La terapia que mi marido aceptó cuando estaba embarazada
Llevaba seis meses de embarazo cuando mi cuerpo dejó de responderme. No era dolor ni cansancio, era otra cosa más rara: una distancia. Como si la mujer que vivía dentro de mí se hubiera mudado a otra dirección y me hubiera dejado el cascarón en alquiler. Lautaro lo notaba. Llevábamos semanas durmiendo abrazados sin que pasara nada, y él me miraba después con una preocupación que me dolía más que cualquier reproche.
Una mañana se levantó con la decisión tomada.
—Vamos a ver a Mariano —dijo mientras me servía el té.
Mariano era nuestro ginecólogo desde antes de la boda. Un hombre de cuarenta y pocos, tranquilo, de los que hablan despacio y miran a los ojos. Lautaro confiaba en él como en un hermano y yo había aprendido a confiar también, aunque a veces sus exploraciones me parecían más largas de la cuenta.
En el consultorio, Lautaro le contó todo. Que yo no llegaba al final. Que ni siquiera lo intentaba. Que se sentía solo en la cama. Mariano escuchó con las manos cruzadas sobre el escritorio y después me pidió que pasara a la camilla.
—Necesito un examen un poco más amplio que el de control —dijo con esa calma tan suya—. Voy a tomarme mi tiempo.
Se lo tomó. Sus dedos recorrieron lugares que en otras consultas eran trámite. Buscaba mi clítoris con una paciencia metódica, presionando, retirando, observando mi cara para medir cualquier reacción. Pasó a los pechos. Primero los sostuvo con dos dedos, como si pesara fruta. Después los apretó completos con la palma abierta. Al final se mojó los dedos en saliva y empezó a pellizcar los pezones, despacio, mirándome.
—Ahí —murmuró sin sonreír—. Ahí algo se mueve.
Volví a sentarme con la cara caliente. Mariano se acomodó frente a Lautaro y dictó su veredicto como si recetara hierro.
—Es una cuestión de equilibrio —dijo—. Durante este trimestre, el cuerpo necesita un nivel de placer que la rutina sola ya no alcanza. Está bloqueada. Para destrabarla hace falta contacto, variedad, estímulo que no venga siempre del mismo lado.
Lautaro tragó saliva. Yo no dije nada. Las dos miradas se cruzaron por arriba de mi vientre.
—¿Qué propone exactamente? —preguntó él.
—Que esta noche se reúnan en su casa —dijo Mariano—. Y que no estén solos.
***
Llegó puntual, como llegaba a todas las citas. Traía un maletín pequeño y una serenidad que llenaba el living antes que él. Lautaro había invitado también a Sebastián, su mejor amigo desde el colegio, el padrino de la boda, el único hombre que sabía de nosotros más de lo que sabíamos nosotros mismos. Lo eligió porque no quería caras nuevas en mi cama, y yo se lo agradecí sin palabras.
Sebastián entró con una botella de vino que nadie iba a tomar. Me besó la mejilla y se quedó parado en la puerta del dormitorio, esperando una señal. Yo tenía la bata cruzada sobre el camisón y las manos heladas.
—No tengas vergüenza —me susurró Lautaro al oído—. Está acá porque nos quiere. Si en cualquier momento decís basta, todo termina.
Asentí. Era importante para mí escuchar esa frase.
Mariano tomó el mando con la naturalidad de quien organiza una sala de partos. Me pidió que me recostara boca abajo sobre la cama. Sacó del maletín un frasco con aceite tibio y empezó por los hombros. Sus manos eran firmes, sin titubeos, y mientras bajaba por la espalda iba narrando lo que hacía, como en una clase magistral.
—Acá hay un nudo —decía—. Acá la circulación está perezosa. Acá el cuerpo todavía no se dio permiso.
El aceite olía a almendras. Lautaro estaba sentado a un costado de la cama, mirándome con los codos sobre las rodillas, sin tocarse, sin tocarme. Sebastián observaba desde la puerta. Cuando los dedos de Mariano llegaron a los glúteos y se detuvieron en el borde interno del muslo, sentí una corriente que hacía meses no me visitaba.
—Date vuelta —pidió Mariano.
Me di vuelta. El camisón se enredó en el vientre redondo y él lo acomodó con la misma cortesía con la que me había acomodado siempre la sábana de papel en el consultorio. Empezó por los pechos. Esta vez no fue un examen. Fue otra cosa. La punta de la lengua, apenas, sobre el pezón izquierdo. Una succión lenta, prolongada, mientras me sostenía la mirada para asegurarse de que yo seguía dentro del cuarto.
—Acercate —le dijo a Sebastián sin girar la cabeza—. Del otro lado.
Sebastián se acercó como quien se acerca al borde de una pileta en invierno. Probó primero con los labios cerrados, después con la boca abierta. Era extraño sentir dos hombres distintos al mismo tiempo en la misma parte del cuerpo, distintos en la presión, distintos en el ritmo, distintos en cómo respiraban. Lautaro me sostuvo la cabeza desde atrás.
—Mirame —pidió.
Lo miré. Y en ese momento, mientras dos bocas tiraban de mí desde abajo, sentí un calor extraño que me brotaba desde adentro. Una gota tibia, después otra. Lautaro abrió los ojos como si viera nieve por primera vez.
—Está pasando —dijo Mariano, casi un susurro—. El cuerpo está respondiendo.
***
Me hicieron ponerme en cuatro en el centro de la cama. Mariano y Sebastián seguían en los pechos, alternando, cuidadosos, sin dejar de mirar mi cara entre cada movimiento. Yo no podía hablar. Sólo gemía y me reía sin saber por qué, como si el bloqueo se hubiera roto y por la grieta saliera todo junto.
Lautaro se acomodó detrás. Me besó la nuca, me puso las manos en las caderas y me habló al oído.
—Te voy a tocar en un lugar nuevo —dijo—. Sólo si querés.
—Quiero —dije, y no me reconocí la voz.
Sentí el frío del lubricante y después la presión de un dedo, despacio, como si me estuviera presentando a alguien. Después un segundo. Después un tercero. Cada tanto él se quedaba quieto y me preguntaba si seguía. Yo seguía. Mariano dejaba caer su voz en mi oreja libre.
—Respirá hondo. Soltá los hombros. Estás abriendo un canal nuevo, no apurés al cuerpo.
Cuando Lautaro entró por primera vez por ahí, lo hizo con una paciencia que no le conocía. No empujó. Se quedó quieto, esperándome, dejando que yo me fuera acomodando a su forma. El dolor se transformó en una excitación líquida que me corrió por todo el cuerpo. Era una sensación nueva, sin recuerdo previo, sin comparación.
Mariano me guio para que me apoyara hacia adelante.
—Sebastián va a estar abajo —dijo, como quien explica un paso de baile—. Despacio. No tenés que hacer nada.
Me bajaron sobre él centímetro a centímetro. Dos cuerpos distintos dentro del mío al mismo tiempo, cada uno con su propio ritmo, cada uno cuidándome a su manera. Mariano seguía en los pechos, ahora con las dos manos, sacando esa leche tibia que el placer estaba liberando por primera vez. Yo no sabía dónde mirar. Cerré los ojos.
El cuarto se llenó de sonidos que nunca había hecho. Respiraciones cortadas, piel contra piel, una palabra suelta de Sebastián que sonaba a ruego. Mariano dirigía con monosílabos. Lautaro me decía cosas hermosas al oído, cosas que no voy a repetir acá porque eran sólo nuestras.
Cuando llegó el final, fue una explosión sincronizada. Lautaro se retiró a tiempo y me marcó la espalda con su rastro caliente. Sebastián se contuvo un segundo más y terminó sobre mi vientre redondo, con un cuidado que me sorprendió, esquivando el centro como si esquivara una flor. Mariano dio un paso atrás y nos miró a los tres con la expresión de alguien que termina una sinfonía.
Me dejaron boca arriba, agotada, satisfecha de una manera que no recordaba desde antes del embarazo. Me corrió una lágrima sin saber por qué. Lautaro la cazó con el pulgar.
—Estás acá otra vez —dijo.
—Estoy acá otra vez —repetí.
***
Mariano se lavó las manos en el baño con la misma calma con la que se lavaba en el consultorio. Volvió secándose con una toalla limpia y me dio la última instrucción de la noche.
—Vas a dormir desnuda —dijo—. En la madrugada, Lautaro te va a buscar de nuevo. El cuerpo necesita repetir el camino para fijar la respuesta. Nosotros nos quedamos abajo, en el sillón. Por si los pechos te piden ayuda otra vez.
Asentí. No tenía energía para discutir y, en el fondo, tampoco quería. Mientras Lautaro me acomodaba un almohadón bajo la cadera y me cubría con la sábana fina, escuché las pisadas de los otros dos bajando la escalera. Hablaban bajo. Sebastián se reía con esa risa contenida que tenía desde adolescente. Mariano contestaba con monosílabos, profesional hasta el último minuto.
Esa noche, cuando me quedé sola con Lautaro en la oscuridad y él me apoyó la mano en el vientre, supe que el bloqueo se había ido. Que no iba a volver. Que mi cuerpo había aprendido un idioma nuevo y que iba a hablarlo durante mucho tiempo.
A las cinco de la mañana me despertó su boca en el cuello. No le pregunté nada. Sólo me di vuelta y dejé que el tratamiento continuara.