La noche en que ninguno de nosotros tuvo nombre
Me llamo Lucía. Tengo treinta y dos años, una vida demasiado ordenada y un par de secretos que nunca le contaré a nadie. Este es el más grande de todos.
El año pasado, una amiga que conocí en un curso de yoga me invitó a una fiesta privada en una hacienda a las afueras de Cartagena. Me lo dijo en voz baja, en el vestuario, mientras se ponía la blusa. La regla era sencilla: máscara durante toda la noche, sin nombres, sin teléfonos, sin fotos. Lo que pasara dentro se quedaba dentro. Le pregunté qué clase de fiesta era exactamente. Ella se rio y me contestó que ya lo entendería cuando llegara.
Tardé tres semanas en decir que sí. Llevaba dos años sin tocar a nadie, dos años desde el divorcio, dos años de masturbarme en silencio pensando en cosas que nunca me había permitido decir en voz alta. La idea de un lugar donde nadie podría reconocerme empezó a parecerme menos un capricho y más una salida de emergencia.
Compré la máscara en una tienda del centro histórico: terciopelo negro con bordes dorados, cubría desde la frente hasta la mitad de la nariz. Dejaba al descubierto los labios y los ojos. Eso era todo lo que iba a mostrar de mi cara. Por debajo me puse una capa larga de seda granate que mi abuela había guardado durante décadas en un baúl. Y debajo de la capa, nada. Ni ropa interior. Ni medias. Ni siquiera tacones. Iba descalza, con el cuerpo recién depilado, perfumada en sitios que nadie debería verme.
El taxi me dejó en un portón de hierro forjado. Una mujer enmascarada me revisó el bolso, me pidió el teléfono y me lo guardó en una caja con un número escrito a mano. Me dijo que respirara hondo y que entrara cuando me sintiera lista. Me quedé un minuto entero en el patio, oyendo la salsa que salía amortiguada por las paredes coloniales. El olor a ron añejo y a sudor empezaba a colarse por las rendijas.
Crucé la puerta y el calor del Caribe me golpeó la cara. Las luces eran rojas, bajas, casi todas velas dispuestas en candelabros. Había gente bailando en el patio interior, otros bebiendo recostados en sillones de cuero, dos mujeres riéndose mientras se besaban contra una columna. Nadie me miró raro. Nadie me miró, en realidad: aquí todo el mundo era anónimo y todo el mundo lo daba por sentado.
Me deshice de la capa en un pasillo lateral. La doblé sobre un perchero de madera. El aire de los ventiladores rozó mi piel desnuda y sentí los pezones endurecerse de golpe. No me dio vergüenza. Me dio algo más parecido al alivio.
Volví al patio caminando despacio. Sentí las miradas, todas a la vez, recorriéndome el cuello, los pechos, el vientre, la entrepierna. No bajé los ojos. Me uní a la pista, sola, dejé que la salsa lenta me moviera las caderas como mi cuerpo quisiera. La música olía a tabaco y a cuerpos.
El primero en acercarse fue un hombre alto, de espalda ancha, con una máscara de cuero que le cubría toda la cara menos la boca. Tenía el torso desnudo y un pantalón negro ajustado. No habló. Me agarró las caderas por detrás y me pegó a él. Sentí su erección a través de la tela, dura contra el inicio de mi espalda baja. Empujé el culo hacia atrás. Él soltó una risa baja contra mi nuca y deslizó una mano hacia adelante, hacia el vientre. La otra subió hasta uno de mis pechos y me apretó el pezón con dos dedos. No fue suave. No quería que lo fuera.
—Estás temblando —me dijo al oído, con un acento costeño dulce y oscuro a la vez.
—Sigue —le contesté.
Su mano siguió bajando. Pasó por encima del pubis, abrió los labios con dos dedos y encontró el clítoris al primer intento. Yo ya estaba empapada. No había forma de disimularlo. Metió un dedo, luego dos, y empezó a moverlos despacio, curvándolos, mientras yo me dejaba caer contra su pecho.
—Hace cuánto que no te toca nadie —preguntó. No era una pregunta.
—Demasiado —dije.
Una mujer apareció al frente. Máscara de plumas doradas, top transparente, un tanga mínimo. Me miró a los ojos y me besó sin pedir permiso. Su boca sabía a menta y a algo dulce. Mientras él seguía moviéndome los dedos dentro, ella bajó la cabeza y me chupó un pezón, primero suave y luego con los dientes. Solté un sonido que no reconocí como mío.
—Ven —me dijo ella, y me cogió de la mano.
***
Nos llevaron a una sala lateral con sofás bajos y cojines tirados por el suelo. Había otras tres o cuatro parejas, algunas ya enredadas, otras observando en silencio desde las esquinas. Nadie hablaba en un volumen normal: todo eran susurros, jadeos, alguna risa contenida. Era como entrar en un sueño donde las reglas habituales no aplicaban.
Me tumbaron en uno de los sofás. La mujer se arrodilló entre mis piernas y, sin ceremonias, hundió la cara entre mis muslos. Su lengua era precisa: lamió desde la entrada hasta el clítoris, lento al principio, luego marcó un ritmo que me hizo arquear la espalda. El hombre se colocó al lado de mi cabeza. Se bajó el pantalón. Me lo acercó a los labios sin pedir permiso. Lo abrí y lo recibí hasta el fondo de la garganta. Lo chupé despacio, con la mano libre apretándole la base, mientras ella me devoraba abajo.
El primer orgasmo me agarró desprevenida. Me corrí con la boca llena, las piernas cerrándose contra los hombros de ella, los muslos temblándome durante un minuto entero. Ella levantó la cara, se limpió con el dorso de la mano y se rio bajito.
—Esta apenas empieza —le dijo a él.
Cambiamos de posición. Me pusieron a cuatro patas. Él se colocó detrás, me agarró las caderas y entró de un solo empujón, lento pero firme, hasta el fondo. Tuve que cerrar los ojos. La mujer se acostó debajo de mí, boca arriba, y me ofreció su sexo. Bajé la cabeza y empecé a lamerla mientras él me embestía por detrás. Encontré un ritmo. Mi lengua subía y bajaba al compás de sus caderas chocando contra las mías.
En algún momento, ella sacó un arnés de una bolsa que había bajo el sofá. Me lo enseñó. Yo asentí con la cabeza, sin dejar de jadear. Se lo puso despacio. Cuando él terminó dentro de mí —con un gruñido ronco que me erizó la nuca—, se retiró, y ella ocupó su sitio. Me penetró con cuidado, midiendo cada centímetro. No era la primera vez que una mujer me tocaba, pero sí la primera vez que una me follaba así. Me agarré a los cojines y empujé hacia atrás. Volví a correrme, tan fuerte que mojé el sofá entero.
***
Perdí la cuenta a partir de la segunda hora. Sé que en algún momento un hombre con máscara plateada se sentó frente a mí mientras yo estaba a horcajadas sobre otro, y le hice una felación con la mano que tenía libre. Sé que dos mujeres me arrastraron a un cuarto más íntimo, con espejos en el techo, y se turnaron para tocarme con dedos, lenguas, juguetes que nunca antes había visto. Sé que en una mesa larga del comedor me tumbaron y al menos cuatro bocas distintas recorrieron mi cuerpo a la vez: una en cada pecho, otra en el cuello, otra entre las piernas. Yo solo cerraba los ojos y dejaba que pasara.
Recuerdo con nitidez un momento en el centro de la alfombra del salón principal. Estaba arrodillada. A mi alrededor, en la penumbra, había varias siluetas. No las conté. No quería contarlas. Una mano me agarró el pelo desde atrás y me guio. Pasé de boca a boca, de cuerpo a cuerpo, durante lo que podían haber sido diez minutos o una hora. La saliva me corría por la barbilla. Tenía las rodillas marcadas por el tejido áspero de la alfombra. Y, sin embargo, no me había sentido tan presente en mi propio cuerpo en años.
Cuando terminó esa parte, alguien me ayudó a levantarme y me llevó a una butaca. Me trajo agua fría en un vaso de cristal grueso. Me apartó el pelo sudado de la frente. No vi quién era. Tenía una máscara blanca, lisa, casi de porcelana. Me dio un beso en la sien, sin sexo, sin intención de nada más, y se fue. Esa pequeña ternura me desarmó más que cualquier otra cosa de la noche.
Si esto es lo que se siente al desaparecer, pensé, podría desaparecer otra vez.
***
El amanecer me sorprendió tirada en un sofá del patio interior, envuelta en una manta que no era mía, con la máscara todavía puesta. La música había bajado a un susurro. Quedaban pocos cuerpos despiertos. Olía a sudor, a sexo, a flores marchitas y a café recién hecho que alguien estaba preparando en algún sitio de la casa.
Me levanté despacio. Me dolía todo y, al mismo tiempo, no me había dolido nada en mucho tiempo. Recogí la capa granate del perchero. Me la eché por encima de los hombros. Sentí la seda contra los pechos doloridos, contra el vientre, contra los muslos. Pasé por delante de gente dormida, gente todavía enredada, gente bebiendo café en silencio sin quitarse las máscaras. Nadie me detuvo.
La mujer del portón me devolvió el teléfono dentro de su cajita numerada. Me preguntó si estaba bien y le dije que sí. No mentía. El taxi de regreso atravesó una Cartagena que apenas empezaba a despertar. Yo iba envuelta en la capa, descalza, con la máscara en el regazo, mirando las paredes coloniales pasar por la ventanilla.
Nunca volví a saber nada de nadie de aquella noche. No sé cuántas personas había. No sé si alguna me reconocería si me cruzara con ella en el supermercado. Casi seguro que no. Esa era la idea.
De aquello han pasado más de tres años. He vuelto a tener relaciones normales. Tengo un trabajo, un apartamento, una rutina decente. Pero hay noches en las que no puedo dormir y bajo a la cocina por agua, y en lugar del agua me sirvo un dedo de ron. Me siento en la encimera, descalza, y cierro los ojos. Y vuelvo a estar ahí. Vuelvo a sentir esas manos, esa salsa lenta, esa alfombra contra las rodillas, esa boca de porcelana besándome la sien al final.
Y entonces me toco. Despacio. Y me corro recordando la única noche en la que, durante unas horas, dejé de ser quien era para todos los demás.