La primera vez que un hombre me tuvo así
Cuento esto con cierta vergüenza y mucha excitación que todavía no sé muy bien cómo procesar. Me llamo Roberto, tengo cuarenta y siete años y soy consultor agrónomo. Vivo en Córdoba con mi esposa, con quien llevo veintitrés años de matrimonio y todavía comparto una vida activa en la cama. También tengo una amante de treinta años a quien veo regularmente, y una colega de otra empresa con quien nos entendemos cuando coincidimos en los mismos congresos. No me falta el sexo.
Cuento todo esto para que se entienda lo que vino después. No llegué a Mendoza con hambre acumulada ni buscando nada que no tuviera. Lo que me pasó allí no estaba en ningún plan.
Me contrataron para una asesoría en una bodega reconocida de la región, una de esas que exportan a Europa y Asia y reciben turistas con dinero. El enólogo a cargo del proyecto se llamaba Andrés. Cuando nos presentaron en la entrada principal, me extendió la mano con firmeza y me miró a los ojos. Tenía unos treinta y ocho años, mandíbula cuadrada, pelo oscuro y esa clase de seguridad física que algunos hombres tienen sin esfuerzo y sin darse cuenta. Lo evalué en dos segundos, como uno evalúa a un colega, y no pensé nada más al respecto.
Pasamos la tarde recorriendo las instalaciones. Andrés conocía cada detalle del proceso: la selección de las uvas, las condiciones de fermentación, los matices de cada barrica. No era de los que hablan para impresionar. Hablaba con precisión y con entusiasmo genuino. Eso me gustó, de manera profesional, me dije.
Esa noche cenamos juntos en el restaurante del hotel donde me habían alojado. Una suite en el último piso con terraza orientada hacia los viñedos que se perdían en la oscuridad de los cerros. Catamos cuatro etiquetas distintas y Andrés fue describiendo cada una con términos precisos pero accesibles, sin afectación. Para la segunda botella la conversación ya había tomado otro ritmo. Para la tercera, íbamos los dos bien cargados.
El hotel había dejado una botella de champán en mi suite como cortesía de bienvenida. Andrés sugirió que sería un desperdicio no abrirla. Subimos.
En la suite había un salón amplio y una terraza con dos sillones de madera frente a la oscuridad del viñedo. Abrimos la botella y seguimos hablando. La conversación fue derivando hacia el sexo sin que ninguno de los dos lo propusiera exactamente: esa manera natural en que ciertos hombres, con confianza y alcohol, terminan hablando de deseo, de mujeres, de cosas que uno no dice en la mesa del trabajo.
Andrés se levantó un momento al baño. La puerta no quedó del todo cerrada. No busqué mirar, pero tampoco aparté la vista cuando vi lo que vi.
Tenía una erección parcial. El tamaño era considerable, mucho más de lo que cualquier descripción haría justicia. Me quedé quieto un momento con el vaso en la mano y el corazón acelerado de una manera que no entendí del todo.
¿Qué fue eso?
Me dije que era el alcohol. Me dije que cualquier hombre nota ese tipo de cosas por puro instinto, sin que signifique nada. Andrés volvió al salón y continuó hablando de alguna cosecha de 2019 que había resultado mejor de lo esperado. Yo asentí varias veces sin escuchar del todo.
Encendió un cigarrillo. Al segundo pitillo, por el olor, supe que no era tabaco. Me lo extendió sin decir nada, con una media sonrisa.
—No fumo —dije.
—Ya lo sé —respondió—. Prueba igual.
Lo tomé. Fumé mal, como era de esperarse. Andrés se rió con calma, me quitó el cigarrillo de la mano y lo sostuvo él mismo entre mis labios. Sus dedos rozaron la comisura de mi boca mientras yo inhalaba. Me quedé quieto. No quise moverme.
—Ahora dame el humo —dijo, y se acercó.
No supe qué hacer. Me quedé inmóvil. Andrés acortó la distancia sin apuro y aspiró el humo de mis labios, pero no se retiró: metió la lengua con suavidad, sin brusquedad, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo no lo rechacé. Le dejé hacer. Lo besé.
Fue el primer beso que le di a un hombre en mi vida.
***
Me tendí en la cama. No recuerdo exactamente cuándo pasé del sillón al colchón. Andrés estaba de pie junto a la cama, mirándome.
—¿Siempre eres así de esquivo? —preguntó.
—Solo cuando me seducen bien —respondí, y me sorprendí a mí mismo.
Se sentó en el borde del colchón. Me abrió la camisa botón por botón, sin prisa. Me pasó la lengua por el cuello, por las clavículas, por el esternón. Cuando sentí sus dientes rozarme el pezón, me tensé. Era un placer concreto, sin ambigüedad posible. Mi cuerpo respondía y yo lo sabía.
Se levantó y se desnudó despacio, sin apuro ni exhibicionismo. Cuando lo vi completamente desnudo me di cuenta de que lo que había entrevisto en el baño se había quedado corto. Era un cuerpo trabajado: vello oscuro y espeso en el pecho y el abdomen, piernas de alguien que pasa mucho tiempo al aire libre, una complexión que hablaba de fuerza cotidiana. Me quedé mirándolo.
Salimos a la terraza. Era tarde y el viñedo estaba completamente oscuro. Me quitó el pantalón, se arrodilló frente a mí y me tomó en la boca. No pensé nada: cerré los ojos.
Lo hacía con atención y sin prisa, pasándome la lengua por el glande antes de bajar. Sentí que mi cuerpo respondía de una manera que no esperaba, y eso me perturbó y me excitó en igual medida. Cuando llevaba un buen rato se puso de pie frente a mí. No dijo nada. Era evidente lo que estaba pidiendo.
Abrí la boca.
Al principio con torpeza, tanteando. Era grueso, largo, con un sabor limpio y salado. Andrés me puso una mano en la nuca sin forzar, solo guiando el ritmo. Fui encontrando el paso. Él dejó escapar un sonido bajo y gutural, y ese sonido me hizo continuar con más decisión. Le lamí las bolas. Le rodeé las caderas con las manos. Él me acariciaba el pelo con calma.
No sabía que podía ser tan natural.
Volvimos adentro. Nos tumbamos en la cama y estuvimos en un sesenta y nueve largo y tranquilo, explorando con la boca y con las manos, sin prisa y sin destino concreto. En algún momento sentí sus dedos en mi raja, húmedos, abriendo despacio.
Me tensé.
—Tranquilo —dijo Andrés, con la voz baja—. Si querés que pare, paramos.
No quise que parara.
Me puso boca abajo. Siguió trabajando con los dedos hasta que sentí que el músculo cedía. Cuando entró fue muy despacio, deteniéndose cada vez que yo me contraía. Dolió, no voy a mentir. Pero el dolor fue pasando. Y detrás del dolor apareció algo que no esperaba: una presión interna, densa y completamente nueva, que me hizo aferrarme a las sábanas.
—Así —dije, y no reconocí mi propia voz.
Andrés comenzó a moverse. Lento al principio, acompasado, dejando que yo me adaptara. Luego con más firmeza, tomándome de las caderas. Me hablaba en voz baja al oído, diciéndome cosas que en otro contexto me habrían sonado imposibles y que en ese momento no quería que terminaran. Me escuché a mí mismo respondiendo, pidiéndole más, usando palabras que nunca había usado de esa manera.
Me puso de espaldas. Me abrazó. Alcé las piernas y lo miré a la cara mientras me llenaba hasta el fondo. Duró mucho tiempo más, hasta que él terminó con un gemido largo y la frente apretada contra mi cuello.
Me corrí yo también, sin que nadie me tocara.
***
Dormimos poco. Al amanecer, la luz entraba horizontal entre los viñedos y pintaba el suelo de naranja claro. Desayunamos en la terraza como si fuera lo más normal del mundo. Andrés tenía esa cualidad extraña de no hacer las cosas incómodas: hablaba de la cosecha siguiente con el mismo tono de siempre, pedía el café, no preguntaba nada que yo no quisiera responder.
Estuve tres noches en Mendoza. Las tres noches volvimos a la misma cama. O él a la mía. La línea se fue borrando.
Me fui el miércoles a la mañana con algo instalado en el pecho que no sabía cómo clasificar. No fue solo la experiencia. Fue que la quería repetir.
***
Pasaron cuatro meses. Un jueves por la tarde, Andrés me mandó un mensaje: «Estoy en Buenos Aires este fin de semana. ¿Te animás?». Tardé menos de dos minutos en responder.
Manejé tres horas desde Córdoba con una ansiedad que no era miedo ni culpa: era exactamente lo contrario. Iba ansioso de llegar. Cuando Andrés abrió la puerta de su departamento en el barrio de Palermo, nos abrazamos en el umbral y nos besamos antes de que yo terminara de entrar.
Esa vez fue distinta. Más larga, más consciente. No había alcohol de por medio y no hacía falta. Me desnudé yo mismo. Le pedí lo que quería con palabras directas, sin rodeos.
Andrés me sodomizó durante casi cuarenta minutos. Tuvimos que parar a descansar en el medio, tendidos boca arriba, recuperando el aliento. Yo le pedí que siguiera. Él se rió, me besó en la sien y siguió. Le hice cosas que la primera vez no había tenido el coraje de intentar. Él también. Dormimos tres horas y volvimos a empezar con la misma urgencia.
Esa vez grité. No me importó.
***
Han pasado varios meses desde aquella primera noche en Mendoza. Sigo casado, sigo con mi amante de siempre, sigo yendo a esos congresos. Todo eso sigue igual, más o menos.
Pero Andrés ocupa un lugar aparte, uno que no tenía nombre hasta que él apareció. Me excita la manera en que me mira cuando llego, la firmeza de sus manos, el peso de su cuerpo sobre el mío. Me excita lo que me dice cuando estamos en la cama y lo que yo le respondo. Me excita saber que lo deseo de una manera que cuarenta y siete años de vida no me habían preparado para esperar.
A veces pienso en lo que diría alguien que me conociera bien si supiera todo esto. No llego a ninguna conclusión satisfactoria. Tampoco la busco demasiado.
Andrés me llama cada tres o cuatro semanas. Yo siempre voy.