Lo que mi amigo le hizo a mi esposa en su cumpleaños
Conozco a Rodrigo desde la universidad. Es el tipo de hombre que llena cualquier cuarto en el que entra, siempre con una sonrisa demasiado amplia para ser completamente inocente. Llevamos años de amistad y jamás le había guardado rencor por nada... hasta esa noche.
Aunque tampoco es rencor lo que siento cuando lo recuerdo. Es algo más complicado que eso.
Su cumpleaños caía en martes, lo cual hacía casi imposible que Valeria y yo pudiéramos ir. Ambos trabajamos en diseño gráfico, con horarios que rara vez respetan el calendario de los demás. Pero ese día, por alguna de esas rarezas del destino, los dos terminamos antes de las seis de la tarde. Nos miramos al mismo tiempo. No hizo falta ni hablarlo.
—Vamos de sorpresa —dijo ella, ya con el teléfono en la mano para avisar a alguien que no fuera Rodrigo.
Valeria eligió ese vestido azul oscuro que me cuesta ignorar cuando lo usa. Corto, ceñido, con unas medias negras que hacen que se me vaya la vista cada vez que se mueve. Me preguntó cómo la veía mientras se ajustaba los pendientes, y yo le dije que perfecta, lo cual era verdad y también quedarse muy corto.
Como regalo llevé una botella de mezcal artesanal que nos había traído un colega de un viaje a Oaxaca. Nos había advertido que fuera con cuidado, que no era mezcal común, que llevaba una mezcla de hierbas que «te pone en otro estado». Yo pensé que era exageración de vendedor. Me equivoqué.
La cara de Rodrigo cuando nos vio en la puerta valió cualquier cosa. Nos hizo pasar entre abrazos, nos presentó a quien aún no conocíamos, y cuando saqué la botella, el ambiente cambió de tono. Todo el mundo quería probar.
Me dediqué a servir en cantidades pequeñas, como nos había recomendado el colega. Un dedo en el vaso, sin más. Los efectos tardaban pero llegaban, y cuando llegaban lo hacían de golpe: una especie de euforia tranquila, un bienestar que aflojaba los músculos y hacía que las conversaciones resultaran más interesantes de lo habitual. A algunos los adormilaba. A Rodrigo, en cambio, lo encendía.
Valeria no probó el mezcal. Le daba desconfianza todo lo que oliera a «experiencia alternativa», así que se quedó con su copa de vino tinto, perfectamente en control mientras el resto íbamos perdiendo pie de a poco.
La esposa de Rodrigo, Clara, se sintió mal pasada la medianoche. Demasiado vino, dijo. Subió a acostarse disculpándose, y Rodrigo, en vez de preocuparse, pareció relajarse. No fue sutil. Era como si le hubieran quitado un peso del hombro.
La fiesta se fue vaciando. A la una y media quedábamos cuatro o cinco personas además de nosotros tres. La música bajó de volumen. Las conversaciones se volvieron más lentas, más íntimas.
Yo empecé a notar los efectos del mezcal alrededor de las dos. No fue un mareo gradual: fue como si el tiempo empezara a cortarse en fragmentos, como si entre un instante y el siguiente hubiera un salto que no recordaba. Se lo dije a Valeria en voz baja. Ella sonrió con esa condescendencia cariñosa que usa cuando tiene razón.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—Todavía no —dije, aunque no estaba seguro de por qué.
Fue poco después cuando Rodrigo ofreció traerme agua mineral. Valeria dijo que lo acompañaba a la cocina. Vi cómo él la tomó de la cintura para dejarla pasar, una mano que rozaba justo donde el vestido se ensanchaba sobre las caderas. No sé si duró dos segundos o diez. El mezcal me hacía difícil calcular el tiempo.
Tardaron más de lo necesario para traer un vaso de agua. Cinco minutos, quizás más. En el momento no me pareció importante.
Cuando volvieron, algo había cambiado en el ambiente entre ellos. No supe decir qué. Valeria tenía una expresión diferente, un orden distinto en la mirada. Rodrigo estaba más serio de lo que se había ido. Me tomé el agua de un trago. El frío en la garganta fue un alivio.
¿Qué había pasado en la cocina?
El pensamiento llegó sin que yo lo llamara. Y con él, algo más: la imagen de la mano de Rodrigo en la cintura de Valeria. Me empezó a rondar la cabeza con una persistencia que no entendí del todo. El corazón me latía diferente. No era celos, o al menos no era solo eso. La polla se me empezaba a poner dura dentro del pantalón sin que yo pudiera evitarlo, y esa reacción me confundía más que ninguna otra cosa.
Seguimos hablando. O mejor dicho, Rodrigo y Valeria hablaban y yo asentía con monosílabos, cada vez más distraído por lo que empezaba a ver de reojo.
La mano de Rodrigo estaba sobre la pierna de Valeria. Justo en el borde del vestido, donde empezaban las medias. Quieta al principio, luego con un movimiento pequeño, casi imperceptible. Ella no la apartó.
Hice lo que hace cualquiera cuando quiere saber qué pasa sin que le pillen mirando: seguí hablando de cualquier cosa, los ojos fijos en un punto neutro, la atención completamente puesta en lo que capturaba la visión periférica. La temperatura en la sala había subido varios grados.
Pasaron los minutos. La mano de Rodrigo subió por el muslo de Valeria despacio, sin prisa, como si tuvieran toda la noche. Los dedos se metieron por debajo del vestido y desaparecieron en la penumbra entre sus piernas. Vi cómo ella separó apenas un poco las rodillas para permitirle mejor acceso. Vi cómo la mandíbula se le tensó cuando los dedos de Rodrigo encontraron el sitio que buscaban por encima de la ropa interior. Ella giró la cabeza hacia mí dos o tres veces para comprobar si yo me daba cuenta. Yo no me daba cuenta. O eso parecía.
Decidí facilitarles la tarea.
—Voy al baño —dije, y me levanté con la torpeza creíble de alguien que lleva demasiado mezcal encima.
Ninguno de los dos me respondió.
En vez de subir al baño del primer piso, me metí en el cuarto de herramientas que Rodrigo tiene junto a la entrada. Entrecerré la puerta. Desde ahí tenía vista directa a la sala.
Lo que vi en los siguientes minutos lo recuerdo con una claridad extraña para el estado en que estaba.
En cuanto me perdieron de vista, se miraron. No hicieron falta palabras. Rodrigo le pasó una mano por la mejilla, ella inclinó la cabeza levemente hacia ese contacto, y entonces se besaron. No fue un beso tímido ni exploratorio: fue el beso de dos personas que llevan un rato conteniéndose. Se comían la boca con lengua, con hambre, con la urgencia de haber esperado toda la noche para ese momento.
Las manos de Rodrigo recorrían su espalda, sus hombros, las curvas del vestido. Le apretó el culo por encima de la tela y la atrajo contra él. Yo vi cómo el bulto en el pantalón de Rodrigo se marcaba contra la cadera de Valeria, y vi cómo ella se restregaba contra ese bulto sin ningún disimulo. Ella lo tomó del cuello, le mordió el labio inferior, le susurró algo al oído que le hizo cerrar los ojos. Desde la oscuridad del cuarto de herramientas yo los observaba sin respirar, con el corazón golpeándome el pecho de una manera que no había sentido en mucho tiempo, y con la polla ya completamente dura dentro del vaquero.
No sé cuánto tiempo estuvieron así. Rodrigo murmuró algo al oído de Valeria. Ella asintió, y se levantaron.
Caminaron hacia la cocina. Pasaron tan cerca de mí que pude escuchar su respiración. La oscuridad me cubrió. No me vieron.
***
La cocina era aún mejor desde mi ángulo.
Llegaron tropezando entre besos, sin encender la luz principal, apenas con el resplandor que entraba desde el pasillo. Rodrigo la apoyó contra la barra y la besó con más fuerza. Valeria soltó un sonido bajo, contenido, que me resultó perfectamente familiar y al mismo tiempo completamente nuevo en ese contexto.
Él le bajó los tirantes del vestido y tiró de la tela hacia abajo hasta que le quedaron los pechos al aire. Los pezones ya los tenía duros, marcados, y Rodrigo se agachó a mordérselos uno por uno, primero el derecho, después el izquierdo, chupándolos hasta que Valeria arqueó la espalda contra la barra. Le acarició los pechos con las palmas, despacio, observándola con atención, sopesándolos como si nunca hubiera visto unas tetas antes. Ella echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Qué buenas tetas tienes —le oí decir a Rodrigo en voz baja, ronca.
Valeria soltó una risa contenida, casi un gemido.
—Cállate y sigue.
Me froté los ojos una vez, por reflejo. Seguían ahí. Esto estaba pasando de verdad.
Valeria tiró de la camisa de Rodrigo hacia afuera del pantalón. Luego fue directamente al cinturón, con una decisión que me resultó casi sobrecogedora. Rodrigo no la detuvo. La ayudó. Se bajó el pantalón y los calzoncillos de un solo tirón hasta la mitad del muslo, y su polla saltó hacia arriba, ya completamente dura, brillante en la punta con la luz que se colaba desde el pasillo.
Cuando ella se arrodilló frente a él, el mezcal y la incredulidad dejaron de importar. Solo existía lo que tenía delante.
La tomó con las dos manos, la estudió un instante, y sacó la lengua para lamerla desde la base hasta la punta, lento, como si estuviera catando algo. Después se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta que la nariz le tocó el vientre a Rodrigo, y él soltó un jadeo largo que me llegó nítido desde donde estaba yo. Apoyó una mano en el borde de la barra para no perder el equilibrio. Con la otra le sujetó el cabello sin apretarlo, solo sosteniéndolo, mirándola desde arriba con una expresión que no le había visto nunca.
Valeria empezó a chupársela con ese ritmo que yo conocía tan bien: subía despacio hasta la punta, jugueteaba con la lengua alrededor del glande, y volvía a bajar hasta el fondo, tragando por completo. La mano libre se la agarró por la base y empezó a masturbarla en sincronía con la boca, girando la muñeca en cada movimiento. Escuché los sonidos húmedos de su boca trabajando la polla de Rodrigo, la saliva cayéndole por la barbilla, esos ruidos guturales que ella hacía cuando quería demostrar que le gustaba. Rodrigo bajó la vista y contempló la escena con la boca entreabierta.
—Joder, Valeria… así, así…
Ella lo sacó de la boca un segundo, jadeando, con los labios brillantes y una hebra de saliva colgando.
—¿Te gusta cómo te la chupo? —susurró.
—Me estás matando.
Se la volvió a meter, esta vez más profunda, dejándola en el fondo de la garganta unos segundos antes de sacarla. Yo escuchaba el ruido y sentía que la polla mía se pedía atención dentro del pantalón sin que yo hubiera dado permiso.
Valeria es extraordinariamente buena en eso. Yo lo sé mejor que nadie.
Pasaron varios minutos así. Rodrigo la detuvo antes de terminar, con la respiración entrecortada, casi tirando de ella hacia arriba por el pelo. La hizo ponerse de pie. Le agarró la cara y la besó con la boca todavía sucia de él. La giró con suavidad y la inclinó sobre la barra desayunadora. Le subió el vestido con una mano hasta la cintura, dejando el culo al aire enmarcado por las medias negras, y le bajó la ropa interior con la otra, hasta las rodillas. Le abrió las piernas con la rodilla.
Yo llevaba un rato tocándome sin haberlo decidido conscientemente. Me había abierto el pantalón sin darme cuenta y me estaba haciendo una paja lenta con la polla asomando por la bragueta. En algún punto de lo que estaba viendo, mi cuerpo había tomado sus propias decisiones.
Rodrigo se agachó un momento a mirarla por detrás, le abrió los cachetes del culo con los pulgares y se relamió. Vi cómo le pasó dos dedos por el coño, resbalando en algo que ya estaba brillando, y cómo se los metió en la boca después, chupándolos con los ojos cerrados. Después se puso detrás de ella. La tomó de las caderas con ambas manos y la penetró de un solo movimiento, hundiéndosela hasta el fondo. Valeria hundió la cabeza entre los brazos para amortiguar el gemido largo que salió de su garganta.
—Ay, joder… —le oí ahogar contra su propio antebrazo.
Rodrigo empezó a follársela con embestidas duras, sin ninguna delicadeza, cada golpe hacía chocar los cachetes del culo de Valeria contra el pubis de él con un sonido seco y húmedo a la vez. Le clavaba los dedos en las caderas, tirando de ella hacia atrás en cada envite para que se le empalara aún más. Ninguno de los dos habló durante un rato. Solo el choque de sus cuerpos, el roce de la tela del vestido contra la barra, la respiración de ella que yo conocía tan bien y que en ese momento era completamente diferente, más grave, más entregada.
En un momento Rodrigo se inclinó sobre ella, le pasó una mano por delante y le agarró un pecho, apretándolo mientras seguía moviéndose. Con la otra le agarró el pelo desde la nuca y le tiró la cabeza hacia atrás.
—Dime que te gusta —le gruñó al oído, sin dejar de embestirla.
—Me gusta —jadeó ella—. Me encanta. No pares.
—Más fuerte.
—Más fuerte, joder, dame más fuerte.
Rodrigo le soltó el pelo y volvió a agarrarla de las caderas y le dio con más ganas todavía, hasta que la barra desayunadora empezó a hacer ruido contra la pared. Valeria se apretaba con las dos manos al borde de la encimera. El vestido le colgaba arrugado alrededor de la cintura, los pechos le rebotaban contra el mármol frío en cada empuje, las medias negras seguían perfectamente ajustadas por encima de las rodillas y ese detalle, no sé por qué, fue el que a mí me terminó de partir la cabeza.
Yo me la estaba pelando en silencio dentro del cuarto de herramientas, apretando los dientes para no soltar ni un sonido, con la otra mano tapándome la boca. Estaba a punto de correrme y llevaba diez minutos aguantándolo.
—Voy a acabar —le oí decir a Rodrigo con la voz rota.
—Fuera. Fuera —susurró Valeria—. No dentro.
Salió de ella un momento. Ella se giró y se dejó caer otra vez de rodillas frente a él, agarró la polla con la mano y empezó a masturbarla rápido, apuntándola hacia su propia cara y su propio pecho. La boca abierta, la lengua fuera, mirándolo fijamente con esa mirada que yo pensaba que sólo me ponía a mí. Rodrigo cerró los ojos, soltó un gruñido profundo, y se corrió a chorros sobre la boca y la barbilla de Valeria, sobre las tetas todavía descubiertas, sobre la parte de arriba del vestido azul. Ella lo terminó despacio con la mano, sacándole hasta la última gota, sin dejar de mirarlo. Con un dedo se recogió una gota de la comisura de la boca y se la chupó.
Yo me corrí en ese mismo instante dentro del cuarto de herramientas, con la mano llena, mordiéndome el interior de la mejilla para no soltar un solo sonido. Me tuve que apoyar contra la pared. Las rodillas me temblaban un poco.
Cuando los abrió, Rodrigo exhaló largo y se apoyó contra la encimera. Le tendió a Valeria un trozo de papel de cocina. Ella se limpió la cara, el pecho, se acomodó el vestido con manos que le temblaban ligeramente, y se subió los tirantes. En treinta segundos volvía a parecer una mujer que había ido a la cocina a buscar un vaso de agua.
***
Esperé unos minutos antes de volver. Me limpié como pude con un trapo del cuarto de herramientas, me abroché el pantalón, respiré varias veces. Cuando salí al pasillo, ellos ya estaban de regreso en la sala, separados, con esa distancia cuidadosa de quien acaba de hacer algo que no debería haber hecho.
—¿Te perdiste? —preguntó Valeria con una sonrisa que no terminaba de llegar a los ojos.
—El baño de arriba estaba ocupado —dije—. Tuve que buscar el otro.
Rodrigo nos ofreció quedarnos a dormir. Era tarde, el mezcal había hecho sus estragos, y ninguno de los dos estábamos en condición de conducir. Aceptamos. Nos prestó el cuarto de invitados en la planta baja.
En cuanto cerré la puerta del cuarto de invitados detrás de nosotros, la agarré. No hablé, no expliqué nada. La empujé contra la pared, le levanté el vestido igual que había hecho Rodrigo en la cocina, y le metí la mano entre las piernas. Estaba empapada. Todavía. Le arranqué la ropa interior por el lado y sentí la humedad tibia que él le había dejado por fuera, y la de ella por dentro, mezcladas, resbalando ya por el interior del muslo. Valeria soltó un jadeo de sorpresa contra mi cuello.
—¿Qué te pasa? —susurró, pero no me apartó la mano. Al revés, separó las piernas para dejarme trabajar mejor. Le metí dos dedos y sentí lo suelta que estaba, lo caliente, lo distinta de siempre.
—Cállate —le dije, y le tapé la boca con la otra mano.
La tumbé de espaldas en la cama de invitados y le arranqué el vestido por la cabeza. Le abrí las piernas y me eché encima de ella. No hubo preliminares, no hubo delicadeza. Le metí la polla de una sola embestida, hasta el fondo, igual que había hecho él, y ella soltó un grito ahogado contra mi hombro.
—Dios —jadeó—. Dios, Dios…
Me la follé con una rabia que no sabía que llevaba dentro. Con imágenes en la cabeza que no podía apagar: su boca abierta debajo de la polla de Rodrigo, sus tetas rebotando contra el mármol de la cocina, la manera en que había pedido más fuerte. Se lo di más fuerte. Se lo di como no se lo daba desde hacía meses. Le clavé los dedos en las caderas igual que había visto hacérselo a él y la moví contra mí, y ella se agarró de mis hombros y me clavó las uñas y me pidió al oído cosas que normalmente no me pedía.
—Así, mi amor, así, no pares, así…
La puse a cuatro patas encima de la cama. Le miré el culo desde atrás y vi que todavía tenía marcas rosadas donde los dedos de Rodrigo le habían apretado. Le pasé la lengua por la espalda desde el arranque de las nalgas hasta la nuca, y volví a entrar. Ella hundió la cara en la almohada para amortiguar los gemidos. Yo escuché los mismos ruidos que había escuchado desde el cuarto de herramientas, esta vez debajo de mí, y pensé que iba a volverme loco.
—Estás distinta esta noche —le susurré, medio pregunta, medio acusación.
—Tú también —jadeó ella contra la almohada.
La giré otra vez, me la subí encima. Ella se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a cabalgarme despacio, con las manos apoyadas en mi pecho, mirándome con los ojos entrecerrados. Le agarré las tetas con las dos manos y me las metí en la boca de una en una, chupándole los pezones con la certeza absurda de que estaba probando algo que otro hombre había probado hacía menos de una hora. Se movió más rápido. La sentía cerrarse alrededor de mi polla en oleadas cada vez más cortas.
Se corrió encima de mí con un gemido largo que no intentó disimular del todo, temblando, apretándose contra mí, mordiéndose el labio para no gritar. Yo aguanté un poco más, mirándola desde abajo con esa cara que ponía cuando acababa, y me corrí dentro de ella pocos segundos después, tirando de sus caderas hacia abajo para hundirme lo máximo posible.
Se dejó caer sobre mi pecho, agitada, sudada, con el pelo pegado a la frente. Estuvimos un rato así, sin hablar, escuchando cómo se nos calmaba la respiración. Yo sin saber si abrazarla o preguntarle. Ella sin saber que yo lo había visto todo. Yo sin poder sacar de la cabeza ninguna de las imágenes que acababa de grabar.
No hablamos de ello esa noche. Ni a la mañana siguiente, cuando nos despedimos de Rodrigo con café y normalidad fingida.
Todavía no hemos hablado de ello.
Pero hay momentos, cuando Valeria me mira de cierta manera, en que me pregunto si ella sabe que yo lo sé. Y si sabe, si a veces también lo recuerda.