El hombre que se quedó con mi mujer y con todo
Me llamo Andrés, y esto es lo último que voy a escribir en esta página.
Sé que muchos de vosotros lleváis meses siguiendo nuestra historia. Lucía y yo os hemos contado los últimos años de nuestra vida como pareja abierta: los primeros pasos inseguros, los encuentros que salieron bien, los que salieron regular, las dudas, los pactos rotos y reparados. Ha sido una experiencia extraña escribirlos, más terapéutica que exhibicionista. Pero todo tiene un final, y este relato es el nuestro.
Voy a intentar ser breve porque, sinceramente, no me apetece extenderme. Hay cosas que duelen más cuando las pones en palabras.
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Todo empezó a cambiar cuando apareció Marcos.
Lo conocimos en una de esas cenas que organizaba un grupo de parejas liberales de Valencia. Era abogado, rondaba los cuarenta y cinco años, y tenía esa clase de presencia que hace que la gente le escuche cuando habla. Culto, educado, viajado. Lucía lo notó enseguida. Yo también noté que ella lo notaba, y anoté mentalmente ese detalle sin darle importancia. Error.
Unas semanas después nos invitó a cenar en un restaurante de esos a los que hay que reservar con meses de antelación. Sala pequeña, luz cálida, carta sin precios en la versión para los invitados. Hablamos de viajes, de literatura, de cosas que hacía tiempo que Lucía y yo no hablábamos entre nosotros. Al salir tomamos copas en un bar de la Malvarrosa y acabamos los tres en su apartamento del Ensanche, que era exactamente como uno imaginaría el apartamento de alguien como Marcos: libros ordenados por idioma, buen vino sin etiqueta visible, muebles que no son baratos pero tampoco lo gritan. Follamos hasta las cuatro de la mañana.
Al día siguiente, Marcos nos propuso algo: quería ser parte de nuestra relación de una manera más estable. Un novio fijo para Lucía, fue la expresión que usó, con esa naturalidad con la que los hombres como él dicen cosas que a cualquier otro le costarían dos copas. A mí no me convenció del todo. Pero Lucía estaba radiante, y Marcos me generaba una confianza que no supe descifrar hasta mucho después. Accedimos.
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Lo que siguió durante los meses posteriores fue una especie de relación a tres, aunque nunca del todo equilibrada.
Marcos organizaba los encuentros con mucho cuidado. En una ocasión nos mandó un correo con entradas para el cine y unas instrucciones concretas de vestimenta: Lucía tenía que llevar vestido corto y sin ropa interior. Llegamos a la sala, tomamos asiento, y a los pocos minutos un hombre se acomodó a su lado. En la oscuridad empezaron a tocarse. Yo estaba al otro lado de Lucía, sin moverme, sintiendo el calor de la sala y el roce de su brazo contra el mío mientras ella tenía la mano de ese desconocido entre los muslos. Él no duró mucho. Ella le hizo una mamada sin hacer ruido, sin derramar una gota, con una frialdad que me sorprendió entonces y me sigue sorprendiendo ahora. El hombre desapareció antes de que terminaran los créditos de apertura. Nosotros nos quedamos a ver la película.
Otra vez fuimos al mismo cine pero con disposiciones distintas. Ellos se sentaron juntos en mitad de la sala; yo, tres filas más atrás, en el extremo del pasillo. Desde ahí veía sus siluetas contra la pantalla. La mano de Marcos en el muslo de Lucía. La cabeza de ella recostándose en su hombro. En algún momento ella se inclinó hacia él y yo aparté la mirada, no porque no pudiera mirarlo, sino porque lo que sentí en ese momento no era excitación. Era algo más parecido a la incomodidad. No lo reconocí entonces.
Así transcurrieron varios meses. Cines, cenas, copas, algún viaje. El más memorable fue un fin de semana en un balneario de Sigüenza. Marcos propuso un juego de roles: él y Lucía serían el matrimonio; yo, un amigo soltero que viajaba con ellos. Durante dos días enteros los vi pasearse por el spa cogidos de la mano, besarse en el jardín frente a otros huéspedes, compartir mesa en el restaurante como lo que fingían ser. Yo los miraba desde la silla de enfrente, con la copa en la mano, sonriendo cuando tocaba, haciendo bien el papel del amigo que no estorba. Por las noches, en la habitación, recuperábamos cada uno su lugar real. Pero durante el día era un ejercicio extraño, casi perturbador, que al principio encontré morboso y que con el tiempo empecé a encontrar simplemente incómodo.
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Porque con el tiempo empecé a sentirme sobrante.
No fue de golpe. Fue una erosión lenta, semana a semana. Primero dejé de ir a algunas citas. Luego dejé de ir a casi todas. Lucía y Marcos seguían quedando solos: el cine, el teatro, una fiesta privada a la que ella fue sola y de la que me contó, encantada, que habían estado con varios amigos suyos. Él la llevaba, la ofrecía, la recogía. Y ella lo seguía con una entrega que yo no había visto en ella antes, ni conmigo en los mejores momentos nuestros.
Fue en ese período cuando me acerqué de nuevo a Elena.
Elena y su marido Rodrigo llevaban años en el ambiente, mucho antes que nosotros. Rodrigo es de esa clase de hombres que disfrutan siendo relegados. Le encanta la humillación, los cuernos, sentirse prescindible en su propia casa. Lo dice él, sin pudor, lo pide expresamente. Nuestra dinámica era simple: yo llegaba, Elena y yo pasábamos al dormitorio, y Rodrigo se ocupaba de lo que hubiera que hacer: fregar, planchar, preparar algo de comer. A veces me la chupaba en la cocina mientras él revolvía una sartén a dos metros de nosotros, sin mirarnos, con esa concentración exagerada de quien finge no oír. A veces los dos nos acomodábamos en el sofá del salón mientras él se sentaba en el sillón del rincón y observaba en silencio, con esa cara suya de satisfacción quieta que al principio me resultó difícil de leer y que con el tiempo entendí perfectamente.
Con Elena no había jerarquías implícitas que yo tuviera que adivinar. No había juegos de poder que no estuvieran pactados. Era sencillo y honesto a su manera, y en aquel momento esa sencillez me resultó un alivio enorme comparado con lo que sentía en mi propio matrimonio.
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En septiembre tuve una angina de pecho.
Fue de madrugada, sin avisar. Me desperté con un dolor en el pecho que al principio confundí con acidez y que a los diez minutos supe que no lo era. Ingresé tres días. Salí con el susto pegado al cuerpo y con ciertas cosas más claras que antes.
Lucía estuvo conmigo en todo momento. Sin excepciones, sin excusas, sin el teléfono en la mano más de lo necesario. Aquellas noches en el hospital hablamos más que en los últimos dos años juntos. Le dije lo que llevaba tiempo callando: que me sentía un accesorio en mi propio matrimonio, que Marcos no era solo un amante sino algo que había ocupado un espacio que yo pensaba que era mío, que no quería seguir así. Que o Marcos o yo, pero que ya no podía ser los dos.
Ella accedió. Lo llamó y cortó. Él no se lo tomó bien al principio, pero al final lo aceptó. Y nosotros, por primera vez en mucho tiempo, volvimos a ser solo los dos.
Fue en ese período de calma cuando decidimos empezar a escribir estos relatos. Queríamos contar nuestra historia desde el principio, con honestidad, sin glamurizar ni tampoco sin dramatizar demasiado. Los lectores respondieron bien. Llegaban comentarios, correos, preguntas de parejas que estaban donde nosotros estuvimos al principio y querían saber si merecía la pena. Intentamos responder a todos. Fue raro y también agradable, esa sensación de haber vivido algo que le sirve a otra gente.
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Y entonces llegó el correo de Nicolás.
Tenía veintiséis años y vivía en Valencia. Había sido alumno de Lucía en la universidad hacía unos años. Con las pistas que habíamos ido dando en los relatos —la ciudad, algunos detalles de los lugares que mencionábamos— nos había reconocido. Se presentó con educación y con honestidad: nos dijo que era bisexual, que nuestros relatos le habían parecido muy cercanos a algo que él mismo estaba explorando, y que si queríamos quedar sin ninguna obligación.
Nos pareció bien. Quedamos una tarde entre semana, tomamos algo primero y la conversación fue fácil. En casa, Nicolás folló con Lucía con una energía fresca, directa, sin los rituales de control que habían marcado todo el tiempo con Marcos. Y a mí me hizo una mamada lenta y muy atenta, de esas en las que la persona que lo hace parece estar disfrutando también. Cuando nos despedimos, Lucía y yo nos miramos en el rellano con algo parecido a la ilusión. Tal vez podíamos volver a esto. Tal vez de otra manera, más equilibrada.
Pero Nicolás nos escribió días después para decirnos que tenía pareja y que se sentía muy mal con lo que había pasado. No volvimos a saber de él.
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Hace aproximadamente un mes, Lucía me dijo que Marcos le había escrito.
Quería tomar un café. Solo eso, dijo él. Lucía accedió sin decírmelo. Quedaron. Y no terminó en un café.
Me lo contó ella misma esa noche. No lo ocultó, no intentó minimizarlo. Me lo dijo sentada en el borde de la cama, con las manos en el regazo y una calma que no encajaba con lo que me estaba diciendo. Después de tantos años en pareja abierta, después de todo lo que habíamos visto y hecho juntos, eso fue lo único que me pareció una traición real. No el hecho en sí. La forma. El que hubiera decidido sola, sin decirme nada, que esa norma no era para esta ocasión.
Discutimos más que nunca. Hablamos durante días. Al final decidimos separarnos.
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Esto es lo que hay ahora.
Lucía se fue hace unos días. Está con Marcos, según entiendo, de vuelta en ese mundo del que yo salí hace año y medio cansado y con el corazón más pesado de lo que esperaba. Espero que le vaya bien. Lo digo sin ironía.
Yo sigo viendo a Elena. Rodrigo sigue siendo Rodrigo, cada semana más cómodo en su papel, y hay algo en esa dinámica directa y honesta que, paradójicamente, es lo más estable de mi vida ahora mismo. No es lo que había imaginado para este momento, pero es lo que hay, y no está mal.
No sé qué decirle a quienes me preguntan en los correos si merece la pena llevar esta vida. He disfrutado mucho. He sufrido también. He aprendido cosas de mí mismo que no habría aprendido de otro modo, y he perdido cosas que no recuperaré. No es una vida para todos, y tampoco lo es para siempre. Antes de planteársela a vuestra pareja o a vosotros mismos, pensad bien si estáis preparados no solo para los momentos buenos, sino para los momentos en que alguien elige a otra persona y tenéis que decidir qué hacéis con eso. Porque llega. Siempre llega.
El problema no es la apertura en sí. El problema es no saber cuándo el otro ha dejado de elegirte.
Gracias a todos los que habéis leído, comentado y escrito. Ha significado más de lo que esperaba cuando empezamos.
Andrés, sin Lucía.