Sola con él en la sala aquella tarde
El agua caliente golpeaba la espalda de Valeria mientras apoyaba la frente contra los azulejos fríos. Llevaba diez minutos bajo el chorro sin moverse, dejando que el vapor llenara el baño y que el calor le ablandara los músculos tensos. Pero no había manera de distraerse de lo que seguía dando vueltas en su cabeza: la sala del club, la mesa de madera oscura, las manos de Mateo aferrando sus caderas mientras ella le pedía más.
La molestia persistía. No era exactamente dolor, sino algo más difuso: un recuerdo físico que su cuerpo se negaba a dejar pasar. Cerró los ojos y la imagen volvió sola. Ella doblada sobre el borde de la mesa, diciéndole que no parara, que más fuerte, que justo ahí. Y Mateo obedeciendo, torpe al principio, luego con una seguridad que no le había visto antes y que le había resultado desconcertantemente excitante.
Sus dedos se movieron casi sin que ella lo decidiera.
Estúpida, pensó. Pero no paró.
Rozó el interior de sus muslos, encontrándose húmeda antes de llegar al punto que buscaba. El recuerdo del orgasmo de aquella tarde —ese que llegó de donde ningún hombre había estado hasta Mateo, sin que nadie tocara su clítoris, solo con el movimiento constante de él dentro de ella— le hizo doblar levemente las rodillas. Era absurdo. Era innecesario. Y no podía pensar en otra cosa.
Se tocó despacio, imaginándolo. Imaginó su voz cuando le dijo «relájate» por primera vez, sin demasiado convencimiento, como si él tampoco supiera exactamente lo que estaba haciendo. Eso era lo que más la perturbaba: que los dos estuvieran aprendiendo juntos sin admitirlo.
Luego venía el miedo, frío y preciso como agua helada. Si esto seguía adelante, si alguien lo descubría, su madre lo sabría antes de una semana. Y su madre se lo diría a su tía. Y su tía se lo diría a todo el mundo. Valeria necesitaba ese equilibrio, esa fachada de normalidad, para proteger ciertas cosas que no podía permitirse perder. Pero mientras su dedo trazaba círculos lentos sobre su clítoris, el miedo quedó en segundo plano.
El orgasmo fue rápido y violento. Tuvo que apoyar el brazo contra la pared para no resbalar.
Cuando el agua empezó a enfriarse, cerró el grifo y se quedó quieta en la bañera, envuelta en vapor, con el pulso todavía acelerado. Tres días. Tres días hasta la próxima reunión del club.
Que no pase nada, se dijo. Y no se lo creyó ni a medias.
***
En el otro extremo de la ciudad, Mateo llevaba veinte minutos mirando el techo de su habitación. Había abierto el mismo libro dos veces y lo había cerrado las dos sin leer una línea. Tenía el teléfono en la mano, con el chat del grupo del club en pantalla, sin escribir nada.
No podía dejar de ver la expresión de Valeria cuando se corrió esa tarde. Esa mezcla de sorpresa y rendición, como si su propio cuerpo la hubiera traicionado de una forma que no esperaba y que le había gustado mucho más de lo que quería admitir. Y luego la mirada que le lanzó después, cuando ya habían recogido algo de la ropa. Calculadora y hambrienta al mismo tiempo. Esa mirada lo había dejado sin saber qué decir.
Él tampoco había dicho gran cosa. Ninguno de los dos había dicho gran cosa.
La erección era incómoda. Se la ignoró durante un rato, por principio, antes de ceder.
Pensó en ella mientras lo hacía: en la textura de su piel bajo las yemas de los dedos, en cómo se tensaba cuando él iba despacio y luego le pedía que fuera más rápido. Pensó en las cosas que no habían hecho todavía. En todo lo que quería hacerle. En la forma en que ella lo miraba cuando él tomaba una decisión, como si estuviera probando hasta dónde llegaba antes de decidir si le seguía la corriente.
Se corrió con el nombre de ella en la boca, en voz tan baja que casi no lo oyó ni él mismo.
Después, tumbado boca arriba, rellenó el silencio con planes concretos. La próxima vez iba a ir más despacio. Iba a aprenderse cada centímetro de ella antes de ir a ningún sitio. Y cuando ella le pidiera más —porque le pediría más, eso ya lo sabía con certeza— no iba a apresurarse.
El teléfono vibró sobre la mesita. Notificación del grupo: «Recordatorio: reunión en tres días. Tema del mes: el erotismo en la narrativa clásica.»
Mateo soltó una carcajada corta al techo.
Tres malditos días.
***
Llegó al club con quince minutos de antelación. La sala olía a papel viejo y al café frío del termo que alguien había olvidado en la mesita auxiliar. La mesa de madera grande y oscura ocupaba el centro del espacio como siempre. Mateo la miró un segundo de más y luego apartó los ojos.
Se puso a revisar las estanterías sin ver los títulos.
La puerta se abrió con ese chirrido suave que ya reconocía, y supo antes de girarse que era ella. Valeria entró despacio, con una bolsa colgada del hombro y las gafas empañadas por el frío de la calle. Se las quitó, las limpió contra la manga del jersey y lo miró. Ninguno de los dos habló durante un momento.
—No ha venido nadie más —dijo Mateo. No era una pregunta.
—Ya —respondió ella.
Ese fue todo el preámbulo que necesitaron.
Mateo cruzó la sala. No preguntó nada cuando llegó junto a ella. Solo le puso una mano en la nuca, la giró hacia él, y cuando sus bocas se encontraron, Valeria no retrocedió. Al contrario: agarró la solapa de su chaqueta con ambas manos y tiró hacia adelante, como si necesitara acortar todavía más la distancia que quedaba entre ellos.
El beso fue intenso desde el primer segundo. Sin tanteos, sin los rodeos de la primera vez. Las manos de Mateo bajaron por su cintura hasta las caderas, y ella se aferró a él con una urgencia que le apretó el estómago.
—Esto va a complicarlo todo —murmuró Valeria contra sus labios.
—Ya está complicado —dijo él.
Ella no respondió. Lo besó más fuerte.
***
La falda larga que llevaba Valeria facilitó las cosas. Mateo la subió con una mano mientras la otra sujetaba su cintura, y cuando notó que no llevaba nada debajo, se quedó quieto un momento.
—Sabía que vendrías —dijo ella con una sonrisa que no era inocente en absoluto.
Él gruñó algo ininteligible y se arrodilló.
La separó con cuidado, los pulgares abriéndola despacio, y la primera pasada de su lengua arrancó a Valeria un sonido que le recorrió la columna de arriba abajo. No era la primera vez que hacía esto, pero sí la primera vez que le importaba hacerlo bien del todo. Se tomó su tiempo. Exploratorio al principio, prestando atención a lo que la hacía tensarse o relajarse, a los cambios en su respiración. Cuando encontró el ritmo adecuado, Valeria dejó de intentar mantenerse quieta.
Le puso una mano en la cabeza, no para guiarlo exactamente, sino porque necesitaba agarrarse a algo.
—Ahí —dijo en voz baja—. No cambies nada.
Él no cambió nada.
Trabajó despacio y con atención hasta que las piernas de Valeria empezaron a temblar sobre sus hombros. Cuando rodeó su clítoris con la lengua y succionó con fuerza, el sonido que ella hizo no fue suave. Sus dedos tiraron de su pelo, sus caderas se sacudieron hacia adelante, y el orgasmo la atravesó de una manera que la dejó doblada sobre la mesa con los brazos extendidos, jadeando contra la madera.
Mateo se puso de pie despacio. Le pasó la palma de la mano por la espalda mientras ella recuperaba el aliento.
—Bien —dijo ella al fin, con la voz todavía ronca—. Muy bien.
—Gracias.
—No te pongas engreído.
Él sonrió sin que ella lo viera.
***
Valeria se incorporó y lo miró con esa expresión evaluadora que él ya reconocía. Le pasó una mano despacio por el pecho, los dedos encontrando los botones de su camisa uno por uno, y señaló la silla que había detrás de él.
—Siéntate.
Mateo se sentó.
Valeria se arrodilló entre sus rodillas con una calma que no encajaba del todo con la urgencia de los últimos minutos. Le desabrochó el cinturón, tiró de la tela hasta tener espacio, y lo miró desde abajo un momento antes de inclinarse. El calor de su boca fue inmediato y absoluto. Mateo echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, los dedos buscando el borde de la silla para sostenerse.
No podía procesar nada. Solo sentía: el movimiento rítmico, la presión exacta, las pausas breves cuando ella cambiaba el ángulo. Era considerablemente más de lo que había anticipado.
Intentó advertirle cuando notó que no iba a poder contenerse. Dijo su nombre, luego algo incoherente. Valeria no se apartó. Lo miró hacia arriba con los ojos brillantes y lo llevó hasta el final sin dejar de mirarlo, lo cual fue la parte que menos esperaba y la que más lo afectó.
Cuando terminó, ella se incorporó y lo miró con una expresión que él no supo descifrar del todo.
—Era para que dures más —dijo.
—Lo sé —respondió él, cuando pudo hablar—. Buen plan.
—Ya veremos si funciona.
***
Se pusieron en movimiento los dos casi al mismo tiempo, como si los dos supieran adónde iba esto y solo necesitaran ajustar los detalles. Valeria se apoyó sobre la mesa, de espaldas, con la mirada fija en el techo. Mateo sacó de la chaqueta lo que había traído con la esperanza de que esto pasara.
—Organizado —dijo ella sin mirarlo.
—Optimista —corrigió él.
Valeria sonrió.
Mateo usó los dedos antes de nada, recogiendo la humedad que quedaba entre sus piernas y aplicándola con cuidado donde la necesitaba. Valeria cerró los ojos y se dejó hacer, la respiración regular, sin apresurarlo. Cuando él notó que la tensión había cedido lo suficiente, presionó despacio con la cadera.
El sonido que hizo Valeria no fue de dolor, aunque tampoco era solo placer todavía. Era algo intermedio. El sonido de alguien cruzando un umbral.
Mateo se detuvo.
—¿Bien? —preguntó.
—Sigue —dijo ella.
Empezó con movimientos cortos, dejando que su cuerpo se fuera acomodando al ritmo. Valeria se aferró al borde de la mesa con ambas manos, los nudillos blancos, pero no le pidió que parara. A medida que el tiempo pasaba, empezó a mover las caderas para encontrarlo, ajustando el ángulo ella sola hasta encontrar algo que la hizo soltar un sonido largo y concentrado.
—Más profundo —dijo con la voz ronca—. Ya puedo.
Mateo obedeció.
Las embestidas se fueron alargando, volviéndose más completas. Valeria empezó a hacer sonidos que él no le había escuchado antes, sonidos bajos y continuos que indicaban que algo estaba pasando dentro de ella fuera de su control. Mateo le puso una mano plana en la parte baja de la espalda, buscando el ángulo exacto, y cuando lo encontró, ella gritó algo corto y contenido que resonó en las paredes de la sala.
—Ahí —dijo entre dientes—. No te muevas de ahí.
No se movió de ahí.
Lo que siguió fue un crescendo largo y sostenido. Valeria llegó primero, con los músculos apretándose alrededor de él de una manera que casi le impidió a Mateo continuar. Se dobló hacia adelante sobre la mesa, jadeando, los dedos arañando la madera. Él siguió hasta que su propio cuerpo tomó el control, y se corrió dentro de ella con un gruñido largo que soltó contra su hombro, apoyado sobre su espalda.
Se quedaron así un momento largo, sin moverse, con la respiración de los dos sincronizándose poco a poco.
***
Valeria fue la primera en hablar.
—La próxima reunión es en dos semanas —dijo al techo.
—Lo sé —respondió Mateo.
—Vendrán los demás.
—Probablemente.
Un silencio.
—Podemos llegar antes —dijo ella.
Mateo no respondió de inmediato. Esperó hasta que ella giró la cabeza para mirarlo, con esa expresión que mezclaba el desafío con algo más suave que ninguno de los dos había puesto nombre todavía.
—Puedo llegar media hora antes —dijo al fin.
Valeria asintió, como si eso cerrara algún tipo de trato.
Se vistieron con la eficiencia práctica de dos personas que conocen las reglas no escritas de una situación así. Cuando la sala quedó como la habían encontrado —la mesa en su sitio, las sillas rectas, el termo de café frío donde siempre había estado— Mateo apagó la luz y Valeria recogió su bolsa del suelo.
En la puerta, ella se giró una última vez.
—No vayas a complicarlo —dijo.
—Tú lo dijiste primero.
Salió sin responder. Mateo esperó un minuto antes de seguirla. Afuera, la calle estaba fría y llena de gente que no sabía nada de las dos personas que acababan de salir del mismo portal con dos minutos de diferencia.