El desconocido del asiento de atrás me cambió la madrugada
Me llamo Matías Salazar y tenía diecinueve años recién cumplidos la noche que subí a ese bus. Soy flaco, alto y demasiado curioso para mi propio bien. Me habían aceptado en una facultad del oriente del país, a siete horas de Barquisimeto, donde vivía con mi tía. Decidí adelantar la salida tres días: prefería instalarme con calma y no en medio de la avalancha que se forma los fines de semana en las terminales.
El pasaje me lo pagó Ramón, la pareja de mi tía, un constructor que se había hecho un nombre levantando casas en las afueras. Insistió en que viajara en un bus de lujo, con asientos de cuero reclinables, baño propio y aire acondicionado decente. «Para que llegues fresco», me dijo al despedirse en la puerta del terminal.
Me tocó el segundo piso, casi al fondo del pasillo. Salimos cerca de las diez y media de la noche. Apenas había gente. Yo tenía dos butacas para mí solo, así que me acomodé sobre el costado izquierdo, las piernas sobre el asiento vacío y la chaqueta enrollada como almohada. Cerré los ojos pensando que dormiría las siete horas de un tirón.
No habrían pasado treinta minutos cuando algo me hizo abrir los párpados. Por encima del respaldo asomaba un rostro: un hombre maduro me observaba desde la fila de atrás. Me incorporé de golpe.
—Buenas noches —dije, sin disimular la incomodidad.
—Discúlpame, joven —respondió en voz baja—. No quise asustarte. ¿Vas hasta Cumaná?
—Sí, claro —contesté, todavía rígido.
—Me llamo Federico —añadió. Al ver que yo no aflojaba la guardia, sacó del bolsillo de la camisa una credencial laminada y la giró para que la luz del pasillo le diera. Trabajaba en la universidad, profesor de Estadística—. Estos buses suelen viajar vacíos. Vengo de visitar a unos parientes y regreso a casa.
La tensión se aflojó. Le conté que iba a estudiar Comunicación Social, que no conocía la ciudad, que aún no tenía residencia. Él levantó las cejas.
—Mira qué casualidad. Una cuñada mía alquila una habitación independiente a dos cuadras del campus. Solo se la da a gente recomendada, no le gustan los desconocidos. Si te interesa, puedo presentártela mañana.
Lo pensé un segundo. Sonaba demasiado conveniente, pero estaba cansado y la propuesta me resolvía la mitad de las preocupaciones. Estiré la mano por encima del respaldo.
—Matías Salazar. Encantado.
—El gusto es mío.
Conversamos un rato del clima de la costa, de las playas vacías en temporada baja, del cine de barrio que todavía proyectaba películas en treinta y cinco milímetros. Federico hablaba pausado, con esa cortesía un poco anticuada que tienen los hombres que aprendieron a tratar a la gente antes de internet.
En algún momento la charla se desvió hacia lo personal.
—¿Tienes novia, Matías?
—No. Ojalá encuentre alguna chica decente en la facultad.
—Eres educado, eso ayuda. Mira, te voy a contar algo. Estoy casado desde hace veintitrés años. Tengo un hijo en Madrid y vivo con mi esposa. Todo perfecto, en apariencia. Pero hace unos meses me da vueltas una curiosidad que nunca le diría a ella.
Esperé en silencio, sin saber adónde quería llegar. Pensé en drogas, en pirámides, en cualquier estafa de carretera. Él dudó, miró el pasillo desierto y bajó aún más la voz.
—Quiero probar la polla de otro hombre en la boca. Chupársela hasta el final, tragarme su leche. Solo una vez. Saber qué se siente.
Me quedé sin aire. No por escándalo —no soy de escandalizarme—, sino porque no esperaba esa franqueza. Y porque, aunque me costara admitirlo, ya había estado yo del lado de quien recibe una boca ajena en la verga. Una sola vez, hacía dos años, con alguien en quien preferiría no pensar. La curiosidad no me era ajena.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí? —pregunté.
—Porque me caes bien y porque viajamos solos en una fila al fondo. Si me dejaras metértela en la boca, te lo pagaría. Sé que es atrevido. Si me dices que no, no se habla más y dormimos los dos.
—¿Cuánto?
—Lo que cuesta el pasaje de regreso en este mismo bus. En efectivo. Ahora.
Calculé rápido. Era más de lo que pensaba gastar en comida durante el primer mes. Miré las filas de adelante: una pareja mayor dormía abrazada, dos chicas con auriculares se reían bajito, un abuelo roncaba contra el cristal. Detrás de nosotros, nadie. La cortina del pasillo estaba corrida.
—Muéstrame el dinero primero —dije.
Federico sacó una billetera gastada y contó los billetes uno por uno, sin teatro. Me los pasó por encima del respaldo. Eran más de los que había anunciado. Los enrollé y los metí en el bolsillo interior de mi maleta de mano. Cerré el cierre con calma, para darme tiempo a pensar.
—Bueno —dije, sin mirar atrás—. ¿Cómo lo hacemos?
—Déjame a mí. Tú quédate quieto y disfruta.
Rodeó la fila por el pasillo y se sentó en el asiento vacío a mi lado. Apagó la luz individual de lectura. Sólo quedó el verde tenue del piloto de salida sobre el techo. Su mano se apoyó primero sobre mi muslo, por encima del pantalón. Esperó. Yo tampoco me moví.
Cuando vio que no lo rechazaba, empezó a sobarme con paciencia. No tenía prisa. Recorrió el largo de mi pierna, subió hasta la entrepierna y dibujó la forma de lo que había debajo de la tela. Los dedos gruesos me apretaron los huevos por encima del pantalón, midieron el bulto, subieron y bajaron por el tronco que ya se marcaba tenso contra la bragueta. Mi polla reaccionó sola, sin permiso, y eso pareció animarlo. Aumentó la presión, me la manoseó a mano abierta hasta que sintió el latido, y recién ahí me aflojó el cinturón, abrió el botón y bajó el cierre sin hacer ruido.
Metió la mano dentro del bóxer y me la sacó con dos dedos, como si manejara algo frágil. La verga salió al aire tibio del pasillo, dura, gruesa en la base, con la piel corrida y el glande brillando en la penumbra. Federico la miró un instante a la luz verde y soltó el aire despacio, como quien por fin llega a un lugar que llevaba mucho tiempo imaginando. Me la agarró por el tronco, la sostuvo firme, y con el pulgar me acarició la punta hasta que le brotó la primera gota transparente. Se la untó en la yema, se la llevó a los labios y la probó con los ojos cerrados. Después ya no dudó.
Se inclinó y empezó por la base, con la lengua plana, como quien prueba un sabor nuevo. Me lamió el tronco entero, de abajo hacia arriba, y volvió a bajar hasta los huevos. Me los sacó del bóxer con cuidado y se los metió en la boca uno a la vez, chupándolos suave, rodándolos con la lengua. La respiración se me cortó. Volvió a subir y esta vez sí me la envolvió con los labios, apenas la cabeza al principio, mamando la punta con un movimiento corto y prolijo, como si estuviera memorizando la forma.
La primera sensación fue rara, no por desagradable sino por nueva. Una boca de hombre no es como la de una mujer: hay más calor y menos disimulo, más fuerza en el cierre de los labios, más presencia de la lengua. Federico iba lento, casi tímido al principio, hasta que se aflojó. Cuando se aflojó, supo lo que hacía. Empezó a tragármela entera, bajando la cabeza en un movimiento largo hasta que sentí el fondo caliente de su garganta apretándome el glande. Se detuvo ahí un segundo, aguantando la arcada, y volvió a subir despacio, dejándome la verga cubierta de saliva espesa que goteaba sobre mis huevos.
—Joder, qué polla más rica —murmuró, con la voz enronquecida, antes de volver a metérsela hasta la mitad.
Marcaba el ritmo con la lengua, me sujetaba los testículos con la mano izquierda como si fueran un instrumento delicado, y con la derecha me pajeaba la base que no le entraba en la boca. Cada bajada la coronaba con una succión larga que me arrancaba escalofríos por las piernas. Cada subida la remataba lamiéndome la corona con la punta de la lengua, insistiendo en el frenillo hasta que se me contraía el vientre. Encontró rápido el punto exacto que me hacía apretar los dientes y ahí se quedó, chupando en círculos cortos, escupiendo saliva sobre el glande y volviéndola a repartir con los labios.
Yo tenía las manos crispadas en el reposabrazos, aguantando cualquier ruido. Miraba de reojo su cabeza subiendo y bajando en la penumbra verde, las canas cortas iluminadas por el piloto del techo, la barba corta rozándome la piel del bajo vientre cada vez que se hundía hasta el fondo. Me abrió más el pantalón para tener espacio, me bajó el bóxer hasta los muslos y ahora tenía la verga entera a su disposición, los huevos al aire, todo servido en un asiento de cuero mientras el bus rodaba por la carretera oscura.
—Sepárame las piernas, joven —susurró levantando la cara un segundo—. Que te la mame bien.
Le hice caso. Abrí los muslos todo lo que me permitía el pantalón caído y él se acomodó mejor, se puso casi de perfil sobre el asiento, y volvió a engullirme. Ahora bajaba hasta el fondo en cada embestida, tragándose la polla completa, la nariz apretada contra mi pubis, la garganta cediendo con un gorgoteo grave que apenas se oía sobre el ruido del motor. Se quedaba ahí, con los ojos cerrados y una arruga de concentración entre las cejas, respirando por la nariz, dejando que le latiera la verga adentro. Después subía despacio, saboreando la salida, y volvía a bajar. Recordé, sin querer, aquella experiencia de hacía dos años. Yo había estado del otro lado, sin saber qué hacer con la lengua ni qué hacer con los dientes, tragando saliva y aguantando el asco. Federico, en cambio, parecía un veterano de algo que decía jamás haber practicado. A lo mejor todos los hombres llevamos la técnica en alguna parte del cuerpo y nadie nos enseña a despertarla. Chupaba con hambre atrasada, con una entrega que no admitía dudas. La mano izquierda soltó los huevos y me buscó la mano; me obligó a apoyársela en la nuca, a marcarle yo el ritmo. Cuando entendí lo que quería, le agarré un puñado de pelo corto y empecé a moverle la cabeza al compás de mis caderas.
Se dejó follar la boca sin quejarse. Al contrario: cada vez que yo empujaba más fuerte, él gemía sordo contra el tronco y abría más la garganta. Le colgaba un hilo de baba del mentón que le mojaba los huevos. El asiento de cuero crujía apenas bajo mi cadera y yo apretaba los dientes para no soltar un jadeo. La polla me latía entera, hinchada al máximo, sensible hasta en la piel de la base.
—Voy a acabar —murmuré después de un rato que se me hizo corto.
Él no aflojó el ritmo. Al contrario, apretó los labios más fuerte alrededor del tronco y aceleró, meneando la cabeza con un movimiento corto y voraz. Apretó la lengua contra la parte sensible de la cabeza y siguió, decidido a llegar hasta el final. Quise agarrarle la nuca y empujar hasta el fondo, pero pensé en sus dientes y en lo absurdo que sería terminar la noche con una herida estúpida. Me quedé quieto y dejé que él manejara el cierre.
El primer chorro me subió por la verga con un espasmo que me arqueó la espalda contra el respaldo. Se lo solté dentro de la boca sin aviso, un latigazo espeso que le tapó el paladar. Federico ahogó un gruñido ronco y no se apartó ni un centímetro; al revés, hundió más la cabeza y me apretó los huevos con la mano, ordeñándomelos, sacándome el segundo chorro y el tercero, uno tras otro, todos adentro. Sentí cómo tragaba, cómo el reflejo de la garganta me apretaba el glande y le daba a la corrida un empujón final. Le llené la boca de semen caliente y él se lo bebió sin perder una gota, chupando todavía, sacándome lo último con la punta de la lengua contra el agujerito, hasta que ya no tuve nada más que darle.
Acabé sin un solo sonido. Sólo el motor monótono y el aire acondicionado tapaban todo. Federico lo recibió sin moverse, esperó unos segundos con la polla todavía dentro, lamió con cuidado el tronco y el glande recalentado, me pasó la lengua por los huevos como quien limpia un plato, y recién ahí se irguió. Se pasó el dorso de la mano por los labios, se los relamió, y me sonrió de lado en la penumbra verde con una satisfacción que no había mostrado antes. Sacó un paquete de toallitas húmedas del bolso, me limpió la verga con paciencia, me la volvió a acomodar en el bóxer, me subió el cierre y me abrochó el cinturón como si estuviera vistiendo a un hijo. Después se limpió la barba corta, dobló las toallas usadas y las guardó en una bolsita aparte.
—Gracias, Matías —dijo, sin sonreír pero con la voz cambiada—. Era exactamente como me lo imaginaba. Dulce, espeso, salado al final. No sé si volveré a hacerlo, pero ya lo sé.
—De nada —respondí, sin saber qué más decir.
Volvió a su fila, se acomodó contra la ventanilla y, hasta donde alcancé a oír, se durmió enseguida. Yo tardé un poco más. Me quedé mirando el techo verdoso, con el dinero en la maleta y la sensación rara de haber cruzado un umbral sin querer, la verga todavía tibia dentro del bóxer, el olor mío mezclado con el de su saliva pegado a la ropa.
***
Me despertó la voz de Federico cuando llegamos a la terminal. Eran las cinco y poco. La ciudad olía a sal y a panaderías abriendo.
—Vamos por las maletas —dijo, como si nada hubiera pasado.
Al bajar pude verlo bien por primera vez: cerca de los cincuenta, fornido, hombros anchos, canas en las sienes, manos grandes de trabajador. Caminaba con la seguridad de los hombres que no piden permiso. Me invitó a un café en una panadería cerca del estacionamiento. Pidió empanadas de carne y dos cafés con leche.
Mientras comíamos, hizo una llamada corta. Después me pidió que lo acompañara a la entrada. A los cinco minutos paró un sedán gris. Al volante había una mujer joven, con la cara fresca y la voz dulce.
—Sube atrás —me dijo Federico—. Te presento.
—Hola, Matías —dijo ella girándose para mirarme—. Soy Mariana, la esposa de Federico. Vamos a casa de Beatriz, mi cuñada. Federico, llámala para que esté pendiente.
—Ya está —contestó él.
Yo me sentía raro. No por ella, que era amable, sino por el contraste. Federico contaba lo tranquilo que había estado el viaje, decía que «si no hubiéramos hablado un rato antes de dormir, no habría pasado nada interesante». Mariana asentía, ajena. Yo miraba por la ventana las primeras luces sobre el mar.
Diez minutos después entramos en una urbanización cerrada. El portón eléctrico se abrió con un zumbido. Estacionamos a la derecha de una casa de dos plantas pintada de blanco. En la entrada nos esperaba una mujer de unos treinta y tantos, blanca, con una melena negra larga y muy lisa. Sonreía como quien sonríe a un sobrino.
—Bienvenido, Matías —dijo abrazándome de lado—. Federico me habló bien de ti. Pareces un chico serio.
Pensé que entraríamos a la casa, pero no. Me indicó que la siguiera por el costado. Detrás había una entrada independiente con puerta de cristal y un vitral encima, un sol con rayos en azul cobalto.
—Tiene cocina, baño, una cama individual y este puesto de estacionamiento —explicó Beatriz—. Lavadora aparte, pagas por uso. Señal de cable, también aparte. Si te quedan dudas, las preguntas ahora.
Me dijo el precio. Era poco más de la mitad de lo que había visto por internet la semana anterior.
—Acepto —respondí casi de un salto.
—Perfecto —dijeron Federico y Beatriz a la vez.
Federico anunció que pasaría al mediodía para ver si necesitaba algo. Beatriz dijo que dejaría comida en la cocina, que ella trabajaba en el norte y no llegaría hasta la noche. Se despidieron de prisa y me dejaron solo, parado en medio de una habitación que olía a pintura nueva.
Cerré la puerta, me senté en la cama y miré la maleta. Adentro estaba el dinero. Pensé que, por primera vez en mi vida, había salido de casa hacía menos de doce horas y ya había aprendido tres cosas que no figuraban en ningún programa de orientación universitaria: que la ciudad tenía un olor propio, que el silencio se puede vender, y que la curiosidad de los hombres mayores casi nunca llega sola. Federico iba a volver al mediodía. La ciudad apenas empezaba a despertar del otro lado del vitral azul.