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Relatos Ardientes

Lo que mi novia me hizo descubrir aquel viernes

Me llamo Andrés. Tengo treinta y tres años, mido casi dos metros y trabajo desde hace ocho años en el departamento administrativo de una compañía de seguros, en una zona industrial al norte de la ciudad. Mi vida cabía en una hoja: levantarme, subirme al coche, contestar correos durante nueve horas, volver a casa. Hasta que una noche de marzo conocí a Camila.

Tenía veintisiete años, era pequeña, llevaba el pelo negro a la altura de la nuca y unos ojos verdes que parecían entender lo que pensabas antes de que abrieras la boca. Coincidimos en un cumpleaños de un compañero de trabajo, en un piso atestado del centro. Yo estaba en la cocina sirviéndome ginebra cuando ella se acercó por detrás, me apoyó el pecho en la espalda y me dijo al oído, sin presentación previa.

—Llevo media hora mirándote. ¿Vas a invitarme a salir a fumar o tengo que pedírtelo dos veces?

Esa misma noche acabamos en el baño del pasillo. Ella se levantó la falda apoyada en el lavabo, yo me coloqué detrás, y mientras la embestía con la torpeza de quien lleva demasiado tiempo solo, me miró por el espejo y me sonrió como si me conociera desde hacía años.

Tres semanas después dormía cada noche en su apartamento.

Camila no era como las chicas con las que había estado antes. No tenía pudor de nada. Me despertaba a las dos de la mañana porque se había puesto cachonda viendo un vídeo en el móvil y me ponía la cabeza entre las piernas sin pedirme permiso. Aprendí a dormir poco. Aprendí a leer su cuerpo. Aprendí a perderme entre sus muslos durante horas sin sentir el paso del tiempo.

Una noche, dos meses después de empezar a vivir prácticamente con ella, fumábamos un porro tirados en el sofá. Una película mala de fondo, ella desnuda apoyada en mi pecho, jugando distraída con la base de mi polla.

—Sabes... —dijo de pronto, con esa voz suya tan tranquila—. A veces, cuando estoy sola, veo porno gay.

Me quedé en silencio dos segundos largos. No supe qué cara poner.

Ella levantó la mirada y arqueó una ceja.

—No me mires así. Me pone muchísimo. Dos hombres sin contención, sin disimulo, follándose como si llevaran meses esperándolo. No lo controlo.

Sentí un calor raro subiéndome desde el estómago. No era rechazo, eso lo supe enseguida. Era algo más incómodo. Algo más interesante.

—¿Y por qué me lo cuentas hoy? —pregunté, casi en un susurro.

Camila se mordió el labio inferior y me miró durante un buen rato antes de responder.

—Porque me muero por ver cómo lo haces tú. Quiero verte de rodillas con una polla en la boca. Quiero ver cómo te abren mientras yo me toco mirándote.

No respondí. No supe responder.

Lo único que dije fue su nombre, bajito, dos veces. Ella lo entendió como quiso entenderlo. Me besó como si yo le hubiera dicho que sí.

***

Pasaron tres semanas y yo no había vuelto a ser yo del todo.

Durante el día, en la oficina, me sorprendía mirando hojas de cálculo sin verlas, distraído por imágenes que antes ni siquiera me hubieran rozado. Un desconocido sin rostro de pie frente a mí. Camila detrás, susurrándome al oído lo que ya empezaba a ser su frase favorita: «sé buena chica para mí, mi amor». Tenía que levantarme dos veces al día e ir al baño a masturbarme rápido, tapándome la boca con el antebrazo para no hacer ruido.

Por las noches, ella me iba descubriendo despacio.

Empezó con los dedos. Mientras follábamos, me deslizaba uno mojado entre las nalgas y lo movía sin entrar, solo presionando, hasta que yo cedía sin darme cuenta. La primera vez que entró del todo y encontró ese punto de dentro, solté un sonido que jamás había escuchado salir de mí mismo.

—¿Te gusta, mi vida? —me preguntó con ternura, casi con orgullo—. ¿Sientes cómo te abre? Quiero que te acostumbres a estar lleno.

Yo solo podía jadear contra la almohada. Ella me besaba el hombro y me hablaba bajito, sin parar, como quien le explica algo a un niño:

—Imagínate que no es mi dedo. Imagínate que es algo más grande, más caliente, empujando despacio. ¿Te excita pensarlo?

Mi cuerpo respondía por mí.

Una noche llegó con una caja pequeña y la dejó sobre la mesilla. Dentro había un plug de silicona, no muy grande, brillante. Me lo enseñó como quien enseña un regalo de cumpleaños.

—Quiero que lo lleves todo el día mañana —me dijo—. Quiero que cada vez que te sientes en esa silla horrible de oficina te acuerdes de mí.

Y eso hice. Aquel jueves entré a la reunión de las once con el plug dentro, sintiéndolo apretarse cada vez que me movía. Tuve que cruzarme las piernas dos veces. Salí, me encerré en el baño y me corrí en menos de un minuto pensando en ella diciéndome al oído lo que llevaba semanas diciéndome.

***

El sábado siguiente Camila tenía una caja más grande sobre la cama. Me la enseñó sin hablar.

Era un arnés. Y un cilindro grueso, oscuro, con relieves marcados y una base ancha. Encima, dos botes de lubricante y un cable HDMI conectado a la tele.

—Esta noche —dijo, sin más preámbulo— te voy a follar de verdad. Pero antes vamos a ver una cosa juntos.

Me sentó en el borde de la cama, desnudo, con el plug todavía dentro. Encendió la pantalla. Empezó un vídeo: dos hombres jóvenes, fuertes, en una habitación de luz cálida. Uno de rodillas. El otro de pie. No podía apartar los ojos. Mi boca se secó. Sentí cómo el plug me apretaba con cada latido.

Camila se colocó detrás de mí, me rodeó con un brazo y deslizó la otra mano para empezar a masturbarme muy despacio.

—¿Lo ves, amor? Mira cómo se la traga. Mira cómo abre la boca para él. ¿Te imaginas que eres tú?

Gemí. No pude callármelo.

Sacó el plug con cuidado y sentí un vacío que ya no me gustó. Me señaló el centro de la cama.

—De rodillas. Cara contra el colchón.

Obedecí sin pensarlo. La oí preparándose detrás. La oí ajustar el arnés. Sentí la cabeza del cilindro contra mí, fría por el lubricante, y luego la presión.

Empujó muy despacio. Centímetro a centímetro. Yo apretaba las sábanas con los puños y mordía la almohada para no gritar. Cuando la base le tocó las nalgas, soltó un suspiro largo y se quedó quieta sobre mí.

—Joder, Andrés... estás tan caliente por dentro. Respira. Voy a moverme.

Y se movió.

No tengo palabras todavía hoy para explicar lo que sentí. No era solo placer físico. Era algo que me llegaba mucho más adentro de lo que conocía. Cada vez que ella empujaba hasta el fondo, yo soltaba un hilo de saliva sobre la almohada y un latigazo me recorría desde la espina hasta los dedos. Mi polla goteaba sin que nadie la rozara, formando un charco pequeño y tibio entre mis rodillas.

—Dime lo que eres —jadeó ella, follándome más rápido.

—Soy tuyo —dije con voz rota.

—Más.

—Soy tuyo... soy lo que tú quieras... haz lo que quieras conmigo.

Camila gimió de pura excitación y me dio una palmada en la nalga.

—Eso es, mi amor. Mi chico hermoso.

El orgasmo me llegó sin avisar. Empezó muy adentro, subió por la espalda y explotó. Mi polla disparó sin que nadie la tocara, dos veces seguidas, manchando las sábanas. Gemí algo que no era un sonido humano y me quedé temblando bajo ella.

Cuando se salió y se quitó el arnés, se tumbó a mi lado, me limpió el sudor de la frente con la mano y me besó largo.

—Has estado perfecto —me dijo—. Pero esto era solo el principio.

Se mordió el labio.

—El viernes que viene viene un amigo mío. Y vas a estar listo para él.

***

El viernes llegó envuelto en una semana entera de nervios.

Camila me había preparado cada noche. Plugs cada vez más grandes. Vídeos cada vez más largos. Conversaciones en voz baja sobre todo lo que íbamos a hacer. No sé en qué momento dejé de resistirme y empecé a desearlo. Solo sé que el viernes a las diez en punto sonó el timbre, y yo estaba desnudo en el centro del salón, arrodillado sobre la alfombra, exactamente donde ella me había pedido que esperara.

Él se llamaba Tomás. Treinta y seis años, alto, moreno, barba corta. Se quitó la camiseta sin prisa, como quien ha hecho esto antes. Camila se acercó a él, lo besó en la boca delante de mí y me miró por encima del hombro.

—Mira lo que te traje, mi vida.

Tomás se desnudó del todo, sin teatro. Me miró con curiosidad y con una sonrisa pequeña.

—Está guapo —le dijo a ella—. Y tiene buena cara de novato.

Camila se arrodilló a mi lado, me cogió la cara con las dos manos y me besó en la frente, casi con cariño.

—Acuérdate de lo que hablamos, amor. Despacio. Disfrútalo. No es una prueba.

Me costó muchísimo. Y al mismo tiempo no me costó nada.

Cuando Tomás se acercó y me rozó los labios con la cabeza de su polla, yo simplemente abrí la boca. El sabor era distinto a lo que esperaba. Era piel, era sudor, era algo vivo. No era desagradable. No era extraño. Era nuevo.

Camila se colocó detrás de mí mientras yo aprendía a moverme despacio. Me sacó el plug, me lubricó con paciencia y empezó a entrar con sus dedos. Hablaba sin parar, con la voz mezcla de ternura y orden, como había hecho desde el principio.

—Eso es, mi amor. Despacio. Saboréalo. Estás tan guapo así. Tan mío.

Tomás respiró profundo y soltó un gruñido grave. No empujó nunca demasiado. No me forzó. Camila había sido muy clara con él antes de venir, eso lo entendí después.

No voy a contar cada detalle de aquella noche. Solo que cuando Tomás se corrió, yo me corrí también, sin tocarme, mientras Camila me follaba con sus dedos y me susurraba mi nombre como si fuera la primera vez que lo decía en voz alta.

***

El sábado siguiente fue distinto.

Tomás trajo a un amigo. Iván. Más alto, calvo, con los brazos llenos de tatuajes y una sonrisa que no daba opciones. Camila los recibió en la puerta y, cuando los vi entrar al salón, sentí lo mismo de siempre: vergüenza, miedo y, debajo de los dos, una excitación que ya no podía fingir que no era mía.

Esa noche no fui yo quien decidió nada. Camila habló por mí. Camila se sentó en el sofá con una copa en la mano y dirigió la escena entera como si llevara meses ensayándola en la cabeza, lo que probablemente era cierto.

—Hoy lo quiero ver entero —les dijo—. Boca y cuerpo. No tengáis prisa.

No tuvieron prisa.

Me llenaron despacio, primero uno y luego el otro, alternándose sin urgencia. Yo me convertí en algo que no había sido jamás: un cuerpo abierto, dispuesto, sin defensas. Camila me miraba con los ojos brillantes desde el sofá, una mano entre las piernas, susurrando cosas que se quedaron mías para siempre.

Cuando todo terminó y los dos se vistieron y se fueron, ella me llevó al baño, me metió bajo el agua caliente y me lavó despacio, sin hablar. Después me secó, me puso una camiseta vieja suya que me quedaba pequeña y me llevó a la cama.

Se acurrucó contra mi pecho, me dio un beso en la barbilla y se durmió enseguida.

Yo me quedé despierto mirando el techo.

***

Me dolía todo y no me importaba. El cuerpo me pesaba como si me hubieran abierto en canal y vuelto a coser. Pero por dentro había una calma rara, una que no recuerdo haber tenido nunca antes de Camila.

A las cinco de la mañana me levanté, fui a la cocina, me serví un vaso de agua y me asomé a la ventana. Las farolas de la calle todavía estaban encendidas. Pensé en mi vida hasta hacía cuatro meses. En el coche, en los correos, en la silla, en el silencio. Pensé en lo que era ahora.

Pensé en lo que iba a ser mañana.

Volví a la cama. Me metí entre las sábanas con cuidado para no despertarla. Ella se dio la vuelta dormida y me apoyó la mano en el pecho, igual que hacía siempre.

Y entonces lo entendí, sin drama, casi con alivio.

Yo ya no era el mismo hombre que cuatro meses atrás se servía ginebra en una cocina ajena.

Y eso, por primera vez en mi vida, no me daba miedo.

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Comentarios (7)

elcid35

Ufff que inicio, me dejo con ganas de saber todo lo que paso despues. Segunda parte ya!!

CuriosaLec

esas conversaciones en el sofa son las mas honestas jaja me imagino la cara que pusiste cuando te lo dijo

VeroLectora

Me encanto el ritmo que le diste al relato, la tension antes del momento lo hace mucho mejor que ir directo al grano. Felicitaciones

Juanma_noc

jaja esa sensacion de no poder decir que no la entiendo perfecto. Tremendo

NocturnoLector

Me recordo a una conversacion que tuve con mi ex hace años, aunque la mia no termino tan bien jeje. Muy buen relato, autentico

lectora_cba

Segunda parte porfavor!!!

Carlitos22

cuanto tardaste en animarte a escribirlo? jaja hay que tener valor para contar estas cosas

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