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Relatos Ardientes

La noche que perdí mi virginidad con ellos

Cuando el árbitro pitó el final del partido, el estadio universitario explotó. Corrí al campo con las otras animadoras, agitando los pompones por encima de mi cabeza, sabiendo que esa noche habría celebración. Lo que no sabía era que esa celebración iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí misma.

Tenía veinte años. Estaba en segundo año de administración y llevaba dos semestres en el equipo de animadoras del Politécnico. Mis compañeras hablaban del sexo como si fuera algo que ya habían resuelto: ángulos, posiciones, preferencias. Yo escuchaba y asentía, sin confesar que todavía no había cruzado ese umbral. No era por falta de oportunidades. Era por algo más difícil de explicar: quería que valiera la pena.

Llevaba semanas escuchando a Daniela hablar de cómo dos hombres la habían tenido en un hotel de la colonia Roma y cómo no había podido caminar bien al día siguiente. Lo contaba riendo, con una cerveza en la mano, describiendo con detalle cómo uno se la había metido por el coño mientras el otro le follaba la boca, cómo la habían puesto en cuatro y se habían turnado hasta correrse encima de ella. Todas la escuchábamos con esa mezcla de fascinación y envidia que no siempre somos capaces de nombrar. Yo sonreía. Por dentro, apretaba los muslos y pensaba en eso más de lo que me gustaba admitir.

Esa noche, en el estadio, con el equipo festejando a mi alrededor, algo se movió en mí. Una decisión que no tomé con palabras sino con el cuerpo.

***

La fiesta fue en casa de Rodrigo, el portero, que vivía a diez minutos del estadio en un departamento amplio que era demasiado grande para un estudiante de veintiún años. Sus padres viajaban seguido. Esa noche, la casa era nuestra.

Llamé a mi madre para decirle que dormía en casa de Fernanda. Mi madre confía en Fernanda. Fernanda se fue a las once con su novio, pero eso mi madre no lo sabía.

Para cuando el reloj marcó la medianoche, la mitad de la gente ya había desaparecido. Quedábamos yo y cinco jugadores: Rodrigo, Tomás, Ariel, Santiago y el que todos llamaban Beto, aunque su nombre real era Roberto. Los cinco estaban sudados todavía de la celebración, con las camisetas del equipo enrolladas en las manos o colgadas en el respaldo de las sillas. Yo seguía con el uniforme de porrista: falda corta azul, top sin mangas, el pelo recogido en una coleta.

La cerveza había hecho su trabajo. Me sentía ligera, sin el peso habitual de lo que debía o no debía hacer. Rodrigo propuso póquer de prendas con la naturalidad de quien propone ver una película. Nadie objetó. Yo tampoco.

Tenía buena mano esa noche. Los fui desnudando de a uno, con una calma que me sorprendió a mí misma. Primero la camiseta de Tomás. Después los zapatos de Ariel. Luego los pantalones de todos. Para cuando yo perdí por primera vez, ellos ya estaban en calzoncillos, y los bultos que se marcaban debajo de la tela no dejaban lugar a dudas. Cuando cayó otra mano, Rodrigo se bajó los bóxers con una sonrisa y su polla saltó dura contra su vientre. Nunca había visto una tan de cerca, tan gruesa, tan viva. Detrás de él, Ariel se sacó los suyos también, y Beto, y todos me miraron esperando la siguiente carta.

Perdí el top.

Sentí las miradas antes de ver sus caras. Cinco pares de ojos que recorrían mis tetas, que nadie había visto antes fuera del espejo de mi cuarto. Los pezones se me pusieron duros al aire, y no fue por frío. Me crucé de brazos por instinto, y Rodrigo dijo desde el otro sillón, con la verga tiesa entre las piernas:

—No te escondas. No hay nada que esconder.

No era una orden. Era, extrañamente, una invitación.

Bajé los brazos.

***

Lo que vino después no fue precipitado. Fue como una marea: lenta al principio, inevitable después.

Tomás se sentó a mi lado en el sofá, desnudo, con la polla apoyada contra el muslo, larga y palpitando. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Me preguntó si quería que parara si algo me molestaba. Le dije que sí, aunque en ese momento no había nada que me molestara. Me rozó el costado con el dorso de la mano, apenas, como si estuviera comprobando que yo era real. Luego me preguntó si podía tocarme. Asentí.

Su mano en mi cintura fue la primera. No fue brusca. Recorrió mi costado con lentitud, subió hasta el pecho y me tomó una teta entera, sopesándola, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice hasta que solté un gemido corto que no supe que tenía adentro. Yo no dije nada. Él siguió. La otra mano me abrió las piernas por encima de la falda, subió por la cara interna del muslo y se metió por debajo de la tela hasta encontrarme mojada por encima de las bragas.

—Estás empapada —dijo, con la voz ronca—. Mírate cómo estás.

Cuando Rodrigo se arrodilló frente a mí y deslizó las manos por mis muslos, supe que el juego de cartas había terminado. Supe también que yo no quería que terminara nada más.

Les conté que era virgen en ese momento. Sin dramatismo, casi como un dato técnico, como si dijera que no había probado nunca el sake o que nunca había manejado en autopista.

Tomás se apartó un centímetro.

—¿Quieres parar? —preguntó.

—No —dije. Y era verdad—. Quiero que me lo hagan. Todos.

Se quedaron un segundo en silencio, procesando lo que acababa de decir. Después Rodrigo se rio bajo, casi sin voz, y me apartó la mano de la falda para bajármela hasta los tobillos.

***

Rodrigo fue el primero en bajarme las bragas. Lo hizo despacio, mirándome a los ojos para leer si algo cambiaba en mi cara. Nada cambió, salvo que me mordí el labio y aparté la vista hacia el techo. Me abrió las piernas de par en par, sin pedir permiso ya, y sentí el aire fresco contra el coño mojado antes de sentir la boca.

Luego sentí el calor de su lengua y los pensamientos se volvieron imprecisos. Me lamió entera, de abajo hacia arriba, con la lengua ancha y plana, y después se concentró en el clítoris con la punta, dando vueltas lentas que me arrancaron el primer gemido largo de la noche. Metió un dedo. Luego dos. Los curvó adentro buscando algo que yo no sabía que existía y que encontró de inmediato. Se me arqueó la espalda sola.

Era diferente a lo que imaginaba. Más concentrado. Más eléctrico. Cada movimiento de su lengua parecía conectado a un hilo que iba directo al centro de mi pecho. Cerré los ojos. Abrí las piernas un poco más sin darme cuenta. Alguien me tomó la mano y me la puso alrededor de una polla caliente y dura; la sujeté con fuerza, sin saber siquiera de quién era, y empecé a moverla arriba y abajo como me habían dicho las amigas que se hacía. La piel se deslizaba sobre la carne dura, y en la punta noté una gota resbaladiza que me manchó los dedos.

Tomás me había tomado una teta con la boca y me chupaba el pezón mientras me pellizcaba el otro. Beto se acercó por el otro lado y me acercó su polla a la cara, sin apurarme, sólo apoyándola en mi mejilla para que yo entendiera lo que quería. Giré la cabeza y abrí la boca. La primera vez que la tuve dentro me atraganté un poco; él salió enseguida y volvió a entrar más despacio, hasta la mitad, dejándome marcar el ritmo con la lengua.

El orgasmo llegó antes de que yo entendiera qué era lo que estaba sintiendo. Rodrigo me chupaba el clítoris y bombeaba dos dedos adentro al mismo tiempo, y de pronto fue como si el suelo desapareciera bajo mis pies y yo cayera en algo suave y eléctrico al mismo tiempo. El coño se me contrajo alrededor de sus dedos en oleadas y grité con la polla de Beto todavía a medias en la boca. Me aferré al brazo de Tomás sin querer y él me dejó. Cuando abrí los ojos, los cinco me estaban mirando con las vergas duras en la mano.

No era una mirada depredadora. Era otra cosa. Algo parecido al asombro.

—¿Bien? —preguntó Ariel desde el otro lado de la habitación, meneándose la polla con calma.

—Más que bien —respondí, y mi voz sonó diferente. Más grave. Más mía—. Quiero más.

***

Tomás fue el primero. Se acostó en el suelo sobre una manta que alguien había traído del cuarto, con la polla apuntando al techo, y me ayudó a bajar sobre él despacio, con mis manos apoyadas en su pecho. Sentí la presión antes de que entrara. La punta gruesa se abrió camino en la carne mojada y me detuvo. Respiré. Bajé un centímetro más. Sentí cómo me abría por dentro, cómo mi cuerpo se estiraba para dejarlo pasar. Seguí.

El momento en que entró del todo hubo un dolor breve y agudo, como una quemadura, que no me hizo querer parar sino continuar con más cuidado. Me quedé quieta un segundo, empalada en él hasta el fondo, sintiendo el calor, el peso, la plenitud absoluta de tenerlo dentro. Él también se quedó quieto. Sus manos en mis caderas, firmes pero sin empujar.

—¿Todo bien? —susurró.

—Sí —dije. Y empecé a moverme.

Subí despacio, sintiendo cómo la polla me arrastraba las paredes por dentro, y volví a bajar. Otra vez. Otra vez, un poco más rápido. Otra vez, ya sin dolor, sólo con esa fricción caliente que me sacaba el aire cada vez que me sentaba hasta el fondo. La sensación de tenerlo adentro mientras yo controlaba el ritmo fue algo difícil de describir. Era calor, presión, plenitud. Y la cara de Tomás debajo de mí, con los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada, haciendo el esfuerzo visible de no correrse antes de tiempo para dejarme ir al ritmo que necesitara, era lo más íntimo que había visto en mi vida.

Beto se arrodilló cerca de mi cara. No dijo nada. Lo miré. Lo tomé en la mano primero, tanteando el grosor, y luego lo metí en mi boca. Él soltó el aire de golpe. Yo imité lo que había visto hacer a Daniela en aquel video que habíamos visto en su teléfono meses atrás, ahuecando las mejillas y pasando la lengua por la parte de abajo mientras subía y bajaba, y aparentemente funcionaba, porque Beto apoyó una mano en mi pelo con suavidad y empezó a moverse él también, empujándome la cabeza hacia abajo hasta que la punta me chocaba el fondo de la garganta. Me lagrimeaban los ojos y me faltaba el aire, pero no lo aparté. Cuando salí a respirar, un hilo de saliva me colgaba del mentón hasta la punta.

—Qué boca tienes, carajo —murmuró Beto, y volvió a metérmela.

Santiago se acercó por el otro flanco y me puso su polla en la otra mano. Empecé a masturbarlo mientras chupaba a Beto y montaba a Tomás. Tres a la vez. No era algo que hubiera pensado nunca que sería capaz de hacer. Y sin embargo lo estaba haciendo, y lo estaba haciendo bien, porque los tres respiraban entrecortado y ninguno me pedía que parara.

Ariel se acercó por detrás. Me preguntó en voz muy baja si podía intentarlo por atrás. Nunca había pensado en eso, ni siquiera me lo había planteado como posibilidad, pero esa noche todo se sentía como una puerta que se abría por primera vez. Le dije que sí, pero que fuera con cuidado. Hubo más lubricante del que yo esperaba, frío al principio, y sus dedos me abrieron el culo con paciencia, primero uno, después dos, dando vueltas hasta que sentí que se aflojaba. Cuando finalmente la punta empezó a entrar, me clavé más fuerte en la polla de Tomás por instinto y grité alrededor de la de Beto.

—Despacio, despacio —dijo Ariel, quieto—. Respira.

Respiré. Empujó otra vez, un poco más. La sensación de estar abriéndome por atrás mientras Tomás me llenaba por delante fue algo que mi cerebro no supo procesar en ese primer segundo. Después, cuando Ariel estuvo entero adentro y empezaron a moverse los dos coordinados, uno subiendo mientras el otro bajaba, entendí. Sentí que mi cabeza dejaba de procesar el mundo en categorías separadas.

Eran tres. Adentro los tres. El peso de los tres, la temperatura de los tres, el sonido de la respiración de los tres mezclado con el mío. La polla de Beto me follaba la boca, la de Tomás me follaba el coño, la de Ariel me follaba el culo, y las manos de Santiago y Rodrigo estaban en todos lados: en mis tetas, en mi pelo, en mis muslos abiertos. Nunca me había sentido tan usada y tan poderosa al mismo tiempo. Yo era el centro. Todo giraba alrededor de mí.

***

Lo que me sorprendió más, en todo aquello, fue la cara de los hombres en el momento exacto del orgasmo.

Esa fracción de segundo en que la compostura desaparece completamente y queda algo crudo y verdadero debajo. Los ojos que se van hacia atrás. La respiración que se corta a la mitad. Las manos que se aferran a lo primero que encuentran. Esa expresión me excitaba más que cualquier otra cosa, más que la fricción o el calor o el peso de los cuerpos. Quería seguir viéndola. Quería provocarla.

Cuando Tomás llegó al límite lo sentí antes de que lo dijera. Su polla se hinchó adentro de mí, palpitó una vez, dos, y entonces el calor se multiplicó en oleadas espesas contra mis paredes. Y entonces supe lo que era el semen, su temperatura, su textura. Se corrió tan adentro que sentí cada chorro por separado, y cuando por fin salió, un reguero blanco y espeso me chorreó del coño hasta el ombligo. No me dio asco. Me sorprendió cuánto no me dio asco.

Ariel tardó un poco más. Siguió empujándome el culo con embestidas cortas y hondas, mordiéndome el hombro por detrás, hasta que se sostuvo con los dedos clavados en mis caderas y descargó adentro con un gruñido largo. Sentí el semen caliente en un sitio en el que nunca había imaginado sentirlo. Cuando salió, me ayudó a incorporarme y me limpió los muslos con la mano abierta, casi con ternura. Ese gesto, tan pequeño en medio de todo lo que estaba pasando, me pareció de una amabilidad inesperada.

Me tendieron en el sofá boca arriba, con las piernas todavía abiertas y el coño chorreando la corrida de Tomás. Llegó Santiago. Me la metió de una sola embestida, ya sin resistencia, y empezó a follarme rápido desde el principio, agarrándome los tobillos y abriéndomelos hasta que casi me tocaba las orejas con las rodillas. Cada golpe hacía un sonido húmedo obsceno y las tetas me rebotaban contra el pecho. Le miré la cara y le dije que se corriera encima. Se corrió encima. Me pintó el vientre y las tetas con una descarga espesa que se me deslizó en hilos hasta las costillas.

Rodrigo esperó a que él terminara. Después me hizo darme vuelta y ponerme en cuatro sobre los cojines. Me la metió por el coño desde atrás, con las manos en mis caderas, y me folló largo, sin apuro, con embestidas profundas que me sacaban un gemido cada una. Metió el pulgar donde antes había estado Ariel, me abrió otra vez ahí, y sentí que se me nublaba la vista de nuevo. Me corrí encima de él sin avisar, apretándolo con todo, y él aguantó un rato más antes de sacar la polla y descargarme el semen caliente sobre las nalgas y la espalda baja.

Cada uno tenía su propio ritmo, sus propias formas de moverse, su propio olor, su propio sabor cuando volvía a mi boca. Aprendí a diferenciarlos en la oscuridad, casi sin querer.

Beto terminó en mi garganta. Yo estaba de espaldas al borde del sofá, con la cabeza colgando hacia atrás, y él me la metió hasta el fondo desde arriba, follándome la boca en línea recta. Lo sentí llegar antes de que él lo anunciara con un sonido grave y contenido, y descargó chorro tras chorro adentro. Tragué lo que pude. El resto me resbaló por la comisura. La mezcla de sabores no era lo que había imaginado. Era más intensa. Más real. Más salada. Cuando salió, sacó la polla lentamente, dejándome un rastro brillante en los labios, y sonrió.

Perdí la cuenta en algún punto. No de personas, que eran cinco y eso no cambiaba. Sino de veces. De cuántas veces mi cuerpo llegó al límite y lo cruzó. De en cuántos órdenes distintos pueden combinarse cinco hombres y una mujer que dice que sí a todo. Terminé una vez con Santiago adentro del coño y Rodrigo adentro del culo al mismo tiempo, empalada entre los dos, con la cara aplastada contra el brazo del sofá y las manos sujetas por Ariel para que no me moviera. Terminé otra con la boca llena y las dos manos ocupadas y una polla que no recuerdo de quién me frotaba las tetas por encima. Terminé otra sola sobre la cara de Beto, montándole la boca hasta que el orgasmo me dobló en dos.

***

En algún momento nos quedamos dormidos. Yo en el sofá, los cuerpos de ellos cerca, el departamento en silencio. Tenía semen seco en el pelo, en las tetas, en la cara interna de los muslos, y no me importó.

Cuando alguno despertaba en mitad de la noche, la cosa seguía con la misma tranquilidad con que había empezado. Sin urgencia. Sin drama. Una mano que buscaba entre mis piernas y me encontraba lista otra vez. Una polla dura que se apoyaba contra mi cadera esperando permiso. Yo abría las piernas medio dormida y dejaba que entrara. Como si fuera lo más natural del mundo, que tal vez lo era.

A las siete de la mañana entré a la ducha de Rodrigo. El agua caliente cayó sobre mí durante un buen rato. Me jabonué despacio, prestando atención a cada parte del cuerpo, reconociéndolo de nuevo como mío. Me toqué el coño hinchado, el culo dolorido pero entero, las marcas rojas de dedos en las caderas y los muslos. No me sentía mal. No me sentía sucia ni estropeada ni ninguna de las cosas que supuse que podría sentir.

Me sentía, sobre todo, distinta.

No era que hubiera perdido algo. Era que había encontrado algo que no sabía que existía dentro de mí: un apetito que no tenía nombre claro todavía pero que se sentía completamente mío.

El vapor llenaba el baño. Afuera, alguien encendió el televisor y el ruido del noticiario de la mañana se coló por debajo de la puerta. Olía a café. Primera vez, pensé. Y sonreí sola, ahí bajo el agua.

***

Tardé semanas en contárselo a alguien. Se lo conté a Fernanda, porque Fernanda no juzga. Me escuchó hasta el final con el café en la mano y los ojos cada vez más abiertos.

—¿Y cómo te sentiste? —preguntó cuando terminé.

—Bien —dije—. Mejor que bien.

—¿Los cinco?

—Los cinco. En todos los agujeros. Más de una vez.

Fernanda soltó el café sobre la mesa.

—Eso no es una primera vez —dijo—. Eso es una tesis doctoral.

Me reí. Fue la primera vez que me reía de verdad desde aquella noche, y darme cuenta de que podía reírme de ello me dijo todo lo que necesitaba saber sobre cómo me sentía al respecto.

Desde entonces, el sexo fue parte de mi vida de una manera que ya no escondo. No porque aquella noche me haya roto algo, sino porque me mostró algo. Que el placer tiene muchas formas. Que el cuerpo sabe lo que quiere cuando dejas de pedirle permiso al miedo. Que una primera vez puede ser exactamente eso: la primera de muchas.

Y que a veces lo que creías que ibas a lamentar es lo que terminás recordando con más claridad, con más detalle, con más gratitud, años después.

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Comentarios(10)

NatiRosario

que relato!!! me tuvo pegada a la pantalla hasta el final

Lautaro22

Por favor una segunda parte, no puede terminar ahi

Valentina_N

Me recordó varias cosas de mi propia adolescencia jaja. Muy bueno!!

Tomas_1989

increible como lo narraste, se siente completamente autentico

Laura_C

Tenes mas relatos? me quede con muchas ganas de seguir leyendo

ElLectorK

Muy bien escrito. Nada exagerado ni forzado, justo como tiene que ser un relato de este tipo

Camila_82

uff que historia jajaja me rei y me emocione a la vez. Excelente!!

SebasRio22

buenisimo, seguí escribiendo

RosaElena_77

Lo lei dos veces y cada vez me parecio mejor. Tenes una forma de contar las cosas muy natural, sin rodeos. Espero leer mas relatos tuyos pronto

NightReader7

esto si que es un relato de primera vez bien contado. gracias por compartirlo

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