Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi primera vez en el mundo swinger

Me llamo Sandra, tengo cuarenta años, y lo que voy a contar ocurrió hace poco más de un año, en una noche que todavía recuerdo con una mezcla de nervios y satisfacción que no se parece a nada de lo que había sentido antes.

Para entender cómo llegué a ese hotel, primero tengo que hablar de cómo era mi vida antes. Estuve casada catorce años con un hombre bueno, responsable, pero absolutamente frío en la intimidad. No era que nos odiáramos; simplemente dejamos de conectar, si es que alguna vez lo hicimos de verdad. El sexo entre nosotros era mecánico, predecible, y siempre bajo sus condiciones: sin ruido, con la luz apagada, sin experimentar nada que se saliera de lo más básico. Llegué a convencerme de que yo era el problema. Fui a una médica, hablé con amigas, leí libros. Pensaba que algo no funcionaba bien en mí.

Cuando me divorcié, a los treinta y ocho años, empecé de cero. Sola, con mis hijos, construyendo una vida que fuera mía de verdad. Y fue entonces cuando conocí a Marcos.

Marcos tiene cuarenta y cuatro años, es directo, curioso, y desde la primera semana que salimos juntos me dejó claro que el sexo era algo que le importaba. No de forma brusca ni agresiva, sino con una atención que yo nunca había recibido. Me preguntaba qué me gustaba. Me observaba. Respondía. Nunca di nada por sentado con él, y eso me liberó de una manera que no sabría explicar de otra forma. Descubrí que no era el problema. Nunca lo había sido.

Juntos fuimos al sex shop por primera vez. Juntos vimos películas que nunca me había atrevido a ver sola. Juntos exploramos cosas que en mi matrimonio habrían sido impensables. Y cuando quedé embarazada, unas semanas después de que empezáramos a vivir juntos, ninguno de los dos perdió el interés. Al contrario. Algo en esa etapa nos acercó todavía más.

***

Fue una tarde de domingo cuando Marcos me habló por primera vez del mundo swinger. Estábamos en la cama, después de hacer el amor, y me contó que años atrás había experimentado una vez con una amiga que frecuentaba ese ambiente. Lo dijo sin dramatismo, sin presión, como quien cuenta un viaje. Sentí curiosidad inmediata.

—¿Y cómo es? —le pregunté.

—Depende de la pareja —respondió—. Hay gente que solo mira. Hay quienes intercambian. Hay quienes añaden una tercera persona. No hay una sola forma de hacerlo.

Me mostró una página dedicada a ese estilo de vida. Perfiles, fotos, descripciones. Me sorprendió la cantidad de personas normales que participaban: parejas estables, adultos con trabajos y familias, no los personajes que uno imagina cuando escucha esa palabra. Lo estuvimos mirando juntos durante un rato largo, y cuando apagamos el ordenador, yo ya sabía que quería saber más.

—¿Y si abrimos un perfil? —dije yo, casi sin pensarlo.

Marcos se giró para mirarme con una sonrisa que no le había visto antes.

—Pensé que nunca lo preguntarías.

Subimos fotos nuestras esa misma noche. Algunas más insinuantes que otras. Yo nunca había hecho algo así y, sin embargo, no me sentí incómoda. Me sentí dueña de algo.

***

Los primeros mensajes llegaron esa misma semana. Decenas. Algunos groseros, los ignoramos sin pensarlo. Pero muchos eran respetuosos, curiosos, con algo que leer. Me sorprendió descubrir que la mayoría venían de hombres solos interesados en nosotros como pareja, no en mí como objeto suelto. Eso marcó la diferencia.

Fue entre todos esos mensajes donde encontramos el de Adrián.

Adrián tenía treinta y siete años, vivía en la misma ciudad, trabajaba como diseñador gráfico. Su perfil era discreto, sin fotos explícitas, con un texto escrito con cuidado. Nos propuso quedar para conocernos en un bar, sin compromiso, y ver si había buena energía. Si la había, podríamos plantearnos algo más. Si no, cada uno se iba por su lado sin incomodidad.

Marcos me preguntó qué pensaba. Le dije que sí, que quería intentarlo. Que tenía miedo, pero que quería.

—Estás embarazada —me recordó, no como objeción, sino como pregunta.

—Lo sé. Y también tengo deseos. Eso no ha cambiado.

Quedamos con Adrián un viernes por la noche.

***

Me preparé durante horas. Me bañé despacio, me puse el vestido negro que Marcos siempre decía que le gustaba, me maquillé con más cuidado del habitual. Tenía el corazón acelerado, pero no de miedo exactamente. Era algo más parecido a la anticipación.

Llegamos al hotel antes que él. Subimos a la habitación, pedimos algo de beber al servicio de habitaciones, y Marcos me sentó frente a él en el borde de la cama.

—¿Cómo estás? —preguntó.

—Nerviosa. Pero bien nerviosa.

—Si en algún momento quieres parar, paramos. Sin explicaciones.

Lo besé. Eso fue respuesta suficiente.

Unos minutos después sonó el teléfono de la habitación. Adrián estaba en recepción. Marcos bajó a buscarlo, y yo me quedé sola unos minutos que se me hicieron eternos. Me miré en el espejo del baño. Mi barriga era visible pero no enorme. Me pregunté qué pensaría Adrián al verme.

***

Cuando abrieron la puerta, Adrián entró con una botella de vino que no habíamos pedido y una sonrisa tranquila que le llegaba a los ojos. Era más alto de lo que esperaba, con el pelo oscuro y una forma de moverse que no tenía prisa.

—Sandra —dijo, tendiéndome la mano.

—Adrián —respondí yo, tomando la suya.

Nos sentamos los tres. Hablamos durante media hora de cualquier cosa: viajes, películas, una serie que los dos habíamos visto. Era absurdo y necesario a la vez. Esa conversación nos dio tiempo a calibrarnos. A decidir, sin decirlo en voz alta, que sí queríamos seguir.

Fue Adrián quien se levantó primero. Se acercó hasta donde yo estaba sentada y me ofreció la mano para que me pusiera de pie. Lo hice. Me miró a los ojos un momento, luego miró a Marcos, que asintió casi imperceptiblemente.

Y entonces me besó.

***

El primer beso fue despacio, como una pregunta. Luego, cuando respondí, fue diferente. Tenía las manos en mi cintura, evitando mi barriga con una delicadeza que no esperaba, y yo sentía que Marcos se había levantado del sillón y se había colocado detrás de mí.

Me desabrocharon el vestido entre los dos. Adrián lo hizo por delante; Marcos me ayudó a quitármelo por los hombros. Cuando quedé en ropa interior, Adrián dio un paso atrás para mirarme. No con hambre urgente, sino con algo más tranquilo que me resultó más excitante todavía.

—Eres preciosa —dijo.

No supe qué contestar. Miré a Marcos, que me sonreía desde el otro lado de la habitación, y algo en ese momento me relajó por completo.

Adrián me llevó hasta la cama con cuidado. Me recostó, se arrodilló, y durante un tiempo que no podría calcular me hizo sentir cosas con su boca que mi ex marido ni siquiera sabía que existían. Lo hacía sin apresurarse, atento a mis reacciones, ajustando la presión y el ritmo según lo que yo le mostraba sin palabras.

Gemía sin poder evitarlo. Y cada vez que lo hacía, lo sentía responder con más intensidad.

***

Marcos se había acercado. Estaba sentado a mi lado, acariciándome el pelo, besándome el cuello. Me susurraba al oído que estaba preciosa, que lo estaba disfrutando. Esa combinación, sus palabras y lo que Adrián hacía, me llevó al borde sin que me diera tiempo a prepararme.

Cuando Adrián se incorporó y me miró pidiendo permiso sin pedirlo, asentí.

Fue despacio. Muy consciente de mi estado, se movió con una consideración que no le robó nada a la intensidad. Yo tenía los ojos abiertos, mirando el techo, sintiendo cada detalle. Marcos seguía a mi lado. En algún momento le tomé la mano sin darme cuenta.

En un momento dado todo se transformó. Marcos entró también y lo que siguió fue algo para lo que no tengo palabras precisas: una sensación de plenitud, de estar completamente presente en un cuerpo que por fin hacía exactamente lo que quería. La barriga no fue un obstáculo; los dos la rodearon con una atención que, lejos de incomodarme, me hizo sentir cuidada y deseada al mismo tiempo.

Recuerdo el calor. Recuerdo la cara de Marcos cuando me miró. Recuerdo que en ningún momento me sentí sola.

***

Cuando terminó, los tres nos quedamos en silencio unos minutos. Adrián se levantó, fue al baño, y volvió con el mismo aplomo con el que había entrado. Se vistió sin prisa.

—Ha sido una noche muy buena —dijo antes de irse.

—Sí —respondí yo desde la cama, y era la verdad más simple que había dicho en mucho tiempo.

Cuando cerró la puerta, Marcos se tumbó a mi lado. No hablamos durante un rato. Solo estuvimos así, escuchando el silencio del hotel.

—¿Cómo estás? —me preguntó finalmente.

—Bien. Muy bien.

—¿Qué sentiste?

Lo pensé antes de responder. No quería decir la primera cosa que se me ocurriera.

—Sentí que era mía la decisión —dije al final—. Que elegí estar ahí. Que nadie me limitó ni me juzgó. Eso es lo que más me quedó.

Marcos me besó en la frente.

Seguimos despiertos hasta tarde. Hicimos el amor de nuevo, solo nosotros dos, con la misma energía de siempre pero con algo añadido que no sé nombrar todavía. Una complicidad nueva. Como si los dos hubiéramos cruzado un umbral juntos y ahora viéramos el mismo paisaje desde el mismo lado.

No sé si volveremos a hacerlo. Probablemente sí. Lo hablaremos cuando llegue el momento, sin presión, como hemos hecho siempre. Lo que sí sé es que aquella noche no cambió lo que somos, sino que lo amplió. Y eso, viniendo de donde vengo, es más de lo que podría haber imaginado.

Valora este relato

Comentarios (6)

ValentinaR

que buenisimo!!! me dejo con ganas de leer mas, por favor seguilo

Mateo_Cba

Muy bien escrito, se siente real. Esos nervios del principio los describiste perfecto.

NochesBsAs

Me encanto la parte del excerpt, se nota que lo viviste de verdad o al menos lo contaste como si asi fuera. Sigue asi!

Jorgito_BA

segunda parte porfa!!! quede enganchado

RosauraT

Me recordo a algo que vivi hace años, esa mezcla de curiosidad y nervios es exactamente asi. Gracias por animarte a contarlo.

sergiodelnorte

Increible como lograste transmitir esa tension del momento. Se hizo corto, queremos mas :)

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.