La resaca de San Valentín que terminó en confesión
Tengo veinticinco años y soy residente de pediatría en un hospital del centro. Llevo casi cinco años con Diego, mi novio, residente de traumatología en el mismo edificio. Nos conocimos en la facultad, en primero, cuando aún teníamos cara de no entender nada. Él me caía mal porque era de los que siempre levantaban la mano. Yo a él le caía mal porque siempre llegaba tarde a las clases de las ocho. Después nos hicimos amigos. Después algo más. Y aquí seguimos, compartiendo piso, guardias y, hasta hace poco, una rutina sexual cómoda que ninguno de los dos se atrevía a admitir que se había vuelto aburrida.
Yeison entró en nuestras vidas el mismo día que entramos en la carrera. Cubano, alto, fibroso, con esa risa que se oía en el otro extremo del aula. Diego y él se hicieron inseparables casi a la fuerza, los dos con el mismo sentido del humor y la misma manía de quedarse hasta tarde repasando casos. Yo lo adopté como amigo enseguida. Hacía tiempo que el trío Diego–Yeison–Marina era marca registrada del grupo: cenas, bodas ajenas, viajes a la sierra, noches enteras en el cuarto de guardias.
Lo que voy a contar pasó el quince de febrero, no el catorce. Aclaro la fecha porque importa.
Diego y yo llevábamos tres semanas planeando una noche de San Valentín distinta. Cena temprano en casa, una botella de vino que sobraba para dos, lencería nueva que yo había comprado un sábado por la tarde sin decirle nada y un postre con pinta de pecado. Era nuestra forma de decir, sin decirlo, que íbamos a sacudir un poco esa rutina de los viernes que parecía estar firmada por contrato.
A las seis de la tarde Diego me llamó desde el hospital. Que Yeison y otros del servicio iban a tomar una caña, que se acercaba un rato y volvía, que me lo prometía. A las nueve seguía sin volver. A las once apareció apoyado en Yeison, con la corbata torcida y los ojos vidriosos. Yeison se disculpó cinco veces seguidas y dijo que él tampoco estaba para conducir, que prefería dormir en el sofá antes que arriesgarse en el coche.
Me tragué la frustración. La lencería se quedó dentro del cajón. La cena, en la nevera. El vino lo abrí yo sola y me bebí tres copas viendo una serie en silencio.
A la mañana siguiente, quince de febrero, ninguno de los tres se levantó antes de las dos de la tarde.
***
Yo fui la primera en bajar a la cocina. Me había puesto unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes sin sujetador. Cuando empecé a pensarlo después, me di cuenta de que la elección no había sido tan inocente como me dije a mí misma esa mañana.
Diego apareció con bóxer y el pelo de punta. Me dio un beso en la sien y un abrazo desde atrás más largo de lo normal, esa forma de pedir perdón sin tener que armar la frase entera.
—Lo siento, mi amor. Ayer la cagué hasta el fondo —murmuró contra mi cuello.
Yeison entró a los dos minutos. Calzoncillos negros, torso fibroso, esa piel oscura que en el hospital quedaba escondida bajo el pijama quirúrgico. Tenía la cara de quien sabe que es invitado y no termina de irse.
—Buenos días, vecinos. ¿Hay café para el delincuente del sofá?
Sonreí a mi pesar. Diego soltó una carcajada ronca. La cafetera empezó a gorgotear y los tres nos quedamos apoyados en distintos puntos de la encimera, en silencio, mirándonos como si estuviéramos buscando un tema que ninguno se atrevía a abrir.
Lo abrí yo.
—Pues vaya San Valentín de mierda nos hemos pegado.
Diego bajó la mirada. Yeison se rió bajito.
—La culpa fue mía, Marina. Lo arrastré yo. Se lo prometí.
—Ya lo sé. Aun así fue un asco —contesté.
Sentí la rabia mezclada con otra cosa. Llevaba todo el día anterior con el cuerpo pidiendo guerra y al final lo único que había recibido era una almohada. Miré a Diego, descalzo y con el bóxer un poco torcido. Miré a Yeison, los hombros anchos y esa cintura estrecha que se me había metido en la cabeza más veces de las que estaba dispuesta a admitir.
Lo dije sin pensarlo del todo.
—¿Y si lo arreglamos los tres?
Diego levantó la cabeza tan rápido que pensé que se iba a hacer daño en el cuello.
—¿Cómo que los tres?
—Tal y como suena. Estoy harta de que el catorce sea una decepción. Y llevo desde ayer queriendo desconectar de algún modo.
Hubo un silencio largo. Yeison apoyó la taza en la encimera, despacio, como si estuviera midiendo lo que iba a decir.
—Marina, eso lo decidís vosotros dos. A mí no me metáis en una pelea de pareja.
—No es ninguna pelea —dije, y di un paso hacia él—. Es una propuesta. Y tú ya sabes que siempre os he visto miraros raro, los dos.
Diego se puso rojo. No lo niego.
—Marina, en serio…
Lo corté con una mano en su pecho.
—No estoy diciendo nada que no haya pensado más de una vez. Y tú, Yeison, llevamos años dándonos abrazos un poco más largos de la cuenta. No hace falta hacerse el inocente.
Yeison se rió bajito. Bajó la mirada y miró a Diego de reojo.
—Si voy a ser sincero, y por una vez voy a serlo del todo, llevo desde primero de carrera con esa curiosidad por tu novio. Nunca dije nada porque era hetero y estaba contigo. Y a ti te quiero como amiga.
Diego lo miró sin saber dónde ponerse. Pero por debajo del bóxer se veía perfectamente que su cuerpo había dejado de fingir antes que su cara.
—Yo… —empezó.
Le acaricié la mejilla.
—Nadie va a obligar a nadie. Si tú no quieres, lo dejamos aquí y nos reímos en quince años.
Tragó saliva. Miró a Yeison.
—No sé si quiero, pero tampoco quiero quedarme con la duda toda mi vida. Vale. Pero pongo una condición.
Levanté una ceja.
—Cuál.
—Si voy a probar algo nuevo con él, quiero que tú también pruebes algo nuevo conmigo. Quiero que me hagas con la lengua lo que nunca has querido hacerme. Y quiero hacerlo mientras le tengo a él en la boca.
Sentí un golpe en el estómago, en el bueno. Le sostuve la mirada un segundo de más.
—Vale. Lo haré. Por ti. Y porque me apetece, también.
***
Lo primero fue el silencio. Como si los tres entendiéramos que cualquier broma a partir de ese momento iba a romper el aire.
Yeison se arrodilló delante de Diego y le bajó el bóxer despacio, sin teatro. Cogió su sexo con la mano derecha y se lo metió en la boca como si lo hubiera ensayado toda la vida. Diego soltó una respiración ronca, se agarró al borde de la encimera y cerró los ojos. Vi cómo su cara pasaba en cuestión de segundos del miedo al placer, sin pasar por nada intermedio.
—Joder, Yeison… —murmuró.
Diego se dejó caer hacia delante hasta apoyar las manos en el suelo, en cuatro. Yo me coloqué detrás. Le bajé el bóxer del todo y, antes de pensarlo dos veces, hundí la cara entre sus nalgas. Mi lengua le tocó donde nunca me había atrevido a llegar. Sentí cómo se estremeció, cómo soltó un gemido contra el sexo de Yeison.
—Marina… joder…
—Calla y disfrútalo —susurré, y volví a por más.
Lamí despacio, sin prisa, alternando lengua plana y punta. Diego empujaba hacia atrás, hacia mi boca, mientras chupaba. Era la imagen más extraña y más excitante que había visto nunca: ese chico que siempre me decía que era hetero sin matices, perdiendo la cabeza con la boca de su mejor amigo y mi lengua a la vez.
Yeison sacó el sexo de su boca un segundo y le pasó la mano por la nuca.
—Ahora tú. Solo si quieres.
Diego me miró. Yo asentí, con la lengua todavía donde estaba.
Cogió el sexo de Yeison con la mano un poco temblorosa. Lo acercó a su boca con la duda de alguien que cruza una frontera sabiendo que ya no se vuelve igual. Pasó la lengua por la punta. Yeison gimió bajo, casi un suspiro.
—Así… tranquilo. No tengas prisa.
Diego empezó despacio, después un poco más profundo. Yo seguí lamiéndole, tocándome con la mano libre, mojada hasta los muslos.
Después de unos minutos no aguanté más.
—Quiero estar entre los dos. Ya.
***
Me tumbé en la alfombra del salón. Diego se metió entre mis piernas sin avisar, de una embestida que me arqueó la espalda. Yeison se colocó al lado de mi cabeza y yo giré la cara y le abrí la boca sin decirle nada.
Estuvimos así un rato largo, con un ritmo que se acoplaba sin que nadie lo dirigiera. A los cinco minutos rotaron. Yeison entró en mí, Diego me ofreció su sexo. Lo recibí con hambre, con una mezcla de excitación y ternura que no sabría explicar. Volvieron a cambiar otra vez. Y otra.
En algún momento me di cuenta de que ellos también estaban cambiando algo entre ellos. Diego se inclinó por encima de mi hombro y besó a Yeison en la boca. No fue un beso de prueba. Fue un beso de los que no se borran.
—Bésame mientras la follo —murmuró Yeison, y Diego obedeció.
Llegué primero, empujada por la combinación absurda de tener uno dentro y al otro en la lengua. Diego se vino unos segundos después, dentro de mí, con los dedos clavados en mi cadera. Yeison aguantó un poco más, me miró desde arriba con esa media sonrisa suya y se vino en mi boca cuando le hice un gesto con la barbilla.
Pero la tarde aún no había terminado.
Me senté de rodillas en la alfombra y los miré a los dos.
—Ahora os quiero ver a los dos a la vez. En mi cara.
Se pusieron de pie juntos, sin separarse del todo. Se masturbaban mirándose entre sí, no a mí, y eso fue lo que más me puso. Yeison cerró los ojos primero. Diego le buscó la boca otra vez. Y los dos se vinieron casi al unísono, sobre mis labios, mis mejillas, el cuello.
Me quedé quieta un segundo, con los ojos cerrados, sintiéndolos respirar. Después abrí la boca y los miré con una sonrisa que no he vuelto a tener nunca.
—Vale —dije—. Esto sí ha sido un San Valentín como Dios manda. Aunque sea con un día de retraso.
***
No voy a decir cómo terminó la historia entre nosotros tres. Porque eso es otro relato y no me toca a mí contarlo entero. Diego y yo seguimos. Yeison sigue siendo nuestro mejor amigo. A veces cenamos los tres y nadie habla de aquella tarde de febrero. Otras veces, alguno suelta una broma de doble sentido y los otros dos miramos al suelo para no reírnos demasiado.
Cuando alguien me pregunta cuál ha sido la mejor confesión que tengo guardada, me limito a sonreír. Esta es la primera vez que la cuento entera. Y, sí, sigo pensando que la mejor parte no fue el sexo, sino el segundo en que los tres entendimos, sin decirlo, que nada iba a romperse.