La segunda noche con mi juguete fue distinta
Hacía meses que no escribía aquí. Lo digo así, sin rodeos, porque entre el trabajo, los exámenes finales y un par de cosas personales que no vienen al caso, lo último para lo que tenía cabeza era para sentarme a contarles nada. Pero hoy, después de lo que me pasó anoche, sentí que tenía que volver. Como un regalo atrasado por el día del amor y la amistad, aunque celebrarlo conmigo misma sea un poco contradictorio.
Si han leído mis entradas anteriores, saben que el año pasado me animé a comprar mi primer juguete. Un dildo, nada del otro mundo, mediano, color piel, suavecito al tacto. Lo elegí con miedo, lo recibí con miedo y la primera vez que intenté usarlo terminé llorando de frustración. Me dolía, no entraba, me ponía nerviosa, y entonces dolía más. Lo guardé en el fondo del cajón de los calcetines y me prometí volver a intentarlo cuando estuviera tranquila.
Anoche fue esa noche.
Mi compañera de piso se había ido el fin de semana a casa de sus padres. La calefacción funcionaba. La calle estaba en silencio. Yo había cenado liviano, había bebido medio vaso de vino, y por primera vez en mucho tiempo me sentía dueña de mi propia habitación, de mi propio cuerpo y de mi tiempo.
Saqué el juguete del cajón. Lo miré. Lo lavé bien con agua tibia y jabón neutro, como había leído que se debía. Lo dejé secar sobre una toalla limpia mientras me daba una ducha larga, demasiado caliente, de esas que dejan los azulejos llorando vapor. Me lavé despacio, con la mano abierta, prestándome más atención de la que me había prestado en semanas. Cuando salí, me puse la bata sin secarme bien, todavía con gotas en la espalda, y volví al cuarto.
Encendí solo la lámpara de la mesilla. Puse en el portátil una lista de canciones lentas que me sé de memoria. Bajé el volumen. Cerré la puerta con llave aunque no había nadie en casa, porque hacerlo me daba una sensación de pacto privado conmigo misma.
Me senté en el borde de la cama con el juguete en la mano. Esta vez no me apuro, me dije. Esa había sido la lección de la primera vez. La primera vez había llegado al dormitorio como quien llega tarde a una cita, ansiosa y torpe, queriendo terminar antes de empezar. Ahora quería hacer lo contrario. Quería empezar mucho antes que el final.
Me llevé el dildo a los labios. Sé que suena ridículo escribirlo así, pero al principio me dio risa. Una risa nerviosa, como cuando una niña se prueba el lápiz labial de su madre frente al espejo. Después dejé de reírme. Pasé la lengua por la punta, despacio, imaginando que era de verdad. Imaginando una cara, unas manos, una respiración encima de la mía. La punta primero, como un saludo. Después la base. Después un poco más adentro.
Lo hundí hasta donde pude. La primera arcada me sorprendió. Lo retiré, respiré, me reí de mí misma con la boca llena de saliva. Volví a intentarlo. Otra arcada. Volví a sacarlo. Ya no me reía. Empezaba a entender por qué la gente habla de estas cosas con esa mezcla de pudor y entusiasmo. No era solo un ejercicio físico. Era un juego con mi propio cuerpo, con mis propios límites.
Cuando lo saqué de mi boca por última vez, tenía la barbilla brillante y una mancha en la bata. Bajé la mirada. Estás empapada. Lo estaba, sí. No hacía falta tocarme para saberlo. Las piernas se me habían apretado solas y notaba el calor entre los muslos como si tuviera fiebre.
Me tumbé.
***
Las almohadas las usé para apoyarme la espalda, no la cabeza. Levanté las rodillas, abrí las piernas, y por primera vez en mucho tiempo me miré ahí, sin prisa, sin vergüenza. La luz amarilla de la lámpara me dejaba ver lo justo. Pasé el dildo entre mis pliegues sin meterlo todavía. Solo lo paseaba, arriba y abajo, dibujando círculos lentos. Lo hacía deslizar con la humedad que ya estaba ahí, y cada vez que la punta rozaba el clítoris, mi cadera saltaba un poco hacia adelante.
Apreté la mandíbula. No te apures. Me lo repetí como un mantra.
Lo presioné contra la entrada. Solo la punta. La sentí ceder un poquito, lo justo para asustarme y para no asustarme al mismo tiempo. Hundí un centímetro. Esperé. Hundí otro. Esperé. La primera vez había intentado meterlo entero de golpe, como si fuera una llave en una cerradura nueva, y por supuesto me había hecho daño. Ahora cada milímetro era una conversación.
Empezó a doler de una manera distinta. No el dolor agudo de la primera vez. Un dolor sordo, casi grato, como un músculo que se estira después de mucho tiempo quieto. Llevé la mano libre al clítoris. Empecé a acariciarme con dos dedos, lento, en círculos pequeños. El dolor se fue suavizando. La tensión se fue moviendo.
Lo metí más.
Llegó un momento en que ya estaba dentro casi entero y mi cuerpo lo aceptaba sin quejarse. Lo dejé ahí, quieto, mientras mis dedos seguían trabajando arriba. Sentí la presión de los dos puntos a la vez y se me escapó un sonido que no había hecho nunca, ni con las manos. Algo entre un suspiro y un quejido. Lo solté como si nadie lo fuera a oír. Porque nadie lo iba a oír.
Empecé a moverlo.
Despacio al principio. Apenas un vaivén corto, casi simbólico. Después un poco más. Después con un ritmo. Sentía cómo el juguete entraba y salía, cómo la humedad lo hacía deslizarse cada vez con menos esfuerzo, cómo mi mano libre seguía acariciando arriba sin dejar de oír al resto del cuerpo. Las caderas se movían solas, buscando el ángulo. La espalda se arqueaba un poco. Los pezones se me habían puesto duros sin que yo me hubiera tocado un pecho siquiera.
Hubo un momento en que necesité más.
Lo digo así, con esas palabras, porque fue exactamente eso. Una necesidad, no un capricho. Saqué el juguete del todo, lo apoyé un segundo sobre la sábana, respiré, y volví a metérmelo de una sola vez, más adentro que antes. La descarga me recorrió desde el talón hasta la nuca. Me oí gemir y la voz no me sonó mía. La cadera se me fue al techo. Las piernas empezaron a temblarme sin permiso.
Estaba cerca. Lo sabía con esa certeza nueva que solo se aprende practicando. La primera vez había andado a ciegas, buscando algo que ni siquiera sabía nombrar. Ahora reconocía las señales: la respiración que se me quedaba corta, los muslos que se cerraban solos contra mi mano, el calor que dejaba de ser calor y pasaba a ser otra cosa, una corriente.
Aceleré los dedos arriba. Mantuve el dildo dentro, presionando profundo, sin moverlo apenas, dejando que el peso hiciera el trabajo. Cerré los ojos. Ya. Ya. Ya.
Y llegué.
***
No fue como lo había leído en ninguna parte. No fueron fuegos artificiales ni una explosión cinematográfica. Fue una ola, eso sí, pero una ola que empezó muy abajo, en algún punto que no sabía que tenía, y subió poco a poco hasta hacerme apretar los párpados, morder la almohada y oír mi propia voz desde lejos, como si hablara otra. Las piernas me temblaron de verdad, no como en las películas, sino con un temblor real, eléctrico, que me obligó a soltar el dildo. Y entonces pasó algo que no esperaba.
El juguete salió solo.
Lo digo literal: no lo retiré yo. Mi cuerpo lo expulsó por sus propios líquidos, por los espasmos, por la presión interna que ya no lo necesitaba. Lo sentí caer sobre la sábana entre mis muslos. Me dio un poco de risa, una risa cansada, casi tierna. Como si el juguete y yo nos despidiéramos hasta la próxima vez.
Me quedé así un buen rato. Las piernas todavía abiertas, la respiración descompasada, los ojos cerrados. La canción que sonaba en el portátil había cambiado dos veces y yo no me había enterado. Olía a sudor y a algo más íntimo, ese olor que solo aparece cuando una se entrega a sí misma sin testigos.
Después me levanté. Me fui al baño con las rodillas todavía blandas, casi cojeando. Me lavé con agua tibia, despacio, como me había lavado antes, pero ahora con un sentimiento distinto. Algo así como gratitud hacia mi propio cuerpo. Lavé también el juguete con cuidado, lo sequé con un paño limpio, lo dejé sobre la toalla para que terminara de secarse al aire.
Volví al cuarto. Cambié las sábanas porque no iba a poder dormir sobre la mancha. Me puse unas bragas limpias y un pijama de invierno que me queda dos tallas grande y me hace sentir como si me abrazara la cama. Apagué la lámpara. Recogí el juguete del baño, lo guardé en su bolsita de tela, lo metí al fondo del cajón otra vez. Pero esta vez no como castigo. Esta vez como quien guarda algo que vale.
Me dormí enseguida.
Soñé con cosas raras, todas buenas. Por la mañana me desperté con esa pereza buena de los sábados largos, miré el techo y pensé que la primera vez no había servido para nada y a la vez había servido para todo. Sin esa primera vez torpe y dolorosa, no habría aprendido a tener paciencia. La práctica hace al maestro, dice el refrán, y resulta que también vale para esto. Para conocerse, para escucharse, para entender que el cuerpo no es un examen que se aprueba a la primera.
Por eso quería contárselos. No por morbo ni por presumir. Por si alguien anda por ahí con su primer juguete guardado en un cajón, asustada después de un primer intento que salió mal. Para esa persona escribo esto: no te rindas, no te apures, no te pelees con tu cuerpo. Habla con él. Pídele permiso. Dale tiempo.
Prometo no tardar tanto en la próxima entrada. Tengo cosas que contar. Algunas con juguete, algunas sin, alguna que ya no sé si fue real o la imaginé tan bien que da igual.
Gracias por seguir leyéndome después de tantos meses de silencio. Besos.