Lo que hacíamos en la oficina cuando todos se iban
Hacía casi un mes que no conseguíamos estar a solas. Las parejas que trabajan a turnos rotativos conocen bien esa frustración, pero cuando además la relación es clandestina, todo se complica el triple. Ella vivía con su hija de diecisiete años y yo llevaba semanas instalado en el sofá de un colega porque una avería de agua había dejado mi piso en manos de obreros. Encontrar un hueco para vernos fuera del trabajo era prácticamente imposible.
Nuestro único punto de encuentro era la oficina. Y durante varias semanas, ni siquiera eso. Turnos opuestos, días libres que no coincidían, guardias que se solapaban mal. Hasta que por fin, una semana de abril, nos tocó el mismo turno de tarde durante cuatro días seguidos.
El turno de tarde tenía una ventaja enorme: a partir de las seis, la oficina se vaciaba. Los jefes se iban, el trasiego de gente disminuía y quedábamos los de siempre, cada uno metido en su pantalla, con los auriculares puestos y cero ganas de socializar.
Nuestra delegación no era grande. Una sala principal abierta donde convivían varios departamentos, rodeada de despachos acristalados. Un pasillo conectaba con otra sala simétrica al fondo. Arriba, salas de reuniones, un cuarto de descanso para las guardias nocturnas y un par de cubículos. Abajo, el almacén, el comedor, la sala de fotocopias y los servidores.
El primer día fue inocente. O casi. Adriana vino a mi despacho con la excusa de revisar un informe. Se inclinó sobre mi escritorio y su blusa dejó entrever un sujetador de encaje negro que no era casual. Olía a ese perfume suyo con notas de jazmín que me desconcentraba por completo. Cuando se fue, tardé varios minutos en volver a enfocar la pantalla.
Media hora después, fui yo quien cruzó la sala hasta su despacho. Necesitaba comprobar unos datos en su ordenador, o al menos esa fue la versión oficial. Me coloqué a su lado, inclinándome hacia la pantalla, y mi mano rozó la suya sobre el ratón. Ninguno de los dos la retiró.
Así empezó el juego.
***
El segundo día, Adriana apareció con un vestido camisero abotonado por delante. Los botones de arriba cumplían su función, pero los de abajo parecían haberse declarado en huelga. Cada vez que cruzaba las piernas bajo su escritorio, la tela se abría dejando ver la piel de sus muslos y el borde de una braga color melocotón que combinaba con su sujetador.
Mis visitas a su despacho se multiplicaron. Excusas absurdas: un Excel que no cuadraba, una duda sobre un proveedor, un correo que supuestamente no me había llegado. Cada vez que me inclinaba sobre su mesa, ella deslizaba la mano por mi espalda hasta llegar al cinturón. A veces más abajo. Movimientos breves, calculados, que duraban apenas unos segundos pero que me dejaban con el pulso alterado durante una hora.
Yo le devolvía el gesto cuando era ella quien venía a mi territorio. Mi mano encontraba su cadera mientras señalaba algo en la pantalla. Los dedos bajaban un poco más, rozando la tela del vestido por la parte externa del muslo. Ella facilitaba el contacto apoyándose en el borde del escritorio y separando ligeramente las piernas, como quien simplemente busca una postura más cómoda.
Solo una persona parecía notar algo. Lucía, una becaria que trabajaba en una de las mesas más alejadas de la sala, levantaba la vista de su teclado cada vez que uno de los dos cruzaba hacia el despacho del otro. Nos seguía con la mirada unos segundos, sin expresión, y volvía a lo suyo. Nunca dijo nada.
***
El tercer día las cosas se intensificaron. Los roces se convirtieron en algo más deliberado. En el pasillo de la fuente de agua, mi mano pasó por encima de su pantalón mientras ella llenaba el vaso. Junto a la nevera del comedor, mis dedos subieron por debajo de su blusa y encontraron sus pezones duros a través de la tela del sujetador. Ella contuvo un suspiro y me miró con los ojos entrecerrados.
—Estás jugando con fuego —murmuró.
—Tú empezaste —respondí.
No era del todo cierto, pero tampoco importaba quién había empezado. A esas alturas los dos estábamos ardiendo.
Adriana se vengaba con una precisión quirúrgica. Un beso furtivo en la nuca cuando yo estaba sentado revisando documentos. Su mano acariciándome por encima del pantalón mientras fingía leer algo en mi pantalla. Un mordisco en el lóbulo de la oreja que me obligó a cerrar los ojos y agarrarme al borde de la mesa.
Al llegar a casa cada noche, los mensajes seguían. Fotos sugerentes, audios en voz baja, conversaciones que subían de tono hasta que alguno de los dos no aguantaba más y dejaba de responder durante un rato. Después volvíamos, como si no pudiéramos parar.
***
El sábado fue el peor día. O el mejor, según se mire. Había menos gente en la oficina, lo que nos daba más libertad para movernos, pero las pocas personas que quedaban empezaron a notarnos. O al menos eso nos pareció. Decidimos ampliar el territorio. La cafetera de la planta baja, la sala de fotocopias, el comedor vacío. Cada rincón se convirtió en una oportunidad.
Los piquitos de días anteriores dieron paso a besos largos y profundos. Adriana me mordía el labio inferior mientras yo la agarraba por las caderas y la pegaba a mi cuerpo. Junto a la puerta de la sala de descanso, ella me bajó la cremallera del pantalón y metió la mano dentro. Sus dedos me encontraron duro y caliente, y durante unos segundos que parecieron eternos, me acarició con una lentitud deliberada que me hizo apretar los dientes.
Cerca de los baños, mi mano se coló bajo su blusa y le subí el sujetador. Sus pechos quedaron libres contra mi palma y sentí cómo su respiración se aceleraba. Nos miramos a los ojos y los dos supimos que estábamos al límite.
Mi erección era constante, incluso dolorosa. En cualquier otra circunstancia habríamos terminado follando en alguno de los despachos vacíos, pero la edad te da algo de sensatez. Si nos pillaban, seríamos la comidilla de la empresa durante meses. Ya teníamos que ir con cuidado para esquivar las cámaras de seguridad y a los guardias que patrullaban los pasillos más por aburrimiento que por protocolo.
Pero la excitación acumulada nos empujó a cometer la mayor estupidez que dos adultos pueden hacer en una oficina.
***
Fue idea de ella. O mía. Ya no recuerdo. Habíamos estado bromeando con eso durante toda la tarde, medio en serio, medio en broma, hasta que dejó de ser broma.
Quedamos en la sala de fotocopias. Cuando llegué, Adriana ya estaba frente a la máquina, desabotonándose la blusa con una calma que contrastaba con el brillo de sus ojos. Me acerqué por detrás y mis manos rodearon su cintura. Empecé a besarle el cuello, la curva donde se une con el hombro, ese punto que siempre la hacía inclinar la cabeza hacia un lado.
Mientras una de mis manos subía hacia sus pechos, la otra bajó hasta el botón de su pantalón y lo desabrochó. Mis dedos se deslizaron por debajo de la tela de su ropa interior. Estaba empapada. El contacto me arrancó un gemido bajo que intenté ahogar contra su cuello.
Ella se estremeció cuando mis dedos encontraron su punto exacto. Se agarró al borde de la fotocopiadora con las dos manos, respirando entrecortadamente. Pero no habíamos bajado para eso. O no solo para eso.
Se subió el sujetador con un gesto decidido, dejando sus pechos al descubierto. Se inclinó sobre el cristal de la máquina, acomodándose, y pulsó el botón. Una luz blanca y cegadora barrió la superficie de lado a lado.
En ese instante exacto, una puerta cortafuegos se cerró con un golpe seco en algún punto del pasillo.
El corazón se me subió a la garganta. Me quedé paralizado. Adriana, en cambio, reaccionó con una rapidez que me dejó atónito. En lo que tardé en parpadear, ya se había bajado el sujetador, abrochado la blusa y alisado la tela. Yo agarré un montón de folios en blanco que había junto a la máquina y me quedé ahí plantado, como un idiota sosteniendo papel sin propósito alguno.
Unos segundos después, uno de los guardias de seguridad pasó por delante de la puerta abierta. Caminaba con la cabeza gacha, absorto en su teléfono. Al levantar la vista y vernos, pegó un respingo y soltó un grito ahogado.
—¡Joder, qué susto! No esperaba encontrar a nadie aquí abajo —dijo llevándose la mano al pecho.
Yo todavía no había recuperado la capacidad de hablar. Adriana, mucho más entera, recogió con un movimiento fluido la fotocopia que había salido por la bandeja, la dobló en cuatro y se la pegó al cuerpo, tapando de paso el botón de su pantalón que seguía desabrochado.
—Tú también nos has asustado. Creímos que pasaba algo grave —dijo ella con una naturalidad que bordeaba lo criminal.
—Qué va, vi la luz encendida y vine a apagarla. Hoy en día nadie apaga nada. En fin, no descansáis nunca, ¿eh? Buenas noches. Y apagad la luz cuando salgáis, por favor —dijo dándose la vuelta y volviendo a concentrarse en su móvil mientras se alejaba por el pasillo.
Tuve que sentarme en una silla desvencijada que había en la esquina. El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes. Adriana se abrochó el pantalón, se ajustó la blusa y guardó la fotocopia doblada en el bolsillo trasero. Me miró con una mezcla de alivio y risa contenida.
—¿Crees que nos ha visto algo? —pregunté cuando por fin pude articular palabras.
—Ni de lejos. Estaba más pendiente del partido que de nosotros. Si hubiéramos tenido la luz apagada, habría pasado de largo sin enterarse de nada.
Su explicación me convenció. O al menos quise que me convenciera. Mi erección había desaparecido por completo, sustituida por una descarga de adrenalina que me temblaba en las manos.
Adriana se apoyó en la fotocopiadora y se cruzó de brazos.
—No podemos seguir así —dijo en un tono más serio—. En mi peor época, cuando estaba hecha un desastre, la empresa me toleró muchas cosas. Llegadas tarde, ausencias sin justificar, días enteros en los que apenas funcionaba. Nunca me dijeron nada directamente, pero lo sé. Hay gente que se lo tiene guardado. Sería absurdo que después de todo eso me echaran por follar con un compañero en la sala de fotocopias.
Asentí. Tenía toda la razón.
Se acercó y me dio un beso suave en la mejilla. Sus labios se quedaron ahí un segundo más de lo necesario.
—Me voy a mi despacho. Nos vemos a las once en la salida.
Solo pude asentir con la cabeza. Esperé un par de minutos, me levanté, apagué la luz y subí a mi despacho. No volví a salir de él hasta que llegó mi relevo.
***
En el coche, ya en el aparcamiento vacío, nos besamos durante un rato largo sin decir nada. Su mano encontró la mía y entrelazó los dedos.
—Tenemos que encontrar un sitio —dijo contra mis labios.
—Lo sé.
—Pronto.
—Lo sé —repetí.
Nos separamos y cada uno se fue a su casa. Esa noche, tumbado en el sofá de mi amigo, miré el techo durante una hora sin poder dormir. Todavía podía sentir el calor de su piel bajo mis dedos, el olor de su perfume en mi cuello, la textura húmeda de su ropa interior. Todavía podía ver la luz blanca de la fotocopiadora barriendo sus pechos desnudos.
Pronto, pensé. Tiene que ser pronto.