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Relatos Ardientes

La primera vez que me fui a casa con un extraño

Soy morena, pelo castaño hasta los hombros, ojos verdes que a veces parecen grises según la luz del día. Cuerpo curvilíneo, caderas anchas, pechos medianos con pezones grandes y sensibles que se marcan bajo la ropa cuando tengo frío o cuando algo me pone caliente. Nunca me había descrito así antes de ese jueves por la tarde, pero supongo que fue ese día cuando empecé a verme de otra manera.

Llevábamos tres meses viviendo en Querétaro. Diego, mi novio, viajaba seguido por trabajo y yo todavía estaba aprendiendo a conocer la ciudad, a descifrar sus calles, a entender qué cafetería valía la pena y cuál no. Ese jueves quedé con dos amigas nuevas en un local del centro histórico, una de esas terrazas con macetas en las paredes y música suave que no molesta a nadie.

Las amigas tardaron. Media hora después del horario acordado, yo seguía sola en una mesa para cuatro, con un café frío entre las manos y el teléfono en la mesa, mirando los mensajes de disculpa que llegaban con cuentagotas. Ya casi voy. Tráfico horrible. Espérame.

Fue entonces cuando lo vi acercarse.

Alto, moreno, unos cuarenta años. Camisa azul oscuro arremangada hasta los codos, pantalón gris. Caminaba como quien no tiene prisa, mirando las mesas con calma, hasta que me miró a mí. Y no apartó la vista.

—¿Esperas a alguien? —preguntó cuando llegó a mi lado.

—A unas amigas —dije—. Pero se están tardando.

—¿Te importa si me acompaño mientras esperan? No tiene sentido que dos mesas estén ocupadas por una persona sola cada una.

Señalé la silla de enfrente. Tenía una forma de hablar que no era urgente ni ansiosa. Como si ya supiera de antemano que todo iba a salir bien, independientemente de lo que yo respondiera.

Hablamos de la ciudad, de si me había adaptado, de qué partes del centro valía la pena conocer. Él me preguntó a qué me dedicaba. Yo le pregunté lo mismo. Hablaba bien, con oraciones completas, sin llenar los silencios con ruido innecesario. Me gustó eso.

En un momento de pausa, me miró con una expresión directa y preguntó:

—¿Tienes novio?

—No —respondí, sin pensarlo.

No supe por qué lo dije. Diego estaba a cuatrocientos kilómetros, en una reunión de trabajo que terminaría el viernes por la noche.

—Qué raro —dijo él—. Una mujer así debería tener a alguien esperándola en casa.

No era un piropo torpe. Lo dijo con una naturalidad que me descolocó por completo. Tomé un sorbo de café solo para tener algo que hacer con las manos.

—Cuando llegaste, no pude dejar de mirarte —continuó, sin bajar la voz pero sin alardear—. Llevas ese vestido como si fuera lo más natural del mundo. Y sin embargo es difícil no fijarse.

Sentí el calor subiéndome al cuello, y también más abajo, en un tirón entre las piernas que me hizo cruzarlas debajo de la mesa. No era incomodidad. Era otra cosa.

—Escucha —dijo, inclinándose levemente hacia adelante—. Sé que es raro. Pero me gustaría seguir hablando contigo en algún lugar más tranquilo. ¿Vives cerca?

—A tres cuadras —dije.

Hubo una pausa breve. Él no dijo nada más. Solo me miró.

Debería haberle dicho que no. Lo sabía perfectamente. Pero ya tenía las bragas mojadas y él, con esos ojos tranquilos, parecía saberlo.

Guardé el teléfono, dejé dinero sobre la mesa y me levanté.

***

Caminamos las tres cuadras casi en silencio. Él iba a mi lado sin tocarme, sin presionarme, sin hablar para llenar el espacio. Cuando llegamos al portal de mi edificio, saqué las llaves y noté que me temblaban un poco los dedos.

El apartamento olía a vainilla, de la vela que había dejado encendida por la mañana. Lo hice pasar al salón. Fui a la cocina a buscar agua. Cuando volví, él estaba de pie junto a la ventana, mirando la calle.

—Estás nerviosa —dijo, sin darse vuelta.

—Un poco.

—Si quieres que me vaya, me voy. Sin problema ninguno.

No quería que se fuera. Eso lo tenía claro.

Se acercó despacio. Levantó una mano y apartó el mechón de pelo que me había caído sobre la mejilla. Ese gesto —esa lentitud, esa precisión— me aceleró el pulso más que cualquier otra cosa que hubiera pasado en la última hora.

—¿Puedo besarte? —preguntó.

Asentí.

El beso fue suave al principio. Paciente. Me sostuvo por la cintura con las dos manos y me acercó a él poco a poco, sin apresurarse. Cuando abrí la boca, lo sentí sonreír contra mis labios y meterme la lengua entera, caliente, buscándome la mía. Gemí bajito y él me apretó más fuerte contra su cuerpo. A través del pantalón sentí el bulto duro, grueso, empujado contra mi vientre.

—Bien —murmuró—. Ya estás mojada, ¿verdad?

Me apoyé contra la pared del pasillo. Él me siguió sin separarse, con sus manos recorriendo mis costados por encima del vestido, subiendo hasta los pechos, apretándomelos por encima de la tela hasta que los pezones se me pusieron duros como piedras. Tenía las manos grandes y firmes, y sabía exactamente qué hacer con ellas: ni demasiada presión ni demasiado poca. Me metió una rodilla entre las piernas y me obligó a montarme sobre su muslo. Empecé a frotarme sin poder evitarlo, restregándole el coño encima del pantalón, sintiendo cómo la tela se ponía húmeda entre nosotros.

—Eso es —dijo contra mi oído, con la voz baja—. Móntate, cógete mi pierna. Quiero sentir lo caliente que estás.

Me mordí el labio para no gemir demasiado alto. Su mano bajó, se metió por debajo del vestido y sus dedos rozaron el elástico de las bragas, siguieron por encima de la tela y presionaron justo ahí. Me arqueé contra él.

—Estás empapada —susurró—. ¿Hay una habitación?

—Sí —dije, sin aliento—. Al fondo.

***

La cama estaba hecha, por suerte. Se quitó la camisa mientras yo me bajaba el cierre del vestido. Cuando me volteé ya sin él, vi que me miraba sin ningún disimulo, con los ojos clavados en los pezones marcados del sujetador y bajando hasta las bragas mojadas.

—Bonita —dijo—. Y ese coño se te nota desde acá.

Tenía buen cuerpo. No de revista, sino real: algo de músculo en los brazos y los hombros, el vientre liso pero sin exageración. Se bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón, y la polla le saltó dura, gruesa, con el glande brillante y una vena que le recorría toda la extensión. Se me hizo agua la boca. Lo que más me llamó la atención fue que parecía completamente cómodo, sin poses, sin actuación, como si estuviera acostumbrado a que lo miraran así.

Me tomó de la mano y me recostó con cuidado en la cama. Me arrancó el sujetador con un movimiento limpio y se agachó sobre mis tetas, chupándome un pezón hasta hacerlo sonar cuando lo soltó, mordisqueándolo, tirando de él con los labios. Encontró un punto justo debajo de la oreja que me hizo cerrar los ojos, y con la otra mano me arrancó las bragas hacia abajo.

—¿Qué te gusta? —preguntó contra mi piel.

—Todo —dije, porque era la verdad y porque en ese momento no podía pensar en palabras más elaboradas—. Lo que quieras.

Deslizó una mano por mi muslo y me abrió las piernas. Los dedos me recorrieron los labios del coño de arriba abajo, con una presión que era suficiente para sentir pero no suficiente para saciar. Estaba tan mojada que se oía. Me mordió el lóbulo de la oreja y bajó los dedos despacio hasta separarme y meterme uno adentro, luego dos. Me arqueé sin quererlo, apretándolo con las paredes internas. Él se rio bajo, sin burla.

—Tranquila —dijo—. No hay prisa. Este coñito no se va a ir a ningún lado.

Sí había prisa. Mucha.

Empezó a moverme los dedos adentro, curvándolos, buscando ese punto que me hacía retorcer las caderas. Con el pulgar me trabajó el clítoris en círculos pequeños, siempre a la misma presión, sin cambiar el ritmo. Sentí que iba a correrme demasiado rápido y traté de aguantar.

—No te aguantes —dijo él, como si me leyera la cara—. Córrete primero en mis dedos. Luego te doy lo demás.

Le abrí el cinturón antes de eso, con las manos temblando. Bajé y le agarré la polla, sintiendo el peso, la dureza que se marcaba palpitando contra mi palma. Le pasé el pulgar por el glande y recogí la gota de líquido que ya asomaba. Él me dejó hacer. Me empujé hacia abajo por la cama, me acomodé entre sus piernas y me la metí en la boca sin previo aviso, hasta el fondo, hasta que la sentí golpearme la garganta.

—Joder —soltó, con la voz más ronca que antes—. Así, mírame.

Lo miré desde abajo mientras se la chupaba entera. Se la saqué y le pasé la lengua por toda la extensión, de la base a la punta, y luego le bajé a los huevos, chupándoselos uno por uno. Volví a metérmela en la boca y le agarré el tronco con la mano, moviéndola al ritmo de los labios. Él puso una mano en mi pelo, sin forzar, solo apoyada, y eso me gustó más que si hubiera empujado. Sentía cómo le crecía todavía más adentro, cómo la vena de abajo latía contra mi lengua.

Después de un rato me tiró del pelo con suavidad.

—Sube. Ahora tú. Se me acaba la paciencia.

Me dio la vuelta con cuidado, me tumbó de espaldas y bajó por mi cuerpo. Me abrió las piernas todo lo que pude y se hundió entre ellas. Lo que hizo entonces fue preciso y directo, sin rodeos, sin tantear demasiado. Me chupó el clítoris con los labios, lo atrapó entre ellos y le pasó la lengua plana. Sabía lo que buscaba y lo encontró rápido. Me metió la lengua adentro y la movió como si estuviera cogiéndome con ella, para luego volver a subir al clítoris y chuparlo con más fuerza. Al mismo tiempo me metió dos dedos y me los curvó hacia arriba.

Apreté las sábanas con los puños y traté de no hacer ruido, aunque en realidad no había nadie que pudiera escucharme. Pero cuando me curvó los dedos otra vez y me chupó el clítoris con más fuerza, se me escapó un gemido largo. Se me tensaron los muslos alrededor de su cabeza y me corrí en su boca, empujando la pelvis contra su cara, sintiendo cómo mis paredes le apretaban los dedos en espasmos.

Él no paró. Siguió lamiendo suave, ordeñándome el orgasmo, hasta que le empujé la cabeza porque no aguantaba más.

Cuando volvió a subir, yo ya no quería esperar más. Me estiré hacia el pantalón que estaba en el suelo.

—Bolsillo derecho —dije.

Sonrió. Sacó el condón, lo abrió con los dientes y se lo puso, apretándose el tronco con la mano. Cuando me abrió de piernas y se colocó, se pasó el glande por los labios del coño, arriba y abajo, mojándose bien, dándome pequeños golpecitos en el clítoris que me hicieron gemir otra vez. Me miró antes de entrar.

—¿Bien?

—Sí —dije—. Métemela ya. Por favor.

Entró despacio, empujando centímetro a centímetro. Lo sentí abrirme, la polla gruesa haciéndose sitio dentro de mí, hasta que se hundió del todo y quedó apoyado contra mi hueso. Apreté los dientes para no gritar. Pero gemí igual, alto y sin vergüenza. Él se detuvo un segundo, me miró con una expresión que no era sorpresa sino satisfacción, y volvió a moverse.

—Qué coño más apretado tienes —murmuró contra mi cuello—. Me está chupando entero.

El ritmo aumentó gradualmente. Sin prisa al principio, cada embestida sacándomela casi entera para volver a metérmela toda, luego con más intensidad, midiendo mis reacciones todo el tiempo. Me agarró las piernas y me las levantó, poniéndomelas sobre sus hombros, doblándome casi por la mitad. Desde ese ángulo entraba todavía más profundo. Cuando apretaba los dedos en su espalda, él lo notaba y seguía por ese camino. Cuando me retorcía de cierta manera, ajustaba el ángulo hasta que encontraba el punto exacto que me arrancaba un jadeo.

—Tócate —me dijo, sin dejar de embestir—. Tócate el clítoris para mí. Quiero verte.

Bajé la mano y empecé a frotarme mientras él me cogía. Se le puso la cara distinta, más concentrada, mirándome los dedos moverse entre nuestros cuerpos.

Nunca había estado con alguien así de atento.

Me sacó la polla de golpe, me dio la vuelta y me puso a cuatro patas. Sin brusquedad pero sin timidez. Apoyé las palmas en el colchón, el culo levantado, y él se colocó detrás. Se la pasó otra vez por la raja, restregándomela por el coño y por el culo, jugando, hasta que la volvió a meter de un empujón que me hizo caer con la cara sobre la almohada.

—Joder —solté, agarrándome de las sábanas.

Me empezó a coger duro, agarrándome de las caderas con las dos manos, tirando de mí hacia atrás cada vez que empujaba. El sonido de las pieles chocando llenó el cuarto, junto con los gemidos que ya no me molesté en contener. La primera vez que me abrió la palma en la nalga, me sobresalté. La segunda, me gustó tanto que contuve el aliento y arqueé más el culo hacia él.

—¿Te molesta? —preguntó, con la voz cortada por las embestidas.

—No —dije—. No pares. Más fuerte.

Me pegó otra vez, y otra, alternando nalga con nalga hasta que las tuve calientes. Se inclinó sobre mi espalda, apoyó una mano en la cama y pasó la otra por delante hasta encontrarme el clítoris. Empezó a frotarlo mientras seguía metiéndomela desde atrás. Me agarró el pelo con la otra mano y tiró hacia atrás con firmeza, obligándome a levantar la cara.

—Córrete —me dijo al oído, ronco—. Córrete otra vez con mi verga adentro. Quiero sentirlo.

El calor de su pecho contra mi espalda, el sonido de los dos cuerpos, la mano que me trabajaba el clítoris al mismo ritmo que las embestidas, el tirón del pelo... Se acumuló todo junto, sin aviso.

Cuando llegué, no pude disimularlo aunque hubiera querido. Un sonido que no reconocí como mío salió de mi garganta, casi un grito. Me temblaron los brazos y se me doblaron. El coño le apretaba la polla en oleadas, ordeñándosela adentro. Tuve que bajar la cabeza y respirar profundo, una vez, dos veces.

Él siguió unos segundos más, ahora sin ritmo, embistiendo rápido y sucio, hasta que se hundió hasta el fondo, hizo un sonido bajo contra mi nuca y se quedó quieto. Lo sentí latir adentro, descargándose entero en el condón, apretándome las caderas con los dedos hasta dejarme marcas.

***

Nos quedamos en la misma posición un momento, todavía unidos. Cuando se separó, salió despacio y yo sentí el vacío inmediato. Se tumbó a mi lado de espaldas, mirando el techo, con la respiración todavía acelerada y el condón cargado.

—Eso estuvo muy bien —dijo.

—Sí —concordé, sin aliento.

Me incorporé y lo miré. Se sacó el condón, le hizo un nudo y lo dejó en el suelo. La polla se le quedó ahí, todavía medio dura, brillante y pesada sobre el vientre. Me incliné y lo tomé en la boca otra vez, solo unos segundos, chupándolo despacio, saboreando el látex y el resto de todo, porque quería. Él no protestó. Apoyó la mano en mi pelo con la misma calma de antes, y se la sentí endurecerse otra vez contra la lengua.

—Está de más decirte que eres muy buena en eso —murmuró.

Se levantó diez minutos después. Se vistió con la misma calma con que se había desvestido. Yo me envolví en la sábana y lo vi desde la cama, sin moverme, con el coño todavía palpitando y los muslos pegajosos.

—Puedo dejarte mi número —dijo, ya con la camisa puesta.

—Está bien —dije.

Lo tomé, aunque no sabía si iba a usarlo.

Después de que se fue, me quedé un momento sentada en el borde de la cama. La luz de la tarde entraba sesgada por la ventana. En el teléfono había siete mensajes de mis amigas disculpándose por el retraso, preguntando si todavía podíamos vernos.

Les dije que ya se me había hecho tarde. Que mejor otro día.

A Diego no le conté nada. Esa noche hablamos por videollamada, como siempre, y yo escuché su voz y miré la cámara y pensé en cómo caben tantas cosas distintas en una sola tarde de jueves.

Todavía pienso en eso a veces. Sobre todo cuando estoy sola en la cama.

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Comentarios(8)

GustavoCR

Excelente!!! muy bien escrito, me engancho desde el primer parrafo

ClaraVP

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber mas de esa noche

SusanaTuc

Jaja me hizo acordar a algo que me paso hace años. Los mejores recuerdos son los inesperados. Muy bueno!

Nadia_R

Me pregunto si lo volviste a ver... la narracion es muy natural, se siente real

MarcelaH

Increible como lo narraste, cercano y sin ser exagerado. Sigue escribiendo!

lector_nocturno

Lo que mas me gusto es que no es un relato burdo, tiene esa tension del inicio muy bien lograda

Diegogozon

Se me hizo cortoooo, quiero mas jaja

PatitoLector

Muy bien logrado. La descripcion del momento inicial, cuando todavia no sabian muy bien a donde iba todo, es lo que mas me atrapo. Saludos desde Cordoba!

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