Más puta que mi esposa: nos cogieron a la vez por webcam
Como ya conté antes, lo de Mauricio había empezado por la fuerza. Él me grabó vídeos de mi mujer con Sebastián y los usó para chantajearme. Cinco veces, ese era el trato. Pero las cinco se convirtieron en dos al mes durante muchos meses, y no porque siguiera chantajeándome, sino porque algo se me había metido por dentro y ya no quería sacarlo.
Sebastián seguía siendo mi macho oficial, el amante con el que coincidía cuando la pareja de él entraba en turno nocturno. Pero Mauricio era otra cosa. Cogía de manera tan dominante y desenfrenada que durante la cogida sentía que me faltaba el aire. Me insultaba con vulgaridades que me prendían fuego y me dejaba el culo ardiendo dos o tres días.
Sebastián sabía lo del chantaje inicial. No sabía que los encuentros con Mauricio habían seguido. En cierta forma, le estaba siendo infiel con él. Con los meses, el trato entre los dos se relajó. No eran amigos, pero ya no había aquel aire tenso del principio.
Una tarde, Mauricio me preguntó cómo aguantaba que Sebastián se cogiera a mi esposa. Le respondí lo que sentía, sin maquillarlo. Era solo sexo. Le dejaba a Lucía el lujo de disfrutar a un macho como Sebastián, que era espectacular en la cama. Eso había mejorado nuestra relación: cogíamos más, ella estaba más cachonda, se arreglaba mejor, se veía contenta. Y yo, en el fondo, le era infiel con el mismo hombre. Sebastián cumplía la parte femenina que yo tenía dentro y que mi mujer no podía tocar. Por eso la entendía. La amaba. Quería que se sintiera plena, igual que él me hacía sentir a mí.
Habrían pasado ocho o nueve meses cuando Mauricio me lo soltó.
—Tengo una fantasía. Quiero cogerte mientras Sebastián se coge a tu mujer. En directo. Webcam.
Al principio me pareció una locura. Pero la idea se me fue metiendo por debajo de la piel. Era morboso. Era enfermizo. Era exactamente lo que yo quería.
Sebastián y yo habíamos dejado de grabar después del hackeo de Mauricio. Volver a la cámara no fue difícil. Sebastián era vanidoso con su propia verga, le encantaba verse coger, decía que se sentía protagonista de una película porno. Cuando le propuse retomar las grabaciones, le brillaron los ojos. No le dije que Mauricio y yo íbamos a estar mirando del otro lado.
Llegó el día.
Era la salida mensual de Lucía con «sus amigas». Le dije que esa noche tendría que pasar por la oficina a cerrar un pendiente, pero que no se preocupara, que había arreglado niñera. Una compañera de trabajo me había recomendado a su sobrina. Lucía dudó un rato, pero la convencí con las referencias.
Nos arreglamos al mismo tiempo, los dos en el mismo cuarto. Ella se puso un vestido corto, rojo, ceñido, de tirantes y con un escote leve. Estaba despampanante. Y mientras yo me anudaba la corbata pensaba que cada uno se arreglaba para su macho. Se me paró ahí, sin tocarme.
Lucía lo notó. Se acercó por detrás, sonriendo, y me pasó la mano por encima del pantalón.
—Vaya, parece que estás cachondo.
—Así me has puesto, amor. Te ves bellísima. Vas a ser la envidia de tus amigas.
Salimos juntos. La dejé en el centro comercial donde supuestamente la esperaban «sus amigas» y donde, en realidad, Sebastián ya estaría esperando. Pisé el acelerador. La casa de Mauricio quedaba a quince minutos.
***
Me abrió en camiseta interior y shorts cortos. Apenas cerré la puerta, me agarró de la cintura y me apretó contra su cuerpo. Olía a colonia y a jabón recién salido. Me besó mordiéndome los labios y me hundió un dedo entre los cachetes, rozándome el ano por encima de la tela.
Pegué un respingo. Mi verga, dura, restregaba contra la suya, igual de dura.
—Vaya, putita —me dijo al oído, con esa sonrisa burlona—. Vienes caliente. Pasa, pasa, que ya estoy cachondo por ver cómo se cogen a tu mujer.
Me llevó a la recámara con la mano todavía en mi cintura. Al entrar, lo primero que vi fue una pantalla nueva, enorme, sobre una cómoda.
—¿Te gusta? —se carcajeó—. La compré en honor a tu mujer. Quiero verla con detalle.
El portátil ya estaba encendido. Me pidió conectarme al equipo de Sebastián. Mientras yo manipulaba la cámara remota, él trajo una botella de vino y dos copas. En el momento en que la transmisión se abrió y apareció en la pantalla el dormitorio del otro lado de la ciudad, sentí los labios de Mauricio en mi nuca.
Me apretó la cintura desde atrás y restregó su verga contra mis nalgas, por encima de la tela. Me retorcí entre sus brazos. Recosté la cabeza contra su pecho. Su lengua entró en mi oreja y se me escapó un gemido. Mauricio no era guapo, no lo había sido nunca, pero era tan masculino que en sus brazos yo me sentía mujer. Su mujer.
Sin dejar de besarme el cuello, me empezó a desnudar. Camisa, pantalón. Él hizo lo mismo con su ropa. Su cuerpo velludo se pegó al mío. La piel de la espalda se me erizó.
—Me encantas, Esteban. Eres una dulce putita. Tienes la piel suavísima.
Tomó la copa, le dio un sorbo y dejó escurrir un chorro de vino sobre mi nuca. La gota me bajó por la columna. Su lengua siguió el rastro.
Entonces se oyó un ruido del televisor. Volteé. Sebastián y Lucía acababan de entrar al cuarto.
—Ven, cariño, que ya empezó la función —dijo Mauricio.
Me dio la copa. Se recostó contra la cabecera con las piernas abiertas. Me pidió ponerme entre ellas, recostado sobre su pecho, como si fuera una butaca. Me abrazó por delante con fuerza. Su verga, tiesa y palpitante, me quedó pegada a la base de la espalda. Sentí un hilo de líquido viscoso humedeciéndome la piel. Empezó a pellizcarme los pezones, despacio, deliberado, y yo no podía dejar de mirar la pantalla.
***
Sebastián llenaba a Lucía de besos y la desnudaba a tirones suaves. Le quitó el sostén y le hundió la cara entre los pechos grandes y firmes. Los primeros gemidos de ella llegaron por el altavoz, agudos, contenidos.
—Qué buena putita es tu mujer —me susurró Mauricio—. Es un dulce. Uff, qué envidia me da el cabrón de Sebastián.
Las manos de Sebastián bajaron a la cintura de ella y le arrancaron la tanga. La giró sobre la cama y le abrió las nalgas con las dos manos. En la pantalla yo veía su orificio pequeño, arrugado, apretado. Mauricio también lo veía, y yo sabía que estaba pensando en abrirme el mío.
Lucía bajó por el pecho de Sebastián hasta llegar a la verga gruesa y larga. Abrió la boca, y la cabeza desapareció entre sus labios. Sebastián gimió. Yo conocía esos gemidos.
—Qué bien chupa la verga tu vieja —me dijo Mauricio al oído—. ¿Sabes qué? Tengo ganas de que me la chupen también.
No me hizo falta que me lo pidiera dos veces. Me incorporé, me arrodillé entre sus piernas y le agarré la verga con las dos manos. El olor me llegó antes que el sabor. Era un olor fuerte, de macho, distinto al de Sebastián. Le pasé la lengua por toda la cabeza y lo sentí estremecerse. Abrí la boca y metí lo que me cupo, succionando con ganas. El sabor saladito, un poco ácido, me llenó la boca. La saliva me chorreaba por el tronco hasta los huevos.
Mauricio gemía. Yo seguía mamando, intentando llegar al fondo. Cuando la cabeza me tocó la campanilla sentí náuseas, pero aguanté. Quería darle todo el placer posible. Y en la pantalla oía a Sebastián gimiendo por lo que le hacía Lucía. Pensar en mi mujer haciendo exactamente lo mismo me prendió fuego. Algo parecido a la competencia se me metió en la cabeza. Yo tenía que ser mejor puta que ella.
Empecé a chupar más fuerte, más rápido, frenético. Mauricio me agarró la cabeza con las dos manos y empezó a guiarme. Sentía que estaba cerca. Cuando ya esperaba que se corriera, me jaló del pelo y sacó la verga.
—Para, para, puta. Me vas a hacer terminar, y lo que quiero ahora es cogerte como Sebastián se está cogiendo a tu mujer.
Giré la cara hacia la pantalla. Sebastián estaba metido entre las piernas de Lucía, con una de sus piernas sobre el hombro, cogiéndosela de frente, abierta.
Mauricio se levantó y fue a buscar el lubricante.
***
Volvió a la cama, se echó un chorro generoso y me agarró de los tobillos. Me jaló hacia él, boca arriba. Me subió una pierna al hombro. La misma posición de Lucía en la pantalla. La misma exacta.
Sentí la verga restregando, buscando el agujero. Lo encontró. La punta presionó. Empujé la cadera para recibirlo.
Sin aviso, me la metió de un golpe seco. Toda. Hasta el fondo.
Grité. Mi culo estaba acostumbrado al grosor, pero no me había dilatado, y la embestida había sido salvaje. El dolor se me convirtió en un calor que me subió por la columna, una ola entera. Sentí los huevos pegados a mis nalgas. Me la sacó hasta dejar solo la cabeza y volvió a empalarme con la misma furia.
Mauricio me miraba a la cara, sonriendo, con esa sonrisa pervertida que disfrutaba mis muecas.
—Tienes cara de putita —jadeó—. Me encanta verte. Cómo disfrutas mi verga. Aghhh, toma, putita, toma.
Embestía y embestía. Yo sentía cómo me iba abriendo de a poco, cómo mi cuerpo se acomodaba a su grosor. La verga rozaba dentro, en un sitio que me hacía gemir sin control. Giré la cara hacia la pantalla.
Lucía estaba en la misma posición. Sebastián la tenía agarrada de los tobillos, abierta de par en par, dándole con fuerza. Las piernas y los pechos se le balanceaban al ritmo de las embestidas. Gemía como loca. Lucía y yo, los dos, empaladas a la vez, en la misma posición exacta. La única diferencia era que a ella se la cogían por el coño, y a mí, por el culo. Una imagen que no se me iba a borrar nunca.
Cerré los ojos. Me sentía mareado. Mauricio seguía cogiéndome a toda velocidad, los huevos chocaban contra mis nalgas, las obscenidades caían en cascada en mi oído. Empecé a convulsionar. Los ojos se me pusieron en blanco. No aguanté más. La verga se me hinchó y empezó a tirar chorros que me llegaron al pecho. Grité como puta.
—Ya no aguanto, amor —jadeó Mauricio—. Ahí te va mi leche. Te voy a preñar, putaaa.
Me dio una última embestida profunda, agarrándome de las caderas como si quisiera meterse hasta los huevos, y se descargó dentro. Sentí latigazos calientes en las entrañas. Cuando la sacó, un chorro se me derramó por las nalgas.
Se desplomó encima de mí. Me besó mordiéndome los labios. Después se tumbó boca arriba y yo me acurruqué en su pecho. En la pantalla, Sebastián también estaba terminando, vaciándose dentro de Lucía. Se la dejó enterrada un rato, le dio un beso largo, y los dos se desplomaron uno al lado del otro, semiabrazados, hablando bajito. Seguramente, de lo rico de la cogida.
Mauricio me elogiaba mientras me daba sorbos de vino. Nos terminamos la botella así, abrazados, mirando a mi esposa recién cogida hablar con su amante en una pantalla a tres metros.
***
Cuarenta minutos después, la cosa volvió a arrancar al otro lado.
Sebastián empezó a besarle el cuello a Lucía, a apretarle las nalgas. Le dijo algo al oído. Ella asintió, se levantó y trajo un tubo de lubricante. Yo sabía qué venía.
Sebastián la puso al borde de la cama, boca arriba, muy cerca de la cámara. Le metió un cojín bajo la cintura y le jaló las piernas hacia adelante, casi tocándole los pechos. En esa posición, todo quedaba expuesto: el coño jugoso, recién cogido, palpitante; las nalgas firmes entreabiertas; y en el centro, ese orificio pequeño, cerradito, rosado, como si latiera de ansiedad.
Sebastián abrió el tubo, le aplicó una cantidad generosa y empezó a masajearle el ano con un dedo. Empujó la yema. Lucía se retorció. Gimió. Pero no se resistió. El dedo entró poco a poco, en círculos, hasta el fondo, y a ella se le cortó la respiración.
Yo tenía la verga otra vez dura. Mauricio también. Mi culo, todavía dolido, se contraía solo, como si fuera yo quien estaba siendo dedeado.
—Qué buen culo tiene tu mujer —dijo Mauricio—. Las nalgas firmes, el culito estrechito. Se nota que le encanta la verga.
Le confirmé que sí, que antes no le gustaba que la cogieran por ahí, pero que con Sebastián había aprendido. Que desde entonces era una buena culeadora, para mi disfrute y el de él.
Sebastián siguió dilatándola con dos dedos. Mauricio tenía los ojos abiertos como platos. Me agarró la mano y la llevó a su verga. Empecé a masturbarlo despacio.
—Puta madre, qué puta es tu vieja. Mira cómo goza.
Después de unos minutos era Lucía la que movía el culo en círculos, gimiendo, gozando los dedos. Sebastián los sacó. Era la señal.
Le pidió que se pusiera en cuatro al borde de la cama. Se embadurnó la verga en lubricante y se posicionó encima, restregando arriba y abajo por la raja entera, mostrando todo el largo del garrote venoso. Lucía gemía. Le suplicó que se la metiera de una vez.
Sebastián la agarró de la cintura y presionó contra el ano. El esfínter cedió. La cabeza entró. Lucía gritó de placer. Sebastián se quedó quieto un rato, sacó la punta, y se vio cómo el hueco quedaba abierto y se cerraba de a poco. Algo morboso, hipnótico. Lo repitió dos veces.
Mauricio ya no podía más.
—En cuatro —me ordenó—. Empinada. Como ella.
Me puse igual que Lucía. Las piernas abiertas, la cara contra el colchón, la espalda arqueada, el culo bien levantado.
Me agarró de la cintura y me embistió de una sola estocada hasta el fondo. Mi grito se ahogó en las sábanas. Sus huevos chocaron contra mis nalgas y me hicieron sentir llena. Llena de mi macho. Empezó a cogerme con fuerza. Mauricio era un bruto. Sebastián era arte; Mauricio era pura demolición. Y me encantaba.
En la pantalla, Sebastián ya le tenía a Lucía media verga adentro. La iba metiendo despacio. Era increíblemente morboso ver cómo el orificio se le ensanchaba a Lucía a límites que no parecían posibles. Cuando le tenía ya tres cuartas partes, ella se quejó y le puso la mano en la pelvis. Sebastián entendió. No avanzó más. Empezó a moverse hasta tres cuartos. Y entonces Mauricio comentó:
—Vaya, ya no le cabe más verga a tu mujer. Es una gran puta. Pero tú eres mejor. Te la comes enterita, sin chistar.
—Sí, papi —jadeé—. Sí, soy tu puta. Sigue. Rómpeme el culo. Dame más.
Me encantó el cumplido. Que dijera que era más puta que ella. En ese momento estaba sintiendo unos celos absurdos. Mi mujer era una hembra entera, tenía un agujero más que yo, me ganaba por anatomía. El comentario me devolvió el orgullo. Empecé a mover el culo en círculos, como la mejor puta del mundo. Lo hice gemir. Me dio una nalgada que me prendió fuego. Me dijo que le encantaba cómo movía el culo, cómo me iba tragando la verga hasta el fondo.
Me incorporé sobre las rodillas y empecé a culear hacia atrás, clavándomela hasta el fondo, apretando el esfínter cada vez que me la sacaba. Tenía el culo al rojo vivo, dolía, pero no me importaba. Solo pensaba en hacerlo gozar. Sentía cómo su verga se ensanchaba y se contraía al ritmo de los apretones. Sus gemidos se volvieron gruñidos. Gruñía como un toro y decía que le encantaba cómo le apretaba.
Me agarró de la cintura y empezó a empalarme a una velocidad encarnizada. Yo aflojaba al entrar, apretaba al salir, en una sincronía que ni yo sabía que tenía. Me dio un embiste fuerte y sentí cómo la verga se le expandía. Apreté lo más que pude, ordeñándolo, y empezó a convulsionar, gruñendo, descargando dentro de mí. Yo convulsioné al mismo tiempo. Mi verga tiró chorros que mojaron toda la cama. Grité como puta.
Mauricio se desplomó sobre mí, sudoroso, exhausto. Su verga seguía moviéndose dentro, en pequeños espasmos. Yo le seguía apretando sin querer. En la pantalla, entre gemidos, Sebastián le estaba descargando dentro a Lucía. Vacío total, los dos hombres al mismo tiempo, cada uno en su hembra.
***
Pasaron tres horas y había que volver. Me levanté con las piernas temblando. Mauricio me metió en la ducha y me lavó él, con jabón, acariciando, abrazándome. Cuando me apretó contra su cuerpo, su verga otra vez empezaba a ponerse dura.
—Te podría dar otra —dijo, sonriendo.
—Ya no tengo tiempo. Y mi culo está deshecho.
Le lavé la verga con jabón en agradecimiento. Me decía que era la mejor puta del mundo, y yo me dejaba decir.
Me ayudó a vestirme y salí. En casa todo estaba en calma. La niñera ya se había ido. Pasé por el cuarto de los niños y comprobé que dormían. Después fui a la recámara.
Lucía estaba dormida, o fingía estarlo. En otras ocasiones la habría despertado, me encantaba cogerla recién cogida por Sebastián. Pero esa noche mi cuerpo ya no podía más. Le di un beso en la sien. Me desvestí. Me recosté a su lado y la abracé con ternura.
Me quedé pensándola, mirándola dormir. Tan tierna. Tan dulce. Quién diría que era tan puta. Y sin embargo, esa noche yo me sentía más puta que ella. El escozor en el culo me lo recordaba con cada latido.
Así me fui quedando dormido, abrazándola, los dos bien cogidos, los dos llenos de leche de nuestros machos, los dos satisfechos como hembras.