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Relatos Ardientes

La noche de fin de año en que todo cambió entre nosotros

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La habitación del hotel estaba en el cuarto piso y olía a madera lacada y a algo suave que Lucía no supo identificar hasta después, cuando ya no le importó nada que no fuera la polla de Andrés. Llegó primero, como habían acordado, y se sentó en el borde de la cama con el abrigo todavía puesto, mirando el reloj con más frecuencia de lo que habría querido admitir. Afuera, la ciudad se preparaba para despedir el año. Ella se preparaba para que la follara por primera vez después de siete meses imaginándoselo.

Cuando él llamó a la puerta, se levantó demasiado rápido.

La primera vez que lo vio en persona, el tiempo hizo algo extraño. Se contrajo durante un segundo y luego se estiró. Era el mismo Andrés de las fotos, con la misma postura y la misma sonrisa, pero ahora podía ver cómo respiraba, cómo el bulto del pantalón se acomodaba cuando la miró de arriba abajo. Eso cambiaba todo.

—Eres exactamente como me imaginé —dijo Lucía.

—¿Es eso bueno o malo?

—Todavía no lo sé —respondió ella, y ambos rieron con esa risa que no esconde nada.

Se conocían desde hacía siete meses. Siete meses de mensajes que empezaban con temas triviales y terminaban a las dos de la mañana con ella metiéndose dos dedos en el coño mientras leía lo que él le mandaba. Siete meses de llamadas que nadie planeaba que duraran y que duraban horas, de audios donde la respiración se le entrecortaba sin disimulo, de silencios cargados que al principio incomodaban y que con el tiempo se convirtieron en la parte más mojada de la conversación. No habían puesto nombre a lo suyo. No hizo falta.

***

El restaurante del hotel esa noche estaba lleno de parejas y de mesas bien vestidas. Lucía y Andrés eligieron del menú sin mucho criterio, porque ninguno de los dos tenía hambre de comida. Se sentaron frente a frente y hablaron como siempre lo hacían: sin esfuerzo, con la soltura que construyen los meses de escritura cuando se sostienen en el tiempo.

Se sabían muchas cosas el uno del otro. Lo suficiente para que el silencio fuera cómodo. No lo suficiente para todo lo que iban a hacerse esa noche.

En algún momento de la cena, las manos se encontraron sobre el mantel blanco. Primero como un descuido. Luego, definitivamente, como una decisión. La de Andrés subió por el muslo de Lucía bajo la mesa, lenta, hasta detenerse a centímetros de la entrepierna. Ella separó un poco más las piernas. No hizo falta decirlo.

—Estás caliente —murmuró él, sin retirar la mano.

—Llevo caliente desde que reservé el hotel —respondió ella en el mismo tono.

Cuando faltaban minutos para medianoche, el restaurante se llenó de esa energía colectiva que precede a los brindis y al conteo final. Las copas se levantaron. La gente se miraba y se buscaba. Lucía miró a Andrés y él ya la estaba mirando.

Cuando sonaron las doce, el ruido fue ensordecedor. Andrés se inclinó hacia ella con la lentitud de quien no quiere equivocarse en lo que importa. El primer beso fue breve, casi formal, respetuoso de todo lo que significaba ese momento. Pero el segundo contacto no lo fue. Sus bocas se abrieron a la vez, las lenguas se reconocieron sin ensayo, y ella sintió el gusto del vino mezclado con el calor de él. Lo mordió en el labio inferior y le tiró del cuello del saco para meterlo más adentro de su boca. Bajo la mesa, la mano de Andrés terminó de subir y le rozó el coño por encima de la braguita. La sintió empapada incluso a través de la tela.

El ruido del restaurante desapareció por completo. Solo existían ellos dos, ese beso y esa mano que ya no tenía nada de amistosa.

***

Subieron a la habitación sin decirlo con palabras. Solo con la manera en que Andrés la tomó de la mano al levantarse de la silla, y ella no la soltó.

El pasillo del cuarto piso era silencioso después del ruido de abajo. Caminaron despacio, como si ninguno quisiera llegar demasiado rápido al lugar al que los dos sabían que iban a coger. En el ascensor, él la empujó contra la pared apenas se cerraron las puertas y le metió la lengua en la boca mientras le pasaba la mano por encima del vestido, apretándole una teta con la palma abierta. Lucía gimió bajito y le buscó el bulto con la mano. La verga ya estaba durísima debajo del pantalón. La acarició a través de la tela, midiéndola con los dedos, mordiéndose el labio sin apartar la vista.

—Joder —murmuró él contra su boca.

—Eso vamos a hacer —contestó ella.

Dentro de la habitación, Lucía se quitó el abrigo con calma. Andrés la observó desde la puerta sin moverse todavía, con esa quietud que ella había aprendido a leer en los meses anteriores como concentración, no como indecisión.

—Siete meses —dijo él en voz baja.

—Siete meses —repitió ella.

No hacía falta agregar nada más.

Lucía giró hacia él y, con los mismos movimientos lentos con que se había quitado el abrigo, dejó caer el vestido al suelo. Lo que apareció debajo no era un detalle menor: la lencería era de encaje rojo profundo, precisa en sus líneas, que enmarcaba las tetas y le subía bien alto entre las nalgas, dejando casi todo el culo afuera. Lo que antes Andrés solo había podido imaginar ahora lo tenía a un metro y vestido en encaje rojo.

Él tardó un momento en reaccionar. Luego dio dos pasos y ya estaba frente a ella.

No la tocó de inmediato. Solo la miró, recorriéndola con la calma de alguien que sabe que tiene tiempo y que después va a hacer con eso todo lo que se le antoje.

—No me imaginé esto exactamente —admitió.

—¿Mejor o peor?

—Mejor. Mucho mejor. Date la vuelta.

Ella obedeció despacio. Él la miró el culo unos segundos en silencio, dio un paso más y le pasó la palma abierta por una nalga, apretándola con firmeza. Lucía soltó el aire.

—Llevo siete meses queriéndote agarrar este culo —dijo él, con la boca pegada a su nuca.

—Y yo siete meses imaginándome cómo se siente tu polla dentro.

Andrés se rio bajito y la giró otra vez para tenerla de frente. Sus manos se movieron primero hacia los hombros de Lucía, rozando el encaje de los tirantes con una delicadeza que contrastaba con lo que acababan de decirse. Ella sintió el peso de esos dedos como algo que había estado esperando sin saberlo. Cerró los ojos.

Andrés inclinó la cabeza y besó el hueco entre el cuello y el hombro de ella. Un beso lento, sin prisa, como si tuviera toda la noche y estuviera dispuesto a usarla entera. Lucía apoyó las manos en su pecho y lo sintió respirar hondo. Le bajó la mano hasta la entrepierna y volvió a apretarle la verga por encima del pantalón. Estaba dura como una piedra.

—Siempre me pregunté cómo sería esto —murmuró ella.

—¿Y?

—Mejor en persona. No puedo ignorar ningún detalle así.

Él sonrió contra su piel y continuó.

***

Andrés la llevó hacia la cama con una parsimonia que a Lucía le cortaba la respiración. No había urgencia en sus movimientos, sino algo más parecido a la intención deliberada. La sentó en el borde, se arrodilló frente a ella en la alfombra y empezó a recorrerle el cuerpo con los labios desde el cuello hacia abajo.

Se detuvo en la clavícula, en el esternón, en el borde superior del sujetador rojo. Le desabrochó la prenda por detrás con un movimiento limpio y dejó que cayera al suelo. Las tetas de Lucía quedaron al aire, los pezones ya duros, erizados de antes. Andrés se quedó mirándolas un momento, sin tocar.

—Eres preciosa.

—Cállate y chúpalas.

Él obedeció. Le metió un pezón entero en la boca y lo chupó con fuerza, succionando, alternando con la lengua, mientras le apretaba la otra teta con la mano. Lucía soltó un gemido largo y le hundió los dedos en el pelo, empujándole la cabeza para que no se separara. Andrés alternó entre las dos, mordiendo apenas, lamiendo en círculos, dejando los pezones brillantes de saliva. Cada vez que mordía con un poco más de fuerza, ella arqueaba la espalda y se le escapaba un sonido nuevo, más sucio, más honesto.

—Me los chupas como si los hubieras estado esperando —jadeó ella.

—Llevo siete meses imaginándomelos.

Andrés bajó por el abdomen sin apresurarse, besando la piel fina del vientre, demorándose en cada centímetro como si el camino importara tanto como el destino. Cuando llegó al borde de la braguita roja, introdujo apenas los pulgares bajo el elástico y besó esa frontera con la lengua. La cadera de Lucía se movió sola, un gesto involuntario que él notó y reconoció perfectamente.

Le bajó la braguita por las piernas con una lentitud calculada y se la sacó del todo. Lucía se quedó completamente desnuda frente a él, con las piernas todavía cerradas. Andrés le apoyó las manos en las rodillas y se las abrió despacio.

El coño de Lucía estaba empapado, los labios brillando, hinchados. Andrés se quedó mirándolo unos segundos.

—Así de mojada estás por mí.

—Desde antes de que llegaras.

Él no bajó la cabeza todavía. Se desplazó hacia la ingle, besando ese pliegue sensible donde la pierna se une al torso. Lucía soltó un sonido que era mitad protesta y mitad risa.

—Eres terrible —dijo.

—Soy paciente —respondió él sin levantar la cabeza.

Siguió bajando por la cara interna de los muslos, las rodillas, la parte interna de las pantorrillas. Llegó a los pies y los tomó entre sus manos. Los besó uno a uno con la misma calma que había usado desde el principio. Lucía se retorcía sobre las sábanas sin poder evitarlo, los dedos aferrados a la tela, las piernas abiertas, el coño expuesto y goteando.

—Andrés —dijo ella, ya con la voz quebrada—. Cómemelo de una vez.

Él levantó la vista desde donde estaba y sonrió.

—Ya te dije que soy paciente.

—Y yo no.

Ella se sentó, lo agarró del pelo con las dos manos y le guio la cabeza hacia su entrepierna. Andrés se dejó llevar. La primera pasada de lengua fue lenta, larga, desde la entrada del coño hasta el clítoris, recogiendo todo a su paso. Lucía soltó un gemido que se le escapó del fondo del pecho y cayó de espaldas sobre la cama.

—Joder, joder…

Andrés empezó a comérselo en serio. Le separó los labios con los dedos y le pasó la lengua por todos los pliegues, deteniéndose en el clítoris con círculos lentos que poco a poco se hicieron más rápidos. Le metió la lengua adentro y la sacó, alternando con succiones cortas en el botón. Luego le metió dos dedos al coño mientras seguía lamiendo, curvándolos para tocarla por dentro en el punto exacto. Lucía empezó a mover las caderas contra su cara, agarrándole el pelo, cabalgándole la boca sin ningún tipo de pudor.

—Sí, así, no pares, no pares…

Él aceleró. La lengua sobre el clítoris, los dedos dentro, el ritmo cada vez más sucio. Lucía sintió el orgasmo subiéndole desde el vientre como una marea que no daba tregua. Se le tensaron los muslos a los lados de la cara de él, los dedos del pie se le doblaron, y se corrió con un grito ronco que ni siquiera intentó disimular. Andrés no paró. Siguió lamiendo, más despacio ahora, hasta que ella le apartó la cabeza porque ya no aguantaba.

Andrés se incorporó, con la boca y el mentón brillando, y se relamió sin apartar los ojos de ella.

—Sabes a gloria.

Lucía estaba sin aire. Lo miró desde la cama, todavía temblando, y sonrió.

—Ven.

***

Fue Lucía quien cambió el ritmo.

Se incorporó y lo tomó por los hombros hasta quedar a su misma altura, arrodillada frente a él en la cama. Apoyó las manos en su pecho, notando cómo la piel de él reaccionaba al contacto inmediato.

—Ahora déjame a mí —susurró, tan cerca de su boca que las palabras le rozaron los labios.

Lo besó de una manera distinta a todos los besos anteriores: hambrienta, profunda, saboreándose a sí misma en la lengua de él. Andrés respondió con un gruñido que ella sintió más que oyó. Sus manos buscaron el culo de Lucía casi sin darse cuenta, apretándolo con las dos palmas, separándole las nalgas.

Lucía empezó a desabrocharle la ropa con una calma que era casi una forma de tortura deliberada. La camisa, el cinturón, el pantalón. Cada prenda que caía abría un tramo nuevo de piel que ella recorría primero con los dedos y luego con la boca. Hombros, la línea del cuello donde el pulso de Andrés se aceleraba de forma visible, los brazos, los pezones a los que les pasó la lengua hasta que él soltó el aire de golpe.

Cuando le bajó el calzoncillo, la verga de Andrés saltó hacia afuera, dura, gruesa, con la punta brillando. Lucía se quedó mirándola un momento con la boca un poco abierta.

—Es más grande de lo que esperaba —dijo, y la rodeó con la mano.

—Y tú me ibas a hablar de paciencia.

—Ya no.

Se inclinó y le pasó la lengua desde la base hasta la punta en una pasada larga, sin apartar los ojos de los de él. Le besó el glande, recogió con la lengua la gota que había en la punta y se lo metió en la boca despacio, centímetro a centímetro, hasta tragárselo casi entero. Andrés echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco que no intentó disimular.

—Joder, Lucía…

Ella empezó a mamársela con ritmo. Subía y bajaba con la boca, ayudándose con la mano en la base, lamiendo el glande cada vez que llegaba a la punta. Le chupó los huevos uno a uno mientras seguía masturbándole la verga con la mano, y volvió a metérsela hasta el fondo, ahogándose un poco a propósito, dejando que se le acumulara la saliva y le bajara por la barbilla. Andrés le agarró el pelo con las dos manos, sin empujar, sólo siguiendo el movimiento.

—Me la chupas como si llevaras años practicando.

—Practiqué con la imaginación —dijo ella, sacándosela un momento, con los labios brillantes—. Tú me mandabas los audios.

Le pasó la lengua por toda la parte de abajo, lentísima, mirándolo. Andrés tenía la mandíbula tensa.

—Sigue así y me corro en tu boca.

—Eso lo decido yo.

Se la metió otra vez y aceleró. Andrés aguantó todo lo que pudo, pero antes de que se le escapara, le tiró del pelo hacia atrás.

—Para. Quiero correrme dentro.

Lucía sonrió, soltó la verga con un sonido húmedo y se tendió de espaldas sobre la cama, abriendo las piernas, mostrándole todo.

—Pues fóllame ya.

***

Andrés no dudó. Se subió sobre ella, le apartó los muslos con las rodillas, se agarró la polla con la mano y la pasó por el coño empapado de Lucía un par de veces, untándose, haciéndola gemir antes de empezar. Luego empujó.

Entró despacio, dejándole sentir cada centímetro. Lucía soltó un gemido largo que le subió desde el estómago. Lo sintió ensancharla por dentro, llenarla del todo, llegar hasta el fondo. Andrés se quedó allí un instante, hundido hasta el final, mirándola a los ojos.

—¿Cómo se siente?

—Como llevaba siete meses queriendo sentirme.

Él empezó a moverse. Primero lento, sacándola casi del todo y volviendo a meterla entera, marcando un ritmo profundo que hizo que Lucía se aferrara a las sábanas. La cama crujía levemente con cada embestida. Las tetas de ella temblaban con cada empujón. Andrés bajó la cabeza y le mordió un pezón mientras seguía cogiéndola, y eso le arrancó otro gemido.

—Más fuerte —pidió ella—. Fóllame más fuerte.

Andrés se incorporó sobre las rodillas, le agarró los muslos y se la cogió con ganas. El sonido de los cuerpos chocando llenó la habitación, sus pieles golpeándose, los gemidos de los dos mezclados con la respiración rota. Lucía se llevó una mano al clítoris y empezó a frotarse mientras él la penetraba. La otra mano la usó para tirarse de un pezón.

—Mírate, qué guarra —dijo Andrés sin parar de moverse.

—Lo soy para ti, sí.

Él se inclinó y le agarró el cuello con la mano, no apretando, sólo sosteniéndolo, y siguió cogiéndosela en esa postura. Lucía se mordió el labio. Le encantaba.

—Date la vuelta —dijo él de pronto, saliendo de ella.

Lucía obedeció sin protestar. Se puso a cuatro patas en el centro de la cama y le ofreció el culo, arqueando la espalda, abriendo las rodillas para acomodarse. Andrés se acomodó detrás, se agarró la verga otra vez y se la volvió a meter de una embestida sola. Lucía soltó un grito ahogado contra la almohada.

Desde esa postura, llegaba más adentro. Andrés le agarró las caderas con las dos manos y empezó a embestir con un ritmo firme, sin freno. Le dio una palmada en una nalga y la marca quedó roja. Lucía gimió más fuerte.

—Otra —pidió.

Él le dio otra. Y otra. Mientras tanto seguía follándola por detrás, hundiéndose hasta el fondo, sacándola entera y volviéndola a meter. Le agarró el pelo y le tiró suave, suficiente para que ella arqueara más la espalda. Cada embestida le arrancaba un gemido nuevo.

—Dime quién te folla —jadeó él.

—Tú, Andrés, tú, no pares…

—Siete meses esperando esto.

—Siete meses, joder, no pares, no pares…

Cambiaron de postura otra vez. Andrés se tendió de espaldas y Lucía se montó encima. Se sentó sobre la verga con un movimiento fluido, lo sintió entrar entero, y empezó a cabalgarlo. Las manos de Andrés le subieron por la cintura hasta las tetas, apretándoselas, jugando con los pezones mientras ella se movía. Lucía apoyó las palmas en el pecho de él y empezó a girar las caderas, a subir y bajar, a marcar su propio ritmo.

—Así, así, como tú quieras —murmuró él, con la mandíbula apretada—. Date el gusto.

Ella se frotó el clítoris contra el pubis de él en cada bajada. Sentía el orgasmo subir otra vez, distinto del primero, más profundo, construyéndose desde adentro. Andrés le ayudaba moviéndose desde abajo, empujando hacia arriba cada vez que ella bajaba, encontrándose en el medio.

—Me voy a correr otra vez —jadeó Lucía.

—Hazlo. Quiero verte.

Aceleró las caderas. Andrés le agarró el culo con las dos manos y se la cogió desde abajo con fuerza. Lucía se vino con un gemido largo que casi era un grito, las paredes del coño cerrándose alrededor de la verga, todo el cuerpo temblando. Se cayó hacia adelante sobre el pecho de él, todavía pulsando.

Andrés la abrazó, sin sacársela. Le besó la sien.

—Todavía no he terminado contigo.

—Bien —jadeó ella—. Tampoco yo.

***

Lo que siguió no fue urgente. No necesitaba serlo.

Tenían toda la noche y ninguno de los dos había llegado a ese hotel solo para coger una vez. Andrés la giró otra vez, la tendió de espaldas, le abrió las piernas y se la volvió a meter, esta vez más despacio, mirándola a los ojos. Lucía le pasó las piernas alrededor de la cintura y le clavó los talones en el culo para que se hundiera más adentro. Le pasó las uñas por la espalda. Le mordió el hombro cuando él aceleró.

Hablaron poco. No porque no tuvieran nada que decir, sino porque las palabras que habrían elegido habrían sonado menores que los gemidos. En cambio, hablaron de otra manera: con la presión de los dedos, con el ritmo cambiante de la respiración, con la forma en que los cuerpos se buscaban sin negociación posible. Con un «córrete dentro» susurrado en el oído. Con un «sí, así, no salgas» dicho contra los labios.

Lucía descubrió que la realidad era más generosa que la imaginación. No por las razones que habría esperado, sino porque había algo en la presencia física de Andrés —el peso de su cuerpo encima del suyo, el olor específico de su piel, el sabor de su semen cuando se lo tragó después, el sonido de su respiración cuando ya no podía controlarse— que ningún mensaje había podido transmitir del todo. Andrés encontró lo mismo: que saber mucho de alguien no es lo mismo que cogérsela, y que el espacio entre las dos cosas era donde vivía todo lo que valía la pena descubrir.

Cuando Andrés sintió que ya no aguantaba más, le preguntó con la mirada. Ella asintió.

—Dentro. Quiero sentirlo dentro.

Él empujó dos, tres veces más, profundo, y se corrió con un gemido ronco contra el cuello de ella, vaciándose entero. Lucía lo sintió pulsar dentro, caliente, llenándola, y se aferró a él hasta que terminó. Se quedaron así un buen rato, sin separarse, respirando contra la piel del otro, mientras la verga de Andrés todavía pulsaba pequeña dentro de ella.

Después se quedaron tendidos en la oscuridad, con el semen escurriéndole a Lucía por la cara interna del muslo, mientras el año nuevo avanzaba sin pedirles nada.

—¿Fue como lo imaginabas? —preguntó Andrés en voz baja.

Lucía tardó en responder.

—No. Fue diferente. Mucho más sucio. Mejor, porque esto sí existió de verdad.

Él no dijo nada. Le pasó la mano por el muslo, recogiendo lo que se le escurría, y se llevó los dedos a la boca. Lucía lo miró hacerlo y se mordió el labio.

—Otra vez en un rato —dijo ella.

—En un rato —contestó él.

Afuera, la ciudad seguía celebrando sin ellos.

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4.5(42)

Comentarios(8)

Paty_RJ

increible... me dejo sin palabras!!

JuanPabloK

Hay segunda parte? Quede con muchas ganas de saber que paso despues

Mirta_BA

Me encanto como lo contaste, esa sensacion de dos personas que se conocen tanto pero ya son extraños... me llego al alma. Muy bueno

caos2001

buenisimo, seguí así!

Lectora_Mdp

Me recordo a una situacion que viví yo hace años. Esa tension en el hotel, exactamente así se siente. Muy bien escrito, gracias

ValdiviaR89

¿Esto es real o ficcion? Porque parece muy autentico, no tiene nada de forzado

MarcosTP

Uno de los mejores de confesiones que lei en mucho tiempo. Sin vueltas, directo, con emocion real. Seguí escribiendo

alternativo360

El titulo solo ya te engancha jaja, y el relato no defrauda

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