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Relatos Ardientes

La semana sin Adrián que casi rompe nuestro pacto

El lunes amaneció gris, como si el cielo supiera que esa semana iba a ser distinta. Vi salir a Adrián con la maleta al hombro, un beso rápido en mi mejilla y, después, un abrazo con Daniel que duró tres segundos más de la cuenta. Una semana de trabajo en Barcelona, había dicho la noche anterior. Una semana sola con mi marido, pensé yo, y la idea, que dos meses atrás me hubiera parecido un alivio, ahora me apretaba la garganta.

Volvimos a la rutina como dos engranajes oxidados. Café compartido en la cocina, los besos breves antes del trabajo, la conversación sobre la lavadora rota y el seguro del coche. Por la noche, Daniel me arrastró a la cama con esa urgencia que se le pone cuando quiere borrar algo. Su erección presionaba contra mi vientre antes incluso de que la ropa terminara de caer, y sentí el vacío antes de que empezara nada.

Me abrió las piernas con la familiaridad de los años. Su lengua bajó despacio, lamió mi sexo en barridos largos y húmedos, desde el clítoris hasta abajo, mientras yo le hundía los dedos en el pelo y arqueaba la cadera contra su boca. Gemí, sí. Estaba mojada, sí. Pero mi mente se fue a otra parte: faltaba el peso de Adrián a mi lado, esa mano grande agarrando uno de mis pechos mientras Daniel me chupaba; faltaba la voz ronca al oído diciéndome lo que iba a hacerme después.

—Mírame —pidió Daniel, levantando la cara. Tenía la barba brillante.

—Te miro —mentí. Cerré los ojos.

Lo monté después, guiando su verga gruesa hasta que me sentí llena y dolorida, hasta que sus testículos chocaron contra mí. Cabalgué con fuerza, las uñas clavadas en su pecho, los pechos rebotando contra su cara. Él me agarraba las caderas y empujaba desde abajo con embestidas que hacían crujir la cama vieja del dormitorio. «Joder, Sofía, qué bien lo haces», gruñó. Pero en mi cabeza, Adrián entraba en la habitación, se quitaba la camisa sin prisa y se ponía detrás de mí, escupía en mi otro orificio antes de hundirse, y yo me sentía partida por dos fuegos a la vez, lleno cada hueco hasta que ya no quedaba sitio para pensar.

Daniel se corrió dentro de mí con un rugido ahogado contra mi cuello. Yo fingí un orgasmo que sonó convincente y me dejó temblando, pero el vacío persistía como un eco. Nos acomodamos después, su brazo alrededor de mi cintura, y cuando lo oí respirar profundo, deslicé la mano bajo las sábanas. Hundí los dedos en el semen tibio que me bajaba por los muslos y me froté el clítoris despacio, llamando recuerdos del fin de semana anterior: Adrián penetrando a Daniel encima del lavabo del baño, Daniel mordiendo la toalla para no gritar, yo mirándolos desde la rendija de la puerta, masturbándome con la boca abierta.

Me corrí en silencio, sola, y me quedé escuchando la respiración de Daniel hasta que el reloj marcó las tres. Esto no se arregla así, pensé. Esto pide la pieza que falta.

***

La semana se estiraba como una carretera sin curvas. Adrián se había llevado, sin querer, algo que ya no sabía vivir sin tener cerca: ese tercer cuerpo que no era exactamente un amigo, ni un amante, ni una amenaza, sino el vértice que cerraba el triángulo. Sofía y yo volvimos a follar como antes y, sin embargo, no era lo mismo. Era buen sexo. Era el sexo que habíamos tenido durante diez años. Y eso, justo eso, era el problema.

Esa primera noche la devoré con hambre acumulada. Mi lengua exploró cada pliegue de su sexo, saboreando esa humedad un poco salada que conozco de memoria. Ella gimió mi nombre como si me lo regalara. Pero mientras la penetraba después, deslizándome dentro de su calor apretado y embistiendo con golpes profundos que la hacían arquear la espalda, no podía borrar la imagen de Adrián tomándome a mí por detrás, su miembro grueso abriéndome sin demasiada paciencia, su mano izquierda en mi nuca obligándome a mirar a Sofía mientras me follaba.

La puse a cuatro patas. Le separé las nalgas con los pulgares para mirar cómo entraba y salía, mis testículos golpeando su clítoris con cada estocada.

—Más fuerte —pidió ella.

Obedecí. La follé con rabia, el sudor goteando por mi espalda, mientras imaginaba a Adrián arrodillado frente a Sofía, ella cogiéndolo del pelo, o, mejor, detrás de mí, sincronizando sus embestidas con las mías hasta que los tres respiráramos al mismo tiempo. Me corrí con fuerza, llené a Sofía hasta que rebosó por sus muslos, pero el placer fue hueco, una sombra de aquello otro.

Al día siguiente, en la ducha, la apreté contra los azulejos. Le levanté una pierna y la penetré de pie, con el agua caliente cayendo entre los dos. Mi polla la taladraba con un ritmo frenético; sus paredes se contraían a mi alrededor; ella se corrió mordiéndome el hombro. Pero faltaba esa otra cosa: el escupitajo en la mano para lubricar antes de que Adrián me volteara contra el espejo empañado, el aliento ajeno en la nuca, la sensación humillante y deliciosa de no decidir nada durante diez minutos.

Lo entendí esa misma tarde, lavando los platos: yo no quería sustituirlo. No quería que Sofía y yo aprendiéramos a follar como antes. Quería esperarlo. Quería que la espera fuera parte del juego. Quería volver a romperme un poco cuando él regresara y pidiera entrar.

El miércoles le mandé un mensaje a Adrián a las tres de la madrugada. Solo una foto. Mi mano alrededor de la polla, brillante, y debajo escribí: esto sin ti se ve raro. Tardó once minutos en contestar. Volveré antes, decía. Tres palabras que me hicieron correrme de nuevo, esta vez solo, en el sofá del salón, con la respiración de Sofía dormida llegando desde el dormitorio como una marea pequeña.

Esa noche soñé con los tres en la cocina, desnudos, comiendo algo que no recuerdo qué era, y los detalles eran tan domésticos que me desperté con miedo. Me he enamorado de algo más que del sexo, pensé. Y supe que el sexo, sin esa otra cosa, ya nunca volvería a ser solo sexo.

***

Barcelona zumbaba con su caos habitual. Las luces de los anuncios parpadeaban contra el asfalto mojado por una lluvia fina que no terminaba de refrescar nada. Llevaba tres días en la ciudad cuando abrí la aplicación con dedos ansiosos, mientras esperaba la cena en un bar de las Ramblas. «Pareja busca tercero bi para experiencia discreta». La foto era buena: él, fornido, barba recortada; ella, morena, ojos grandes, el tipo de sonrisa que sabe lo que está prometiendo. Tomás y Carolina. Treinta y tantos. Llevamos un año explorando, decían en el perfil. Acepté la cita sin pensarlo dos veces. La curiosidad bisexual que Daniel había desperezado en mí ardía como una brasa pidiendo aire.

Nos vimos en un bar discreto cerca del Born. El tipo de sitio donde las conversaciones se susurran y las manos se rozan bajo la mesa sin sobresaltar a nadie. Tomás llevaba una camisa que se ajustaba al pecho ancho. Carolina llevaba un vestido rojo y sandalias, y el pelo recogido para que se le viera el cuello. Charlamos de tonterías un rato: el trabajo, los viajes, lo caro que se ha puesto el centro. Pero el aire estaba cargado y los tres lo sabíamos.

—Somos abiertos —dijo Tomás con una sonrisa lobuna, su rodilla rozando la mía debajo de la mesa—. Y tú pareces saber lo que haces.

Carolina rio bajito. Su mano subió por mi muslo hasta que sentí su calor a través de la tela.

—Pagamos la cuenta y subimos —dijo ella.

El hotel era anodino, con vistas a una glorieta que no recuerdo. La puerta se cerró con un clic seco, y Carolina me besó primero, su lengua entrando en mi boca con una urgencia ensayada. Tomás miraba desde un lateral, palmeándose la entrepierna por encima del pantalón. Le quité el vestido a ella deprisa. Pechos firmes, pezones oscuros ya endurecidos. Me arrodillé y le lamí el sexo depilado, hundiendo la lengua entre los labios hinchados, saboreando esa humedad mientras ella tiraba de mi pelo y susurraba palabras que no entendí.

Tomás se acercó con la verga ya fuera, dura.

—Chúpamela —ordenó.

Obedecí. Giré la cabeza y la engullí. Era gruesa, salada, las venas marcadas contra mi lengua, los testículos golpeándome la barbilla mientras lo mamaba con succiones largas y la saliva goteando por el mentón. Era excitante, joder. Era todo lo que había pedido al abrir la aplicación.

Cambiamos de posición. Carolina me montó en el sofá, su sexo apretado deslizándose sobre mi polla hasta que sus nalgas chocaron contra mis muslos, mientras Tomás se colocaba detrás de mí. Escupió en mi otro orificio sin avisar, empujó su miembro lubricado con un primer empuje rudo, y gemí dentro de la boca de ella, que me besaba con fiereza. Tomás me follaba con embestidas cortas y brutales, su vientre golpeando mi espalda baja. «Qué apretado», gruñó, y aceleró hasta que sentí ese ardor placentero que solo da la sumisión compartida.

Cambiamos otra vez. Yo penetré a Carolina a cuatro patas, taladrándola hasta que ella gritó y se corrió, mientras Tomás me lamía por detrás con la lengua afuera. La follé fuerte, las manos clavadas en sus caderas, hundiéndome hasta el fondo. Cuando él me obligó a girarme y arrodillarme para que le chupara la verga recién salida de mí, sentí ese sabor almizclado que ya conocía. Carolina se masturbaba a un metro, mirándonos con los ojos entrecerrados.

Acabamos los tres entre gemidos. Él se corrió dentro de mí, yo en la boca de ella, y ella sobre la alfombra del hotel, frotándose el clítoris con dos dedos hasta que el cuerpo le tembló entero.

Pero mientras jadeábamos enredados, sudorosos y exhaustos, algo se removió en mi pecho que no era cansancio. Era puro fuego físico, sí: el roce de pollas duras, el sabor de bocas distintas, la rudeza sin filtros. Mi bisexualidad se regocijaba en esa libertad sucia, en ser el que toma y es tomado en la misma noche. Pero faltaba la chispa profunda. Faltaba la complicidad. La mirada de Sofía desde la rendija de una puerta. El temblor en la voz de Daniel cuando se rendía y pedía más. Tomás era fuerte, Carolina ardiente, pero no eran ellos.

Me vestí con una excusa rápida, sesión a primera hora, y salí al frío de la noche. Caminé sin rumbo por una calle peatonal, con el semen ajeno aún resbalándome por dentro y el móvil pesando en el bolsillo. Saqué el teléfono y abrí el mensaje de Daniel del miércoles. La foto seguía allí. Volví a leer mi propia respuesta: volveré antes.

Cambié el vuelo en una cafetería abierta veinticuatro horas. Pagué la diferencia sin mirar el precio. Tres días antes, tres noches menos, tres mil pulsaciones más altas. Mientras esperaba el embarque, le mandé un mensaje a Sofía: aterrizo el viernes a las seis. No se lo digas a Daniel. Quería verlos así, los dos juntos en la rutina, la puerta abriéndose de golpe, las caras de sorpresa, la rendija cerrándose por dentro.

El avión despegó al amanecer. Apoyé la cabeza en la ventanilla y, por primera vez en una semana, el vacío empezaba a llenarse, no de carne ajena, sino de la idea de volver.

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Comentarios (5)

RosaL_lectora

Que relato tan bien narrado, me tuvo pegada a la pantalla desde el principio. Gracias por compartir algo tan intimo.

Santi_MX

La tension de esos primeros dias se siente fisicamente jaja. Muy bueno!!

Ferchu_rba

increible!!!

MarcelaF_Cba

Me recordo a algo que me paso hace unos años, esa clase de semana donde uno se descubre a si mismo sin quererlo. Muy bien contado, de verdad.

VeronicaRD

Por favor segui con esto, el titulo prometia mucho y el relato cumple con creces. Quiero saber mas de ese pacto!

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