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Relatos Ardientes

La noche que el juego nos sacó de control

Esa noche empezó como cualquier sábado de octubre con demasiado vino y poco buen juicio. Habíamos ido a ver un grupo en el pueblo de al lado con Claudia y Rodrigo, amigos nuestros desde la universidad. La cena se alargó, el concierto también, y cuando terminó la última canción Marcos estaba en ese estado que yo ya sé leer desde lejos: los ojos brillantes, el cuerpo suelto, la boca a plena velocidad.

Yo apenas había bebido. Habíamos tenido una pelea importante esa semana, una de esas que no se resuelven sino que se apagan solas, y no tenía ningún interés en bajar la guardia. Desde el fondo de la sala lo veía moverse entre la gente, con ese abanico de madera que había comprado en el mercado de verano, abanicar a quien se pusiera a tiro. Sobre todo a ellas. Y ellas le seguían el juego. Podía ver cómo le miraban, cómo sonreían de un modo que no era inocente. Me callé.

Cogimos un taxi pasada la medianoche. En diez minutos estábamos en casa, el piso nuevo al que nos habíamos mudado tres meses antes y que todavía tenía cajas en la segunda habitación. Rodrigo preguntó dónde guardábamos la tónica. Preparé cuatro gin-tonics y nos repartimos en el salón. Marcos y Claudia en el sofá. Yo en el sillón junto a Rodrigo.

Bebimos, hablamos, nos reímos de cosas que ya no recuerdo. A las tres y media la conversación se había ralentizado con ese peso particular que tienen las horas cuando el alcohol te alcanza de verdad. Alguien tenía que o bien levantarse e irse o bien hacer algo para empujar la noche hacia otro lado.

Fue Claudia quien la empujó.

—¿Por qué no jugamos al «yo nunca»? —propuso.

Rodrigo y yo intercambiamos una mirada. Claudia ya iba bastante bebida, era evidente. Marcos sonreía con esa sonrisa suya que yo conozco bien, la que aparece cuando algo le interesa de verdad.

—Con una condición —añadió él—. El que no bebe puede pedir detalles y hay que darlos.

Nadie protestó. Empezamos.

Claudia abrió el juego.

—Yo nunca me he acostado con dos personas distintas el mismo día.

Los tres bebimos. Claudia miró a Rodrigo con las cejas levantadas.

—Cariño... —empezó él.

—Detalles —dije yo.

Rodrigo suspiró. Nos contó que años atrás, la noche anterior a conocer a Claudia, había salido de fiesta y terminado con dos mujeres: una en el baño de un bar a primera hora, otra en su piso al amanecer. Claudia lo escuchó con una media sonrisa que no era de enfado. Era otra cosa distinta, algo más cálido.

Le tocaba a Rodrigo.

—Yo nunca he hecho sexo anal.

Marcos bebió. Yo bebí. Claudia se quedó quieta con el vaso en la mano, sin llevárselo a los labios.

—Claudia —dijo Rodrigo, y había algo tenso en ese tono.

—Luego hablamos.

—Ahora.

Claudia bajó la mirada. Me miró un momento buscando algo, apoyo quizás, o un motivo para callarse. Le puse la mano en el brazo.

—Si no quieres contarlo, no pasa nada —le dije.

—No —cortó Rodrigo—. Quiero saberlo. Si le da vergüenza, tú cuéntalo primero, que se sienta mejor.

Yo sonreí.

—A mí me folla el culo Marcos casi todas las noches, Rodrigo, creo que puedes imaginarlo. Pero si Claudia no quiere contar nada, no hay que obligarla.

Claudia respiró hondo y se recompuso.

—Con Adrián, mi ex. No me gustaba, me dolía, y por eso contigo nunca lo hago. No es que te lo niegue. Es que me da miedo volver a sentir eso.

Rodrigo asintió varias veces sin decir nada. La tensión era real y espesa. Nadie habló durante unos segundos.

—Me toca —dije yo para romperla.

—Yo nunca he practicado lluvia dorada.

Claudia y Rodrigo bebieron al mismo tiempo. Los miré a los dos.

—Explicación —pedí.

Se miraron. Claudia habló primero, con una calma que me sorprendió.

—A Rodrigo le gusta mearse en mi boca. Y a mí me pone que lo haga.

Noté cómo Marcos se movía ligeramente en el sofá. Rodrigo se recolocó en el sillón. El aire de la habitación había cambiado de temperatura en cuestión de segundos y ninguno lo dijo en voz alta.

—¿Y tú se lo haces a él? —pregunté.

—A veces —contestó Claudia.

—¿Y le gusta?

—Le encanta.

Los miré a los dos y sonreí. Yo nunca lo había hecho con Marcos, no porque no quisiéramos, sino porque el tema nunca había surgido de verdad. Esa noche, sentada en ese sillón, empezaba a pensar que había muchos temas que nunca habían surgido.

Le tocaba a Marcos. Le vi pensativo, con la mano izquierda apoyada en el cojín, en el espacio justo entre su muslo y el de Claudia. Siempre había tenido la intuición de que algo había habido entre ellos antes de que yo entrara en escena, pero nunca había tenido ninguna prueba. Esa noche tampoco. Solo esa mano escondida.

—Yo nunca he pensado en acostarme con la otra persona de mi sexo opuesto que hay en esta habitación.

Silencio.

Nos miramos los cuatro. Luego, como si alguien hubiera dado una señal invisible, los cuatro cogimos el vaso y bebimos. Todos callamos. Nadie hizo preguntas.

Le tocaba a Claudia.

—Yo nunca he pensado en chuparle la polla al marido de mi amiga.

Nos miramos a los ojos. Las dos cogimos el vaso y bebimos.

Yo sabía que Claudia creía que iba a dejarlo ahí, en ese punto cómodo donde todo sigue siendo un juego. No iba a dejarlo ahí.

—¿Quieres chuparle la polla a Marcos? —pregunté.

Claudia se ruborizó. Antes, con su declaración, no se había ruborizado. Pero ahora sí, porque era una pregunta directa que exigía una respuesta directa.

Yo la miraba fijamente. Marcos, a su lado, la miraba. Rodrigo, desde el sillón, la miraba.

—Sí —contestó ella, con una calma desafiante que no me esperaba, como dando a entender que nuestra atención no la intimidaba.

—¿Por qué no lo haces entonces?

—¿Quieres que lo haga?

—Sí. Hazlo.

Claudia miró a Rodrigo. Él la miraba sin mover un músculo. Necesitaba algo a cambio antes de asentir, eso estaba claro.

—¿Y tú? —preguntó ella dirigiéndose a mí—. ¿Le chupas la polla a mi marido?

—Claro —contesté—. Y además quiero que me folle por detrás, ya que tú no le dejas.

Marcos sonreía desde el sofá. Habíamos hablado de esto meses atrás, de la posibilidad de algo así con ellos, una noche en la cama cuando todo parecía posible y nada parecía real. Pero posible y real son cosas distintas hasta que dejan de serlo.

Claudia se levantó.

Claudia es morena, de ese moreno oscuro que parece absorber la luz. Llevaba una blusa de escote amplio. Se puso de pie, se recogió el pelo en una coleta rápida con el elástico que llevaba en la muñeca, y sin decir nada más se quitó la blusa. Luego el sujetador. Se subió encima de Marcos y le tapó la boca con la suya.

Miré a Rodrigo.

Me miraba con los ojos muy abiertos, como si todavía no terminara de procesar lo que estaba ocurriendo a metro y medio de él.

Le cogí de la mano y lo llevé al dormitorio.

***

En el dormitorio me desnudé deprisa mientras él me observaba sin moverse, con cara de quien acaba de bajarse de un tren en movimiento y aún no sabe bien en qué ciudad ha aterrizado. Me acerqué y empecé a quitarle la ropa yo misma. Cuando le bajé los pantalones vi que era grande, más de lo que había imaginado, todavía sin endurecer. Me arrodillé y me lo metí en la boca. Tardó poco en ponerse duro. Menos de un minuto después se corrió sin avisar, con un gemido ahogado y la mano cerrada sobre mi cabeza.

Se disculpó tres veces seguidas. Yo asentí.

Le pedí que me lamiera. Lo hizo con buena voluntad pero sin convicción, y a los tres o cuatro minutos supe que esto no iba a llegar a ningún lado. Me incorporé.

—Espera aquí, que vuelvo ahora —le dije.

Salí de la habitación y cerré la puerta al salir.

***

En el salón encontré a Marcos de pie detrás de Claudia, que estaba a cuatro patas sobre la alfombra. La estaba follando por detrás, pero no por el coño. La separaba despacio, con cuidado, y ella gemía con la cabeza colgada y los brazos tensos, los dedos hundidos en la tela de la alfombra.

Me quedé en el umbral.

Con su ex no quería. Con mi marido, evidentemente, sí.

La observé un momento sin que ninguno me viera. Claudia gimió más fuerte y se agarró el pelo. Entonces se giró y me vio. Se quedó quieta de golpe. Marcos también se giró.

—Ven —dijo.

Me acerqué. Me cogió del pelo, sin brusquedad pero sin delicadeza, y me empujó hacia abajo. Sacó la polla del culo de Claudia y me la metió en la boca. Cinco o seis empujones lentos. Luego la sacó y me acercó la cara a Claudia, que seguía en la misma postura.

Empecé a lamerle por detrás mientras me masturbaba con la mano libre. Marcos se colocó detrás de mí y me penetró por el culo poco a poco. Oí el click inconfundible del teléfono. Estaba grabando.

Nos reorganizamos. Marcos nos cogió a las dos del pelo y nos puso de rodillas juntas delante de él, nuestras caras a la misma altura. Claudia y yo nos alternábamos, nos mirábamos de reojo mientras lo hacíamos, con esa mezcla de vergüenza y excitación que no tiene nombre preciso.

Nos follió por turnos. Primero a Claudia, luego a mí, luego a Claudia por detrás, luego a mí. Nos obligó a limpiar entre cambios. Claudia se corrió dos veces. Yo tres, aunque de la segunda no estoy del todo segura: quizás fue solo el cuerpo respondiendo a la acumulación de todo lo que había pasado esa noche.

Cuando estuvo a punto nos agarró a las dos del cuello con las manos y nos puso de rodillas, juntas, con las caras muy cerca. Se corrió sobre las dos. A mí me cayó en la mejilla y en el labio. A Claudia en la frente y en la boca. Nos lamimos la una a la otra sin que nadie nos lo dijera.

Marcos fue a la habitación. No sé qué le dijo a Rodrigo. Tardó menos de un minuto. Rodrigo salió sin mirar a nadie, fue directo a por su chaqueta.

Claudia se vistió en silencio. Me dio un beso en la mejilla antes de salir, ese tipo de beso que no dice nada y al mismo tiempo lo dice todo. Se fueron.

***

A las cuatro y veinte de la madrugada, Claudia recibió un mensaje de un número desconocido. Era un vídeo. En el vídeo se la veía a ella con toda claridad: de espaldas, a cuatro patas, luego de rodillas, luego con la cara levantada. Yo aparecía también, pero pixelada de arriba abajo, irreconocible. Claudia, no. A Claudia se la veía perfectamente: la boca, las manos, la expresión.

Rodrigo estaba a su lado en la cama cuando llegó el mensaje. Lo vio. Se giró hacia el otro lado y apagó la luz de su mesita.

Claudia se quedó en la oscuridad con el teléfono en la mano. Cerró el vídeo. Lo abrió otra vez. Lo volvió a cerrar.

Lo abrió una tercera vez y se metió la mano entre las piernas mientras Rodrigo fingía dormir.

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Comentarios (6)

Lucho_BA

de los mejores que lei ultimamente, tremendo!!!

ValeriaPC

Por favor que haya segunda parte, me quede con muchisimas ganas de saber como termino todo entre ellos despues de esa noche

MiraCba

Me encanto como lo contaste, se siente que podria pasarle a cualquiera. Esa tension de cuando todo empieza a salirse del guion es lo mejor del relato

RobertoLN

jajaja el titulo lo dice todo che, tremendo

SergioBaires

Excelente relato. Me recordo a una situacion similar con unos amigos hace como 4 años, aunque en nuestro caso nadie se animo a tanto jaja. Esto si que es saber narrar, uno termina leyendo sin parar hasta el final sin querer

GabiLectora

Muy bien escrito, la dinamica de grupo esta muy lograda. Se hizo corto!

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