La noche que mi jefa se quitó el bañador
Carmen y yo llevábamos más de veinte años trabajando juntos, prácticamente desde que me mudé a Cádiz. En todos esos años habíamos hecho de todo menos liarnos. Cañas a la salida de la oficina, pizzas viendo la liga, dos cines y un par de conciertos —como cantaba Mecano—, pero nunca dimos el paso. Lo que sí construimos fue algo que muchas parejas no consiguen en una vida entera: una amistad sincera y una confianza ciega.
Yo le había contado cómo se me derrumbó el mundo el día que perdí a mi mujer, las experiencias liberales que tuvimos juntos, los escarceos con hombres en mi juventud y aquella amiga de la facultad que vivía en Sevilla y a la que solo veía una vez al año. De esas amistades raras que no entienden de calendarios.
Ella me contó cómo cayó en el pozo cuando su marido la dejó con una niña de quince días en brazos. El alcohol, las pastillas, las noches que no recordaba al día siguiente y los tatuajes feos que se hizo en aquella época y que ahora, decía, no se quitaba para no olvidar.
Cuanto más sucia era la confidencia, más se afianzaba la amistad. Y siempre cerrábamos las charlas hablando de nuestras últimas conquistas. Esa parte le encantaba.
***
Desde hacía años, a comienzos del verano, Carmen organizaba una comida en el jardín de su casa. Arroz del mejor restaurante del Puerto de Santa María, vino blanco frío, cervezas, alguna botella seria al final y helados de postre. La comida empezaba tarde porque siempre se esperaba a los del turno de mañana, que llegaban tarde porque venían los del turno de tarde, que se habían parado a tomar el aperitivo. Inconvenientes de currar en una empresa que no duerme.
El ambiente era el de siempre: bermudas, bañadores, bikinis, pareos. Los becarios chapoteaban en exceso y se exhibían delante de la nueva contable, una chica muy joven que llevaba apenas un mes con nosotros. Las dos en bikini en el bordillo, riéndose de las tonterías de ellos.
El día era especialmente caluroso para principios de julio. Entre chapuzón y chapuzón picábamos algo hasta que llegó la hora de comer. La sobremesa se alargó, como mandan las leyes del verano, y los más jóvenes siguieron en el agua mientras los demás hablábamos de lo que no debíamos hablar fuera de la oficina.
Poco a poco la gente se fue marchando. Algunos remataron las sobras alegando que así llegaban cenados a casa. Cuando me di cuenta, nos habíamos quedado solos. El sol ya estaba bajo, naranja, casi tocando los pinos del fondo.
—¿No te marchas? —preguntó mientras recogía unos vasos.
—No, te ayudo a recoger. Tienes para un rato si quieres dejar esto medio decente.
La verdad es que no tenía la más mínima gana de marcharme.
Llevaba un kaftán muy fino, casi transparente, y debajo un bañador negro, entero, muy elegante. La tela se le pegaba a las caderas cuando soplaba algo de brisa. La había mirado de reojo todo el día, y todas las veces, sin excepción, ella me había cazado. Yo diría que ella también me había estado mirando.
—No te preocupes —sonrió—. Este año han sido civilizados. Lo han dejado casi todo recogido.
—Desde hace tiempo uso menaje desechable. No es nada ecológico, ya lo sé, pero te ahorras dos horas de friegue.
Asentí y le acerqué una bolsa de basura mientras ella tiraba los pocos platos y vasos que quedaban.
—Habrá que barrer. Si no, mañana esto está lleno de hormigas. Trae la escoba y lo dejamos en un momento.
—Si insistes, no seré yo quien te quite el placer.
Y entró en la cocina por la puerta corredera. No pude apartar los ojos de su espalda mientras cruzaba el umbral. Diría que ella, además, frenó un poco el paso para que tuviera tiempo de mirarla bien.
***
Estaba anudando la bolsa, satisfecho de cómo había quedado el jardín, cuando noté su mano fría en mi hombro. Me sobresalté. Al girarme vi dos copas de cristal sobre la mesa y, en su mano, una botella de vino blanco cubierta de gotas de condensación. No era un resto de la comida.
—Me apetece más esto que ponerme a barrer. No he probado el alcohol en todo el día. Queda feo que la jefa y la anfitriona se emborrache en su propia fiesta.
El énfasis que puso en la palabra «jefa» me hizo reír. Me pasó el sacacorchos y una botella de un blanco bueno, de una bodega pequeña que solo descorchaba en ocasiones especiales, según me dijo.
—Lo guardo para que ningún energúmeno me lo mezcle con gaseosa —añadió con una sonrisa torcida.
Abrí la botella y serví. El cristal finísimo contrastaba con el plástico de la mesa plegable. Ella se sacó el kaftán por la cabeza, se descalzó las sandalias de cuña y caminó despacio hacia la piscina. Bajó por la escalera, metió la cabeza bajo el agua y buceó hasta el otro extremo.
—Venga, métete. Está buenísima. Y tráeme la copa.
Me quité la camiseta y las chanclas, dejé las dos copas en el bordillo y la imité. Crucé buceando y volví caminando hacia ella, con las copas en alto.
—Ha sido una buena fiesta —dije antes de dar un primer trago.
—Sí, aunque has estado muy callado todo el día.
—Estaba concentrado —hice una pausa larga— en el trabajo.
Sonrió. Ya había oscurecido. Solo quedaban encendidas las luces del porche, que dejaban la piscina en una penumbra azul. Dejó la copa en el bordillo y, dándome la espalda, se bajó los tirantes del bañador. Los pechos quedaron a un dedo del agua. Por el movimiento de los hombros adiviné que también se bajaba el bañador hasta la cintura.
—Uf. Estos bañadores son corsés. Me tenían embutida como una longaniza.
Yo no podía verle la cara, pero ella debía intuir la mía, porque añadió:
—Eh, no me mires así. Yo en la playa hago siempre topless. Y cuando me lleves a Cabo de Gata, lo haré todo el día.
Habíamos hablado de ir a Cabo de Gata cuando los turnos nos diesen un par de días libres seguidos. Yo conservaba un apartamento allí, cerca de Las Negras, comprado hacía décadas. Hoy no podría pagar ni la entrada. Lo había bloqueado para no alquilarlo ese verano y poder escaparme cuando me apeteciera.
Ante el descaro me hice el chulo.
—Pues pensaba llevarte a Cala Mónsul y a Cala del Plomo —y, sin pensarlo dos veces, me quité el bañador y lo lancé fuera de la piscina. Me acordé de que tendría que salir desnudo, pero ya era tarde.
Ella, en un gesto de orgullo, intentó terminar de quitarse el bañador. Cuando levantó el pie para sacárselo, perdió el equilibrio. La vi caer hacia atrás a cámara lenta, manotear bajo el agua y, en un visto y no visto, asomar los pies en lugar de la cabeza, con un pie envuelto en un manojo de tela. Pataleó hasta soltarlo y el bañador se hundió hasta el fondo de la piscina como un calamar muerto.
Salió a flote con toda la dignidad del mundo, ya desnuda, cogió su copa del bordillo y, sin un solo gesto, se puso a hablar del tiempo. Yo no podía contener la risa, pero le seguí el juego. La escena, vista desde fuera, parecía un fotograma de una película surrealista: dos adultos desnudos hasta la cintura del agua, brindando con un vino blanco caro y comentando si los cirros anunciaban tormenta.
***
El morbo subía solo. Mi erección, debajo del agua, era de las que duelen. La había estado esperando todo el día. Nos íbamos acercando sin darnos cuenta, hablando de isobaras y de cúmulos, con las voces cada vez más bajas. Su mano me rozó el sexo «sin querer», y la mía le encontró el culo con la misma falsa torpeza.
Empezó por ahí.
Se acercó a mis labios y nos besamos con rabia. Le mordí el labio inferior mientras ella me apretaba con fuerza. Bajé hasta su cuello, hasta el lóbulo de la oreja, mientras mi mano subía por las costillas hasta el pecho. Lo agarré entero, primero uno y luego el otro, y le pasé el pulgar por el pezón hasta sentirlo ponerse duro como un garbanzo.
Me cogió del culo con las dos manos y me estampó contra ella. Los dos de pie, pegados, seguíamos besándonos y diciéndonos cosas al oído que no diríamos en sobremesa. Las manos iban y venían de la espalda al culo, en un trayecto sin descanso.
—Llevaba semanas pensando en esto —le confesé, buscando otra vez sus pechos.
—Yo también —dijo—. Nos habríamos ahorrado la película de mierda del otro día.
—Sí —asentí, mientras seguía besándola.
Bajé la mano hasta su pubis y me sorprendí: tenía mucho vello, espeso, completamente rizado por el agua. No me lo esperaba. Yo tampoco me depilo, pero suponía que ella sí.
—¿No te gustan los gatos? —preguntó con una ceja arqueada.
—Me encantan. Tienen mucha más personalidad que cualquier bicho lampiño. Estoy pensando en montar una protectora.
Se rió mientras yo enredaba los dedos en sus rizos. Ella me devolvió el favor tirando suavemente del vello de mi pecho.
—Acabamos de descubrir otra cosa que tenemos en común. Nos gusta la vegetación salvaje.
Me apretaba el sexo con una delicadeza calculada, y consiguió que el glande asomara por completo.
—Vámonos arriba. El cloro me irrita el chichi.
Me cogió de la mano y, protegidos por la oscuridad del jardín, subimos los escalones, entramos por la cocina y dejamos un reguero de agua hasta el dormitorio.
***
Encendió una lamparita de mesilla. La luz era cálida, naranja, y daba a la habitación un aire de hotel pequeño. La ventana estaba abierta, con la cortina blanca corrida, y entraba apenas una brisa que no aliviaba nada. El calor nos había secado en el camino.
Nos tumbamos en la cama y volvimos a besarnos sin prisa. Ella se concentraba en mi torso. Yo, en sus rizos. Se incorporó, abrió un cajón de la mesilla y sacó una caja de condones y un bote de lubricante. Se inclinó sobre mí, me echó la piel hacia atrás dejando el glande a la vista y me lubricó con saliva. Solté un gemido sin proponérmelo. Sacó un condón y me lo puso con la facilidad de quien lo hace todos los días.
Mientras yo terminaba de bajar la goma hasta la base, ella se untó los dedos índice y anular en lubricante y, de rodillas en la cama, los introdujo en su propio sexo. No fue para darse placer, fue para abrirse paso. Aun así jadeó.
—La menopausia me ha dejado libido de adolescente y el coño seco como la mojama —dijo, y soltó una risa breve.
Se movió hacia mí y, con un gesto preciso, se sentó encima. La sentí caer despacio, hasta el final, y un escalofrío me recorrió la espalda. Ahí la tenía, a horcajadas, los pechos al aire, los pezones duros, el pelo entrecano cayéndole sobre los hombros. No sé cómo será la entrada al paraíso, pero no debe parecerse mucho a aquello.
Empezó a cabalgar despacio. Las bajadas eran más rápidas que las subidas. Empezó un coro de gemidos, jadeos y susurros, todo a media voz, como si quedara alguien en la casa.
—Acércate un poco —le pedí.
Se reclinó sobre mí y me dejó los pechos al alcance de la boca. Me los comí como un náufrago. El pecho que se quedaba sin labios lo consolaba con la mano: pellizcaba el pezón, apretaba con fuerza contenida, alternaba. Sin descanso.
Sin avisar, aceleró el ritmo. Sentí cómo se me erizaba la nuca y cómo se me contraían las piernas. Si no la frenaba, me iba a correr en cinco segundos. La agarré por las caderas, la levanté y la deslicé a un lado. Recobré el aliento.
—No pares ahora, no pares —imploró.
Me arrodillé entre sus piernas y bajé la cabeza. Hundí la lengua en cada milímetro de esa entrada que estaba a punto de hacerme reventar. Los dedos no se quedaron quietos; entraban y salían, brillantes de lubricante y de lo que ella iba dejando. Preferí no enterrarme entre sus piernas para poder verle la cara, la forma en que se tocaba los pechos, y para alcanzar mejor el clítoris hinchado.
Sus jadeos subían de tono. Cuando empecé a alternar dedos y lengua a la entrada, sentí su mano metiéndose entre mis piernas. Me arrancó el condón con un movimiento rápido y empezó a masturbarme con una fuerza que rozaba lo brutal. Yo seguía concentrado en su clítoris, pero los huevos se me pusieron de piedra en cuestión de segundos.
—Me voy a correr.
—Sí, sí, sí —decía—. Córrete.
Me incorporé un poco y solté un orgasmo de los que dejan ciego un rato. Las sábanas color crema quedaron como un mapa. Tomé aire y volví a su sexo. Sus labios estaban hinchados, brillantes. Apliqué la lengua con más cabeza, ayudándome ahora sí de los dedos, mientras ella se pellizcaba los pezones y daba pequeños golpes de cadera, como si la sujetaran cadenas invisibles.
Y pasó.
El tiempo se paró. Carmen se quedó inmóvil, dejó de respirar. No sé si fue un segundo o cinco, pero se rompió con un grito ahogado y un golpe de cadera hacia adelante, como si quisiera echar fuera algo que llevaba dentro hacía años. Me clavó las uñas en el muslo. Me dolió y me gustó al mismo tiempo.
—Joder. Uf. Por Dios. Qué calor.
Repetía la letanía con la voz entrecortada, y a mí me hizo más feliz de lo que esperaba. Me tumbé a su lado y le aparté el pelo de la frente. Me sonrió, agotada.
Había dejado de entrar el poco aire que se movía. La noche, como habían anunciado, iba a ser tropical. Y con Carmen al lado, no me parecía mal.