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Relatos Ardientes

La noche que un maduro en el bus me enloqueció

4.3(12)

Siempre supe que me gustaba provocar. No de manera calculada ni cruel, sino ese tipo de provocación instintiva que surge sola cuando uno nota que alguien está mirando demasiado. Esa noche en el bus de regreso a casa, ese instinto mío me llevó mucho más lejos de lo que jamás había imaginado.

Tenía veinte años y había pasado el día entero en Bucaramanga resolviendo un trámite que no podía esperar. Tomé el último expreso disponible, uno de esos buses nocturnos que salen a las ocho y llegan tres horas después. Iba vestida para el calor de la tarde: un top ajustado color caramelo, una chaqueta abierta encima y un short de tela oscura que me marcaba bien las caderas. Soy morena, bajita, con curvas generosas que siempre han llamado la atención de más de uno. Lo sé desde hace tiempo y, honestamente, nunca me molestó.

Me acomodé en el asiento junto a la ventana, dejé mi bolso sobre el regazo y pensé que tendría el doble de espacio para mí sola. Esa semana el bus iba poco lleno, y casi todos los que habían subido ya llevaban audífonos puestos o miraban el teléfono sin levantar la vista. Entonces lo vi acercarse por el pasillo.

Era un hombre de unos cincuenta y cinco años. Bien vestido para ser un martes: camisa de lino beige con las mangas enrolladas hasta el codo, pantalón oscuro perfectamente planchado, mocasines de cuero marrón. Llevaba un bolso pequeño de mano que guardó en el compartimento superior con esa tranquilidad de quien viaja seguido y sabe exactamente qué lugar ocupa en el mundo. Cuando se acomodó en el asiento a mi lado, me llegó un perfume seco, cítrico, con algo a madera que no supe nombrar pero que me pareció caro.

—Buenas noches —dijo sin mirarme, abrochándose el cinturón de seguridad.

—Buenas —respondí, y me volví hacia la ventana.

El bus arrancó.

Los primeros veinte minutos transcurrieron en silencio. Él revisaba algo en su teléfono con la misma concentración de alguien que lee un contrato, y yo miraba cómo la ciudad quedaba atrás, reemplazada por la oscuridad verde y uniforme de la carretera. Pero en algún momento, sin que pudiera decir exactamente cuándo, noté que me miraba. No esas miradas furtivas que se apartan enseguida cuando uno las sorprende. Sino la otra: la que se sostiene un segundo de más antes de volver, con calma, al teléfono.

No sé qué cruzó por mi cabeza en ese instante. Quizá el cansancio de un día demasiado largo. Quizá el aburrimiento de tres horas de carretera por delante. Quizá simplemente ese impulso viejo de ver hasta dónde llega una mirada si uno decide alimentarla.

Me estiré con pereza, levantando los brazos sobre la cabeza y soltando un bostezo silencioso. Al hacerlo, el top subió un par de centímetros. Me lo reacomodé despacio, tomándome el tiempo necesario, sin mirarlo. Luego lo jalé hacia abajo como si quisiera cubrirme, pero hice que al jalar el escote se abriera un poco más de lo que debía.

Lo escuché tragar saliva.

Me mordí la comisura del labio para no sonreír.

A los cuarenta minutos el bus hizo una parada en un puesto de gasolina a mitad de camino. Él se bajó sin decir nada. Pensé que iba al baño. Cuando volvió, traía dos jugos fríos en botella y me ofreció uno sin preguntar.

—Por si tiene sed —dijo.

—Gracias —acepté, mirándolo esta vez de frente.

Lo vi de cerca por primera vez. Tenía las sienes grises, la frente ancha, la mandíbula cuadrada. Los ojos color café oscuro que no parpadeaban más de lo necesario. No era guapo en el sentido convencional de la palabra, pero tenía algo que los hombres más jóvenes rara vez tienen: esa presencia tranquila de alguien que sabe lo que quiere y no necesita apresurarse para conseguirlo.

—¿Va lejos? —preguntó, abriendo su propio jugo.

—Hasta el otro lado. ¿Y usted?

—Me bajo antes. En San Pelayo.

Le dije que qué coincidencia, que yo había pasado por ahí de niña cuando visitaba a mi familia. Él sonrió por primera vez. Nos dijimos nuestros nombres —él era Esteban, ingeniero, viajaba esa ruta dos veces al mes por trabajo— y hablamos de cosas menores durante varios minutos. Pero mientras hablábamos, su pierna fue acercándose a la mía despacio, centímetro a centímetro, con la misma paciencia con que había esperado a que yo lo mirara, hasta que nuestros muslos quedaron en contacto a través de las telas.

No me moví.

Él tampoco.

***

Fue entonces cuando apagaron las luces del bus. Solo quedaron los pequeños focos anaranjados del pasillo, suficientes para ver sombras pero no detalles. La mayoría de los pasajeros ya dormían o tenían los ojos cerrados. Ese silencio cómplice que solo existe en los trayectos nocturnos, cuando el mundo de afuera desaparece y queda solo el sonido grave del motor y la oscuridad corriéndose por las ventanas.

Esteban sacó del bolso una cobija delgada, de esas que uno lleva para los buses con el aire acondicionado al máximo. La desplegó sobre los dos sin preguntar, con la naturalidad de alguien que ya había tomado una decisión.

—El aire está fuerte —dijo en voz muy baja.

—Sí —respondí, igual de baja.

Debajo de la cobija, su mano buscó la mía. No como un manoseo apresurado. Con calma. Sus dedos encontraron los míos y se cerraron un momento sobre ellos, tanteando, esperando una señal. Yo no los rechacé. Mi corazón había empezado a latir de una manera que no tenía nada que ver con el miedo.

Su mano se desplazó entonces hacia mi muslo. Despacio. Sin apresurarse. Comenzó a acariciarme la parte interior del muslo, cerca del borde del short, trazando círculos lentos con las yemas de los dedos sobre mi piel. Me tensé. No de incomodidad, sino esa tensión que aparece cuando el cuerpo reconoce algo antes de que la cabeza lo decida.

Me incliné hacia él con la excusa de acomodar la cobija y en ese movimiento pasé mi pecho rozando su hombro. Él giró levemente la cara y sus labios quedaron a centímetros de mi cuello.

—Eres peligrosa —murmuró.

—No tengo ni idea de qué habla —respondí.

Pero deslicé mi mano bajo la cobija y la posé sobre su muslo.

Sentí que se tensó. Luego noté, contra la palma de mi mano, la presión inconfundible de una erección apretándose contra la tela del pantalón. El corazón me dio un vuelco.

Lo toqué por encima de la tela, despacio, y escuché cómo contenía la respiración en un hilo.

***

No sé quién tomó la iniciativa a continuación. Creo que los dos lo hicimos al mismo tiempo. Su mano encontró el borde de mi short y sus dedos se colaron por debajo, buscando el elástico de la ropa interior. Los míos encontraron el cierre de su pantalón.

—Aquí no —murmuré, echando un vistazo al pasillo.

—Los demás duermen —respondió, también muy bajo.

Y sí, dormían. El hombre del asiento de adelante roncaba suavemente. Una señora tres filas más atrás tenía la cabeza apoyada contra la ventana. Nadie prestaba atención a nada que no fuera su propio silencio.

Sus dedos empujaron la tela a un lado y me tocó directamente. Me abrió con la delicadeza firme de alguien que sabe exactamente dónde meter la mano. No fue un roce tímido: fue presión, calor, dedos hundiéndose en mi humedad hasta hacerme soltar el aire de golpe. Estaba ya empapada, y él lo notó de inmediato, como si lo sintiera bajo sus dedos antes de verlo.

—Estás hecha una puta de hambre —susurró, y la suciedad de esa frase me sacudió entero el cuerpo.

Yo le abrí el pantalón con cuidado, lo justo para sacar lo que buscaba. Era grueso, caliente entre mis dedos, firme de una manera que no dejaba lugar a dudas. Le bajé la pretina apenas lo suficiente y metí la mano dentro, rodeándolo despacio, sintiendo la piel lisa, la vena palpitando bajo mi palma, el prepucio húmedo en la punta. Empecé a acariciarlo con el mismo ritmo lento con que él me metía y sacaba los dedos, y durante un tiempo del que perdí toda noción, nos tuvimos así: sus dedos hundidos en mi coño, mi mano tragándose su verga, los dos mirando al frente como si estuviéramos viendo el paisaje nocturno.

Me mordí el labio tantas veces que lo tenía en carne viva.

Introdujo un segundo dedo y arqueé la espalda apenas unos centímetros. Me abrió más, empujando en esa zona blanda que me hizo estremecerme de pies a cabeza. Yo apreté la mano alrededor de su polla con más fuerza, deslizándola desde la base hasta la cabeza, sintiendo cada pulso, cada latido de sangre contra mi palma. Él me buscó la cara con la mano libre y me cubrió la boca con la palma, suave pero firme, justo cuando un gemido pequeño y traicionero intentó escapar de mi garganta.

—Shh —dijo, y me besó la sien.

Su mano seguía dentro de mí, moviéndose con una paciencia cruel. Me frotaba el clítoris con el pulgar mientras los dedos me abrían por dentro, y yo ya estaba tan mojada que el roce sonaba bajito, obsceno, atrapado entre la cobija y el asiento. El bus se movió sobre un bache y eso hizo que el ángulo cambiara; él aprovechó para hundirme más los dedos, rectos, hasta hacerme tensar las caderas contra el borde del asiento. Su respiración se volvió más pesada, más rota. Yo me apretaba contra su mano y contra la mía, sintiendo cómo su polla latía en mi puño cada vez que le apretaba la cabeza o pasaba el pulgar por debajo del glande.

Sentí el orgasmo acercarse como una ola desde lejos. Me giré hacia él y enterré la cara en su cuello para ahogar el sonido cuando llegó. Fue breve y violento. El cuerpo se me sacudió entero, las piernas me temblaron, y tuve que clavar los dedos en su antebrazo para no hacer ruido. Él siguió moviendo la mano hasta exprimir el último espasmo, sin dejarme escapar del todo, y luego la retiró despacio, como si le diera tiempo a mi cuerpo de recordar lo que acababa de pasar.

—Así, nena —murmuró—. Qué coño de calor tienes.

***

Cuando me recuperé, me deslicé más abajo en el asiento y, manteniéndome bajo la cobija, bajé la cabeza hacia su regazo. Él contuvo la respiración de golpe. Lo tomé con la mano y pasé la lengua despacio por la punta, solo una vez, solo para ver cómo reaccionaba. La cabeza de su verga estaba húmeda, dura, y el sabor salado, fuerte, me llenó la boca. Lo sentí agarrarse al apoyabrazos con los nudillos blancos.

Seguí acariciándolo con la mano mientras le daba pequeños besos, sin prisa, sin ruido. Bajé un poco más y lo metí entre los labios, tragándomelo hasta donde pude sin perder el control del movimiento. El bus ronroneaba en la oscuridad. Una curva pronunciada nos balanceó a los dos y aproveché el vaivén para tomarlo un poco más profundo. Su polla me llenó la boca con una presión deliciosa; el prepucio se deslizó húmedo contra mi lengua y el sabor de él me hizo cerrar los ojos un instante. Sus dedos encontraron mi nuca y se cerraron suaves sobre ella, sin empujar, sin dirigir, como si apenas contuviera las ganas de agarrarme la cabeza y follarme la boca.

Volví a subir y bajar despacio, chupando la cabeza, pasando la lengua por debajo, rodeándolo con la mano para que cada movimiento fuera más apretado, más caliente. Él respiraba como un animal al que le faltara aire. Noté cómo se le tensaban los muslos, cómo la verga se le hacía todavía más dura dentro de mi boca cada vez que la humedecía con saliva. Cuando lo sentí llegar al límite, supe que estaba a punto por la forma en que los abdominales se le pusieron duros y la mano en mi nuca apretó apenas un poco más.

Se corrió mordiéndose su propio labio, con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, sin emitir un solo sonido. Sentí la descarga caliente llenándome la boca, espesa, salada, abundante, y me lo tragué despacio, sin apartarme hasta sacarle el último temblor. Cuando terminé, le limpié la punta con la lengua una vez más, por puro gusto, y me quedé un segundo mirando cómo seguía respirando a tirones.

Me limpié con un pañuelo de su bolsillo que él sacó y me ofreció sin que yo pidiera. Me reacomodé el short. Volví a acomodarme en el asiento como si nada de lo anterior hubiera pasado.

Estuvimos en silencio varios minutos.

—Eres increíble —dijo al fin, con la voz todavía un poco ronca.

No respondí. Solo sonreí hacia la ventana.

***

Cuarenta minutos después el bus redujo la velocidad al entrar a San Pelayo. Esteban se acomodó la ropa con calma, guardó la cobija, recogió su bolso del compartimento superior. Antes de ponerse de pie, buscó mi mano una última vez bajo la cobija y la apretó un segundo.

—¿Me das tu número? —preguntó.

Se lo di. No sé bien por qué, pero se lo di.

Lo seguí con la vista desde la ventana mientras cruzaba el andén iluminado de la terminal. Una mujer de su edad lo esperaba junto a la salida: bien peinada, con un abrigo claro y una cartera grande al hombro. Él le dio un beso en la mejilla y le puso la mano en la espalda mientras caminaban juntos hacia el estacionamiento, despacio, sin prisa.

Me quedé mirando hasta que desaparecieron entre los demás viajeros.

El bus arrancó de nuevo.

***

Esa semana me llamó cuatro veces desde un número que no reconocí hasta que lo guardé. No le contesté ninguna. No supe cómo explicarme a mí misma que lo que había pasado en ese bus me había gustado precisamente porque no tenía nombre, porque existía solo en esa burbuja oscura y en movimiento que era un asiento junto a la ventana en una carretera sin luz.

Todavía pienso en eso a veces. En sus dedos, en su calma, en cómo me cubrió la boca para que no hiciera ruido. Y pienso también en la mujer del andén, en cómo él le puso la mano en la espalda como si las últimas tres horas no hubieran ocurrido nunca.

A veces fantaseo con encontrármelo de nuevo. Con que el bus hace una parada larga, que hay un motel cerca de la carretera y que esta vez podemos terminar lo que empezamos sin cobijas de por medio, sin pasajeros dormidos alrededor, sin el reloj del viaje marcando el tiempo que queda.

Pero también sé que parte de lo que lo hizo tan bueno fue precisamente eso: que no terminó. Que quedó ahí, suspendido en la oscuridad de una carretera, completo en su propia manera incompleta.

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4.3(12)

Comentarios(10)

Inquieto68

Increible!!! Justo el tipo de relato que buscaba. Gracias.

GenteBCN

Por favor seguí, quede con ganas de saber como termino todo esto jaja

Marcos_BA

Me recordo a un viaje largo que hice hace tiempo... ciertas miradas que no se olvidan facilmente. Muy bien narrado.

Nano

La tension que se genera antes de que pase algo es lo mejor del relato. Eso no lo logra cualquiera.

Viky

Genial como describe las manos, se siente todo muy real. Sigue escribiendo!

rodorico

Se hizo corto, queriamos mas :)

pedro_nocturno

Jajaja esa mirada que lo sabe todo... tremendo, me mato la descripcion. Excelente relato.

AlexSmith1984

Muy buen ritmo de principio a fin, sin momentos muertos. Se nota que sabes escribir. Espero el proximo con ganas.

Raul

Buenisimo!! Sigue asi

Elisa77

Que calor!! Gracias por compartirlo, de verdad :)

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