Sola con él en la sala aquella tarde
El agua caliente golpeaba la espalda de Valeria mientras apoyaba la frente contra los azulejos fríos. Llevaba diez minutos bajo el chorro sin moverse, dejando que el vapor llenara el baño y que el calor le ablandara los músculos tensos. Pero no había manera de distraerse de lo que seguía dando vueltas en su cabeza: la sala del club, la mesa de madera oscura, las manos de Mateo aferrando sus caderas mientras ella le pedía más.
La molestia persistía. No era exactamente dolor, sino algo más difuso: un recuerdo físico que su cuerpo se negaba a dejar pasar. Cerró los ojos y la imagen volvió sola. Ella doblada sobre el borde de la mesa, con la falda subida hasta la cintura y la verga de Mateo entrándole hasta el fondo, diciéndole que no parara, que más fuerte, que justo ahí. Y Mateo obedeciendo, torpe al principio, luego con una seguridad que no le había visto antes y que le había resultado desconcertantemente excitante. Podía sentir todavía la forma de su polla, gruesa y caliente, hundiéndose en su coño una y otra vez.
Sus dedos se movieron casi sin que ella lo decidiera.
Estúpida, pensó. Pero no paró.
Rozó el interior de sus muslos, encontrándose empapada antes de llegar al punto que buscaba. El agua se mezclaba con su propia humedad, que ya escurría espesa entre sus piernas. Se abrió los labios con dos dedos y se pasó el medio por toda la raja, despacio, sintiendo cómo el coño se le contraía solo de tocarse. El recuerdo del orgasmo de aquella tarde —ese que llegó de donde ningún hombre había estado hasta Mateo, sin que nadie tocara su clítoris, solo con el movimiento constante de su verga dentro de ella— le hizo doblar levemente las rodillas. Era absurdo. Era innecesario. Y no podía pensar en otra cosa.
Se metió dos dedos despacio, imaginándolo. Imaginó que era la polla de Mateo abriéndose paso, llenándola, y empezó a follarse a sí misma con la mano mientras con la otra se apretaba un pezón hasta hacerse daño. Imaginó su voz cuando le dijo «relájate» por primera vez, sin demasiado convencimiento, como si él tampoco supiera exactamente lo que estaba haciendo. Eso era lo que más la perturbaba: que los dos estuvieran aprendiendo juntos sin admitirlo. Sacó los dedos brillantes de jugos y se los llevó al clítoris, dibujando círculos cada vez más rápidos.
Luego venía el miedo, frío y preciso como agua helada. Si esto seguía adelante, si alguien lo descubría, su madre lo sabría antes de una semana. Y su madre se lo diría a su tía. Y su tía se lo diría a todo el mundo. Valeria necesitaba ese equilibrio, esa fachada de normalidad, para proteger ciertas cosas que no podía permitirse perder. Pero mientras sus dedos trazaban círculos cada vez más urgentes sobre su clítoris hinchado, el miedo quedó en segundo plano. Solo existía la verga imaginaria de Mateo metida hasta el cuello de su útero, solo existía la idea de él vaciándole los huevos dentro.
El orgasmo fue rápido y violento. Sintió cómo el coño se le apretaba en espasmos alrededor de los dedos, y un chorro tibio le bajó por el muslo, mezclándose con el agua. Tuvo que apoyar el brazo contra la pared para no resbalar. Se le escapó un gemido largo que rebotó en los azulejos.
Cuando el agua empezó a enfriarse, cerró el grifo y se quedó quieta en la bañera, envuelta en vapor, con el pulso todavía acelerado y los pezones todavía duros. Tres días. Tres días hasta la próxima reunión del club.
Que no pase nada, se dijo. Y no se lo creyó ni a medias.
***
En el otro extremo de la ciudad, Mateo llevaba veinte minutos mirando el techo de su habitación con la polla dura debajo del pantalón. Había abierto el mismo libro dos veces y lo había cerrado las dos sin leer una línea. Tenía el teléfono en la mano, con el chat del grupo del club en pantalla, sin escribir nada.
No podía dejar de ver la expresión de Valeria cuando se corrió esa tarde, con su verga clavada en el coño y la boca abierta contra la madera. Esa mezcla de sorpresa y rendición, como si su propio cuerpo la hubiera traicionado de una forma que no esperaba y que le había gustado mucho más de lo que quería admitir. Recordaba el calor brutal de su coño apretándose alrededor de la polla, la manera en que las paredes lo habían ordeñado hasta hacerlo correrse. Y luego la mirada que le lanzó después, cuando ya habían recogido algo de la ropa, con un hilo de semen escurriéndole todavía por la cara interna del muslo. Calculadora y hambrienta al mismo tiempo. Esa mirada lo había dejado sin saber qué decir.
Él tampoco había dicho gran cosa. Ninguno de los dos había dicho gran cosa.
La erección era incómoda. Se la ignoró durante un rato, por principio, antes de ceder. Se bajó el pantalón y los calzoncillos de un tirón y se agarró la polla, ya goteando líquido pre-seminal por la punta.
Pensó en ella mientras se masturbaba: en la textura de su piel bajo las yemas de los dedos, en cómo se le tensaban las tetas cuando él iba despacio y luego le pedía que la follara más rápido. Pensó en cómo se le veía el coño rosado y empapado cuando le había levantado la falda. Pensó en las cosas que no habían hecho todavía. En todo lo que quería hacerle: en metérsela en la boca, en correrse encima de sus tetas, en abrirle el culo y comérselo a lengüetazos hasta que ella le suplicara. En la forma en que ella lo miraba cuando él tomaba una decisión, como si estuviera probando hasta dónde llegaba antes de decidir si le seguía la corriente.
Aceleró la mano, apretando el puño en la base, imaginando que era el coño de Valeria succionándole la verga. Se corrió con el nombre de ella en la boca, en voz tan baja que casi no lo oyó ni él mismo, y los chorros de semen le saltaron hasta el abdomen, calientes y espesos.
Después, tumbado boca arriba con el corazón todavía latiéndole en las orejas, rellenó el silencio con planes concretos. La próxima vez iba a ir más despacio. Iba a aprenderse cada centímetro de ella antes de ir a ningún sitio. Iba a comerle el coño hasta que se le entumeciera la lengua. Y cuando ella le pidiera más —porque le pediría más, eso ya lo sabía con certeza— no iba a apresurarse.
El teléfono vibró sobre la mesita. Notificación del grupo: «Recordatorio: reunión en tres días. Tema del mes: el erotismo en la narrativa clásica.»
Mateo soltó una carcajada corta al techo.
Tres malditos días.
***
Llegó al club con quince minutos de antelación. La sala olía a papel viejo y al café frío del termo que alguien había olvidado en la mesita auxiliar. La mesa de madera grande y oscura ocupaba el centro del espacio como siempre. Mateo la miró un segundo de más y luego apartó los ojos, sintiendo cómo se le empezaba a hinchar la polla solo de recordar lo que había pasado encima de ella.
Se puso a revisar las estanterías sin ver los títulos.
La puerta se abrió con ese chirrido suave que ya reconocía, y supo antes de girarse que era ella. Valeria entró despacio, con una bolsa colgada del hombro y las gafas empañadas por el frío de la calle. Se las quitó, las limpió contra la manga del jersey y lo miró. Ninguno de los dos habló durante un momento.
—No ha venido nadie más —dijo Mateo. No era una pregunta.
—Ya —respondió ella.
Ese fue todo el preámbulo que necesitaron.
Mateo cruzó la sala. No preguntó nada cuando llegó junto a ella. Solo le puso una mano en la nuca, la giró hacia él, y cuando sus bocas se encontraron, Valeria no retrocedió. Al contrario: agarró la solapa de su chaqueta con ambas manos y tiró hacia adelante, como si necesitara acortar todavía más la distancia que quedaba entre ellos.
El beso fue intenso desde el primer segundo. Sin tanteos, sin los rodeos de la primera vez. Lenguas entrando hasta el fondo, dientes mordiendo labios. Las manos de Mateo bajaron por su cintura hasta las caderas, y ella se aferró a él con una urgencia que le apretó el estómago. Cuando él le agarró el culo por encima de la falda y la apretó contra su verga endurecida, ella gimió bajo en su boca.
—Esto va a complicarlo todo —murmuró Valeria contra sus labios.
—Ya está complicado —dijo él.
Ella no respondió. Lo besó más fuerte y le metió una mano entre las piernas, apretándole la polla a través de la tela. La sintió saltar bajo la palma.
—Joder —murmuró ella—. Estás duro de cojones.
—Llevo tres días pensando en tu coño.
—Pues tócalo.
***
La falda larga que llevaba Valeria facilitó las cosas. Mateo la subió con una mano mientras la otra sujetaba su cintura, y cuando notó que no llevaba nada debajo, se quedó quieto un momento. Sus dedos rozaron la piel desnuda de su cadera y bajaron hasta encontrar la mata de vello recortado entre sus piernas. Ya estaba mojada. Ya goteaba.
—Sabía que vendrías —dijo ella con una sonrisa que no era inocente en absoluto—. Y quería que me la metieras rápido.
Él gruñó algo ininteligible y le pasó dos dedos por la raja del coño, recogiendo los jugos que ya empapaban los labios hinchados. Valeria se mordió el labio inferior. Mateo se llevó los dedos a la boca y los chupó despacio, mirándola a los ojos.
—Sabes a gloria —dijo.
—Pruébalo de la fuente.
Se arrodilló sin que ella tuviera que pedírselo dos veces. Le levantó la falda hasta la cintura, la apoyó contra el borde de la mesa y le abrió las piernas. El coño de Valeria estaba abierto y rosado, brillante de humedad, con el clítoris ya asomado del capuchón. Mateo se quedó mirándolo medio segundo y se le hizo la boca agua.
La separó con cuidado, los pulgares abriéndole los labios despacio, y la primera pasada de su lengua —larga, plana, de abajo arriba— arrancó a Valeria un sonido que le recorrió la columna de arriba abajo. No era la primera vez que comía un coño, pero sí la primera vez que le importaba hacerlo bien del todo. Se tomó su tiempo. Exploratorio al principio, prestando atención a lo que la hacía tensarse o relajarse, a los cambios en su respiración. Le metió la lengua dentro, la hundió hasta donde pudo, sintiendo cómo el coño se le contraía alrededor. Luego subió hasta el clítoris y lo rodeó con la punta, dibujando círculos pequeños y precisos.
Cuando encontró el ritmo adecuado, Valeria dejó de intentar mantenerse quieta.
Le puso una mano en la cabeza, no para guiarlo exactamente, sino porque necesitaba agarrarse a algo. Le tiró del pelo y le aplastó la cara contra el coño.
—Ahí —dijo en voz baja, casi gruñendo—. No cambies nada. Chúpame el clítoris, joder, así.
Él no cambió nada. Le metió dos dedos al mismo tiempo, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto rugoso que sabía que la volvería loca, mientras le succionaba el clítoris con los labios. Valeria se arqueó hacia atrás sobre la mesa, sus tetas subiendo bajo la tela del jersey.
Trabajó despacio y con atención hasta que las piernas de Valeria empezaron a temblar sobre sus hombros. Le folló el coño con los dedos a un ritmo constante mientras la lengua trabajaba el clítoris sin descanso. Cuando rodeó el clítoris con la lengua y succionó con fuerza, el sonido que ella hizo no fue suave. Fue un grito agudo, contenido a medias contra el dorso de su propia mano. Sus dedos tiraron de su pelo, sus caderas se sacudieron hacia adelante embistiéndole la cara, y el orgasmo la atravesó de una manera que la dejó doblada sobre la mesa con los brazos extendidos, jadeando contra la madera. Sintió cómo el coño le palpitaba en oleadas alrededor de los dedos de Mateo, expulsando un chorro de líquido caliente que le mojó el mentón a él.
Mateo se puso de pie despacio, con la cara brillante y los labios hinchados. Le pasó la palma de la mano por la espalda mientras ella recuperaba el aliento.
—Bien —dijo ella al fin, con la voz todavía ronca y los ojos vidriosos—. Muy bien, joder.
—Gracias.
—No te pongas engreído.
Él sonrió sin que ella lo viera, todavía relamiéndose los restos de su coño en los labios.
***
Valeria se incorporó y lo miró con esa expresión evaluadora que él ya reconocía. Le pasó una mano despacio por el pecho, los dedos encontrando los botones de su camisa uno por uno, y señaló la silla que había detrás de él.
—Siéntate. Ahora me toca a mí.
Mateo se sentó.
Valeria se arrodilló entre sus rodillas con una calma que no encajaba del todo con la urgencia de los últimos minutos. Le desabrochó el cinturón, le bajó la cremallera, tiró del pantalón y los calzoncillos hasta los tobillos. La polla de Mateo saltó hacia arriba, dura y palpitante, con la punta morada y una gota de líquido pre-seminal brillando en el glande.
—Mira cómo la tienes —dijo ella, agarrándole la verga con la mano y apretando despacio en la base—. Toda hinchada.
—Llevo tres días así.
—Pobrecito.
Lo miró desde abajo un momento, con la polla de él rozándole los labios, y sacó la lengua para lamer la gota transparente de la punta. Mateo gruñó. Ella sonrió. Luego abrió la boca y se la metió entera, hasta que la nariz le tocó el vello púbico y la punta le golpeó contra el fondo de la garganta.
El calor de su boca fue inmediato y absoluto. Mateo echó la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, los dedos buscando el borde de la silla para sostenerse. Notó cómo ella se la sacaba casi entera y luego se la volvía a tragar entera otra vez, con un sonido húmedo y obsceno.
No podía procesar nada. Solo sentía: el movimiento rítmico, la presión exacta, la lengua trabajándole la cara inferior de la verga, las pausas breves cuando ella cambiaba el ángulo para chuparle los huevos uno por uno. Era considerablemente más de lo que había anticipado. Ella le había agarrado la polla con una mano y se la masturbaba al mismo tiempo que se la mamaba, con la otra mano apretándole las pelotas con una firmeza calculada.
—Joder, Valeria —jadeó él—. Así no voy a aguantar nada.
Ella sacó la polla de su boca con un sonido obsceno, le pasó la lengua de los huevos hasta la punta y volvió a metérsela entera.
Intentó advertirle cuando notó que no iba a poder contenerse. Dijo su nombre, luego algo incoherente, intentó apartarle la cabeza con una mano. Valeria no se apartó. Al contrario: se la metió más adentro, hasta que él notó cómo la garganta de ella se le cerraba alrededor del glande. Lo miró hacia arriba con los ojos brillantes y llorosos y lo llevó hasta el final sin dejar de mirarlo, lo cual fue la parte que menos esperaba y la que más lo afectó.
Mateo se corrió en oleadas largas, vaciándose en la boca de ella, sintiendo cómo cada chorro le bajaba directo por la garganta. Valeria tragó todo, sin perder una gota, mientras le seguía masturbando la base de la polla para sacarle hasta lo último.
Cuando terminó, ella se la sacó de la boca despacio, le dio un último lametón en la punta sensible que lo hizo estremecerse, y se incorporó limpiándose la comisura del labio con el pulgar. Lo miró con una expresión que él no supo descifrar del todo.
—Era para que dures más —dijo, todavía con la voz un poco ronca.
—Lo sé —respondió él, cuando pudo hablar—. Buen plan.
—Ya veremos si funciona.
—Dame cinco minutos y te lo demuestro.
—Te doy tres.
***
Se pusieron en movimiento los dos casi al mismo tiempo, como si los dos supieran adónde iba esto y solo necesitaran ajustar los detalles. Valeria se sacó el jersey por la cabeza y se quedó en sujetador, con los pezones marcándose duros bajo el encaje. Se desabrochó el sostén y lo dejó caer al suelo. Mateo, todavía con la respiración entrecortada, le agarró las tetas con las dos manos y le mordió un pezón hasta hacerla soltar un quejido. Su polla, contra todo pronóstico, ya empezaba a ponerse dura otra vez.
Valeria se dio la vuelta y se apoyó sobre la mesa, de espaldas a él, la falda todavía levantada hasta la cintura, el culo desnudo y arqueado hacia atrás. Apoyó los codos sobre la madera y miró por encima del hombro.
—Por aquí —dijo, y le dejó una mano apoyada en una nalga, separándosela ella misma—. Despacio al principio.
Mateo se quedó quieto un segundo, mirando. El coño de ella todavía brillaba, hinchado y empapado, pero ella le estaba ofreciendo otra cosa. El ojete fruncido y rosado del culo de Valeria, justo encima.
—¿Estás segura? —preguntó él, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—Estoy segura. Quiero sentirte ahí.
Mateo sacó de la chaqueta lo que había traído con la esperanza de que esto pasara. Un condón y un pequeño tubo de lubricante.
—Organizado —dijo ella sin mirarlo, con una media sonrisa.
—Optimista —corrigió él.
Valeria sonrió contra la madera.
Mateo usó los dedos antes de nada, recogiendo la humedad espesa que escurría del coño de ella y aplicándola con cuidado donde la necesitaba, masajeando el ojete fruncido con el pulgar. Luego abrió el tubo y dejó caer un chorro grueso de lubricante sobre el agujero, viéndolo escurrir lento por la raja entre las nalgas. Empezó a trabajarla con un dedo, despacio, metiéndoselo hasta el nudillo. Valeria cerró los ojos y se dejó hacer, la respiración regular, sin apresurarlo. Cuando él notó que el músculo había cedido lo suficiente, añadió un segundo dedo, abriéndola, scissoring despacio, hasta que ella misma empezó a mover las caderas contra la mano.
—Mete la polla ya —dijo Valeria entre dientes—. Estoy lista.
Mateo se puso el condón con una mano que ya no era del todo firme, le echó otro chorro de lubricante a la verga y se la repartió con el puño. Le agarró las caderas con las dos manos y apoyó la punta contra el ojete dilatado. Empujó despacio, sintiendo cómo el músculo cedía centímetro a centímetro.
El sonido que hizo Valeria no fue de dolor, aunque tampoco era solo placer todavía. Era algo intermedio. El sonido de alguien cruzando un umbral. Un gemido largo, gutural, mientras sentía cómo la verga le llenaba el culo por primera vez.
Mateo se detuvo cuando la tenía metida hasta la mitad.
—¿Bien? —preguntó.
—Sigue —dijo ella—. Hasta el fondo. Quiero sentirte entero.
Empujó hasta que las pelotas le tocaron el coño de ella. Se quedó quieto un momento, dejando que ella se ajustara. El culo de Valeria estaba apretado como un puño caliente alrededor de su polla, mucho más apretado que su coño, y tuvo que contenerse para no correrse ahí mismo.
Empezó con movimientos cortos, dejando que su cuerpo se fuera acomodando al ritmo. Valeria se aferró al borde de la mesa con ambas manos, los nudillos blancos, pero no le pidió que parara. A medida que el tiempo pasaba, empezó a mover las caderas para encontrarlo, ajustando el ángulo ella sola hasta encontrar algo que la hizo soltar un sonido largo y concentrado. Una mano de ella bajó hasta su propio coño y empezó a frotarse el clítoris al mismo ritmo de las embestidas.
—Más profundo —dijo con la voz ronca—. Ya puedo. Fóllame más fuerte, Mateo, por dios.
Mateo obedeció.
Las embestidas se fueron alargando, volviéndose más completas. Le agarró el pelo recogido en una coleta improvisada y tiró hacia atrás, obligándola a arquear la espalda. La carne del culo de ella le rebotaba contra las caderas con cada empujón, haciendo un sonido húmedo y obsceno que llenaba la sala. Valeria empezó a hacer sonidos que él no le había escuchado antes, sonidos bajos y continuos que indicaban que algo estaba pasando dentro de ella fuera de su control. Su mano seguía trabajándose el clítoris con frenesí mientras la otra mantenía el equilibrio sobre la mesa.
Mateo le puso una mano plana en la parte baja de la espalda, buscando el ángulo exacto, y cuando lo encontró, ella gritó algo corto y contenido que resonó en las paredes de la sala.
—Ahí —dijo entre dientes, casi rugiendo—. No te muevas de ahí. Joder, joder, joder.
No se movió de ahí. Le folló el culo con embestidas largas y profundas, sin cambiar el ángulo, sintiendo cómo ella empezaba a apretar el músculo alrededor de su verga de una manera nueva.
Lo que siguió fue un crescendo largo y sostenido. Valeria llegó primero, con los músculos apretándose alrededor de él de una manera que casi le impidió a Mateo continuar. Su mano sobre el clítoris se aceleró un segundo más, ella gritó contra la madera, y el orgasmo la atravesó como una sacudida eléctrica que le hizo correrse el coño y el culo al mismo tiempo. Se dobló hacia adelante sobre la mesa, jadeando, los dedos arañando la madera, mientras un chorro caliente le escurría del coño hasta los muslos.
Él siguió follándola unos segundos más, sintiendo cómo el culo de ella le ordeñaba la polla en espasmos rítmicos, hasta que su propio cuerpo tomó el control. Se la sacó del culo con un sonido obsceno, se arrancó el condón de un tirón y se masturbó dos veces sobre el culo arqueado de ella. Se corrió con un gruñido largo, descargando chorros gruesos de semen blanco sobre las nalgas de Valeria, sobre la parte baja de su espalda, viendo cómo los regueros le escurrían entre las nalgas y goteaban sobre la madera de la mesa.
Cuando terminó de vaciarse, se desplomó hacia adelante apoyado sobre la espalda de ella, jadeando contra su hombro. Se quedaron así un momento largo, sin moverse, con la respiración de los dos sincronizándose poco a poco. La verga de Mateo, todavía dura a medias, descansaba contra la nalga de ella, manchada con los restos de la corrida.
***
Valeria fue la primera en hablar, cuando Mateo se incorporó y empezó a limpiarle la espalda con su propia camisa.
—La próxima reunión es en dos semanas —dijo contra la madera.
—Lo sé —respondió Mateo.
—Vendrán los demás.
—Probablemente.
Un silencio.
—Podemos llegar antes —dijo ella.
Mateo no respondió de inmediato. Esperó hasta que ella giró la cabeza para mirarlo, con esa expresión que mezclaba el desafío con algo más suave que ninguno de los dos había puesto nombre todavía. Todavía con el culo lleno de su semen.
—Puedo llegar media hora antes —dijo al fin.
—Una hora —corrigió ella—. Quiero que me la metas en el coño también.
—Una hora.
Valeria asintió, como si eso cerrara algún tipo de trato.
Se vistieron con la eficiencia práctica de dos personas que conocen las reglas no escritas de una situación así. Cuando la sala quedó como la habían encontrado —la mesa en su sitio aunque con una mancha húmeda que Mateo limpió con un pañuelo, las sillas rectas, el termo de café frío donde siempre había estado— Mateo apagó la luz y Valeria recogió su bolsa del suelo.
En la puerta, ella se giró una última vez.
—No vayas a complicarlo —dijo.
—Tú lo dijiste primero.
Salió sin responder. Mateo esperó un minuto antes de seguirla. Afuera, la calle estaba fría y llena de gente que no sabía nada de las dos personas que acababan de salir del mismo portal con dos minutos de diferencia.