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Relatos Ardientes

La confesión que le hice a Vero antes de la rave

Era finales de noviembre y Berlín ya no pedía permiso para helar. Llevaba un mes en ese piso de Neukölln —paredes finas, calefacción caprichosa, ventana que daba a un patio de ladrillo— y exactamente un mes desde la noche en aquel club de Mitte con Malik. Un mes intentando concentrarme en las clases, en los exámenes, en los trámites de la beca, mientras mi cabeza volvía una y otra vez a la misma imagen: esa espalda ancha saliendo de la oscuridad, esas manos que sabían exactamente dónde ir, cómo abrirme, cómo hacerme sentir pequeña y completamente llena al mismo tiempo. No era la misma chica que había llegado de Salamanca con una maleta y la idea vaga de que estudiar fuera de España la haría más adulta.

Adulta ya lo era. Quería más.

***

Mi compañera de piso se llamaba Verónica, aunque todo el mundo la llamaba Vero. Era de Lanzarote, veintitrés años, morena de piel oscura y pelo rizado muy corto que le enmarcaba una cara de pómulos altos y ojos que siempre parecían estar calculando algo. Delgada, casi menuda, pero con esa presencia de quien ocupa exactamente el espacio que necesita. Llevaba tres meses recién salida de una relación larga —el novio del instituto, siete años, una ruptura que todavía no había terminado de procesar— y desde entonces vivía en ese estado de observación cautelosa: miraba, comparaba, no se decidía por nada.

Aquella noche saqué dos botellines de Berliner Pilsner y me senté con ella en el alféizar de la ventana del salón. Hacía frío incluso dentro, pero ninguna de las dos se levantó. Le conté lo de Malik sin filtros: cómo nos habíamos encontrado en la zona de los DJs, el baño en el fondo del club, cómo me había doblado sobre el lavabo y me había follado con esa calma de quien tiene todo el tiempo del mundo. Cómo había salido de allí con las piernas temblando y el corazón latiendo más fuerte de lo que había latido en meses.

Vero me escuchó en silencio, el botellín entre los dedos, los ojos fijos en algún punto entre la pared y yo.

—Joder —dijo al final, muy bajito—. Joder.

—Sí.

—Yo nunca he tenido algo así —admitió—. Con Adrián todo era muy previsible. Mismo día, misma postura, misma cara.

La miré fijo.

—Esta noche hay una rave en Friedrichshain. Un almacén industrial, dark techno, hasta que amanezca. Si aparece Malik, te lo presento. Y si no, buscamos la vida las dos.

Se quedó callada un momento. Luego se bebió la mitad del botellín de un trago.

—Vale. Pero no me dejes sola mucho rato, ¿eh?

***

Nos arreglamos en el piso. Yo fui de frente: top negro con escote que dejaba ver el sujetador, falda de cuero sintético hasta la mitad del muslo, botas de cordones hasta la rodilla. Vero tardó más. Abrió el armario tres veces y volvió a cerrarlo. Al final eligió un mono negro de cuello alto y manga larga, ceñido al cuerpo, con una cremallera en la espalda que no llegaba del todo arriba. Parecía recatada hasta que te fijabas en los detalles: la tela fina que marcaba cada curva, los tacones que la hacían tres centímetros más alta de lo que era, el cuello despejado que pedía que te fijases en él.

—Estás increíble —le dije.

Ella se miró al espejo como si no acabara de creérselo.

—Eso espero.

***

Llegamos al almacén pasadas las tres. La fachada no tenía letrero, solo una fila de unos treinta metros de gente con cara de no haber dormido en dos días. Dentro, el bajo era físico: te entraba por las plantas de los pies y subía hasta el esternón. Luces estroboscópicas a intervalos lentos, casi industriales. Olor a humo seco, a sudor, a algo dulce que no supe identificar.

Nos metimos en la pista. Bailé sin pensar demasiado, dejando que el ritmo me moviera. Vero al principio estaba rígida, mirando todo a su alrededor con esa vigilancia de quien entra en un sitio que no reconoce. Pero el techno es insistente, y ella empezó a ceder: primero las caderas, luego los hombros, luego los ojos que se cerraron un momento y no se volvieron a abrir del todo. Bailábamos juntas, pegadas, riéndonos bajito.

Fue entonces cuando apareció el alemán.

Se llamaba Felix —me lo dijo al oído para que lo oyera sobre el ruido— y tenía esa pinta de estudiante de arte que lleva en Berlín toda la vida: chaqueta de cuero raída, tatuaje de línea fina en el antebrazo, pelo castaño que le caía sobre los ojos. Empezó a bailar cerca de mí, sin invadirme, solo dejando el espacio justo. Le seguí el juego. Vero lo vio, dio un pequeño paso atrás y me dijo al oído:

—Voy a por otra cerveza. Estaré en la barra.

Felix me cogió de la cintura cuando ella se fue.

—¿Quieres salir de la pista un rato? —preguntó en un español con acento.

—Sí.

***

Me llevó a una zona lateral donde unos paneles de contrachapado creaban un pasillo informal con un banco de obra y poca luz. No era elegante, pero tampoco hacía falta serlo.

Me besó contra la pared, las manos en mi cintura, sin prisa pero con claridad. Le respondí. Me subió la falda y bajó las manos. Cuando comprobó que estaba mojada emitió un sonido bajo que no era exactamente sorpresa.

Me arrodillé. Se desabrochó el cinturón sin decir nada. La cogí con la mano y luego con la boca: primero despacio, calibrando, luego con más ritmo. Le temblaron las rodillas. Me detuve antes de que acabara.

—Date la vuelta —dijo.

Lo hice. Me penetró de pie, sujetándome las caderas contra el panel de madera. Era correcto, directo, sin ornamentos. Acabó con los dientes apretados y un gruñido que sonó casi aliviado.

Salí con las piernas flojas y la falda todavía algo torcida. Vero me esperaba en la barra con dos botellines y los ojos que lo decían todo.

—¿Cuánto tiempo llevo sola? —preguntó.

—Veinte minutos. Menos.

—He estado mirando desde aquí —admitió, con las mejillas encendidas—. Me has puesto mala.

—¿Y eso es malo o bueno?

No contestó. Pero sonrió.

***

Eran casi las seis cuando lo vi. Malik. En el centro de la pista, bailando con esa soltura de quien no necesita pensarlo, el cuerpo siguiendo el ritmo sin esfuerzo aparente. Camiseta sin mangas, brazos tatuados, piel oscura brillando bajo las estroboscópicas. Levantó la vista y me vio. Sonrió de un lado, esa sonrisa que me deshacía.

Se acercó sin prisa.

—Mira quién está aquí —dijo en español, con ese acento suyo que mezclaba cosas que nunca había podido ubicar del todo.

—Aquí sigo —contesté, acercándome.

—Y has traído compañía.

Se giró hacia Vero. La miró un segundo, sin que pareciera un descaro: solo atención real, como quien mira algo que le interesa de verdad.

—Soy Malik.

—Verónica —dijo ella, sin apartar la mirada—. La amiga.

Malik asintió despacio.

—¿Bailáis?

***

Nos llevó hacia el fondo de la pista, donde la gente era más escasa y el humo más denso. Una columna de metal a la derecha, pared de ladrillo al fondo, el bajo retumbando en el suelo de cemento.

Me besó primero. Ese beso que recordaba: lento, profundo, sin apuro. Luego se giró hacia Vero y le puso una mano en la mandíbula con suavidad.

—¿Puedo? —preguntó.

Vero tardó medio segundo. Luego asintió.

La besó despacio, exploratorio, con la misma calma. Vero cerró los ojos. Cuando Malik se separó, ella tenía los labios entreabiertos y la respiración algo más rápida. Me miró de reojo con una expresión que era mitad incredulidad, mitad algo que no había visto en ella antes.

Malik se desabrochó el pantalón. Yo ya sabía lo que había. Vero no. Cuando lo vio, soltó el aire muy despacio.

—Dios —susurró.

—Ya lo verás —le dije.

Me arrodillé primero. Vero se agachó a mi lado, tímida al principio, siguiendo mi ritmo. Empezamos juntas: lenguas alternando, rozándonos sin querer en algún momento. Malik apoyó una mano en cada cabeza, sin presionar, solo dejándolas reposar. Gruñó bajito.

Luego me levantó, me puso contra la columna de metal y me penetró despacio. Gemí. No pude evitarlo: era ese dolor limpio que ya conocía, esa sensación de desbordarse entera. Vero se colocó detrás de mí, me besó el cuello, me pasó las manos por el vientre. Luego bajó y lamió donde se unían nuestros cuerpos. Gruñí contra el hombro de Malik y me aferré a la columna.

Malik aceleró. Me corrí apretando los dientes para no gritar, con las rodillas temblando y los ojos cerrados.

***

Luego le tocó a ella.

La puso frente a la columna, las manos apoyadas en el metal. Se frotó contra ella primero, despacio, preparándola. Empujó centímetro a centímetro, con esa paciencia que yo ya conocía.

Vero soltó el aire en un jadeo largo.

—Es que… es demasiado —dijo, con voz ronca.

—Respira —le dije, poniéndome delante de ella.

Respiró. Malik no se movió hasta que sintió que ella aflojaba. Cuando estuvo dentro del todo, Vero soltó un gemido que era la mezcla exacta de alivio y vértigo.

—Me llena entera —murmuró, casi para sí misma.

Malik empezó a moverse. Yo la besé en la boca mientras él la follaba, y sentí en sus labios cada embestida. Luego me aparté, me senté en el suelo frente a ella y la acerqué a mí. Vero gimió bajito contra mi cuello mientras Malik aceleraba por detrás.

Se corrió aferrada a mis hombros, temblando, con los gemidos ahogados en mi piel. Malik acabó poco después, con un gruñido contenido y las manos apretadas en las caderas de ella.

***

Salimos al amanecer. Berlín en noviembre a las seis de la mañana es una cosa particular: el frío que te encuentra sin excusa, el cielo gris que no acaba de decidirse, los puentes sobre el canal reflejando las últimas luces artificiales. Caminamos los tres sin hablar mucho. No hacía falta.

Vero me cogió la mano en un cruce. Malik caminaba a mi otro lado, las manos en los bolsillos, con esa calma suya de siempre. Antes de llegar al metro, nos paró.

—La próxima vez en mi apartamento —dijo—. Cama grande. Sin prisa.

Vero me miró. Yo la miré a ella.

—Hecho —dijimos las dos a la vez.

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Comentarios (7)

CuriosaNocturna

Y que paso despues?? no puede quedar asi jajaja me dejo con una intriga tremenda

Tere_GBA

Muy bueno!!! me encanto el tono, se siente como una confesion de verdad sin adornos. Seguí escribiendo

NachoPampa

segunda parte por favor, quede enganchado

MarceloR88

Excelente relato. La dinamica entre los dos personajes esta muy bien lograda, se nota que hay complicidad real. Saludos!

LectorNocturno77

increible como lo narras, directo y sin vueltas. De los mejores que lei en esta categoria

rodorico

Me trajo recuerdos de mis tiempos de raves jaja. Muy bien contado, con esa naturalidad que pocos logran. Espero la continuacion con ansias

SolMar_09

genial!!!

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