Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez en el mundo swinger

Me llamo Sandra, tengo cuarenta años, y lo que voy a contar ocurrió hace poco más de un año, en una noche que todavía recuerdo con una mezcla de nervios y satisfacción que no se parece a nada de lo que había sentido antes.

Para entender cómo llegué a ese hotel, primero tengo que hablar de cómo era mi vida antes. Estuve casada catorce años con un hombre bueno, responsable, pero absolutamente frío en la intimidad. No era que nos odiáramos; simplemente dejamos de conectar, si es que alguna vez lo hicimos de verdad. El sexo entre nosotros era mecánico, predecible, y siempre bajo sus condiciones: sin ruido, con la luz apagada, sin experimentar nada que se saliera de lo más básico. Me montaba encima, metía la polla dos minutos, se corría dentro y se daba la vuelta. Nunca me tocó el coño con la boca. Nunca me dejó chuparle la verga con calma. Nunca me pidió que me pusiera a cuatro. Llegué a convencerme de que yo era el problema. Fui a una médica, hablé con amigas, leí libros. Pensaba que algo no funcionaba bien en mí, que mi coño estaba roto, que mi cabeza estaba sucia por querer más.

Cuando me divorcié, a los treinta y ocho años, empecé de cero. Sola, con mis hijos, construyendo una vida que fuera mía de verdad. Y fue entonces cuando conocí a Marcos.

Marcos tiene cuarenta y cuatro años, es directo, curioso, y desde la primera semana que salimos juntos me dejó claro que el sexo era algo que le importaba. No de forma brusca ni agresiva, sino con una atención que yo nunca había recibido. Me preguntaba qué me gustaba. Me observaba. Respondía. La primera noche que follamos me abrió las piernas, me hundió la lengua en el coño hasta hacerme temblar y no paró hasta que me corrí dos veces seguidas empapándole la cara. Después me folló despacio, mirándome, diciéndome guarradas al oído mientras me metía la polla hasta el fondo. Nunca di nada por sentado con él, y eso me liberó de una manera que no sabría explicar de otra forma. Descubrí que no era el problema. Nunca lo había sido.

Juntos fuimos al sex shop por primera vez. Compramos un vibrador, lubricante, un consolador que me metía él mismo mientras me chupaba el clítoris. Juntos vimos películas porno que nunca me había atrevido a ver sola, y me di cuenta de que se me mojaba el coño viendo a otras mujeres mamar pollas. Juntos exploramos cosas que en mi matrimonio habrían sido impensables. Y cuando quedé embarazada, unas semanas después de que empezáramos a vivir juntos, ninguno de los dos perdió el interés. Al contrario. Algo en esa etapa nos acercó todavía más. Me follaba con una ternura nueva, me lamía el coño hinchado hasta hacerme correr sobre su boca, me pedía que me sentara sobre su cara y le empapara la lengua.

***

Fue una tarde de domingo cuando Marcos me habló por primera vez del mundo swinger. Estábamos en la cama, después de que me acabara de correr con su polla dentro, con su semen todavía chorreándome por los muslos, y me contó que años atrás había experimentado una vez con una amiga que frecuentaba ese ambiente. Lo dijo sin dramatismo, sin presión, como quien cuenta un viaje. Sentí curiosidad inmediata.

—¿Y cómo es? —le pregunté.

—Depende de la pareja —respondió—. Hay gente que solo mira. Hay quienes intercambian. Hay quienes añaden una tercera persona. No hay una sola forma de hacerlo.

Me mostró una página dedicada a ese estilo de vida. Perfiles, fotos, descripciones. Vi tetas, coños, pollas duras, parejas follando delante de otras. Me sorprendió la cantidad de personas normales que participaban: parejas estables, adultos con trabajos y familias, no los personajes que uno imagina cuando escucha esa palabra. Lo estuvimos mirando juntos durante un rato largo, y en algún momento noté que a Marcos se le había puesto la polla dura debajo del pantalón. Se la saqué sin pedir permiso, me la metí en la boca y se la mamé despacio mientras él seguía pasando perfiles con una mano y me acariciaba el pelo con la otra. Cuando apagamos el ordenador, yo ya sabía que quería saber más.

—¿Y si abrimos un perfil? —dije yo, con la polla de Marcos todavía brillante de mi saliva.

Marcos se giró para mirarme con una sonrisa que no le había visto antes.

—Pensé que nunca lo preguntarías.

Subimos fotos nuestras esa misma noche. Algunas más insinuantes que otras. Una en la que se me veía en ropa interior de encaje negro, otra en la que Marcos me apretaba una teta desde atrás. Yo nunca había hecho algo así y, sin embargo, no me sentí incómoda. Me sentí dueña de algo.

***

Los primeros mensajes llegaron esa misma semana. Decenas. Algunos groseros —tíos mandándonos fotos de sus pollas sin decir hola siquiera—, los ignoramos sin pensarlo. Pero muchos eran respetuosos, curiosos, con algo que leer. Me sorprendió descubrir que la mayoría venían de hombres solos interesados en nosotros como pareja, no en mí como objeto suelto. Eso marcó la diferencia.

Fue entre todos esos mensajes donde encontramos el de Adrián.

Adrián tenía treinta y siete años, vivía en la misma ciudad, trabajaba como diseñador gráfico. Su perfil era discreto, sin fotos explícitas, con un texto escrito con cuidado. Nos propuso quedar para conocernos en un bar, sin compromiso, y ver si había buena energía. Si la había, podríamos plantearnos algo más. Si no, cada uno se iba por su lado sin incomodidad.

Marcos me preguntó qué pensaba. Le dije que sí, que quería intentarlo. Que tenía miedo, pero que quería.

—Estás embarazada —me recordó, no como objeción, sino como pregunta.

—Lo sé. Y también tengo deseos. Eso no ha cambiado.

Quedamos con Adrián un viernes por la noche.

***

Me preparé durante horas. Me bañé despacio, me depilé el coño hasta dejarlo liso, me puse el vestido negro que Marcos siempre decía que le gustaba, y debajo un conjunto de encaje que me hacía sentir puta en el mejor sentido. Me maquillé con más cuidado del habitual. Tenía el corazón acelerado, pero no de miedo exactamente. Era algo más parecido a la anticipación. Tenía el coño mojado desde antes de salir de casa.

Llegamos al hotel antes que él. Subimos a la habitación, pedimos algo de beber al servicio de habitaciones, y Marcos me sentó frente a él en el borde de la cama.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Nerviosa. Pero bien nerviosa.

—Si en algún momento quieres parar, paramos. Sin explicaciones.

Lo besé. Le metí la mano en el pantalón y le agarré la polla, que ya la tenía medio dura. Eso fue respuesta suficiente.

Unos minutos después sonó el teléfono de la habitación. Adrián estaba en recepción. Marcos bajó a buscarlo, y yo me quedé sola unos minutos que se me hicieron eternos. Me miré en el espejo del baño. Mi barriga era visible pero no enorme. Me pregunté qué pensaría Adrián al verme, si le pondría dura la polla, si querría follarme igual sabiendo que otro hombre me había preñado.

***

Cuando abrieron la puerta, Adrián entró con una botella de vino que no habíamos pedido y una sonrisa tranquila que le llegaba a los ojos. Era más alto de lo que esperaba, con el pelo oscuro y una forma de moverse que no tenía prisa.

—Sandra —dijo, tendiéndome la mano.

—Adrián —respondí yo, tomando la suya.

Nos sentamos los tres. Hablamos durante media hora de cualquier cosa: viajes, películas, una serie que los dos habíamos visto. Era absurdo y necesario a la vez. Esa conversación nos dio tiempo a calibrarnos. A decidir, sin decirlo en voz alta, que sí queríamos seguir.

Fue Adrián quien se levantó primero. Se acercó hasta donde yo estaba sentada y me ofreció la mano para que me pusiera de pie. Lo hice. Me miró a los ojos un momento, luego miró a Marcos, que asintió casi imperceptiblemente.

Y entonces me besó.

***

El primer beso fue despacio, como una pregunta. Luego, cuando respondí abriendo la boca y buscándole la lengua, fue diferente. Tenía las manos en mi cintura, evitando mi barriga con una delicadeza que no esperaba, y yo sentía que Marcos se había levantado del sillón y se había colocado detrás de mí. Noté su polla dura contra mi culo a través del vestido, y me apreté contra él sin pensar.

Me desabrocharon el vestido entre los dos. Adrián lo hizo por delante; Marcos me ayudó a quitármelo por los hombros. Cuando quedé en ropa interior, Adrián dio un paso atrás para mirarme. No con hambre urgente, sino con algo más tranquilo que me resultó más excitante todavía.

—Eres preciosa —dijo—. Joder, qué tetas.

No supe qué contestar. Miré a Marcos, que me sonreía desde el otro lado de la habitación, y algo en ese momento me relajó por completo. Adrián me bajó los tirantes del sujetador, me lo desabrochó por detrás y me lo quitó despacio. Se me pusieron los pezones duros al instante, hinchados por el embarazo, más sensibles que nunca. Bajó la cabeza y me chupó uno, luego el otro, con la lengua y con los labios, y yo dejé escapar un gemido que no pude contener.

Marcos, detrás, me bajó las bragas hasta los muslos. Sentí su mano abrirme las nalgas, sus dedos rozándome el coño empapado por detrás. Adrián seguía en mis tetas, mordisqueándolas con cuidado, mientras Marcos me metía dos dedos en el coño desde atrás y me susurraba al oído:

—Mira lo mojada que estás, mi amor. Estás chorreando.

Adrián me llevó hasta la cama con cuidado. Me recostó, me abrió las piernas, y se arrodilló entre ellas. Me miró el coño depilado, brillante, y sonrió antes de bajar la cabeza. Pegó la boca a mis labios y empezó a lamerme despacio, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y plana. Se detuvo en el clítoris, lo rodeó, lo chupó suavemente al principio y luego más fuerte. Me metió la lengua dentro del coño, la sacó, volvió al clítoris. Durante un tiempo que no podría calcular me hizo sentir cosas con su boca que mi ex marido ni siquiera sabía que existían. Lo hacía sin apresurarse, atento a mis reacciones, ajustando la presión y el ritmo según lo que yo le mostraba sin palabras. Me metió dos dedos mientras me chupaba, y con ellos me buscó ese punto por dentro que me hacía retorcer.

Gemía sin poder evitarlo. Le agarraba el pelo, le apretaba la cara contra mi coño, movía las caderas contra su boca sin ningún pudor. Y cada vez que gemía, lo sentía responder con más intensidad.

***

Marcos se había acercado. Se había desnudado en algún momento y estaba sentado a mi lado con la polla tiesa apuntándome. Me acariciaba el pelo, me besaba el cuello, me pellizcaba los pezones con cuidado. Me susurraba al oído que estaba preciosa, que lo estaba disfrutando, que me viera cómo se le comía el coño Adrián. Le agarré la polla con la mano y empecé a masturbarlo despacio, sintiéndola gruesa y caliente entre mis dedos. Giré la cabeza y me la metí en la boca. Se la chupé con los ojos cerrados mientras Adrián seguía comiéndome el coño, y esa combinación —una polla en la boca, una lengua en el clítoris, sus palabras en el oído— me llevó al borde sin que me diera tiempo a prepararme.

Solté la polla de Marcos justo antes de correrme. Me corrí en la boca de Adrián con un gemido largo, apretándole la cabeza entre los muslos, sintiendo cómo el coño se me contraía contra su lengua una y otra vez. Él no paró hasta que yo lo aparté, sobresensible, riéndome y jadeando al mismo tiempo.

Cuando Adrián se incorporó y me miró pidiendo permiso sin pedirlo, con la polla ya fuera del pantalón, dura y goteando, asentí. La tenía larga, un poco más fina que la de Marcos, y con la punta enrojecida.

—Métemela —le dije—. Despacio.

Fue despacio. Muy consciente de mi estado, se colocó de lado conmigo para no apoyar peso sobre la barriga, me levantó una pierna y me fue metiendo la polla en el coño centímetro a centímetro. Sentí cómo me abría por dentro, cómo se hacía sitio en un coño que ya no era el mismo que el de antes. Cuando llegó al fondo se quedó quieto un momento, mirándome, y luego empezó a moverse. Entradas largas, salidas casi completas, un ritmo que iba subiendo poco a poco. Yo tenía los ojos abiertos, mirando el techo, sintiendo cada detalle: la polla de Adrián dentro de mí, el sudor entre nuestros cuerpos, el olor a sexo llenando la habitación.

Marcos seguía a mi lado. En algún momento le tomé la mano sin darme cuenta. Con la otra le volví a agarrar la polla y le acerqué la cara. Se puso de rodillas sobre la cama y me metió la verga en la boca mientras Adrián me seguía follando. La chupé con ganas, sacando la lengua, dejando que se me llenara la boca de saliva, mirándolo a los ojos.

—Así, mi amor —me dijo—. Chúpamela así mientras te folla.

En un momento dado todo se transformó. Adrián salió de mí, Marcos se tumbó boca arriba y yo me monté sobre él, de espaldas, con cuidado. Me metí su polla dentro yo misma, guiándola con la mano, y empecé a moverme encima. Marcos me agarraba las caderas, ayudándome, subiendo y bajando conmigo. Adrián se colocó delante y me ofreció su polla, brillante todavía de mis flujos, y yo se la chupé sin dudar, saboreándome a mí misma en él. Estuvimos así un rato largo, yo cabalgando a Marcos mientras mamaba a Adrián, sintiéndome llena por los dos lados a la vez.

Después cambiamos otra vez. Me tumbaron de costado, Marcos detrás de mí metiéndomela por el coño desde atrás, muy despacio para no molestar la barriga, y Adrián delante besándome, chupándome las tetas, dejándome mamarle la polla cuando yo la buscaba. Marcos me la metía hasta el fondo y salía casi entera, marcando un ritmo profundo y lento, y yo notaba cada centímetro entrando y saliendo. Adrián me pasó la polla por la cara, por los labios, por la lengua, y yo abría la boca para chuparle la punta cada vez que me la acercaba.

—Me voy a correr —dijo Marcos detrás.

—Dentro —le pedí—. Córrete dentro.

Lo sentí acelerar, apretarme las caderas con los dedos, y luego el chorro caliente llenándome por dentro mientras gemía contra mi cuello. Se quedó dentro unos segundos, temblando, antes de salir despacio. Sentí su semen escurriéndose por los muslos.

Adrián no había terminado. Marcos se hizo a un lado, jadeando, y Adrián se colocó entre mis piernas otra vez. Me metió la polla en el coño, que estaba lleno del semen de Marcos, y empezó a follarme más rápido esta vez. Con menos cuidado, con más ganas. Yo estaba tan mojada, tan resbaladiza por dentro, que me penetraba sin ningún esfuerzo. Me subió una pierna sobre su hombro, me miró la cara, me miró las tetas rebotando, y aceleró.

—¿Dónde quieres que me corra? —me preguntó jadeando.

—En las tetas —dije yo, sin pensarlo—. Córrete en mis tetas.

Aguantó unos empujones más y salió justo a tiempo. Se subió sobre mí, se masturbó dos veces con la mano y se corrió con un gemido ronco, chorros gruesos que me cayeron sobre los pechos, sobre el cuello, sobre la barriga. Me quedé quieta, sintiéndolo caliente sobre la piel, mirándole la cara mientras terminaba.

La barriga no fue un obstáculo; los dos la rodearon con una atención que, lejos de incomodarme, me hizo sentir cuidada y deseada al mismo tiempo.

Recuerdo el calor. Recuerdo la cara de Marcos cuando me miró. Recuerdo que en ningún momento me sentí sola.

***

Cuando terminó, los tres nos quedamos en silencio unos minutos. Adrián se levantó, fue al baño, y volvió con una toalla húmeda con la que me limpió el pecho y la barriga con la misma calma con la que había hecho todo lo demás. Se vistió sin prisa.

—Ha sido una noche muy buena —dijo antes de irse.

—Sí —respondí yo desde la cama, todavía con el semen de Marcos escurriéndoseme del coño, y era la verdad más simple que había dicho en mucho tiempo.

Cuando cerró la puerta, Marcos se tumbó a mi lado. No hablamos durante un rato. Solo estuvimos así, escuchando el silencio del hotel.

—¿Cómo estás? —me preguntó finalmente.

—Bien. Muy bien.

—¿Qué sentiste?

Lo pensé antes de responder. No quería decir la primera cosa que se me ocurriera.

—Sentí que era mía la decisión —dije al final—. Que elegí estar ahí. Que nadie me limitó ni me juzgó. Eso es lo que más me quedó.

Marcos me besó en la frente. Bajó la mano, me abrió las piernas y me metió dos dedos en el coño empapado, moviéndolos despacio mientras me miraba a los ojos.

—Todavía estás caliente —me dijo.

—Todavía no he terminado contigo —le contesté.

Seguimos despiertos hasta tarde. Me volvió a follar despacio, mirándome de frente, con su polla resbalando en un coño lleno de su propio semen. Me hizo correrme otra vez, y esta vez me corrí llorando un poco, no de tristeza sino de alivio. Con la misma energía de siempre pero con algo añadido que no sé nombrar todavía. Una complicidad nueva. Como si los dos hubiéramos cruzado un umbral juntos y ahora viéramos el mismo paisaje desde el mismo lado.

No sé si volveremos a hacerlo. Probablemente sí. Lo hablaremos cuando llegue el momento, sin presión, como hemos hecho siempre. Lo que sí sé es que aquella noche no cambió lo que somos, sino que lo amplió. Y eso, viniendo de donde vengo, es más de lo que podría haber imaginado.

Ver todos los relatos de Primera Vez

Valora este relato

Comentarios(9)

ValentinaR

que buenisimo!!! me dejo con ganas de leer mas, por favor seguilo

Mateo_Cba

Muy bien escrito, se siente real. Esos nervios del principio los describiste perfecto.

NochesBsAs

Me encanto la parte del excerpt, se nota que lo viviste de verdad o al menos lo contaste como si asi fuera. Sigue asi!

Jorgito_BA

segunda parte porfa!!! quede enganchado

RosauraT

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de curiosidad y nervios es exactamente asi. Gracias por animarte a contarlo.

sergiodelnorte

Increible como lograste transmitir esa tension del momento. Se hizo corto, queremos mas :)

SoledadK

Buenisimo. Hace rato no leia algo tan bien narrado en esta categoria, generalmente son todos iguales pero este tiene algo diferente.

lector_fx

jaja los nervios al principio me mataron, muy humano todo. buen relato

Lucrecia_BA

Precioso relato, de verdad. Esa honestidad al contar lo que sentias es lo que mas me gusto. Espero que sigas escribiendo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.