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Relatos Ardientes

Aquella noche en que mi madre dejó la puerta entornada

Necesito escribir esto. Lo he intentado callar durante meses, pero la cabeza se me llena de imágenes cada vez que ella entra en la cocina o pasa por el pasillo con el albornoz puesto. No sé por qué hice lo que hice. No sé por qué ella tampoco se apartó. Solo sé que pasó, y que sigue pasando dentro de mí cada noche.

Voy a contarlo tal cual lo recuerdo. Sin adornarlo. Sin justificarme.

Esa noche había invitado a Lorena. Llevábamos saliendo unos meses, nada serio, lo justo para entrar a mi cuarto sin pedir permiso. Mi madre se había ido a casa de su hermana, en otra ciudad, y según me había dicho no volvía hasta el día siguiente por la tarde.

Estábamos en la cama desde hacía horas. Lorena disfrutaba. Yo no terminaba. Es algo que me ocurre desde hace años y que ningún médico ha sabido explicar. No es impotencia —de eso ya me he asegurado—, sino una especie de bloqueo. El cuerpo responde, la cabeza no. Llego hasta el borde una y otra vez, y en el último momento algo me cierra la puerta.

Lo habíamos intentado todo. La puse boca abajo, boca arriba, sentada encima, contra el cabecero. Se la metí en la boca, entre los pechos, en el culo. Ella se corrió tres veces. Yo ninguna. Cuando finalmente se dejó caer en la almohada con la respiración rota y una sonrisa cansada, yo seguía duro, sudado y furioso conmigo mismo.

—Tranquilo —me dijo pasándome la mano por el pecho—. No pasa nada.

Sí pasaba. Pasaba todo.

Estábamos así, en silencio, cuando oímos el portazo. La puerta de la calle. Un sonido inconfundible, esa madera vieja que vibra contra el marco al cerrarse fuerte. Lorena se incorporó de golpe.

—¿Tu madre?

—Es imposible —dije. Pero ya estaba imaginándomela subiendo las escaleras.

No nos dio tiempo a nada. Ni a vestirnos, ni a escondernos, ni a inventar una excusa. La puerta de mi cuarto se abrió antes de que yo pudiera reaccionar y allí estaba Adriana, mi madre, con el bolso todavía en la mano y la boca abierta.

Miró a Lorena. Después a mí. Después al embrollo de sábanas, ropa interior y vasos vacíos sobre la mesilla. No dijo nada. Lorena se levantó como un resorte, agarró su vestido del suelo y salió del cuarto cubriéndose como pudo, murmurando algo que no llegué a entender. Yo me quedé quieto, desnudo, con la sábana hasta el ombligo y la cara ardiendo.

Mi madre seguía sin moverse. Sus ojos bajaron por mi pecho, por el estómago, y se quedaron clavados en la sábana, justo donde mi erección la levantaba sin disimulo. No me había bajado. Ni con el susto. Eso me asustó más todavía que el hecho mismo de que ella estuviera allí, mirándome de esa manera.

Abajo se cerró la puerta de la calle de un golpe. Lorena se había ido.

Mi madre cerró los ojos, respiró hondo y, sin decir una palabra, se dio la vuelta y salió. Oí sus pasos por el pasillo y, después, el ruido del agua llenando la bañera.

***

Me quedé sentado en la cama un cuarto de hora. Tal vez veinte minutos. No lo sé. Tenía el corazón disparado y el cuerpo helado, pero algo entre las piernas seguía latiendo con una insistencia que no podía explicar. Me puse un pantalón corto y salí al pasillo descalzo, intentando no hacer ruido sobre la madera.

La puerta del baño no estaba cerrada del todo. Quedaba una rendija de cinco centímetros, justo lo suficiente para dejar escapar el vapor y un olor a jabón de lavanda que mi madre usa desde que tengo memoria.

Y un sonido.

Era una respiración. Pesada, agitada, contenida. La oía por encima del chapoteo. Una respiración que yo conocía bien, no por ella, sino por mi propio cuerpo. La respiración de alguien que está al borde.

Me acerqué sin pensar. Sin decidirlo. Apoyé la mano en el marco de la puerta y empujé apenas un poco. Lo justo para ver.

Mi madre estaba dentro de la bañera, con el agua hasta la cintura y la cabeza apoyada hacia atrás contra los azulejos. Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos y una mano metida entre las piernas. Dos dedos. Los movía despacio, en círculos, mientras la otra mano le apretaba un pecho. Los pezones, oscuros y duros, asomaban entre el vapor.

Adriana tenía cincuenta y dos años. El pelo rojizo de tinte, pegado al cuello por el agua. Era una mujer de cuerpo ancho, de caderas grandes, con el vientre suave y los pechos pesados. Nunca la había mirado así. Nunca me había permitido mirarla así. Y sin embargo ahí estaba yo, paralizado en la puerta, con la garganta seca y la respiración entrecortada.

Ella abrió los ojos.

No gritó. No retiró la mano. Me miró fijo, con la pupila dilatada, como si llevara horas esperando que yo apareciera y al fin lo hubiera hecho. Después, sin decir nada, bajó la vista a mi entrepierna y vio lo que yo no había podido disimular.

—Qué haces aquí —susurró.

No era una pregunta. Era otra cosa.

—No lo sé —dije, y era verdad.

Se incorporó un poco. El agua le resbaló por los pechos hasta volver a caer en la bañera. Su mano seguía donde estaba.

—Cierra la puerta.

Lo hice. Mi cuerpo lo hizo por mí. Cerré la puerta detrás y eché el pestillo y me quité el pantalón corto sin pensar, sin debatir, sin permitirme un segundo de duda, porque sabía que si me daba un segundo no entraría jamás en esa bañera y me arrepentiría toda la vida de no haberlo hecho.

Me metí. El agua estaba caliente, casi ardiendo. Ella se echó hacia atrás para hacerme sitio, pero yo no quería sitio. Quería estar encima. Le agarré las muñecas, las separé suavemente del cuerpo y la apoyé contra el borde de la bañera. Su mirada no se apartó de la mía en ningún momento.

—Hijo —dijo.

Y esa palabra, en lugar de detenerme, me empujó. Algo dentro de mí se rompió. La besé. No fue un beso de hijo. Le metí la lengua, le mordí el labio inferior, le agarré la nuca con una mano. Ella respondió con la misma ansia. Sus dedos se cerraron sobre mi pelo y tiraron hacia abajo.

La penetré así, sin previo aviso, sin pedir permiso, sin nada. Estaba tan abierta y tan mojada que entré entero de una sola vez, hasta el fondo. Sentí cómo se le tensaba todo el cuerpo y cómo escapaba un gemido grave, casi animal, contra mi boca.

—Despacio —jadeó—. Despacio.

No pude. No fui capaz. La embestí una y otra vez mientras el agua se desbordaba por los lados de la bañera y caía al suelo en oleadas. Sus pechos, mojados y pesados, golpeaban contra los míos. Le agarré el pelo, le eché la cabeza hacia atrás y le mordí el cuello justo debajo de la oreja.

Ella se corría. Sentía sus paredes apretándome, palpitando, ordeñándome de una forma que no había sentido jamás con ninguna otra mujer. Se corrió una vez gimiendo bajo, después otra vez más fuerte, después una tercera que la hizo arquearse contra mí y morderme el hombro hasta dejar marca.

Y entonces sentí el ardor en la base de la columna. Ese cosquilleo que siempre llegaba y se iba sin terminar. Esta vez no se fue. Subió. Estalló. Me corrí dentro de ella con una violencia que me dejó sin aire, sin fuerzas, sin nada.

—Mírame —le pedí—. Mírame.

Y ella me miró. Y volví a correrme.

Tres veces. Tres orgasmos seguidos, uno detrás del otro, mientras ella me sostenía la cara entre las manos y me decía cosas en voz baja que no me atrevo a repetir. El tercero me dolió. Sentí el músculo del estómago contraerse hasta el calambre.

Me dejé caer hacia atrás contra el otro extremo de la bañera. El agua chapoteaba como si hubiéramos vaciado la mitad al suelo. Ella se quedó tumbada también, con los pechos subiendo y bajando, mirando al techo sin verlo.

Pasaron varios minutos en silencio. Solo se oía el goteo del grifo y nuestra respiración volviendo lentamente a su sitio.

—No vuelvas a entrar aquí —dijo al fin. Pero no me miró al decirlo.

Salí de la bañera dando tumbos. Me puse el pantalón mojado, abrí la puerta y volví a mi cuarto. Me tumbé sobre las sábanas todavía revueltas, todavía con el olor de Lorena impregnado en la funda, y me quedé mirando el techo hasta que se hizo de día.

***

Eso fue hace tres meses.

Desde entonces no hemos hablado de ello. Desayunamos juntos. Vemos la televisión. Ella me pide que le compre el pan, yo le pregunto si necesita que la lleve al mercado. Como si nada. Como si aquella noche no hubiera ocurrido jamás y la bañera siguiera siendo solo una bañera.

Pero algunas noches, cuando estoy a punto de dormirme, oigo el agua de la bañera correr al otro lado del pasillo. Y sé que ella sabe que la oigo. Y sé que está esperando a ver si me levanto.

No sé qué hacer. Si irme de casa. Si quedarme. Si volver a entrar.

Lo único que sé es que ninguna otra mujer va a hacerme correr así. Y eso, más que el incesto, más que el secreto, más que el pecado, es lo que de verdad no me deja dormir.

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