La confesión que destapó lo que callábamos
Después de las confesiones que nos hicimos aquella tarde en la playa, regresamos a la rutina sin volver a tocar el tema. Pasó casi un mes y todo parecía igual. Pero yo no podía dejar de pensar en lo que él me había contado, ni en lo que yo había soltado entre risas nerviosas. A veces sentía celos, otras culpa. Casi siempre, cuando lo recordaba, terminaba con la respiración corta y la ropa interior húmeda.
Aquel viernes amaneció gris y cerró peor. Llovía con esa terquedad que tienen las tormentas de otoño cuando deciden no irse en toda la noche. Acababa de llegar del trabajo y todavía estaba sacándome el abrigo cuando me sonó el teléfono.
—Voy para allá —me dijo Tomás—. Estoy comprando ese pan que te gusta. ¿Me hacés un chocolate caliente?
—Hecho. Apurate, estoy congelada.
Me cambié rápido, dejé el uniforme tirado sobre la cama y bajé en sudadera y unas medias hasta la rodilla. Puse la leche al fuego, deshice el chocolate amargo a mano —como nos habíamos acostumbrado—, y dejé las dos tazas humeantes sobre la mesa de centro. Encendí la serie que estábamos viendo, esa de detectives nórdicos, y me acomodé en el sillón a esperarlo.
Llegó empapado, riéndose. Se quitó la camisa mojada en la entrada y me besó en la frente con olor a panadería y a calle.
—Me debés una cena entera por bajar con esta lluvia —dijo.
—Te debo más que eso.
Vimos el capítulo apretados bajo la misma manta. Cuando terminó, fui por la segunda taza y, desde la cocina, hice exactamente lo que me había prometido no hacer.
—Tomi —dije, volviendo con las tazas—, ¿te molestó lo de la playa?
Él levantó la cabeza despacio.
—¿Lo de las confesiones? Para nada, mi vida.
—Es que no volvimos a hablar del tema. Y a veces pienso que sí, que algo te quedó.
—Te juro que no. Sentate acá.
Me senté pegada a él, con las piernas cruzadas sobre el sillón. Apoyó las dos tazas en la mesa de centro y me tomó las manos.
—Para que me creas, te propongo otra confesión. Pero esta vez empiezo yo. ¿Te animás?
—¿Qué tipo de confesión?
—Vos decidís.
Respiré hondo. Sabía exactamente lo que iba a preguntar y sabía también que no debería. Pero la mezcla de chocolate, lluvia y confianza me empujó a hacerlo igual.
—¿Cuál fue tu encuentro sexual más fuerte?
Vi cómo le cambiaba la cara. No fue incomodidad. Fue otra cosa. Un recuerdo subiendo desde un lugar al que casi no volvía.
—¿Estás segura?
Asentí con la cabeza.
***
Tomás giró la taza entre las manos. El vapor le subía como un fantasma entre los dedos. Tardó un rato en empezar y, cuando lo hizo, la voz le salió más baja de lo habitual, casi tapada por la lluvia contra la ventana.
—Fue con Renata. Mi novia de la universidad. Yo tenía veinte, ella veintiuno. Nos íbamos a estudiar a su departamento porque vivía sola. Ya sabés cómo era esa época: estudiar dos horas y arrancar con cualquier excusa.
Tomó un sorbo largo, como si el chocolate pudiera lavarle lo que venía.
—Una noche cayó Camila, su mejor amiga, a estudiar para el mismo final. Yo no la conocía mucho. Era más callada que Renata, más seria. Tenía una forma de mirar que te incomodaba sin que supieras por qué. Estudiamos hasta tarde, abrimos una botella de vino que tenían guardada y empezamos a cargarnos entre risas. La lluvia caía igual que esta noche, así que Camila se quedó a dormir.
—¿Y? —pregunté, ya con un nudo en el estómago.
—Renata sacó un colchón del placard y lo tiró al lado de la cama. Camila iba a dormir ahí. Apagamos la luz y a los pocos minutos sentí que Renata me tocaba por debajo de la sábana, despacio, como un juego. Yo le susurré que no, que estaba la otra ahí.
Hizo una pausa. La taza ya no le importaba.
—Y entonces escuché la voz de Camila desde el colchón, abajo, en la oscuridad. «No paren por mí.»
Tomás cerró los ojos un segundo. La habitación se había encogido alrededor de su voz.
—Renata se rio bajito y siguió. Yo la dejé. Empezamos despacio, con el ruido de la lluvia tapando casi todo, pero a los pocos minutos ya no nos importaba si se escuchaba o no. Yo estaba más excitado de lo que nunca había estado en mi vida, sabiendo que Camila estaba ahí, despierta, escuchando. En un momento Renata se sentó arriba mío y dijo, en voz alta, sin susurrar: «Cami, prendé la luz del velador.»
—Joder —se me escapó.
—Y la prendió. Sin pensarlo, sin dudarlo. Se quedó sentada en el colchón, con la sábana sobre las rodillas, mirándonos como quien mira una película. Renata se movía sobre mí mirándola a ella, no a mí. Le hablaba a ella. Le preguntaba si le gustaba lo que veía. Y Camila contestaba que sí.
Yo sentía el corazón en la garganta. No era tanto la historia, era la forma en que Tomás la contaba.
—Renata se bajó de mí y la llamó. Camila dudó un segundo y vino. Se sentó al borde de la cama. Renata le pidió que se sacara la remera, despacio, mirándome a mí. Le dijo: «Mirá lo que es ella, Tomi.» Camila se la sacó y se quedó así, con los pechos pequeños y las clavículas marcadas. Renata le dijo que se acostara entre nosotros. Y se acostó.
—¿Hicieron…?
—Lo hicimos. Las dos, conmigo, durante horas. Renata dirigía todo. Camila era más tímida y obedecía. Yo no tomaba decisiones, solamente seguía. En un momento Renata me pidió que la hiciera acabar a Camila con la boca mientras ella la besaba. Y lo hice. Cuando terminó, Renata me besó con el sabor de su amiga en la lengua y me pidió que terminara dentro de ella mientras Camila nos miraba.
—Y terminaste.
—Y terminé. A la mañana siguiente Camila se fue temprano. Renata y yo nunca más hablamos del tema. Nos dejamos seis meses después por otra cosa. Pero cada vez que llueve fuerte, me acuerdo del ruido del agua contra la ventana y de la voz de Camila diciendo «no paren por mí.»
***
Me quedé callada un rato largo. La taza ya estaba tibia y yo tenía la respiración rara, esa respiración que no podés disimular cuando hace falta. Tomás me miró de costado, sin presionar.
—¿Te molestó? —preguntó.
—No.
—¿Estás segura?
—Sí. Estoy… estoy demasiado bien para lo que debería estar.
Él se rio bajo. Estiró la mano y me tocó la rodilla, no como un avance, sino como una pregunta.
—Ahora te toca.
—Tomi…
—Es el trato. Yo te conté la mía, vos contás la tuya. No tenés que omitir nada.
Tragué saliva. Sabía cuál iba a contar. Era la única que tenía. La que nunca le había contado a nadie.
Que sea hoy, pensé. Que sea hoy y que no me arrepienta mañana.
—Fue con Iván —dije—. Después de la boda del primo.
—Lo sé —murmuró Tomás—. Él era tu novio en esa época.
—Sí. Pero no es la parte de la boda lo que te voy a contar. Es la parte del regreso.
Apoyé la taza para no quemarme las manos. Las palabras me salieron más rápido de lo que esperaba.
—Iván había tomado mucho. Yo manejaba. A mitad de camino, en una zona sin estaciones de servicio, en plena ruta, me pidió que parara porque no aguantaba. Bajamos del auto cada uno por su lado. Era una zona de ripio, sin luces, salvo los faros lejanos de los camiones que pasaban a toda velocidad por la otra mano.
—¿Y?
—Yo aproveché para bajar también. Me agaché en la banquina, me levanté el vestido, me bajé la bombacha y oriné ahí mismo, mirando la oscuridad. El alivio caliente, el viento helado entre las piernas, el ruido de los camiones. Algo se me prendió ahí que no supe explicar nunca.
—¿Él te vio?
—Cuando terminé, Iván vino por detrás. Me abrazó por la cintura mientras todavía tenía el vestido levantado. Y dos gotas suyas, todavía calientes, me cayeron en la muñeca.
Levanté la mano izquierda y giré la muñeca contra la luz baja del living, como si las gotas siguieran ahí.
—Sin pensarlo, me la llevé a la boca.
Tomás abrió los ojos un poco más.
—Me lamí la muñeca con su sabor encima. Salada, amarga, ridícula. Y cuando lo miré, Iván me miró como nunca antes me había mirado nadie.
—¿Qué te dijo?
—Me dijo: «Arrodillate. Limpiámela vos.»
—Lucía…
—Y lo hice. Ahí mismo, entre los yuyos de la banquina, con los faros de los camiones pasando cada veinte segundos. Sin saber si nos veían o no. Sabiendo que probablemente sí.
Tomás se inclinó hacia adelante, como si quisiera escuchar más cerca. Yo seguí.
—Cuando terminé, abrió la puerta trasera del auto y me empujó adentro. Me puso a cuatro patas sobre el asiento, me levantó el vestido hasta los hombros y me cogió como un animal. No exagero. Con una furia que jamás le había conocido. Yo agarrada del cinturón de seguridad, mordiéndolo para no gritar, viendo por la ventanilla las luces lejanas pasar. El miedo a que parara un camión y nos viera, mezclado con las ganas de que pasara, me hizo acabar como nunca en mi vida.
Tomás respiraba con la boca apenas abierta. No me interrumpía.
—Cuando él terminó, no se cuidó. Acabó sobre mis nalgas, me chorreó por los muslos. Mi vestido quedó arruinado. Volvimos en el auto así, con todo eso encima. Él manejando porque ya se le había bajado el alcohol. Yo en el asiento del acompañante, con las piernas pegajosas, oliendo a sexo y a orina, y sintiéndome la mujer más viva del mundo.
***
Me quedé callada esperando su reacción. La lluvia había bajado un poco. Lo único que se escuchaba era el reloj de la cocina y nuestra respiración.
—Joder, Lucía.
—¿Joder qué?
—Eso es… —tragó saliva— eso es de las cosas más excitantes que escuché en mi vida.
Levantó la mano y me rozó la muñeca exactamente donde habían caído las gotas hacía años, en otra ruta, con otro hombre. Me la giró despacio, como si quisiera ver algo que ya no estaba.
—¿Sabés lo que tenemos ahora?
—¿Qué?
—Dos secretos —dijo bajo—. Dos cosas que no le contaríamos a nadie más en el mundo. Y que ahora son nuestras.
Le miré la entrepierna sin disimulo. Estaba duro. Llevaba duro un rato largo.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora —dijo, sin soltarme la muñeca—, terminamos el chocolate.
Me reí. Porque entendí.
—¿Y después?
—Después vemos qué hacemos con todo lo que acabamos de decir.
Levanté la taza con la mano que él no me sujetaba. Estaba fría. La tomé igual, hasta el fondo, mirándolo. Él hizo lo mismo. Tampoco me soltó la muñeca en ningún momento.
Apagué la lámpara de pie con el codo, sin levantarme. La única luz que quedó fue la del extractor de la cocina, lejana, amarilla.
—Tomi.
—¿Qué?
—Hoy no quiero ser yo.
—¿Y quién querés ser?
—Renata.
Tomás cerró los ojos un segundo, como si le hubiera pegado una piedra en el pecho. Cuando los abrió, ya no era exactamente él. Era una versión que yo nunca había conocido. Y, por primera vez en años, no me importó saber dónde había estado guardada.
Me incliné y le susurré, muy cerca de la oreja, lo que Camila había dicho aquella noche bajo la luz amarilla del velador. Él tembló entero. Y la lluvia, afuera, volvió a empezar.