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Relatos Ardientes

Lo que nunca conté: mi amigo y yo en mi departamento

Siempre me he considerado un hombre heterosexual. Lo digo sin asteriscos ni notas al pie. Las mujeres me han gustado desde que tengo memoria, y dudo que eso vaya a cambiar a estas alturas. Pero hay una historia que me guardé durante mucho tiempo y que, si la cuento ahora, es porque ya no me incomoda contarla.

Tenía un amigo, Mateo, al que conocí en el gimnasio del barrio. Era abiertamente gay, divertido, sin filtros. De esos amigos con los que terminas hablando de cualquier cosa hasta las cuatro de la mañana sin darte cuenta. Y desde el primer momento dejó claro que yo le gustaba. Lo decía como quien comenta el clima: sin presionar, sin esperar nada, solo poniéndolo encima de la mesa.

—¿Sabes que se me hace agua la boca cada vez que te veo entrenar? —me soltaba con una sonrisa cuando coincidíamos en los aparatos—. Me imagino esa polla tuya sudada, aguantándome dentro de la boca hasta que me atragante.

Yo me reía y le respondía cualquier cosa. Tenía un descaro que no ofendía. Lo asumía como parte de él, igual que asumía que se vestía bien o que tomaba café cortado siempre con dos azúcares.

Pero entre todas las cosas que me decía, había una que se me quedaba dando vueltas. Yo siempre fui de los que disfrutan especialmente del sexo oral. Para mí, una buena mamada es de lo mejor que me puede pasar en una cama. Y Mateo, que parecía leerme, no perdía oportunidad de recordarme que se moría por chupármela, por tenerla entera hasta la garganta, por tragarse cada gota de mi corrida. Lo decía con esa naturalidad que tenía para todo, y al principio me hacía gracia. Después empezó a no hacérmela tanto.

***

Una noche pasó por mi departamento con dos cervezas y la excusa de mostrarme una serie. Vimos media hora y dejamos de prestarle atención. Estábamos en el sillón, el televisor de fondo, y la conversación derivó hacia donde siempre derivaba con él.

—En serio —dijo, dejando la lata en la mesita—. Una vez. Solo una. Te juro que te voy a mamar la polla como no te la mamó ninguna mina en tu vida.

Yo lo miré. Él me sostuvo la mirada. Y en ese momento, no sé muy bien por qué, le contesté que sí.

Mateo se arrodilló entre mis piernas con una calma que me desarmó. No tenía prisa. Me desabrochó el cinturón, me bajó el pantalón y el calzoncillo despacio, como si estuviera abriendo un regalo que llevaba meses esperando. La verga se me salió medio dura, apoyada contra la panza, y él soltó un suspiro largo, como quien por fin llega a casa.

—Mírala —murmuró—. Llevo un año pensando en esta polla.

Me tomó con la mano derecha por la base y la levantó hacia su boca. Antes de metérsela me pasó la lengua plana desde los huevos hasta la punta, muy despacio, deteniéndose a lamerme el frenillo con la puntita. Sentí el escalofrío subirme por la columna. Me la agarró después con las dos manos, se la apoyó en los labios cerrados y me miró desde abajo mientras me la restregaba por la cara, por la mejilla, por la barbilla, como si quisiera embarrarse con ella antes de empezar.

—Cierra los ojos si quieres.

No los cerré. Quería ver.

Abrió la boca y me la metió entera en un solo movimiento, tan hondo que sentí la punta chocar contra el fondo de su garganta. Se quedó ahí, con los labios pegados al pubis mío, respirando por la nariz, dejando que la lengua trabajara por debajo del glande. Cuando por fin subió, lo hizo con un ruido húmedo y obsceno, dejando un hilo de saliva colgando entre su labio y la punta de la polla.

—Joder —soltó, con la voz ronca—. Sabía que la tenías buena, pero no tanto.

Y volvió a bajar. Sabía exactamente cuándo apretar los labios y cuándo aflojarlos, cuándo dejar la lengua quieta y cuándo dibujar círculos con la punta alrededor del glande. Cada movimiento parecía pensado. Cada respiración suya, calculada para que yo sintiera el aire tibio en el lugar exacto. Me metió los huevos en la boca uno por uno, chupándomelos con hambre, mientras me pajeaba con la mano llena de su propia saliva. Después subió otra vez, se los lamió a la vez, con la lengua bien plana, y volvió a tragarse la verga hasta el fondo.

—Dime si voy bien —me dijo entre una arcada y otra, con los ojos vidriosos.

No le contesté con palabras. Le agarré la cabeza con la mano, le hundí los dedos en el pelo y lo guié yo mismo, empujándole la cara contra mi pubis. Él se dejó hacer, tragó, se atoró un segundo y siguió. Eso me prendió fuego de una manera que no esperaba. Empecé a moverle la cabeza yo, a follármele la boca como si fuera un coño, y él ni se resistió: se soltó las manos, las apoyó en mis muslos y abrió más la garganta para que yo pudiera entrar y salir a mi ritmo.

Por momentos me la tragaba entera y se quedaba ahí, sin moverse, con la nariz aplastada contra mi pelvis y las lágrimas cayéndole por los cachetes de la arcada, hasta que yo creía que se iba a ahogar. Después subía despacio, como si le costara separarse, y volvía a bajar. Otras veces me la sacaba de la boca y me pasaba la lengua por la punta con una precisión que me hacía cerrar los puños contra el sillón, o se la escupía encima y la usaba como lubricante para pajearme con las dos manos mientras me mamaba los huevos.

Esto no debería estar gustándome tanto.

Pero me estaba gustando. Y mucho.

Cuando sentí que ya no aguantaba más, le avisé. Le dije que me venía, que se apartara, que me la sacara de la boca. Pensé que se iba a apartar. No lo hizo. Todo lo contrario: me la clavó hasta el fondo, me agarró de los huevos con una mano, me metió la otra por debajo del culo apretándome hacia arriba, y me miró desde abajo con los ojos abiertos, exigiéndomela. Se me nubló todo. Empecé a correrme y él no se movió. Sentí el primer chorro salir directo contra el paladar, después otro, y otro, y otro más, la boca llena, la garganta trabajando para tragar sin soltar la polla. Yo terminé en su boca con un gemido que probablemente escuchó el vecino de al lado. Un poco de semen le desbordó por la comisura, le chorreó por el mentón, le cayó en el pecho. No se limpió. Se sacó la verga de la boca despacio, con los labios cerrados, apretándomela con ellos hasta la punta para exprimirme lo último. Después abrió la boca y me mostró lo que quedaba dentro antes de tragárselo. Sonrió.

—Te lo dije —murmuró, recogiendo con el dedo el semen que se le había caído al mentón y llevándoselo a la boca.

Esa noche no hablamos mucho más. Se fue a la hora, como si no hubiera pasado nada. Yo me quedé en el sillón, con la cerveza tibia en la mesa, la verga todavía afuera del pantalón y brillando de saliva seca, intentando entender qué había sido eso.

***

A la semana volvió. Y a la siguiente también.

Nos armamos una rutina sin nombrarla. Él aparecía con cualquier excusa y yo no decía que no. Nadie sabía. No por vergüenza, en realidad, sino porque no tenía sentido contarlo. Yo no me sentía menos hetero por dejarlo hacer lo suyo, y él no me pedía nada que yo no pudiera dar.

La regla tácita era simple: él me la chupaba, yo lo dejaba. A veces le ponía la mano en la cabeza y le follaba la boca hasta que se le corrían las lágrimas, a veces lo dejaba trabajarme a su ritmo. Cada vez que terminaba, terminaba en su boca. Esa parte parecía gustarle más a él que a mí; me pedía que le avisara para poder mirarme mientras se tragaba la corrida.

—Eres mi vicio —me dijo una noche, todavía con la respiración corta, limpiándose una gota que le quedaba en el labio con la lengua—. Me haces adicta esta polla.

—Y tú mi secreto —le contesté.

Se rió. Le gustaba esa palabra.

***

Pasó un mes, tal vez dos. Una madrugada, después de una sesión particularmente larga en la que me había hecho correr dos veces seguidas en la boca sin soltarme, él se incorporó en el sillón y se quedó mirándome.

—¿Nunca quisiste probar lo otro? —preguntó—. Metérmela por el culo, digo.

Sabía perfectamente a qué se refería, pero igual me lo dijo con todas las letras.

Le dije que no, que ni se me había cruzado. Pero no era del todo cierto. La idea me había rondado más de una vez en las últimas semanas, sobre todo cuando él se inclinaba sobre mí y yo le veía la espalda, los hombros, esa cintura más estrecha de lo que parecía. Mateo no era flaco, pero tenía algo, una manera de moverse, un culo respingón que se le marcaba en los pantalones, que ya no podía mirar como antes.

—Piénsalo —dijo, y se fue.

Lo pensé toda la semana.

***

La noche que le dije que sí lo hicimos en mi habitación. No en el sillón. Eso ya marcaba una diferencia.

Él entró sin decir mucho. Sabía. Se desnudó él primero, tranquilo, mirándome a los ojos como dándome tiempo a echarme atrás. Cuando quedó desnudo del todo se dio la vuelta despacio para mostrarme el culo, redondo, depilado, y se agachó a recoger el pantalón del suelo con la única intención de que yo se lo viera abierto un segundo. Se me puso la verga dura al instante. No me eché atrás.

Empezó como siempre, con la boca, pero esta vez fue más corto. Más bien una preparación. Se arrodilló, me la sacó del calzoncillo, se la escupió encima y se la tragó de un saque. Me la mamó con hambre, con las dos manos apretándome los huevos, hasta tenerme durísimo. Cuando notó que ya la tenía como una piedra se separó, se limpió la saliva del mentón con el dorso de la mano y sonrió.

—Necesito que estés bien firme para esto —dijo, y se dio la vuelta.

Se acomodó en cuatro sobre la cama, con los codos hundidos en el colchón y el culo levantado hacia mí, y la imagen me golpeó más de lo que quería admitir. Era él, claramente él, pero la postura era la misma que había visto cientos de veces en otra clase de escenas. Mi cabeza tardó un segundo en encajar las piezas. Le vi el ojete, rosado, tenso, y por debajo los huevos colgando y la polla dura contra la panza. Se llevó la mano atrás y se abrió una nalga con los dedos, ofreciéndomelo abierto.

Me acerqué. Le pregunté si estaba seguro. Me dijo que sí, que ya estaba listo, que él se encargaba. Sacó un sobre del bolsillo del pantalón que había dejado en la silla. Lubricante. Estaba todo pensado. Se echó una buena cantidad en los dedos y se untó él mismo, metiéndose primero uno, después dos, delante de mí, mientras me miraba por encima del hombro. Los movía adentro con soltura, abriéndose, y soltaba unos jadeos bajos que me tenían al borde de terminar antes de empezar. Después me agarró la verga con la mano llena de lubricante y me la embadurnó entera, con calma, apretando y girando la muñeca en la punta.

—Ven —murmuró—. Métemela despacio la primera.

Me arrimé detrás. Le apoyé la punta contra el agujero. Cuando entré, lo hice despacio. Más despacio de lo que jamás había entrado en nadie. No por ternura, sino porque no estaba seguro de cómo se hacía esto. Sentí cómo el anillo cedía, cómo la punta se colaba adentro con un empujón corto, cómo el calor apretado me envolvía centímetro a centímetro. Estaba más apretado que cualquier coño en el que hubiera estado. Él respiró hondo, soltó el aire entre los dientes y empujó la cadera hacia atrás, contra mí, tragándome lo que faltaba de una sola vez. Eso fue suficiente indicación.

Lo primero que me sorprendió fue el sonido. No el mío. El de él. Cuando empecé a moverme con un poco más de ritmo, dejó salir un gemido grave, casi de queja, que después se transformó en algo más parecido a un ronroneo. No sonaba como me había imaginado. Sonaba como sonaría cualquier cuerpo bien tocado, cualquier hembra a la que le estén partiendo bien por dentro.

—Así, así, no pares —murmuraba con la cara enterrada en la almohada—. Rómpeme, dame más.

Cerré los ojos un momento y dejé de pensar. Cuando los abrí, ya iba más rápido. Le había puesto una mano en la nuca, lo tenía agarrado del pelo, con la otra le sostenía la cadera, clavándole los dedos en la carne. Le entraba y le salía a golpes secos, escuchando cómo el pubis me chocaba contra las nalgas con un ruido húmedo y hueco que llenaba la habitación. Le decía cosas que no había planeado decir. Cosas feas, en el buen sentido. Le decía que se lo estaba metiendo hasta el fondo, que se lo iba a dejar destrozado, que iba a terminar dentro sí o sí. Él me contestaba a todo que sí, que me lo iba a dejar todo, que era mío.

—Más fuerte —pidió en algún momento, con la cara apoyada contra la sábana—. Cógeme más fuerte, cabrón.

Le hice caso. Le agarré las dos muñecas con una mano y se las tiré hacia atrás, dejándolo con el pecho apretado contra el colchón y el culo aún más alzado, y le entré con todo lo que tenía. Cada estocada le sacaba un gemido más agudo que el anterior. La cama empezó a golpear contra la pared.

***

Después de un rato me pidió cambiar. Me hizo tumbarme boca arriba y se sentó arriba de mí, primero de frente. Se levantó sobre las rodillas, se la agarró él mismo con una mano, se la apuntó al agujero y bajó despacio, con los ojos cerrados y la boca abierta, hasta quedar completamente sentado con mi verga adentro. Verle la cara mientras bajaba sobre mí fue una experiencia rara. Por momentos lo miraba —los pómulos, la mandíbula, la manzana de Adán— y me convencía de que no, que no era una mujer; por otros, cerraba los ojos y el calor apretado que me chupaba la polla se parecía tanto a un buen coño que me daba igual todo. Y eso, lejos de cortarme, me prendía aún más. Le agarré la polla suya, dura entre nosotros, y se la empecé a pajear al ritmo en el que él subía y bajaba. Le corría un hilo de líquido preseminal por la punta que se le mezclaba con el sudor.

—Mírame, mírame mientras me la meto —me pidió, apoyando las manos en mi pecho y clavándome las uñas—. Mira cómo me trago tu polla enterita.

Miré. Se estaba montando encima de mí como un caballo, con los muslos temblándole del esfuerzo, y cada vez que bajaba a fondo se le escapaba un jadeo entrecortado.

Después se dio la vuelta. De espaldas, agarrado de mis rodillas, empezó a moverse con una intensidad que yo no había visto nunca en una cama. Ahora tenía delante la vista de su espalda, de sus nalgas separándose y volviendo a juntarse en cada bajada, de mi verga entrando y saliendo, brillante, entre sus cachetes. Cada vez que bajaba, lo hacía hasta el fondo, con un golpe seco de las nalgas contra mis muslos. Cada vez que subía, parecía a punto de soltarme, dejándome solo la puntita adentro, y volvía a caer con todo el peso. Yo le ponía las manos en las caderas y lo guiaba, pero más para acompañar que para dirigir. Él tenía esto bajo control. Me daba unos golpes de cadera secos, apretándome el culo cada vez que llegaba abajo, ordeñándome con esa apertura que sabía cerrarse a voluntad.

Cuando se cansó de esa postura volvió a darse la vuelta y a ponerse en cuatro. Esta vez yo me subí también a la cama, detrás de él, y eso lo cambió todo. Estábamos los dos arriba del colchón, las rodillas hundidas en el acolchado, y la sensación era completamente distinta a la primera vez. Me incliné sobre su espalda hasta cubrirlo entero. Le bajé la cabeza contra la almohada con una mano en la nuca, le mordí el hombro, le dije al oído que me lo iba a llenar. Y empecé a moverme como si me hubieran soltado. Las caderas mías chocando contra sus nalgas a un ritmo que ya no controlaba, la mano libre buscándole la verga por debajo para pajearlo mientras se lo daba. La sentí latir en mi puño, dura, empapada, a punto.

—Me vengo, me vengo —gimió él en la almohada, y sentí el chorro caliente empapándome los dedos, cayéndole sobre la sábana, mientras el culo se le apretaba en espasmos alrededor de mi verga.

Ese apretón me acabó de reventar. Sentí el orgasmo venir y no me detuve. Tampoco me salí. Le clavé los dedos en la cadera, le di dos, tres, cuatro estocadas más, profundas, y terminé adentro, con la mandíbula apretada, sin gemido esta vez. Solo un sonido seco que no sé bien de dónde salió, mientras vaciaba dentro de él lo que llevaba media hora conteniendo. Sentí cada chorro salir, el culo tragándomelo todo, y aun así seguí empujando un rato más, despacio, hasta que se me empezó a bajar. Cuando por fin se la saqué, la corrida me chorreó por la polla y por sus nalgas.

Me dejé caer al lado de él. Estaba empapado. Él también. Se llevó la mano atrás, se metió los dedos y los sacó blancos. Se los chupó sin apartar la mirada de mí.

—¿Y? —preguntó después de un rato, todavía boca abajo.

—Y nada —le dije—. Vete antes de que cambie de opinión sobre todo esto.

Se rió contra la almohada. Me palmeó la pierna. Después se levantó, se vistió y se fue.

***

Esa noche, la que recuerdo como la mejor, fue la primera de muchas. Después vinieron otras. Algunas mejores, otras peores, ninguna como esa. Y aunque seguí saliendo con mujeres, aunque seguí enamorándome de mujeres y aunque a día de hoy estoy con una mujer, esa parte de mi vida no la borro ni la niego.

Aprendí algo en esa época, y por eso lo cuento ahora. No importa demasiado a quién te lleves a la cama si lo que pasa ahí dentro es honesto. Yo no soy gay. Pero un par de noches lo fui, a mi manera, con un amigo que sabía leer mi cuerpo mejor que muchas mujeres que pasaron por esa misma cama.

Y si me preguntan si volvería a hacerlo, mi respuesta va a depender de quién me lo pregunte. Si me lo pregunta mi pareja actual, jamás. Si me lo pregunta el espejo, antes de dormir, ya saben qué les voy a contestar.

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Comentarios(9)

NocheDeInvierno

Que relato tan honesto. Se necesita valentia para contar algo asi, gracias por compartirlo.

Juan_Nocturno

Esto me dejo pensando un buen rato. Sigue escribiendo!!!

Tomas_Rosario

Me quede con ganas de saber mas, muy bien narrado. Se nota que es algo vivido de verdad

ConfesionLector

jajaja eso de replantearme todo lo que sabia sobre mi mismo me hizo acordar a algo que me paso hace unos años. La vida te sorprende cuando menos lo esperas

SilencioYDeseo

excelente, muy bien escrito!!!

MarcosC_ba

Por favor contanos como siguio despues de esa noche. Quede enganchado, se hizo corto

RolandoCba_

Este tipo de confesiones son las que mas me gustan de leer. Muy bien narrado, se siente real

Grabi

tremendo, no me lo esperaba para nada. Bien ahi

LuisM_Cba

Buenisimo relato. Espero que te animes a escribir la segunda parte con lo que paso despues!

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