Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El camionero le cobró cara la afrenta

Habían pasado tres semanas desde aquella noche en el piso de Tomás, y Ramiro seguía rumiando la jugada con el cigarro entre los dientes. Cien euros. La cría les había sacado cien euros a cada uno, sonriendo como una emperatriz mientras borraba el vídeo del móvil delante de sus narices. Iván se lo tomó a risa, dijo que era el polvo más barato de su vida, pero a Ramiro le escocía algo distinto al billete. Le quemaba la sonrisa.

Era un camionero de la vieja guardia: asfalto, tabaco negro y códigos no escritos. En su libreta de ruta, nadie se iba de rositas. Y la suerte, o la mala cabeza de su amigo, le devolvió la oportunidad en bandeja un martes a las once de la mañana, cuando el teléfono empezó a vibrar sobre el salpicadero.

—Ramiro, hermano, necesito un cable —arrancó Tomás, con esa voz blanda que daban ganas de zarandear—. El coche se me ha jodido y Carla ha quedado con unos colegas en una casa rural cerca de Ezcaray. Tú pasas hoy por allí, ¿no? Si me la acercas tú, me arreglas el día.

Ramiro tardó dos segundos en responder. El tiempo justo para que la sonrisa lenta se le dibujara bajo la barba canosa.

—Tranquilo. La recojo en una hora. Ya sabes que para mí es como de la familia.

Colgó y miró al frente, a su MAN. Llevaba dos días en la carretera. Dos días sin tocar una ducha, durmiendo en áreas de servicio, comiendo bocadillos de chorizo y meando en el arcén. Se olió la axila por curiosidad. Un tufo ácido, denso, de hombre macerado en su propio jugo. Se rascó la entrepierna a través del vaquero. Allí abajo la cosa estaba peor. El sudor se había secado y vuelto a humedecer un par de veces, dejando un caldo almizclado y pesado, ese aroma que la chica seguramente no había olido nunca de cerca.

—Hoy te enseño yo lo que es un hombre, niñata —masculló, arrancando el motor.

No pensaba ducharse. Ese era el condimento de la revancha.

***

Cuando llegó al portal, Carla ya esperaba abajo con una mochila pequeña y esa actitud de reina que tanto le ponía y le irritaba a partes iguales. Vaqueros ajustados, camiseta de tirantes, los hombros bronceados. Tomás bajó a despedirla, le dio un beso en la frente y agradeció a Ramiro el favor a través de la ventanilla.

—Cuídamela, que esa niña es mi tesoro.

—Como si fuera mía —contestó Ramiro—. Descuida.

Carla trepó a la cabina con un saltito. El contraste fue inmediato. Ella olía a champú de coco y a desodorante caro; el habitáculo, a tabaco rancio, cuero viejo y a la humanidad concentrada de un tipo de cincuenta y tantos pegado al volante.

—Hola, Ramiro —dijo soltando la mochila a sus pies—. Gracias por el viaje. ¿Me cobras tarifa de taxi o esta vez invita la casa?

Lo dijo con sorna, recordándole el chantaje. Ramiro no la miró. Metió primera con un golpe seco y la cabina dio una sacudida brusca.

—Tú tranquila, muñeca. Que las cuentas las vamos a ajustar ahora.

***

Salieron de la ciudad y la autovía se abrió ante ellos como una cinta gris. El aire acondicionado estaba averiado desde febrero, y el calor empezó a subir dentro de la cabina mucho antes de los primeros veinte kilómetros. Ramiro sudaba. Notaba las gotas bajándole por la espalda y la humedad concentrándose en la entrepierna, reactivando el olor del paquete fermentado. No abrió la boca durante un buen rato. Sentía los ojos de la cría clavados en él, repasándolo de reojo con un descaro nuevo.

Carla se había repantingado en el asiento. Miraba esa barba canosa y descuidada, los antebrazos cubiertos de un vello oscuro pegado por el sudor, las venas gruesas que se le marcaban cada vez que cambiaba de marcha. No era asco lo que sentía. Era otra cosa.

Por la cabeza le pasaban, sin permiso, imágenes de la noche en el dormitorio del piso de su padre. Ramiro e Iván turnándose sobre ella sin compasión. El peso bruto de los cuerpos, el calibre que ninguna chica de su edad calculaba bien antes de meterse en aquel juego. Al día siguiente apenas podía caminar. Tenía agujetas hasta el ombligo y los labios hinchados al borde del desgarro. Se había llevado cien euros por barba con el chantaje y se sentía orgullosa de la jugada, pero ahora, viendo al camionero sudar y oliéndolo desde el otro asiento, intuía que la inversión había sido demasiado barata.

—Hace calor, ¿no? —dijo Carla, abanicándose con la mano.

—Es lo que hay. Esto es un camión, no una limusina para princesitas chantajistas.

Ella se giró, pillada por el tono. Ramiro aprovechó para pasarle la mirada por el cuerpo, deteniéndose en los labios rosados.

—Escúchame bien, Carla —bajó la voz hasta convertirla en un gruñido—. Tu padre cree que te estoy haciendo un favor. Tú te crees muy lista por habernos sacado la pasta. Pero aquí, en mi camión, se hace lo que me sale a mí de los cojones.

—¿De qué vas? —intentó la chulería, aunque le tembló un poco la voz—. No tengo el móvil grabando, pero si te pasas...

—¿Si me paso qué? ¿Vas a llamar a tu padre? ¿A contarle que te tiraste a sus dos mejores amigos y luego les cobraste? No tienes cojones, niña.

Ramiro se desabrochó el cinturón sin apartar la vista del asfalto. Después, con un gesto vulgar, se soltó el botón del vaquero y se bajó la cremallera. El sonido metálico cortó el aire de la cabina.

—¿Qué haces? —Carla se pegó a la puerta, con los ojos como platos.

—Tengo un dolor de huevos que no aguanto. Y tú tienes una deuda. Esos cien euros... digamos que cubrían la entrada. Ahora vas a pagar el resto.

Metió la mano en el calzoncillo y sacó la verga. Estaba semierecta, gorda, pesada, descansando contra el muslo izquierdo. Pero lo que golpeó a Carla no fue la imagen, fue el olor. Una bofetada acre llenó el espacio entre los dos asientos. Orina seca, sudor rancio, ese olor a macho cabrío de quien lleva dos días sin ver el agua.

—Joder, Ramiro... —murmuró tapándose la nariz—. Eso apesta. ¿No te has lavado?

—No he tenido tiempo, princesa —se rió él—. He estado trabajando para ganar los billetes que tanto te gustan. Y ahora vas a limpiar tú lo que no ha limpiado el agua.

—Estás loco. Ni de coña.

Ramiro agarró el volante con la izquierda y la nuca de Carla con la derecha. Los dedos, callosos como tenazas, se enredaron en su pelo.

—No te he preguntado si te apetece. Estamos a cuarenta minutos. Si quieres llegar, vas a venir aquí y me la vas a dejar limpia. Si no, paro en cualquier cuneta y te bajas. Tú decides.

Carla miró por la ventanilla. Un secarral, kilómetros de nada. Estaba atrapada. Volvió a mirarle la entrepierna y tragó saliva. La verga latía con impaciencia, gruesa, oscura. Era repugnante, sí, pero la autoridad bruta del camionero, ese «aquí mando yo», le encendía una chispa oscura abajo del estómago. La misma chispa que la había llevado, semanas atrás, a aceptar el primer billete.

—Venga, al pilón —ordenó él, empujándole la cabeza con suavidad pero sin opción—. Con la lengua.

***

Carla se desabrochó el cinturón y se deslizó hacia el espacio central. El olor se hizo insoportable a esa distancia. Sacó la lengua y dio una primera lamida tímida al tronco. El sabor le explotó en la boca, sal pura y algo amargo, y le subió una arcada por el esófago. Ramiro le apretó la nuca.

—Eso es. Lame bien. Que no quede nada.

Cerró los ojos un instante, sintiendo la lengua suave de la universitaria luchando contra la suciedad. El contraste era brutal. La delicadeza de ella contra la inmundicia de él. La diferencia de edad, de poder, de todo. Él era el rey del asfalto; ella, la cría que se había creído más lista y ahora estaba arrodillada sobre la alfombrilla manchada de barro.

—Abre la boca y métetela entera.

Carla obedeció. La cabeza del glande le entró hasta tocarle la campanilla y la garganta se le cerró de golpe. Se atragantó con los ojos llenos de lágrimas. Ramiro empujó las caderas hacia delante con un gruñido.

—Traga. Eso te toca por listilla.

El camión seguía devorando kilómetros. Conducía con una mano y miraba de reojo hacia abajo. Verla a ella, la hija de Tomás, con la cara hundida en su entrepierna, era la imagen más gloriosa que había tenido en meses.

La chica empezó a coger un ritmo forzado por las embestidas. La nariz aplastada contra el vello canoso, respirando obligatoriamente el aroma concentrado. Cada inhalación le llenaba los pulmones de aquel olor a hombre sucio. Era mareante y, para su propia confusión, también estimulante. Algo se le había desbloqueado por dentro y no sabía cómo cerrarlo.

—Saca las tetas —ordenó él, tirándole del pelo para separarla—. Quiero verlas. Aire un segundo, que me corro antes de tiempo.

Carla obedeció al instante, casi agradecida de poder respirar. Con dedos torpes se bajó el escote. Los pechos cayeron pesados, blancos, contrastando con la mugre de la cabina.

—Joder, vaya par —se relamió Ramiro, desviando los ojos un segundo de la carretera—. Más grandes de lo que recordaba.

La mano callosa, áspera como una lija, se cerró sobre el pecho izquierdo. Pinzó el pezón con el pulgar y el índice, uñas oscuras incluidas, y lo retorció. Carla arqueó la espalda con un gemido seco. Antes de que pudiera recuperarse, la otra mano voló al pecho derecho con una palmada sonora que retumbó en la cabina. La carne tembló, enrojeció al instante, y Ramiro soltó una carcajada ronca.

—Mira cómo bambolean. Buenas ubres tienes, sí señor. Me pones más cachondo que un toro semental, guarra.

La obligó a volver. Ahora la verga estaba dura como una piedra. Empezó a follarle la boca con violencia, sin cuidarse de que ella se golpeara contra el volante o la palanca. La saliva le caía por las comisuras mezclada con los restos de antes.

—La universitaria... el tesorito de papá... tragando polla de camionero —jadeaba—. ¿A qué sabe el tío Ramiro? Sabe a hombre, ¿verdad? No como esos pijos de la facultad que huelen a colonia.

Carla no podía contestar. Tenía la boca llena, el cuello forzado, el cuerpo vibrando con el motor del MAN como si la propia máquina fuera una extensión de aquel hombre. Por su cabeza pasaban, como diapositivas mal proyectadas, las aulas, las conferencias, los cafés con leche de soja, los compañeros de manos suaves. Todo aquello le pareció de pronto un decorado de cartón frente a la realidad bruta que tenía entre las manos.

***

El asfalto traicionero les jugó una mala pasada. La rueda golpeó un bache profundo y el cuerpo de Carla se desplazó bruscamente. Por un instante, sus dientes rozaron la piel tensa de Ramiro.

El rugido de él llenó la cabina.

—¡Me cago en tu estampa, niñata! ¿Quieres dejarme sin rabo?

Antes de que ella pudiera reaccionar, una mano enorme, con olor a grasa y a volante, se cerró sobre su cabello. Le tiró del pelo con violencia hasta obligarla a levantar la cara. Sus ojos se cruzaron: los de ella, empañados; los de él, encendidos por un fuego despótico.

Sin mediar palabra, le cruzó la cara con el dorso de la mano. No fue un golpe de caballero, fue un correctivo bruto. Carla notó el sabor metálico en la boca. Ramiro acumuló saliva en la garganta y le escupió directamente entre los labios, un gesto tan soez que le arrancó un sollozo.

—Límpiate eso. Y como me vuelvas a rozar con esos dientes de leche, te dejo en la cuneta. ¡Sigue!

La empujó otra vez hacia abajo. Carla retomó la labor temblando, con la mejilla ardiendo y el rastro del escupitajo como una marca de propiedad. Lo hacía ahora con un fervor distinto, casi religioso. El miedo y el deseo se le habían mezclado en algo que no sabía nombrar.

—Me voy a correr —avisó Ramiro, tensando los muslos—. Y te lo vas a tragar todo. Como escupas una sola gota, te juro que lames el suelo.

Soltó el volante un segundo para agarrarle la cabeza con las dos manos y clavársela hasta el fondo, bloqueándole la respiración.

—¡Traga, puta!

La descarga fue brutal. Espesa, caliente, de quien lleva días acumulando ganas y rencor. Carla notó los espasmos contra el paladar, los chorros sucesivos, la mano férrea en la nuca impidiéndole separarse hasta que él se vació por completo. Cuando finalmente la soltó, ella echó la cabeza hacia atrás, tosiendo, con la cara roja y un hilo de baba colgándole del mentón.

***

Ramiro se recostó en el asiento con un suspiro de satisfacción absoluta. Se subió la cremallera con calma, sin limpiarse, dejando que los restos se secaran ahí. Encendió un cigarrillo y bajó un poco la ventanilla.

—Buen trabajo, guapa —dijo, volviendo a poner las dos manos en el volante—. Ya casi estamos.

Le pasó la vista del parabrisas a la jovencita, todavía postrada entre sus piernas, y la sonrisa de satisfacción se transformó en una mueca de superioridad.

—No pongas esa cara, que te van a salir arrugas —soltó con una risita seca—. Una mamada así me costaría cincuenta euros en cualquier club de carretera. Y allí, al menos, fingen que les gusta.

Carla intentó responder, pero él la cortó levantando un dedo. El silencio en la cabina se hizo asfixiante, sólo roto por el zumbido de las ruedas.

—Pero no te relajes, preciosa —añadió, bajando la voz hasta convertirla en un susurro amenazante—. Aún queda por cobrarte la otra mitad de tu mierdecilla de chantaje. Así que vete preparándote, porque el día menos pensado te vuelvo a poner de rodillas.

Hizo una pausa, disfrutando del temblor en las manos de la chica.

—Y un consejo, niña: reza. Reza mucho para que a Iván no se le antoje cobrarse también lo suyo, porque él no es ni la mitad de paciente que yo.

Carla se limpió la boca con el dorso de la mano, todavía con ganas de vomitar por el regusto amargo. Volvió a su asiento y se subió el escote, temblando, sin atreverse a mirarlo. Diez minutos después, el camión se detuvo frente a la casa rural. En el porche, dos chicas y un chico saludaban con la mano.

—Venga, baja —dijo Ramiro, echando el humo del cigarrillo hacia ella—. Y enjuágate, que se te huele el aliento desde aquí.

Antes de que abriera la puerta, le sujetó el brazo con fuerza.

—Ah, Carla... —le guiñó un ojo, rascándose la barba—. La próxima vez que quieras jugar con los mayores, recuerda que las reglas las ponemos nosotros. Y a la vuelta lávate tú, que igual me apetece postre.

La chica bajó del camión sin decir palabra, con la cara ardiendo y las piernas temblando de una forma que no sabría explicar a sus amigos. Detrás, Ramiro arrancaba la bestia y se alejaba por la nacional, riéndose por dentro, dejando una nube de humo negro y la certeza de que la deuda, por ahora, estaba saldada.

Valora este relato

Comentarios (7)

vikingo_lector

Tremendo. No esperaba que girara así, me atrapó hasta el final.

Tomas_SA

Me quede con ganas de mas, hay segunda parte??

MateoSaav

La tension que se va armando al principio esta muy bien lograda, de esos que no podés dejar de leer

Vanina_SF

Muy bueno, sigue así!!

caminante_nocturno

Me recordó a algo que le pasó a una conocida. Esas situaciones son más comunes de lo que uno cree... igual buen relato, engancha

Lauti_BA

El titulo solo ya pica la curiosidad, y el relato no decepciona. Bien escrito!

nocheoscura99

se hizo corto jajaja quiero mas

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.