Mi pareja me sorprendió delante de nuestros amigos
Hacía meses que la miraba más de la cuenta y Carla lo sabía. Nunca lo habíamos hablado en voz alta, pero estoy seguro de que había notado mis ojos demorándose en ella, en partes concretas de su cuerpo, cuando creía que nadie se daba cuenta. Era un asunto incómodo de poner sobre la mesa y los dos preferimos seguir pasándolo por alto, como si ese silencio fuera más cómodo que cualquier conversación.
Además, los últimos meses con Carla se habían deslizado hacia algo muy parecido al aburrimiento. Yo se lo había comentado más de una vez con cuidado, intentando proponer ideas nuevas, pero ella era sumisa por naturaleza y se dejaba llevar sin mover un dedo. Lo que yo esperaba en realidad era que un día tomara la iniciativa, que me dejara fuera de juego con algo inesperado. Pero el tiempo pasaba y empecé a aceptar que esa sorpresa nunca iba a llegar.
Todo cambió la noche que los invitamos a cenar. Marcos era amigo mío desde el instituto, de los que no se pierden con los años. Pero desde que estaba con Lucía había marcado una distancia que yo notaba, sutil pero constante. A mí ella siempre me había parecido despampanante. De esas mujeres cercanas que te tocan el brazo al hablar y te buscan los ojos cuando ríen. Esa noche se presentó con un vestido negro que le marcaba las piernas, la piel morena, el pelo rizado cayéndole sobre los hombros, los ojos verdes encendidos por el delineador y un escote en el que se intuía la curva de los pechos. Solo con mirarla se me erizaba la piel.
Bebimos vino los cuatro durante toda la cena. Yo notaba que el alcohol me iba aflojando la lengua y, por primera vez en mucho tiempo, hablamos de sexo. Lucía contó entre risas que tomaba la píldora desde adolescente y que solo usaba tangas. Mi cabeza voló a sitios donde no debía. La conversación se enfrió enseguida, pero a mí ya no se me iba la imagen.
Saqué el móvil con la excusa de hacer fotos. Algunas grupales, otras en pareja. Cuando Carla salió un momento a la cocina, apunté hacia Lucía. Me vio, sonrió y posó. Le mostré la imagen y le gustó. Volví a sentarme y la miré fijamente. Estaba preciosa. Sin pensarlo demasiado, retrocedí en la galería, abrí la cámara otra vez y le hice otra foto sin que se enterara. Y, ya con el pulso acelerado por el vino y por algo más, hice zoom hasta encuadrarle solo el escote y disparé. Antes de bloquear la pantalla, Carla pasó por detrás y vio la foto. No dijo nada. Se sentó, cambió de tema y dejó que la velada continuara.
Cuando Marcos y Lucía se fueron, esperé el reproche. El único comentario de Carla fue:
—Tenemos que volver a quedar con ellos pronto.
***
Pasaron unas semanas y un sábado caluroso de primavera quedamos en un parque enorme de las afueras, una zona de pinares que conocíamos desde críos. Llevamos altavoz, baraja, parrilla y bastante alcohol. Bebimos sin medida. Era curioso lo poco transitado que estaba aquel rincón aquella tarde; no se cruzó nadie en horas. A Marcos se le notaba el alcohol a los diez minutos, en la voz, en los gestos. Carla y yo nos reíamos en silencio, cómplices. Él se puso pegajoso con Lucía, le buscaba la cintura, intentaba besarla cada vez que sonaba una canción. Ella le esquivaba a medias, sin enfadarse, divertida. A Lucía también se le había subido el ron a la cabeza. Nunca la había visto así: los movimientos algo torpes, los ojos brillantes y una risa floja que no se le iba.
Me levanté para ir a la nevera y Carla vino conmigo a rellenar el vaso. Cogí un cubito pequeño con la boca y se lo pasé por la nuca, despacio. Ella reaccionó con un escalofrío pero no se movió. Bajé los labios por su cuello y noté cómo se le erizaban los brazos enteros. Sin avisar, le rodeé la cintura por detrás y le agarré los pechos con firmeza, por encima de la camisa. Siempre le había gustado eso. De reojo comprobé que Marcos y Lucía seguían bailando, distraídos, y me tomé mi tiempo, metiendo después las manos por debajo de la tela para apretarle los pezones por dentro del sujetador.
A Carla se le había transformado la cara. Tenía las pupilas dilatadas y la respiración entrecortada. Leí en sus ojos algo nuevo, algo que no le había visto antes: había encontrado por fin la forma de sorprenderme. Miró a los árboles, me miró a mí, miró a nuestros amigos. De repente se levantó, me cogió de la mano y pasó por delante de Marcos y Lucía diciendo, lo bastante alto para que no quedara duda:
—Me lo llevo un rato. Siempre quise comérsela en este parque y hoy va a ser el día.
Yo la seguí sin decir palabra, todavía sin creer lo que acababa de oír. Me llevó hasta un pino que estaba a poco más de cinco metros de la mesa y me empujó contra el tronco. Se arrodilló frente a mí y de un tirón me bajó el pantalón corto. La erección iba a romper la tela del calzoncillo. Me la pasó por la cara así, por encima de la ropa, despacio, con los ojos cerrados. Yo no sabía hasta dónde pensaba llegar, pero estaba deseando notar el calor de su boca. Y saber que Lucía estaba a unos pasos lo multiplicaba todo.
Carla seguía jugando, paseándome los labios por encima de la tela, hasta que levantó la vista y me sostuvo la mirada con la boca entreabierta junto a mi polla. Por fin me bajó el calzoncillo hasta las rodillas. Sentí el aire fresco en la piel desnuda y, un segundo después, el calor de su boca cerrándose alrededor. Empezó despacio, profunda, sin prisa. Cada vez que retrocedía dejaba un rastro brillante de saliva. Suspiré sin poder evitarlo y miré por encima de su cabeza para ver qué hacían los otros dos. Estaban muy cerca. La silueta de Carla agachada se veía perfectamente desde donde ellos seguían de pie.
Marcos había pasado de pesado a ansioso. Le hablaba a Lucía al oído, intentaba convencerla. Ella reía, dudaba, se lo quitaba de encima medio en broma. No oía las palabras exactas pero entendía la escena: Marcos quería sentir lo mismo que estaba sintiendo yo. Volví a bajar la vista y enredé los dedos en el pelo de Carla, sosteniéndole la cabeza, marcándole el ritmo. Ella paró un momento, lamió la punta sin soltarme, y un hilo de saliva la mantuvo unida a mí cuando alzó la voz, lo justo para que se oyera:
—¿Qué pasa, voy a ser la única aquí?
Y volvió a comerme, esta vez ayudándose con la mano derecha. Las piernas me temblaban; cada empuje me obligaba a apoyarme un poco más en el árbol.
Escuché pisadas en la pinaza y, al levantar la vista, vi a la pareja acercándose al pino que había junto al mío, a tres o cuatro pasos. Habían copiado la idea. Lucía se agachó frente a Marcos, le desabrochó el cinturón y, con esa calma torpe del alcohol, le cogió la polla con la mano y se la guio a la boca. Marcos cerró los ojos en cuanto la sintió. Por fin le habían concedido lo que llevaba media tarde mendigando. El sonido húmedo de su mamada se mezclaba con la de Carla y a mí me costaba seguir hilando pensamientos. Carla aceleraba el ritmo y yo no tenía fuerzas para frenarla. Noté el primer aviso, ese pinchazo tibio que avisa de que ya no hay vuelta atrás. Carla lo notó al instante y, levantándose un segundo, susurró:
—¿Te vas a correr en mi boca?
La miré con una mezcla de gratitud y rendición. Le pasé las manos a los pechos y ella sacó el torso hacia mí para facilitarme el acceso. Le desabroché un par de botones de la camisa y tiré del sujetador hasta destaparle un pezón: grande, claro, erguido. Mientras le sostenía un pecho con una mano, con la otra le pellizcaba el pezón descubierto. Ya no podía aguantar más.
Volví a mirar hacia Lucía. Y ella me estaba mirando a mí. Su pelo se mecía con cada movimiento de la cabeza, pero los ojos no se desviaban. Sentí una descarga que me bajó por las piernas y supe que había perdido el control. Agarrado a Carla, me corrí dentro de su boca mirando los ojos verdes de Lucía, que a la vez me miraban a mí, preguntándose, quizá, si la polla que ella tenía en la boca era la que estaba imaginando en ese mismo instante. El segundo latigazo lo sentí ya fuera, le alcanzó los labios y parte de la barbilla a Carla, goteándole entre los pechos. Ella me sonreía, triunfante, con un ojo entrecerrado y mi polla todavía en su mano, besándola con la punta de los labios. Le devolví la sonrisa y le acaricié la mejilla.
Marcos avisó a Lucía y ella terminó haciéndole una paja con cuidado, apartando la cara cuando él empezó a correrse para no mancharse el vestido.
Cuando los cuatro volvimos a la mesa nadie sabía bien qué decir. Había nervios en el aire, sí, pero sobre todo la sensación rara y eufórica de habernos vuelto cómplices de algo que no íbamos a contar a nadie más. Nos sentíamos jóvenes, sucios y conectados. Y supe, mientras Carla me apretaba la mano por debajo de la mesa, que aquello no iba a quedarse en una tarde aislada.