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Relatos Ardientes

La noche que la pareja del bar me llevó a su casa

Era mediados de octubre en Rosario y el aire ya empezaba a pesar como en pleno verano. La despedida del Pelado se venía organizando hacía semanas y, a esa altura, todos sabíamos que el plan era simple: dos noches sin freno, sin teléfono y sin obligaciones.

El viernes arrancamos en mi casa con un asado largo, fernet y vino tinto barato. Después de las dos de la mañana nos subimos a dos remises y enfilamos hacia un club privado en la zona de Funes, uno de esos lugares a los que no se entra con el celular en el bolsillo. Lo dejabas en un casillero a la entrada o no pasabas la puerta.

Adentro estaba todo flojo al principio. Andábamos los cinco caminando como adolescentes en su primer boliche, mirando para todos lados sin terminar de animarnos. El Ruso, que hablaba bien inglés, se enganchó rápido con dos turistas noruegas que tomaban algo en la barra. El Pelado, que era el homenajeado, terminó pegado al Ruso. Quedábamos el Tucu, el Lobo y yo.

En cuestión de minutos los vi irse a los dos a un reservado con un par de cuarentonas que les habían pagado algo de tomar y, sospecho yo, algún billete por adelantado. Me quedé solo en una de las mesas altas, con un vaso a medio terminar, intentando encarar a una mujer bien puesta que andaba dando vueltas por ahí. Cuando me arrimé me hizo entender, sin demasiada vuelta, que estaba buscando otra chica para jugar a la tijera. Le sonreí, me hice a un lado y volví a quedar a la deriva.

Iba a darme por vencido cuando vi a una pareja en un sillón del rincón. Ella tenía cuarenta y pico, bien llevados, vestido negro y una sonrisa muy tranquila. Él rondaba los cincuenta y se notaba que pasaba más tiempo del que correspondía en el gimnasio.

Ella me clavó la vista, levantó la copa y me brindó desde lejos. Yo levanté la mía y me quedé clavado en mi lugar, sin saber bien si me estaba invitando a algo o si era una jugarreta para hacerlo poner celoso a él. A los pocos segundos él se paró, caminó hasta donde yo estaba y me hizo un gesto con la cabeza para que los acompañara.

—Vení, sentate con nosotros —me dijo, y no esperó respuesta.

La mujer quedó en el medio de los dos. Hablamos de cualquier cosa durante un rato largo: del viaje a Cariló del verano pasado, del partido del domingo, del trabajo de él, que dirigía una empresa de logística. Ella escuchaba mucho, miraba poco, sonreía siempre. Cada tanto me apoyaba la mano en la pierna para subrayar algo y la dejaba un segundo más de lo necesario.

—Tenemos un departamento acá nomás, en Pichincha —dijo él de golpe—. ¿Querés venir a tomar algo más tranquilo?

Miré a la mujer. La mujer me miró a mí.

—A él le calienta mirarme con otro —agregó ella, sin bajar la voz—. No es la primera vez. Pero vos elegís.

No tenía mucho que pensar. Asentí, me terminé el vaso y salimos los tres juntos.

En el remís él hablaba sin parar. Decía que quería que nos la chupara a los dos al mismo tiempo, que iba a atendernos como nos merecíamos, que la mujer era una experta. Lo decía despacio, casi en susurro, como si me estuviera vendiendo algo. Ella me apretaba el muslo y miraba por la ventana.

El departamento estaba en un séptimo piso con balcón al Paraná. Apenas entró, él se fue a la cocina a buscar un espumante y tres copas. Ella no perdió tiempo: me empujó suave contra la pared del living, me pasó la mano por encima del pantalón y me dijo al oído que tenía muchas ganas de sentir otra pija en su casa, que quería los tres agujeros llenos antes de que terminara la noche.

—¡Eh, no empiecen sin mí! —se escuchó desde la cocina.

Ella se rió, se agachó, me bajó el cierre del pantalón y me la sacó. Empezó a chuparme despacio, mirándome desde abajo, mientras él aparecía con la botella abierta y tres copas. Sirvió, me alcanzó una y levantó la suya.

—Por esta mujer hermosa que nos junta acá —dijo, brindó conmigo y bajó la mano para abrirse el pantalón también.

La de él era promedio, ni más ni menos. Ella se la metió en la boca, alternó entre las dos pijas y, en un momento, nos hizo una seña para que nos juntáramos. Quería las dos en la boca al mismo tiempo. Cuando mi miembro tocó el del marido sentí un escalofrío raro: era la primera vez que me pasaba algo así. Pero ella hacía magia con la lengua y dejé de pensar.

—Sentate ahí —me dijo casi como una orden, señalando el sillón—. Me la voy a clavar yo primero.

Me senté. Ella se levantó el vestido, se corrió la tanga negra a un costado y, de espaldas, se acomodó arriba mío. El marido se quedó parado al lado, masturbándose despacio mientras nos miraba.

—Vení para acá, mi amor —le dijo después—. Que te la quiero chupar.

Él se acercó. Ella se la metió en la boca mientras seguía moviéndose arriba de mí. Tenía un culo trabajado, firme, redondo, y no paraba quieta ni un segundo. Los tres seguíamos a medio vestir: ella con el vestido enrollado en la cintura, nosotros con los pantalones bajos pero las camisas todavía puestas. Había algo de eso que me calentaba más que si hubiéramos estado desnudos desde el principio.

—Chupame el culo —me ordenó, dándose vuelta y montándose otra vez sobre mí—. Y vos, abrime las nalgas mientras él me la mete por delante.

Le agarré las nalgas y se las separé. El marido se acomodó, se acercó y le hundió la lengua en el ano. Ella gimió bajito, mordiéndose el labio. Después le pidió que cambiara: que se la metiera por atrás, que quería sentirnos a los dos adentro al mismo tiempo.

Cuando él empezó a empujar, yo lo sentí a través de la pared delgada entre los dos agujeros. Una sensación rarísima, casi vibratoria. Ella empezó a moverse despacio, encontrándole el ritmo a las dos pijas, y a los pocos segundos ya estaba diciendo que era una puta feliz, que quería seguir así toda la noche, que no había nada que la pusiera mejor que tener dos hombres adentro.

—Sacámela y chupá como vos sabés —le dijo al marido sin avisar.

Él obedeció. Se arrodilló al costado del sillón y empezó a chupar los huevos y el perineo, mientras ella me agarraba las manos, me las llevaba detrás de la cabeza y aceleraba la cabalgata. Yo creí que él iba a volver a lamerle el culo a ella, pero cuando bajé la vista lo encontré con la boca en mí. Me chupaba, me lamía, me apretaba.

—Relajate —me dijo ella al oído mientras me desabrochaba la camisa—. Pocas bocas como la de mi marido vas a probar en la vida. Te lo prometo.

Él me sacó el pantalón sin que yo me diera cuenta. Ella me quitó la camisa. Entre los dos me dejaron desnudo en el sillón, sin que yo opusiera ninguna resistencia. Ella se sacó el vestido por la cabeza y se quedó solo con la tanga negra y unos tacos finos que ni siquiera se había sacado.

No llevábamos media hora en el departamento y ya me habían chupado la pija una mujer y un hombre, había hecho una doble penetración con un desconocido y estaba a punto de cruzar una línea más. La noche prometía y todavía no eran las tres de la mañana.

Ella volvió a montarme. El marido se acomodó debajo, me levantó las piernas y siguió trabajándome con la lengua. Primero el perineo. Después el agujero. Después un dedo, despacio. La única vez que me habían metido algo había sido una travesti, unos meses antes, en un departamento de Fisherton. Y aquello había sido corto y casi accidental.

Sentí la cabeza de su pija empujando, despacio pero sin pedir permiso.

—Che, tu marido me quiere coger —le dije a ella, medio en serio medio en risa.

—Tranquilo —me contestó sin parar de moverse arriba mío—. Te va a puntear un poquito para que se te ponga más dura todavía. Confiá.

Pero el hijo de puta no me punteó. Hizo presión de verdad, me abrió de a poco y se me metió hasta el fondo. Me clavó la pija hasta donde no había llegado nada antes.

—Enojate y vengate —me decía al oído, agarrado de mis caderas—. Dale, enojate y vengate.

No supe qué decir ni qué hacer. Tenía a una mujer hermosa montándome y a su marido cogiéndome al mismo tiempo. Mi primer trío bisexual, y el guion lo estaban escribiendo ellos.

—Sacámela —le dije por fin.

Él se apartó sin protestar y se quedó parado al costado, mirándonos. La mujer siguió clavándose mi pija unos segundos más y después me habló bajito:

—Se portó mal, ¿no? Tenés que castigarlo. Vas a ver qué culito tiene.

Se levantó. Él ya se había sacado todo y se había puesto una tanga de mujer, negra, ajustada. Estaba de espaldas, esperando.

—Decime si mi marido no tiene el mejor culo —dijo ella, sonriendo.

No tenía mucha cadera, pero el culo era firme, redondo, completamente depilado. Me había acostado con minas que no tenían un culo tan bueno como ese. Ella se mojó dos dedos con saliva, le corrió la tanga a un costado y se los empezó a meter despacio.

—Te cogió sin permiso —me dijo—. Vengate. ¿No te dan ganas de garcarte al puto de mi marido?

—Sí, señor, cojame —dijo él de inmediato, todavía de espaldas—. Me porté mal, hágame pagar. Necesito carne adentro.

Era un juego de dominación armado de antemano, eso era evidente. Pero no iba a quedar afuera.

—Vení, chupame la pija —le ordené—. Mojala bien, así te la meto de una.

Se tiró al piso y la mujer se arrodilló al lado de él. Me la chuparon entre los dos, en un oral a dos bocas que todavía hoy me hace sentir cosas cuando lo recuerdo. Cuando estuvo bien dura, le hice una seña a él para que se pusiera en cuatro patas y la mujer le abrió las nalgas con las manos.

Empujé y entró todo de una. Ningún problema, ninguna queja. Solo un «sí, sí, sí» bajito que empezó a subir de volumen mientras yo agarraba ritmo. Ella se acostó boca arriba debajo del marido y él, sin que nadie se lo pidiera, se puso a chuparle la concha mientras yo lo cogía a él. Ella disfrutaba doble: del oral y del espectáculo.

—¡Ay, qué puto que soy, cómo me gusta! —decía él—. Metémela hasta el fondo, dale.

—Qué buen macho que conseguimos hoy, mi vida —le contestaba ella—. Hagamos un trencito antes de que se acabe alguno.

La mujer se acomodó debajo y él se la empezó a coger mientras yo seguía cogiéndolo a él. Tres cuerpos moviéndose en una sola cadena, un solo ritmo. Aguanté lo que pude.

—Pará, pará —dijo él de golpe—, me estoy por acabar. No me la saques, cogeme más.

Sentí que su culo me apretaba cada vez más. Si lo dejaba terminar así, yo me iba a ir en leche también. Le di unas estocadas finales, saqué la pija a medias y me apreté la base con la mano para frenar. Apenas él terminó de acabar adentro de ella, la mujer se zafó de abajo y se puso ella misma en cuatro.

—Ahora yo —dijo.

Se la metí hasta el fondo de un solo empuje.

—¡Ay, qué rica! Con razón te acabaste, con esta poronga en el culo cualquiera.

Me concentré en no acabarme. Diez minutos largos de moverme adentro de ella, cacheteándole ese culo de gimnasio que no se cansaba nunca. En esas estaba cuando sentí al marido pegado a mi espalda. Quería revancha y yo estaba en un estado tal que no me importó. Empezó a darme por el culo otra vez, esta vez sin pedir nada. Yo seguí cogiéndola a ella.

Era un trencito de toma y daca. Iba para adelante y me llenaba de placer; iba para atrás y me llenaba de otra cosa. No supe en qué momento perdí la cuenta.

—Avisanos cuando estés por acabar —dijo ella.

—Falta poco —contesté.

Él me dio un par de estocadas más, se salió y los dos se arrodillaron delante de mí con las bocas abiertas. Largué todo lo que tenía. Se peleaban por la leche, se besaban con ella en la lengua y, al final, él me limpió la pija hasta dejarla brillando.

Me dejé caer en el sillón. Me serví más espumante y los miré besarse en el piso, agotados, todavía pegoteados. A los pocos minutos se me volvió a parar y los dos repitieron el oral a dos bocas. Él se acabó masturbándose a un costado, mientras yo me concentraba en la lengua de ella. Después la agarré, la tiré boca arriba en la alfombra y le clavé la pija hasta acabarle adentro. Cinco minutos. No me dio el cuerpo para más.

Me levanté, me vestí, llamé un remís y bajé sin hacer demasiado ruido. Eran las seis de la mañana y Rosario empezaba a clarear por encima del río.

En el viaje de vuelta me toqué el bolsillo del pantalón y sentí algo. Saqué la mano y eran tres billetes de cien dólares prolijamente doblados, con un papelito que decía, en letra de imprenta: «Cuando quieras, repetimos».

Había sido taxi boy por una noche y todavía no me había dado cuenta.

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