Lo que pasó con mi abogada cuando estuve preso
Hay cosas que uno no puede contarle a nadie. Esta es una de ellas. Me tomó mucho tiempo decidir si escribirla, y todavía no estoy seguro de haberlo hecho bien, pero acá está.
Empezó una madrugada de invierno, poco después de la una, cuando los escuché en la puerta. Vivía con Camila en una casa pequeña en las afueras, una zona tranquila donde nunca pasaba nada. Cuatro golpes secos contra la madera, sin aviso, y después el ruido de algo que cedía.
Camila se despertó de un salto a mi lado.
—¿Qué fue eso? —susurró.
—Quédate en la cama —le dije.
No llegué a ningún lado. La puerta reventó antes de que pudiera levantarme. Entraron cuatro policías con chalecos antibalas y armas apuntando directo a la cama, gritando que soltara lo que tenía en la mano, que pusiera las manos donde las vieran. Solté el arma. Me tiraron al piso de todos modos. Escuché a Camila gritar en algún lugar del pasillo mientras otros uniformados destrozaban el lugar.
En el garaje encontraron lo que venían a buscar. Una mochila negra que un viejo conocido mío, Rubén Torres, me había pedido que le guardara por unos días, sin decirme qué había adentro. Cuatro kilos de cocaína.
Me llevaron a la comisaría antes del amanecer. El agente Bustos, un tipo gordo con bigotes que transpiraba demasiado para la temperatura que hacía, me explicó con mucha claridad en la sala de interrogatorio que lo que me esperaba dependía de qué tan cooperativo decidiera ser. Su compañero, el oficial Paredes, fue más directo todavía: iba a necesitar un abogado, y lo iba a necesitar ya.
No tenía cómo pagar uno. Llevaba meses sin trabajo desde que la empresa cerró de un día para el otro, y las deudas se habían ido acumulando sin pausa. Fue exactamente por eso que acepté hacerle el favor a Rubén: dinero fácil, sin preguntas. Me dije que lo que hubiera en esa mochila no era asunto mío. Mentira que uno se cuenta para no pensar demasiado.
El Estado me asignó una defensora pública. Cuando Valeria Montes apareció en la sala de espera de la comisaría, tardé un momento en entender que era ella la que venía a representarme. Tendría unos cuarenta años, pelo castaño recogido hacia atrás y esa manera de moverse que tienen las personas que saben exactamente adónde van. Vestía una blusa blanca de rayas finas y una pollera oscura que se terminaba bastante por encima de la rodilla. No se disculpó por estar así vestida. No había por qué.
—Martín Garcilazo —dijo, leyendo los papeles sin mirarme—. Treinta y tres años, sin antecedentes. ¿Qué hacía con cuatro kilos de cocaína en su domicilio?
—No eran míos.
—Eso ya lo sé. Cuénteme la versión completa.
Le conté todo: el trabajo perdido, las deudas, el llamado de Rubén, el trato. Ella escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, apoyó el bolígrafo sobre la mesa y me miró directamente por primera vez.
—La policía lo seguía a su amigo, no a usted —dijo—. Usted apareció en el camino en el momento equivocado. Si queremos movernos en esto, necesita cooperar: nombre, domicilio, todo lo que sepa sobre Torres.
—¿Y qué me ofrece a cambio?
—Un acuerdo con el fiscal que puede terminar en arresto domiciliario. No es una garantía, pero es lo mejor que existe.
Le di todo lo que tenía. Tres días después me trasladaron al centro penitenciario.
El penal era un edificio gris de tres pisos en las afueras, con pasillos que olían a humedad y a algo que prefería no identificar. Me asignaron la celda doce, que compartía con el Ruso y el Cubano. El Ruso era alto, calvo, con tatuajes desde los nudillos hasta las muñecas, y hablaba poco. El Cubano era más bajo pero con el doble de músculo, y pasaba las horas leyendo historietas con una concentración que parecía fuera de lugar en ese contexto.
Me evaluaron en silencio los primeros días. El Ruso fue el primero en hablar.
—¿Por qué estás acá?
—Un amigo me pidió que le guardara algo y no pregunté qué había adentro.
—¿Y el amigo?
—Desapareció.
El Cubano soltó una carcajada corta sin levantar los ojos de la página.
—Clásico —dijo.
Fueron ellos los que me pusieron al tanto del director, Hugo Sandoval. Cincuenta y tantos años, buen físico para la edad, y una reputación dentro del penal que nadie discutía en voz alta pero todos conocían. Manejaba el lugar con la lógica de quien sabe que las reglas son suyas: todo tenía un precio, todo era negociable. Los presos con visitas femeninas atractivas tendían a recibir ciertos beneficios inexplicables. Las visitas, a su vez, tendían a pasar por la oficina del director antes de llegar a donde estaban los internos.
Cuando Camila intentó verme en los primeros días, le dijeron que no había visitas para ingresos nuevos durante la primera semana. Mentira, como me explicó el Ruso. Era la forma en que el director separaba a las mujeres bonitas para conocerlas primero.
No dormí esa noche.
Cuando Camila finalmente pudo visitarme, me enteré por el Cubano de que había pasado antes por la oficina de Sandoval. No sé exactamente qué ocurrió ahí adentro, y ella nunca me lo dijo. Decidí no preguntar. Hay preguntas cuya respuesta destruye más que la ignorancia.
***
La vieron llegar a la sala de visitas íntimas con un vestido floreado que contrastaba con todo lo gris que había adentro. Cuando entró, sentí algo que no había sentido en semanas: que todavía existía un mundo del otro lado de esos muros.
Nos abrazamos sin decir nada. Me quedé con la cara apoyada en su cuello hasta que el guardia golpeó la pared para indicar que nos sentáramos.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Mejor ahora —respondí.
Nos sentamos en la cama angosta de la sala, tomados de la mano. Me contó que Valeria la había llamado para explicarle el estado del caso, que todo iba por buen camino, que Rubén Torres había sido visto cerca de la frontera norte y era cuestión de tiempo. Después me preguntó cómo estaba yo de verdad, y la respuesta terminó siendo un beso.
No fue un beso de reconocimiento. Fue el tipo de beso que se acumula durante semanas de distancia y que cuando sale no tiene pausa. Le tomé la cara, ella me tomó del cuello, y durante un momento me olvidé completamente de dónde estábamos.
Lo que siguió fue rápido y necesario al mismo tiempo. El vestido floreado terminó sobre la silla. Ella me desabotonó la camisa con una urgencia que hacía semanas no sentía. Le besé el cuello, los hombros, el borde del corpiño. Me empujó hacia la cama.
—Hace tanto —susurró contra mi oído.
Tenía razón.
Me bajé a recorrerla despacio, sin apuro. Ella enredó los dedos en mi pelo. Su piel olía a perfume mezclado con algo más íntimo, algo que extrañaba sin haber sabido que lo extrañaba. Cuando llegué al interior de sus muslos, la escuché contener la respiración.
La saboreé con calma. Ella levantó una pierna sobre mi hombro y cerró los ojos. Sus caderas empezaron a moverse solas, en un ritmo que fue creciendo sin esfuerzo. Cuando llegó al límite, lo hizo en silencio, mordiéndose el labio, mirando el techo.
Después fue ella quien tomó el control. Me tendió de espaldas, me bajó el pantalón y se lo tomó con la misma calma con que yo la había tomado a ella. Sabía exactamente lo que hacía, sabía dónde y cómo. La miré desde abajo mientras la cama angosta crujía y el guardia patrullaba el pasillo al otro lado de la puerta, y pensé que era el momento más absurdo y necesario de mi vida.
Se subió encima de mí. Le tomé la cintura. Empezamos despacio y terminamos deprisa, con los dos mordiendo lo primero que teníamos cerca para no hacer demasiado ruido. Cuando terminamos, nos quedamos quietos, respirando.
Golpearon la puerta.
—El tiempo —dijo el guardia.
***
Pasaron diez días. El Ruso y el Cubano me mantenían al tanto de los movimientos del penal como si fuera el noticiero de las nueve. Según ellos, el caso avanzaba. Valeria había pedido autorización para visitarme directamente en la celda.
Cuando la vi entrar, escoltada por dos guardias que se retiraron en cuanto ella les indicó que podían irse, entendí que algo importante había pasado. Vestía un vestido color vino que llegaba justo por encima de la rodilla y traía una carpeta bajo el brazo. El Cubano, que estaba en el pasillo, me guiñó el ojo antes de que lo llevaran a la sala común.
Nos quedamos solos.
—Atraparon a Rubén Torres —dijo, sentándose en el borde de la cama—. Esta mañana, intentando cruzar la frontera norte con documentos falsos. El fiscal ya tiene la confirmación.
—¿Y eso qué significa para mí?
—Que el juez va a aceptar el acuerdo. Arresto domiciliario, probablemente en cuarenta y ocho horas. No salís libre completamente, pero salís de acá.
Me tomó la mano mientras lo decía. Fue un gesto de abogada, de esos que sirven para amortiguar noticias. Pero me quedé mirando su mano sobre la mía más tiempo del necesario.
No sé quién se movió primero. Creo que fui yo. La besé despacio, sin pensarlo demasiado, y ella no se apartó. Fue un beso corto, exploratorio, del tipo que no pide permiso pero tampoco lo da por sentado.
Cuando nos separamos, Valeria me miró un segundo sin decir nada. Después dejó la carpeta sobre la cama y no volvió a mirarla.
—Esto no debería pasar —dijo.
—Lo sé —respondí.
Nos quedamos en silencio. Afuera el pasillo estaba quieto. Los guardias no iban a interrumpir: el director había dado instrucciones precisas de dejarnos solos, lo cual era irónico si uno pensaba en todo lo que sabía sobre cómo Sandoval manejaba el penal. Pero esa tarde no me interesaba ser irónico.
Valeria se puso de pie. Pensé que iba a recoger la carpeta y irse. En cambio, dio un paso hacia mí, me tomó de la camisa con las dos manos y me besó con mucha más certeza que la primera vez.
La llevé hacia los barrotes de la celda. Era lo más extraño del mundo como escenario, pero eran lo único en que apoyarse. Le besé el cuello, el lóbulo de la oreja. Sentí cómo su respiración cambiaba de ritmo.
Subí el vestido despacio. Ella apoyó las manos en los barrotes, con los dedos envueltos en el metal frío, y dejó que yo explorara. Estaba caliente cuando la toqué. Empezó a mover las caderas en un ritmo lento, con los ojos cerrados.
—Dios —murmuró.
Seguí. No tenía apuro. Había pasado semanas ahí adentro contando las horas, y de pronto lo último que quería era que algo terminara pronto.
Me arrodillé frente a ella. Le bajé la ropa interior despacio y la saboreé desde abajo, con los barrotes encuadrando la escena de la manera más inverosímil del mundo. Sus muslos se tensaron. Una mano me buscó el pelo y lo apretó.
Cuando llegó al límite, lo hizo apretando los dientes para no hacer ruido, con una contención que me pareció lo más erótico que había visto en toda mi vida.
Se agachó, me empujó hacia la cama y se arrodilló frente a mí. Soltó los botones del pantalón con movimientos precisos, nada torpes. Me tomó con las dos manos y me miró mientras lo hacía, con esa mirada de abogada que lo calcula todo, que no se le escapa nada.
—Qué ridícula es esta situación —dijo, y después me metió en la boca sin dejar de mirarme.
No estuve de acuerdo en que fuera ridículo.
Se tomó su tiempo. Alternaba entre la presión de los labios y el trazo largo de la lengua. Cuando sentí que estaba llegando al límite, la paré.
Ella se puso de pie. Se dio vuelta y se apoyó en la cama con las manos, con el vestido levantado sobre la cintura. Me miró por encima del hombro.
—Si vas a hacer algo, hacelo.
Tomé un segundo para fijarme en la escena: Valeria Montes, defensora pública con más de quince años de carrera, apoyada en la cama de mi celda, esperando. No era exactamente lo que había imaginado cuando me asignaron un abogado de oficio.
Me acomodé detrás de ella y entré despacio. Exhaló con un sonido que no era exactamente un suspiro. Empecé a moverme. Sus dedos se hundieron en la sábana áspera.
Fui ganando velocidad. Ella levantó las caderas para ajustarse, y ese movimiento pequeño cambió el ángulo de todo y la escuché decir algo en voz muy baja que no pude distinguir bien pero que no sonaba a queja. Le tomé la cintura. La cama era angosta y estable, y el único ruido que hacíamos era constante pero contenido, como todo en ese lugar.
Le besé la espalda, entre los omóplatos. Ella apoyó la mejilla sobre el antebrazo y miró la pared de cemento gris con los ojos abiertos.
—No pares —dijo.
No paré. Me concentré en el calor, en la presión, en el sonido de su respiración que se iba cortando cada vez más. Cuando llegó al límite, se tensó entera durante un segundo y soltó un largo suspiro que apagó contra el brazo.
Poco después acabé yo, con la frente apoyada en su espalda y los ojos cerrados.
Nos quedamos quietos un momento. Después Valeria se incorporó, acomodó la ropa, recogió la carpeta del suelo donde había caído y me miró con una expresión que no era arrepentimiento pero tampoco era simple.
—Cuarenta y ocho horas —dijo.
—Cuarenta y ocho horas —repetí.
Llamó a la puerta. Vinieron los guardias. La seguí con la mirada mientras se alejaba por el pasillo. Los presos del otro lado de las rejas la miraron pasar en silencio.
***
Las cuarenta y ocho horas pasaron exactas. Firmé los papeles de la excarcelación provisional un jueves a la tarde, con Camila esperándome en la entrada del penal y Valeria al teléfono coordinando los últimos detalles con el juzgado desde algún lugar que yo no podía ver. Me pusieron el brazalete en el tobillo derecho y me dijeron que tenía que reportarme cada dos semanas.
Afuera, el sol era de una claridad que hacía daño después de tanto tiempo en esos pasillos. Camila me tomó del brazo sin decir nada, y yo dejé que me llevara.
Nunca volví a ver a Valeria en ese contexto. La visité en su oficina dos veces más para los trámites de cierre del caso, siempre con su asistente presente, siempre profesional. Intercambiamos palabras necesarias y nos despedimos con un apretón de manos. Ninguno de los dos mencionó lo que había pasado en esa celda.
Algunas cosas no necesitan palabras para seguir existiendo.