentro. Lo moví en círculos, adelante y atrás. Agregué más lubricante y metí el segundo dedo. La presión se duplicó. Sentí cómo el esfínter cedía a la fuerza, cómo se acomodaba alrededor de los nudillos. La polla me chorreaba sola, sin tocarla, un charquito pegajoso formándose sobre el ombligo. La respiración se me iba descomponiendo en suspiros cortos. Cada movimiento mandaba descargas que subían por la espalda como pequeñas chispas.
Doblé los dedos hacia adelante buscando a ciegas y de repente algo me contestó. Un bulto tibio, una zona más blanda. Presioné y todo el cuerpo me dio un tirón desde la pelvis. Solté un jadeo idiota, con la boca abierta contra la almohada. Presioné otra vez. Otra. La verga me palpitaba tan fuerte que pensé que me iba a correr solo con eso.
Cuando sentí que ya estaba listo, saqué los dedos y embadurné el dildo entero con un chorro generoso de lubricante. Lo froté con la mano como si se la estuviera pajeando, viéndolo brillar entero, veinticuatro centímetros de silicona lista para entrarme. Lo apoyé sobre el cobertor, encajado y bien parado contra una almohada doblada, la base pegada al colchón. Me trepé encima en cuclillas, con las rodillas abiertas a los costados. Pensé en ella otra vez. En esa última mirada por encima de los lentes. En cómo había dicho «con respeto». En lo que pasaría si yo volviera el sábado, justo antes de cerrar, y ella tuviera que enseñarme a usar cada juguete uno por uno.
Con la mano izquierda me abrí una nalga. Con la derecha me guié la punta del dildo contra el agujero. La cabeza gorda, resbalosa, empujó contra el anillo. Respiré profundo.
Y entonces bajé.
***
La sensación de la primera vez no se parece a nada. Hubo un instante de resistencia, un ardor sordo, una alarma en el cerebro que decía «no vas a poder», y un segundo después el glande de silicona atravesó el esfínter con un chasquido húmedo y algo cedió y el cuerpo entero me tembló. Sentí cómo mi propio culo se cerraba justo por debajo del casquete, atrapándolo, sin dejarlo salir. Solté un quejido ronco que no sabía que tenía adentro.
Quedé quieto unos segundos, con los muslos temblándome, ajustándome a esa sensación de estar abierto de par en par. Bajé otro centímetro. Otro. La verga de goma se me iba metiendo despacio, abriéndome, llenándome un espacio que no sabía que se podía llenar. No bajé del todo de una. No fui tan loco. Pero bajé más de la mitad, y la presión por dentro fue tan distinta, tan plena, que solté otro quejido más largo, casi femenino.
Cerré los ojos. La imaginé a ella ahí, sentada al borde de la cama, con las piernas cruzadas, los lentes en la punta de la nariz, observándome empalarme con esa calma suya, dándome instrucciones susurradas. Despacio. Más despacio. Eso. Bájala toda, hasta el fondo. Así. Buen chico.
Empecé a moverme. Subí un poco, sintiendo cómo la silicona salía dejando el culo hueco, palpitando. Bajé otro tanto, más profundo esta vez, y solté un gemido cuando la sentí golpear algo por dentro. La fricción interna me cambiaba el ritmo de la respiración. Sentía mi polla latir contra el estómago sin haberla tocado todavía, dura como una piedra, roja de la punta. De la ranura empezó a gotear un hilo claro que se me estiraba hasta el ombligo. No paré.
Cada vez bajaba más. A la tercera o cuarta embestida sobre mí mismo la sentí entera, la base golpeándome el perineo, los huevos de goma aplastándose contra los míos. Estaba empalado hasta el fondo, sentado sobre la verga entera, con la boca abierta y una gota de sudor cayéndome del mentón al pecho.
A los dos o tres minutos descubrí un ángulo. Un punto. No supe cómo se llamaba, ni si tenía nombre, pero al apoyar el peso un poco hacia adelante, con las manos plantadas en el colchón, la cabeza del dildo me golpeó directo en esa zona blanda que había encontrado con los dedos, y todo el cuerpo me dio un latigazo desde la pelvis hasta la nuca. La polla me saltó sola contra el vientre, escupiendo otra gota gorda. Solté un quejido más largo. Me incliné. Repetí el movimiento. Repetí. Empecé a rebotar sobre la verga con un ritmo idiota, la boca abierta contra la almohada, gimiendo palabras sueltas.
—Mierda, mierda, mierda —murmuré al aire vacío del estudio—. Cómo entra, hostia, cómo entra.
Por un instante me sentí la chica del sex shop. Me sentí cualquier chica. Me sentí yo, pero distinto. Una versión de mí que no sabía que existía y que llevaba años pidiendo una puerta abierta. Me imaginé de golpe con ella detrás, con un arnés, empujándome desde arriba, agarrándome del pelo, escupiéndome en la espalda y susurrándome guarradas al oído. Mueve ese culo. Cógete la verga tú solo. Enséñame cómo lo haces cuando estás en casa. Subí el ritmo. Bajé el ritmo. Encontré una cadencia. La cadencia se me convirtió en otra cosa.
El culo me sonaba mojado cada vez que caía, un chasquido pegajoso del lubricante batido. Me llevé una mano a las tetillas y me pellizqué una fuerte. Fue como conectar un cable. Todo el cuerpo se me tensó de una y las piernas empezaron a temblarme sin control.
El primer orgasmo me agarró sin avisar. Sin tocarme la polla, sin agarrarla siquiera. Sentí cómo todo se me apretaba por dentro, cómo el suelo del estómago se me abría, cómo el culo se me cerraba con fuerza alrededor del dildo, apretándolo, y de pronto un chorro tibio me salió disparado sin ningún control y me cayó sobre el pecho, otro contra el cuello, otro más corto que me pintó el mentón. No fueron dos disparos cortos. Fueron cinco, seis, uno detrás de otro, mientras yo seguía rebotando porque parar parecía imposible. La corrida se me escurría entre los pelos del pecho, tibia y espesa, y yo seguía gimiendo, con el culo apretando la verga como si no la quisiera soltar nunca.
Cuando creí que había terminado, me equivoqué.
Me levanté con las piernas temblando, dejando el dildo brillante todavía parado sobre la almohada, ensartado de lubricante y de mí. Sentí el vacío de golpe, el culo abierto, el aire entrando donde no correspondía. Me tumbé de espaldas en el colchón, me agarré la polla, todavía dura, resbalosa de mi propio semen, y me la casqué a dos manos. En menos de medio minuto el segundo orgasmo me arrancó otro chorro tan abundante que me asusté un poco: la primera lechada me llegó hasta la clavícula. Me reí, jadeando, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón, embarrado de mí mismo desde el cuello hasta el ombligo.
Quedé sentado al borde de la cama, completamente vacío, con el cuerpo entero como recién estrenado y el culo todavía latiendo, hueco, como pidiendo más. Tardé un buen rato en moverme. Limpié todo con paciencia. Lavé el juguete con jabón neutro, lo sequé y lo guardé en su caja, debajo de una pila de camisetas. Me metí en la ducha y me quedé bajo el agua caliente diez minutos más de lo necesario, sintiendo cómo el chorro me caía por la espalda y me bajaba por la raya del culo, todavía sensible, todavía dilatado.
***
Esa noche no leí más relatos. No abrí porno. Me acosté con la cabeza limpia, mirando el techo, repasando todo en orden. Lo que me había pasado no se parecía a lo que había leído. Lo mío había sido otra cosa. Algo mío.
Pensé mucho en ella. En la chica de los lentes. En por qué me había mirado así al pasarme la bolsa, en si me había clavado los ojos en el bulto del jean a propósito o me lo estaba inventando. Se me puso dura otra vez de solo imaginármela.
El sábado siguiente, justo antes de la hora de cierre, subí otra vez los cuatro pisos. Esta vez ya no me temblaban tanto las piernas.
Pero esa, si me dejan, es otra confesión.