Lo que hacíamos en la oficina cuando todos se iban
Hacía casi un mes que no conseguíamos estar a solas. Las parejas que trabajan a turnos rotativos conocen bien esa frustración, pero cuando además la relación es clandestina, todo se complica el triple. Ella vivía con su hija de diecinueve años y yo llevaba semanas instalado en el sofá de un colega porque una avería de agua había dejado mi piso en manos de obreros. Encontrar un hueco para vernos fuera del trabajo era prácticamente imposible.
Nuestro único punto de encuentro era la oficina. Y durante varias semanas, ni siquiera eso. Turnos opuestos, días libres que no coincidían, guardias que se solapaban mal. Hasta que por fin, una semana de abril, nos tocó el mismo turno de tarde durante cuatro días seguidos.
El turno de tarde tenía una ventaja enorme: a partir de las seis, la oficina se vaciaba. Los jefes se iban, el trasiego de gente disminuía y quedábamos los de siempre, cada uno metido en su pantalla, con los auriculares puestos y cero ganas de socializar.
Nuestra delegación no era grande. Una sala principal abierta donde convivían varios departamentos, rodeada de despachos acristalados. Un pasillo conectaba con otra sala simétrica al fondo. Arriba, salas de reuniones, un cuarto de descanso para las guardias nocturnas y un par de cubículos. Abajo, el almacén, el comedor, la sala de fotocopias y los servidores.
El primer día fue inocente. O casi. Adriana vino a mi despacho con la excusa de revisar un informe. Se inclinó sobre mi escritorio y su blusa dejó entrever un sujetador de encaje negro que no era casual. Olía a ese perfume suyo con notas de jazmín que me desconcentraba por completo. Cuando se fue, tardé varios minutos en volver a enfocar la pantalla, y otros tantos en bajarme la erección que se me había puesto solo con verle el escote y adivinarle los pezones apretados contra el encaje.
Media hora después, fui yo quien cruzó la sala hasta su despacho. Necesitaba comprobar unos datos en su ordenador, o al menos esa fue la versión oficial. Me coloqué a su lado, inclinándome hacia la pantalla, y mi mano rozó la suya sobre el ratón. Ninguno de los dos la retiró. Bajé los dedos por su muñeca, por el antebrazo, y le acaricié la cara interior del codo. Ella soltó un suspiro casi imperceptible y separó los muslos bajo la mesa lo justo para que yo lo notara.
Así empezó el juego.
***
El segundo día, Adriana apareció con un vestido camisero abotonado por delante. Los botones de arriba cumplían su función, pero los de abajo parecían haberse declarado en huelga. Cada vez que cruzaba las piernas bajo su escritorio, la tela se abría dejando ver la piel de sus muslos y el borde de una braga color melocotón que combinaba con su sujetador.
Mis visitas a su despacho se multiplicaron. Excusas absurdas: un Excel que no cuadraba, una duda sobre un proveedor, un correo que supuestamente no me había llegado. Cada vez que me inclinaba sobre su mesa, ella deslizaba la mano por mi espalda hasta llegar al cinturón. A veces más abajo, apretándome el bulto por encima del pantalón con la palma abierta, midiéndome, sopesándome, dejándome claro que sabía perfectamente lo que hacía. Movimientos breves, calculados, que duraban apenas unos segundos pero que me dejaban con la polla dura y palpitante durante una hora, atrapada de lado dentro del calzoncillo, imposible de disimular sin cruzar las piernas.
Yo le devolvía el gesto cuando era ella quien venía a mi territorio. Mi mano encontraba su cadera mientras señalaba algo en la pantalla. Los dedos bajaban un poco más, rozando la tela del vestido por la parte externa del muslo, subiendo poco a poco por debajo del dobladillo hasta rozarle la carne caliente. Ella facilitaba el contacto apoyándose en el borde del escritorio y separando ligeramente las piernas, como quien simplemente busca una postura más cómoda. Una tarde llegué a colar el índice bajo el elástico de la braga melocotón y le rocé el coño desde atrás. Estaba mojada. Retiré la mano antes de que se me fuera de las manos, y ella se giró y me clavó los ojos con una mirada que era una amenaza y una promesa a la vez.
Solo una persona parecía notar algo. Lucía, una becaria que trabajaba en una de las mesas más alejadas de la sala, levantaba la vista de su teclado cada vez que uno de los dos cruzaba hacia el despacho del otro. Nos seguía con la mirada unos segundos, sin expresión, y volvía a lo suyo. Nunca dijo nada.
***
El tercer día las cosas se intensificaron. Los roces se convirtieron en algo más deliberado. En el pasillo de la fuente de agua, mi mano pasó por encima de su pantalón mientras ella llenaba el vaso, ahuecando la palma sobre su culo y apretando la carne firme a través de la tela. Ella dobló ligeramente la espalda para pegarse a mí y noté mi verga endurecerse contra su cadera. Junto a la nevera del comedor, mis dedos subieron por debajo de su blusa y encontraron sus pezones duros a través de la tela del sujetador. Los pellizqué con suavidad, los rodé entre el pulgar y el índice, y ella contuvo un suspiro y me miró con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta.
—Estás jugando con fuego —murmuró.
—Tú empezaste —respondí.
No era del todo cierto, pero tampoco importaba quién había empezado. A esas alturas los dos estábamos ardiendo.
Adriana se vengaba con una precisión quirúrgica. Un beso furtivo en la nuca cuando yo estaba sentado revisando documentos, la lengua trazándome una línea corta y húmeda que me erizó todo el cuerpo. Su mano acariciándome por encima del pantalón mientras fingía leer algo en mi pantalla, los dedos recorriendo el contorno de mi polla dura desde la base hasta el glande, apretando en el punto justo hasta que solté un gruñido que tuve que disfrazar de tos. Un mordisco en el lóbulo de la oreja que me obligó a cerrar los ojos y agarrarme al borde de la mesa, mientras me susurraba al oído lo que me haría si estuviéramos solos: cómo se arrodillaría, cómo me la sacaría del pantalón, cómo se la metería entera en la boca hasta hacerme correr en su lengua.
Al llegar a casa cada noche, los mensajes seguían. Fotos sugerentes de sus tetas apretadas contra el espejo del baño, del hueco entre sus muslos con la braga apartada y el coño brillando de humedad, audios en voz baja donde me contaba cómo se estaba tocando pensando en mí, cómo tenía dos dedos metidos y el pulgar frotándose el clítoris, cómo se iba a correr diciendo mi nombre. Yo le respondía con vídeos cortos de mi mano subiendo y bajando por mi verga, del semen saliendo a chorros sobre mi vientre. Conversaciones que subían de tono hasta que alguno de los dos no aguantaba más y dejaba de responder durante un rato. Después volvíamos, como si no pudiéramos parar.
***
El sábado fue el peor día. O el mejor, según se mire. Había menos gente en la oficina, lo que nos daba más libertad para movernos, pero las pocas personas que quedaban empezaron a notarnos. O al menos eso nos pareció. Decidimos ampliar el territorio. La cafetera de la planta baja, la sala de fotocopias, el comedor vacío. Cada rincón se convirtió en una oportunidad.
Los piquitos de días anteriores dieron paso a besos largos y profundos. Adriana me mordía el labio inferior mientras yo la agarraba por las caderas y la pegaba a mi cuerpo, restregándole la polla dura contra el bajo vientre para que sintiera lo que me estaba haciendo. Junto a la puerta de la sala de descanso, ella me bajó la cremallera del pantalón y metió la mano dentro. Sus dedos me encontraron duro y caliente, envolvieron mi verga por encima del calzoncillo primero y luego debajo, piel contra piel, y durante unos segundos que parecieron eternos me acarició con una lentitud deliberada, apretando la base, subiendo hasta el glande, esparciendo con el pulgar la gota de líquido preseminal que ya había asomado. Tuve que apretar los dientes y agarrarme al marco de la puerta para no gemir.
—Estás empapado —murmuró satisfecha, mientras seguía masturbándome con esa cadencia lenta y perversa—. Si te la sigo tocando así te vas a correr en mi mano.
—Para —le pedí en un hilo de voz—. Para o me corro aquí mismo.
Retiró la mano y se llevó el pulgar mojado a la boca, chupándolo delante de mí sin apartarme los ojos. Casi me acabo ahí mismo, sin tocarme.
Cerca de los baños, mi mano se coló bajo su blusa y le subí el sujetador. Sus pechos quedaron libres contra mi palma y sentí cómo su respiración se aceleraba. Le pellizqué los pezones duros, se los estiré un poco, y ella arqueó la espalda pegando la vulva contra mi muslo. Bajé la boca y le atrapé uno entre los labios por encima de la blusa desabrochada, chupándolo a través de la tela, mordiéndolo con cuidado hasta que ella soltó un gemido ronco que tuvo que ahogar contra mi hombro. Nos miramos a los ojos y los dos supimos que estábamos al límite.
Mi erección era constante, incluso dolorosa. En cualquier otra circunstancia habríamos terminado follando en alguno de los despachos vacíos, con ella doblada sobre el escritorio y yo metiéndosela hasta el fondo por detrás, pero la edad te da algo de sensatez. Si nos pillaban, seríamos la comidilla de la empresa durante meses. Ya teníamos que ir con cuidado para esquivar las cámaras de seguridad y a los guardias que patrullaban los pasillos más por aburrimiento que por protocolo.
Pero la excitación acumulada nos empujó a cometer la mayor estupidez que dos adultos pueden hacer en una oficina.
***
Fue idea de ella. O mía. Ya no recuerdo. Habíamos estado bromeando con eso durante toda la tarde, medio en serio, medio en broma, hasta que dejó de ser broma.
Quedamos en la sala de fotocopias. Cuando llegué, Adriana ya estaba frente a la máquina, desabotonándose la blusa con una calma que contrastaba con el brillo de sus ojos. Me acerqué por detrás y mis manos rodearon su cintura. Empecé a besarle el cuello, la curva donde se une con el hombro, ese punto que siempre la hacía inclinar la cabeza hacia un lado.
Mientras una de mis manos subía hacia sus pechos y se los amasaba por encima del sujetador de encaje, la otra bajó hasta el botón de su pantalón y lo desabrochó. Le bajé la cremallera hasta el final y colé la mano por dentro. Mis dedos se deslizaron por debajo de la tela de su ropa interior. Estaba empapada. La braga estaba tan mojada que se le pegaba a los labios del coño, y en cuanto mi dedo corazón se abrió paso entre los pliegues encontré el clítoris hinchado, resbaladizo, latiendo como un pulso pequeño y desesperado. El contacto me arrancó un gemido bajo que intenté ahogar contra su cuello.
—Joder... —susurró ella, echando el culo hacia atrás y frotándomelo contra la bragueta—. Llevo toda la tarde así. Toda la puta tarde.
Le describí círculos lentos sobre el clítoris, primero con un dedo, luego con dos, y bajé el corazón hasta la entrada de su coño. Estaba tan abierta y mojada que se me metió hasta los nudillos sin apenas resistencia. Empecé a bombeársela con la mano, curvando el dedo dentro para buscarle ese punto esponjoso que la volvía loca, mientras la palma le seguía trabajando el clítoris a cada empujón. Ella se estremeció, se agarró al borde de la fotocopiadora con las dos manos, respirando entrecortadamente, apretando el culo contra mi verga a cada envite de mis dedos. Le metí un segundo, y luego un tercero, y noté cómo sus paredes internas se contraían apretándome con fuerza. Estaba a nada de correrse.
Pero no habíamos bajado para eso. O no solo para eso.
Se subió el sujetador con un gesto decidido, dejando sus pechos al descubierto. Grandes, pesados, con los pezones oscuros y erguidos, brillantes de saliva porque en algún momento se los había chupado ella misma sin que yo me diera cuenta. Se inclinó sobre el cristal de la máquina, acomodándose, aplastando las tetas contra la superficie fría, y pulsó el botón. Una luz blanca y cegadora barrió la superficie de lado a lado.
En ese instante exacto, una puerta cortafuegos se cerró con un golpe seco en algún punto del pasillo.
El corazón se me subió a la garganta. Me quedé paralizado, con los dedos todavía brillantes de sus flujos. Adriana, en cambio, reaccionó con una rapidez que me dejó atónito. En lo que tardé en parpadear, ya se había bajado el sujetador, abrochado la blusa y alisado la tela. Yo agarré un montón de folios en blanco que había junto a la máquina y me quedé ahí plantado, como un idiota sosteniendo papel sin propósito alguno, con la polla marcándose en el pantalón y una mano todavía olorosa a coño que escondí a la espalda.
Unos segundos después, uno de los guardias de seguridad pasó por delante de la puerta abierta. Caminaba con la cabeza gacha, absorto en su teléfono. Al levantar la vista y vernos, pegó un respingo y soltó un grito ahogado.
—¡Joder, qué susto! No esperaba encontrar a nadie aquí abajo —dijo llevándose la mano al pecho.
Yo todavía no había recuperado la capacidad de hablar. Adriana, mucho más entera, recogió con un movimiento fluido la fotocopia que había salido por la bandeja, la dobló en cuatro y se la pegó al cuerpo, tapando de paso el botón de su pantalón que seguía desabrochado.
—Tú también nos has asustado. Creímos que pasaba algo grave —dijo ella con una naturalidad que bordeaba lo criminal.
—Qué va, vi la luz encendida y vine a apagarla. Hoy en día nadie apaga nada. En fin, no descansáis nunca, ¿eh? Buenas noches. Y apagad la luz cuando salgáis, por favor —dijo dándose la vuelta y volviendo a concentrarse en su móvil mientras se alejaba por el pasillo.
Tuve que sentarme en una silla desvencijada que había en la esquina. El corazón me latía tan fuerte que podía sentirlo en las sienes. Adriana se abrochó el pantalón, se ajustó la blusa y guardó la fotocopia doblada en el bolsillo trasero. Me miró con una mezcla de alivio y risa contenida.
—¿Crees que nos ha visto algo? —pregunté cuando por fin pude articular palabras.
—Ni de lejos. Estaba más pendiente del partido que de nosotros. Si hubiéramos tenido la luz apagada, habría pasado de largo sin enterarse de nada.
Su explicación me convenció. O al menos quise que me convenciera. Mi erección había desaparecido por completo, sustituida por una descarga de adrenalina que me temblaba en las manos.
Adriana se apoyó en la fotocopiadora y se cruzó de brazos.
—No podemos seguir así —dijo en un tono más serio—. En mi peor época, cuando estaba hecha un desastre, la empresa me toleró muchas cosas. Llegadas tarde, ausencias sin justificar, días enteros en los que apenas funcionaba. Nunca me dijeron nada directamente, pero lo sé. Hay gente que se lo tiene guardado. Sería absurdo que después de todo eso me echaran por follar con un compañero en la sala de fotocopias.
Asentí. Tenía toda la razón.
Se acercó y me dio un beso suave en la mejilla. Sus labios se quedaron ahí un segundo más de lo necesario. Después bajó la boca hasta mi oído y susurró con la voz enronquecida:
—Pero como te encuentre un sitio, te juro que no vas a poder andar al día siguiente. Te voy a chupar la polla hasta dejarte seco, y después me la vas a meter hasta el fondo. En todos los agujeros. ¿Me oyes?
Solo pude asentir con la cabeza, la boca seca y la verga otra vez despertando dentro del pantalón. Esperé un par de minutos, me levanté, apagué la luz y subí a mi despacho. No volví a salir de él hasta que llegó mi relevo.
***
En el coche, ya en el aparcamiento vacío, nos besamos durante un rato largo sin decir nada. Su mano encontró la mía y entrelazó los dedos, y después la guio hasta su entrepierna, apretándomela contra el vaquero para que sintiera el calor a través de la tela. Su mano encontró la mía y entrelazó los dedos.
—Tenemos que encontrar un sitio —dijo contra mis labios.
—Lo sé.
—Pronto.
—Lo sé —repetí.
Nos separamos y cada uno se fue a su casa. Esa noche, tumbado en el sofá de mi amigo, miré el techo durante una hora sin poder dormir. Todavía podía sentir el calor de su coño empapado apretándome los dedos, el olor de su perfume mezclado con el de su sexo en mi mano, la textura húmeda de su ropa interior pegada a los labios hinchados. Todavía podía ver la luz blanca de la fotocopiadora barriendo sus pechos desnudos, los pezones aplastados contra el cristal.
Terminé sacándomela ahí mismo, bajo la manta, y me hice una paja lenta y silenciosa reviviendo cada segundo: sus dedos rodeándome la verga junto a la sala de descanso, su lengua chupándose el pulgar mojado de mi preseminal, sus tres dedos de la mano libre que en algún momento se había metido ella misma en el coño mientras yo la miraba. Me corrí a los pocos minutos, mordiéndome el labio para no despertar a mi amigo, con el semen chorreándome por los nudillos y una imagen fija en la cabeza: Adriana doblada sobre la fotocopiadora, ofreciéndome el culo, esperando.
Pronto, pensé mientras me limpiaba con un pañuelo. Tiene que ser pronto.
