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Relatos Ardientes

El practicante del equipo me siguió hasta el hotel

Antes de Sebastián, hubo Adrián. Él fue el primero del cuerpo técnico que se metió entre mis piernas, y mi madre nunca dijo una palabra aunque sabía perfectamente que su amante me visitaba a mí también los fines de semana. Cuando él renunció por discusiones con el director, yo creí que esa parte de mi vida se acababa con su salida. Me equivoqué.

El reemplazo se llamaba Sebastián. Era moreno, alto, demasiado flaco para ser practicante de educación física. Le habían dado el puesto porque era del pueblo y necesitaban completar las horas antes de que terminara la temporada. La primera vez que entró al salón del equipo, me miró como si yo fuera lo único que valía la pena observar en toda la cancha.

Yo tenía dieciocho años, una boca que sonreía sola cuando un hombre me deseaba, y una reputación bien ganada. En el equipo todos sabían que con mi amiga Daniela éramos las del grupo a las que se podía buscar. Mateo había sido el primero —con él perdí la virginidad detrás del salón de música—. Después vino Bruno. Después Tomás. Después Nicolás. De algunos ya ni me acordaba del nombre completo. Lo que sí recordaba era cómo me miraban después: como si supieran un secreto que el resto no.

—¿Viste cómo te mira Sebastián? —me preguntó Daniela en uno de los primeros entrenamientos.

—Lo vi.

—Te mira el culo.

—No exageres.

—Como si a ti no te encantara que te miren el culo.

Me puse roja, no por vergüenza sino porque tenía razón. Esa tarde llevaba unos shorts ciclistas tan ajustados que se me marcaba todo, y una blusita ombliguera que dejaba ver más de la cuenta cada vez que levantaba los brazos para acomodar los conos. Yo sabía exactamente lo que provocaba. Disfrutaba provocándolo.

Sebastián era distinto a Adrián. No era atlético, no era guapo en el sentido obvio. Pero tenía algo: una manera de mirar que no disimulaba. Cuando hablaba conmigo, sus ojos bajaban al escote sin pudor y volvían a subir como si nada. Cuando me agachaba a recoger algún balón, sentía sus ojos clavados en mi espalda. Y a mí eso me prendía. Mucho.

—¿Sabes que Mateo y Bruno le contaron todo? —me dijo Daniela una mañana.

—¿Todo qué?

—Lo nuestro. Lo tuyo. Le dijeron que somos las putas del equipo.

—Esos imbéciles.

—Por eso te mira así.

Yo me reí. Que me mirara así. Que supiera. Mejor.

***

Una tarde nos encontró a Mateo y a mí en el salón de educación física, yo sentada sobre el escritorio y él entre mis piernas, con una mano debajo de mi falda. Sebastián entró sin tocar, nos vio, carraspeó.

—Este no es el lugar —dijo, con la voz más baja de lo que hubiera querido—. Respeten el sitio.

Mateo se apartó de mí riendo. Yo me bajé del escritorio sin apuro, me estiré la falda, y antes de salir le dirigí a Sebastián una mirada que no necesitaba palabras. Él se quedó de pie, sin saber qué hacer con las manos.

Días después me quedé sola con él en ese mismo salón. Yo tenía que acomodar los petos y las pelotas porque el equipo siempre dejaba todo tirado. Él hacía como que firmaba papeles en el escritorio, pero no firmaba nada. Cada vez que yo me agachaba —y la falda esa tarde era una minifalda de jean tan corta que era casi un cinturón—, él dejaba de respirar. La tanga blanca que llevaba debajo se veía perfectamente.

—Hola, profesor —le dije, y me reí cuando él se sobresaltó.

—No me digas profesor, todavía no lo soy. Dime Sebastián.

—Bueno, Sebastián.

—Conozco a tus padres desde hace años. No me imaginaba que estuvieras así de…

—¿Así de qué?

Tragó saliva.

—Así.

Yo sonreí y volví a agacharme. Sentí su mirada fija en mi tanga durante diez segundos enteros, hasta que entraron Daniela y Carolina y él salió del salón disparado. Carolina me dijo que me iba a meter en problemas. Daniela me dijo que ya estaba metida y que disfrutara.

***

El viaje al pueblo de la final fue mi oportunidad. Tres horas de bus, un hotel con piscina, calor de cuarenta grados. Carolina, Daniela y yo fuimos como asistentes —servir agua, cargar las pelotas, animar—. Yo me llevé el bikini lila más pequeño que tenía, dos vestidos cortos y una clara intención de no dormir sola.

Antes del partido coqueteé con unos chicos que estaban en la grada del lado opuesto. Tres muchachos del pueblo, con buenas caras, que me guiñaron el ojo cuando salté para celebrar el primer gol. El vestido que llevaba esa tarde se me subía cada vez que aplaudía, y yo no me molestaba en bajarlo. Sebastián, en el banco con el equipo, me miró con la cara que se le pone a un hombre cuando se le acaba la paciencia.

Después del partido, todos a la piscina. El bikini lila era casi una formalidad: la parte de abajo era una tanguita y la de arriba apenas tapaba los pezones. Cuando bajé al borde, sentí veinticinco pares de ojos sobre mí. Daniela se reía. Carolina me preguntó si no tenía algo más que ponerme. Sebastián, recostado en una tumbona con cara de practicante respetable, no podía disimular el bulto en el bañador.

En el agua empezó la fiesta. Mis compañeros eran veintitantos hombres y nosotras tres mujeres. Las manos iban y venían bajo la superficie. Mateo me agarraba las nalgas cada vez que pasaba cerca, Tomás me apretó los senos al hacer como que me ayudaba a salir, Bruno me tiró del nudo del bikini y me dejó las tetas al aire un buen rato. Yo me reía. Carolina protestaba. Daniela pedía más.

Sebastián entró al agua. Al principio se quedó cerca del borde, observando. Después se fue acercando. En un momento, jugando con la pelota, me arrinconó contra una esquina. Sentí su pene erecto, duro como una piedra, restregándose contra mis nalgas a través de la tela del bañador. Un escalofrío me bajó por la espalda hasta el clítoris, que ya estaba palpitando solo. Me di la vuelta para acomodarme la parte de arriba del bikini delante de él, despacio, mirándolo a los ojos.

—Qué rico si esto fuera mío para hacerle cositas —murmuró él, sin disimular.

—A lo mejor esta noche se le cumple —le dije, y me tiré al agua antes de que pudiera contestar.

***

El error vino después. Saliendo del agua, Carolina y yo fuimos a la tienda de la esquina a comprar algo de tomar. En la entrada del hotel nos cruzamos con tres muchachos. Los de la grada. Me sonrieron, yo les sonreí, caminé como si supiera que me miraban, porque sabía que me miraban. Sebastián me vio desde la piscina. Esa tarde no me volvió a hablar.

Por la noche bajé a cenar con un vestido blanco de tirantes que tampoco dejaba mucho a la imaginación. Sin sostén. Tanga negra que se notaba a través de la tela. Carolina suspiró cuando me vio.

—Camila, casi muestras todo. Mejor te hubieras venido desnuda.

—Déjala —dijo Daniela—. Está hermosa.

—Está saliendo a buscar macho.

Y tenía razón. En el lobby estaban los mismos tres muchachos. Esta vez nos invitaron a tomar algo. Carolina se negó y se fue al cuarto. Daniela y yo nos quedamos. Bailamos. Tomamos. El que me sacó a bailar era el más alto de los tres, tenía las manos grandes, y a los diez minutos ya las tenía debajo de mi vestido. Su amigo le había propuesto a Daniela un trío. Ella me preguntó si me animaba. Yo le dije que sí, sin pensarlo.

Estábamos a punto de subir con ellos cuando aparecieron Sebastián y Mateo en la puerta del bar. Habían tomado, eso se notaba. Sebastián me miró como si yo le hubiera roto algo personal. Me agarró de la muñeca, sin hablar, y me sacó de ahí. Mateo hizo lo mismo con Daniela. Los muchachos se quedaron con las copas en la mano y la cara de pregunta.

***

El pasillo del cuarto piso del hotel estaba vacío y mal iluminado. Sebastián caminaba un paso por delante de mí, sin soltarme la muñeca. Mateo y Daniela ya habían entrado al cuarto.

—¿Por qué no me hablas, Sebastián?

—Por nada.

—¿Estás celoso?

No contestó. Me llevó hasta la puerta de mi cuarto, soltó la muñeca, hizo el gesto de irse.

—¿Te vas a ir y me vas a dejar así?

Se detuvo.

—¿Así cómo?

—Así. Con ganas. De que me hagas sentir mujer.

Esa frase nunca me había fallado. Tampoco esta vez. Sebastián se giró despacio. Yo me levanté el vestido hasta la cintura, le mostré la tanga negra empapada, y la corrí un poco a un costado para que viera todo.

Lo siguiente fue rápido. Me agarró del brazo, me arrastró hasta el final del pasillo donde la luz no llegaba, me empujó contra la pared. Empezó a besarme con la boca abierta, metiéndome la lengua hasta el fondo, sin disimulo. Una de sus manos me bajó los tirantes del vestido. La otra se metió debajo de la tanga.

—Estás empapada —dijo contra mi oreja.

—Lo sé.

Me succionó los pezones uno por uno, con los dientes, con la lengua, mientras dos de sus dedos entraban y salían de mí. Yo bajé la mano y le agarré el bulto del pantalón. Estaba durísimo. Le bajé el cierre, lo saqué.

—Ahora —le dije.

Me arrancó la tanga. Literalmente. Sentí el tirón de la tela rompiéndose. Me levantó una pierna contra su cadera y me la metió de un solo empujón, contra la pared, sin previo aviso. Me tapó la boca con la otra mano para que no gritara.

Empezó despacio. Después no. La pared del pasillo me golpeaba la espalda con cada embestida y a mí me daba igual. Sentía cómo entraba y salía, el ruido seco, la respiración entrecortada de él contra mi cuello, el hormigueo subiendo desde el clítoris hasta cerrarme los ojos. Me venía. Me iba a venir. Le clavé las uñas en los hombros y me corrí con la boca abierta contra su mano.

Él aguantó treinta segundos más antes de descargar dentro de mí. Se le escapó un gruñido sordo, mordiéndome el cuello. Sentí cada chorro caliente subiéndome por dentro.

Me bajó la pierna. Yo me dejé caer despacio hasta quedar de rodillas frente a él. Le agarré el pene todavía duro y me lo metí en la boca. Se lo limpié entero, despacio, mirándolo desde abajo. Él gruñía con los ojos cerrados y me agarraba el pelo con las dos manos.

Cuando terminé, me arreglé el vestido. La tanga rota la dejé en el bolsillo del pantalón de él. Caminé sola hasta mi cuarto, sintiendo cómo me bajaba un hilo tibio por la cara interna del muslo a cada paso. Carolina dormía. Daniela no había vuelto. Me metí a la cama sin ducharme.

***

Esa noche fue la primera vez con Sebastián. No fue la última. Hubo tres más, todas en mi casa, todas con mi madre durmiendo del otro lado de la pared. Pero esa es otra confesión, y la dejaré para otro día.

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Comentarios (7)

CaroP

tremendo!!! quede sin palabras

MatiasK

Por favor seguí con esto, quede con muchisimas ganas de saber como termino todo

Rosita_Mza

Me encanto como lo escribiste, se siente completamente real y eso es lo mejor. Esa tension previa es increible

AlejoCba

jaja las confesiones mas honestas son las mejores, gracias por compartirlo

MaeraX

Se hizo corto :( esperando la segunda parte ansiosamente

DiegoAr22

Muy bueno. Esas situaciones donde ya sabes lo que va a pasar pero igual te sorprende el final son las mejores. Seguí escribiendo!

ivan

me recordo a un viaje de trabajo que tuve hace unos años jaja, esas cosas pasan mas de lo que la gente cree

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