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Relatos Ardientes

La mujer que me hizo temblar sin tocarme

Soy Sofía, y en esta pareja siempre soy yo la que escribe.

Mi marido Diego y yo llevamos años en lo que el mundo llama una relación abierta. Ninguno de los dos usa esa etiqueta con vergüenza: simplemente somos así, abiertos y honestos entre nosotros. Cuando me registré en una app de encuentros con un perfil que aclaraba nuestra situación —pareja libre, yo bisexual, él heterosexual— no esperaba que nada importante fuera a salir de ahí.

Pero entonces llegó el mensaje de Elena.

De todas las personas que nos escribieron esa primera semana, Elena era la única que no empezaba hablando de sexo. Su primer mensaje era escueto: «Hola, leí tu perfil con cuidado y me gustaría hablar». Eso fue todo. Sin propuesta directa, sin foto adjunta, sin insinuación.

Le respondí ese mismo día.

***

A lo largo de las semanas siguientes me fue contando su historia en fragmentos. Tenía un marido rico, dueño de propiedades en varias ciudades, obsesionado con aparentar una familia perfecta. Para él, Elena no existía más allá de la imagen que le ofrecía al mundo: madre presentable, esposa sonriente en los eventos correctos. En la cama la penetraba dos minutos y se daba vuelta a dormir. Sin mirarla. Sin preguntarle nada.

Después de mucha presión de sus amigas había decidido buscar algo diferente. Primero lo intentó con un hombre. Me contó que ese hombre había sido todo lo contrario a su marido: hábil, generoso, la había hecho gemir como nunca antes. Pero cuando terminaron, él se vistió sin mirarla, le dio las gracias como quien cierra una reunión y se fue. Elena se quedó sola en esa cama sintiendo el vacío más profundo de su vida. Lloró hasta quedarse dormida.

Empezó a buscar pornografía por internet. Todo le parecía mecánico y tosco, sin erotismo real. Hasta que encontró escenas entre mujeres. Eso la llenó durante varios meses. Pero seguía sintiéndose vacía de fondo.

—Lo que busco —me escribió una tarde— no es solo acostarme con alguien. Quiero que alguien me mire de verdad.

Esas palabras me llegaron directo al pecho. Le propuse encontrarnos. Solo ella y yo: Diego no formaría parte de esto.

***

Me citó en un departamento del centro de la ciudad. Era de su marido, uno de los muchos que él tenía y nunca visitaba. Cuando llegué al edificio me detuve un momento en el ascensor. Hacía tiempo que no sentía esa clase de nerviosismo antes de un encuentro: no era la anticipación sexual de siempre, sino algo más cercano a la emoción de conocer a alguien que ya importaba antes de verla.

Cuando abrió la puerta vi que no llevaba maquillaje. Tenía el cabello castaño suelto hasta la mitad de la espalda, una falda que le llegaba a las rodillas y una blusa de botones sencilla. No parecía que me estuviera esperando para tener sexo. Parecía que me esperaba para tomar té y hablar.

—Hola —dije, y mi propia voz me sonó más suave de lo que había planeado.

Me extendió los brazos para saludarme. Cuando su piel rozó la mía se me erizó la nuca entera. Lo disimulé. O traté de disimularlo.

***

Era menuda: no llegaría al metro cincuenta y cinco. Delgada, de movimientos tranquilos. La piel blanca con ese tono que deja el sol cuando alguien pasa tiempo al aire libre sin buscar el bronceado. Los senos pequeños, las manos chicas, las piernas bien torneadas.

Pero lo que me desarmó no fue nada de eso. Fue la mirada. Sus ojos tenían algo dentro que al principio no supe nombrar y que después identifiqué sin dudarlo: melancolía. No la dramática, no la que se usa como disfraz. La otra. La silenciosa. La que deja en una mujer años de sentirse invisible para la persona que debería mirarla.

Me ofreció algo para tomar y lo acepté con una sonrisa.

Nos sentamos en el sofá de esa sala ordenada y durante un buen rato hablamos. Me volvió a contar lo del hombre, con más detalle que por mensaje. El llanto de esa noche, las semanas mirando el techo, la búsqueda de pornografía hasta dar con algo que le hablaba de otra manera. El alivio y la persistente sensación de vacío.

Mientras ella hablaba yo acariciaba su brazo sin pensar en ello. Levemente, con la punta de los dedos. Y algo en mí, algo al mismo tiempo físico y emocional, empezaba a moverse por dentro.

—¿Te importa que no nos apuremos? —me preguntó en un momento—. Quiero disfrutar esto como corresponde.

—Para nada —respondí.

Y lo decía en serio. En ese momento no tenía ningún apuro.

***

No recuerdo quién se acercó primero. Quizás fui yo. Quizás fue ella. Lo que sí recuerdo es que de pronto ya no había distancia entre nosotras y eso era lo único que importaba.

El primer beso fue suave. Labios cerrados, una presión mínima, como si las dos estuviéramos haciendo la misma pregunta al mismo tiempo. Cerré los ojos. El aliento de Elena olía a algo fresco y cálido a la vez. Nos quedamos así un momento largo sin movernos, sin urgencia ninguna.

Luego abrí la boca un poco. Y ella respondió.

Lo que vino después no tenía nada de urgencia pornográfica. Era otra cosa: dos personas aprendiendo el ritmo de la otra, construyendo algo juntas sin apuro. Sus manos encontraron mi cabello. Las mías, su cintura.

—Nunca nadie me había besado así —dijo cuando nos separamos un instante.

No respondí. La besé de nuevo.

***

Dejé caer los tirantes de mi vestido. Mis pezones quedaron expuestos al aire fresco del departamento. Elena los miró un segundo completo antes de tocarlos, como si quisiera fijar la imagen primero. Sus dedos eran delicados y precisos, sin la prisa que tiene el deseo cuando actúa desde la ansiedad.

Me pellizó suavemente. Me arqueé.

Fui yo quien desabotonó su blusa. Debajo llevaba un corpiño blanco, fino, casi transparente. Bajé el cierre posterior de su falda y la tela cayó al suelo. Se quedó parada frente a mí con ese cuerpo pequeño y firme y blanco, y vi que su respiración se había vuelto más corta y más rápida.

La guié hasta el sofá. Me arrodillé frente a ella.

Acerqué la cara a su vientre. Respiré despacio, percibiendo el calor que emanaba de detrás de la tela de su ropa interior. Luego la miré. Esperé hasta que ella asintió, apenas, y bajé la prenda.

Unos pocos pelitos oscuros sobre el clítoris, los labios ya húmedos y brillando bajo la poca luz que entraba por la ventana.

—Hace años que nadie me hace esto —susurró con la voz quebrada.

Puse la punta de la lengua sobre su clítoris. Se tensó entera.

***

No fui técnica ni metódica. Fui presente. Atenta a cada contracción de sus muslos, a cada pequeño sonido que se le escapaba entre los dientes apretados, a la forma en que sus caderas empezaban a moverse casi sin querer. Cuando sentí que estaba cerca, introduje dos dedos y busqué esa zona interior, esa curva rugosa que responde a una presión sostenida y constante desde adentro.

Elena perdió el control.

Se retorció. Pronunció palabras que no esperaba escucharle, palabras crudas dichas con voz rota. Y luego el orgasmo llegó, largo y poderoso, sacudiéndola en espasmos que tardaron en calmarse.

Se echó hacia atrás en el sofá con los ojos cerrados y la respiración agitada.

Yo me quedé en el suelo un momento, mirándola. Sentía una calma extraña. Algo muy parecido a la felicidad.

***

Cuando reaccionó me buscó. Se incorporó, me tomó de la mano y me subió al sofá junto a ella. Buscó mis pechos con la boca y mamó con una urgencia que no tenía nada de torpeza: era puro instinto, natural y femenino. Pasaba de uno al otro con ansiedad genuina, otorgándome un placer de boca pequeña y cálida.

Mi cuerpo respondió sin que yo tuviera que hacer nada.

—Vamos a la cama —dijo.

***

En la cama me tumbé boca arriba y ella tomó la iniciativa. No había un rol dominante ni uno sumiso: éramos dos cuerpos que se buscaban en condiciones iguales, ajustándonos, moviéndonos, encontrando el ritmo por nuestra cuenta. Nos fuimos acomodando en tijera, los muslos entrelazados, los sexos en contacto directo, las caderas sincronizándose sin que ninguna de las dos lo pensara.

No había urgencia ahora. Solo movimiento, calor y el sonido de dos respiraciones que se aceleraban al mismo tiempo.

En un momento nos miramos a los ojos mientras los cuerpos seguían moviéndose solos. Eso fue lo más íntimo de todo. Más que el beso, más que la lengua, más que los dedos. Esa mirada sostenida fue lo que me dejó sin palabras.

Nos corrimos juntas. Elena me apretó con las piernas con una fuerza que no esperaba de ese cuerpo menudo. Las sábanas quedaron empapadas y nosotras nos quedamos enredadas, en silencio, sin movernos.

***

Cuando me desperté el cuarto estaba en penumbra. La luz del sol había desaparecido y afuera empezaban a encenderse algunas ventanas. Elena dormía con una mano apoyada sobre mi vientre y el cabello extendido en la almohada.

La melancolía que siempre tenía en los ojos había desaparecido. Parecía en paz, de verdad en paz, quizás por primera vez en mucho tiempo.

Salí despacio para no despertarla. Antes de irme me detuve en la puerta y la miré un segundo desde ahí.

***

Le conté todo a Diego esa noche. Él escuchó sin interrumpirme, como siempre hace. Lo que vi en su cara no fue celos: fue algo más parecido a la ternura.

Elena y yo nos vimos algunas veces más después de esa tarde. No muchas. A los pocos meses su marido fue trasladado por trabajo a otra ciudad y se mudaron. El último día que la vi me abrazó muy fuerte en el ascensor del edificio y ninguna de las dos dijo nada mientras bajaban los pisos.

Todavía me escribe. Un mensaje corto por las mañanas, casi siempre. A veces solo una frase que dice más de lo que parece.

Nunca llegué a enamorarme de ella del todo. Pero estuve cerca. Lo suficientemente cerca como para saber que lo que ocurrió en ese departamento del centro no fue solo sexo. Fue algo que empieza en el cuerpo y termina en un lugar completamente distinto, algo para lo que no tengo una sola palabra exacta.

La melancolía de su mirada la sigo viendo a veces cuando cierro los ojos.

Y me alegra mucho haberla conocido.

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Comentarios (6)

SolLira

que relato tan hermoso. Me llego al alma!!!

DreamReader88

Se hizo cortisimo, quiero saber que paso despues!!

Valentina_Cba

Dios que bien escrito. Ese inicio con la mirada te atrapa de inmediato, senti que yo estaba ahi parada en esa puerta. Espero con ansias la continuacion

pampero_73

Distinto a lo que se lee por acá, tiene algo poetico que lo hace especial. Muy bueno

Gabi_rosario

Me recordo una situacion con una compañera de trabajo hace unos años. Nunca paso nada pero esa tension... igual que acá. Me emocione leyendolo

CarinaROS

excellente!!!! sigan subiendo cosas asi

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