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Relatos Ardientes

La asignatura pendiente que terminó en trío

Hay confesiones que uno carga durante años sin saber que algún día las soltará. La mía empezó a los dieciséis y tardó casi dos décadas en encontrar su salida. Cuando por fin la dije en voz alta, no fue en un confesionario ni en el diván de un terapeuta. Fue en mi propia cama, con mi esposa al lado, después de que ella me hiciera una pregunta que jamás esperé escuchar.

A los dieciséis tuve algo con un compañero del bachillerato. Lo llamaré Esteban, porque su nombre verdadero no importa y porque parte de este relato es proteger a quienes lo vivieron conmigo. Nos veíamos los fines de semana en su cuarto, cuando sus padres se iban a la casa de campo. Empezó como una curiosidad compartida y terminó siendo algo más serio que nunca supimos nombrar.

Nos masturbábamos juntos. A veces él me tocaba a mí, a veces yo a él. Lo intentamos todo menos lo que más queríamos. Quisimos penetrarnos un par de veces y los dos fracasamos miserablemente. Éramos tan ignorantes que no se nos ocurrió usar lubricante, ni saliva, ni nada. A seco, dolía, y nos reíamos para esconder la frustración. Tampoco nos atrevimos con la boca: la cabeza nos pesaba demasiado en esa época.

Pasaron los años. Me casé con Mariana a los veintiséis. Tuvimos dos hijos, una casa con jardín, una rutina laboral cómoda. Y a pesar de todo lo bueno, en mi cabeza seguía rondando una imagen: la de Esteban entrando en mí, ese pendiente que nunca cerré. Convivía con esa fantasía sin saber qué hacer con ella. Mi vida sexual con Mariana era plena. La deseaba. La sigo deseando. Pero el cuerpo guarda memoria de lo que no terminó.

Un día, mientras cogíamos, se me ocurrió susurrarle al oído algo que llevaba pensando demasiado tiempo.

—¿Y si hubiera otra verga aquí, además de la mía? —le dije.

Se quedó quieta unos segundos. Después se rio, medio nerviosa, y siguió. Mariana se había criado entre monjas hasta los dieciocho años. Cualquier cosa que sonara a desviación le activaba la culpa antes que el deseo. Pero yo conocía a mi mujer mejor que ella misma en ciertas cosas, y sabía que la culpa en ella convivía con una curiosidad fortísima.

Insistí. No de forma agresiva, sino en goteo. Cada vez que cogíamos volvía a aparecer la idea, como un personaje invitado. La primera reacción fue indignación. La segunda, una pregunta. La tercera, dos preguntas. Para el sexto mes ya me consultaba detalles. ¿Cómo sería? ¿Quién? ¿Lo veríamos los dos? ¿Sería una sola vez?

Una noche, después de una cena con amigos en la que ella había bebido un poco más de lo normal, me dijo en voz baja, mirándome a los ojos:

—Está bien. Quiero probarlo. Pero tienes que estar tú.

***

Tenía que elegir a alguien y tenía un único candidato verdaderamente serio: Esteban. Conservábamos una amistad intermitente, esa clase de amigo que aparece dos veces al año y al que le perdonas las ausencias largas porque cuando lo ves todo sigue exactamente como antes. Pensé que con él tenía la confianza necesaria.

Antes de llamarlo, tuve que sentarme con Mariana y contarle lo que pasó en mi adolescencia. Era una conversación que llevaba años posponiendo. Me sudaban las manos. Pensé que se sentiría engañada, que cambiaría su forma de mirarme, que se le caería el matrimonio entero por una grieta de la que yo no le había hablado.

No pasó nada de eso. Se quedó callada un momento, me hizo dos o tres preguntas concretas y después se rio.

—Entonces, si lo que queremos es otra verga en esta casa —dijo—, en realidad da lo mismo si es para mí o para ti. Tú decides, mi amor. O lo decidimos juntos.

Esa frase me desarmó por completo.

Llamé a Esteban al día siguiente. Le propuse una cerveza para ponernos al día. Quedamos en un bar a las afueras. Después de dos rondas y la conversación obligatoria sobre el trabajo y los hijos, le dije sin rodeos lo que iba a proponerle. Le conté lo de Mariana, la fantasía, el acuerdo. Le ofrecí, literalmente, acostarse con mi esposa mientras yo miraba o participaba.

Esteban dejó la cerveza en la mesa, se rio un poco y movió la cabeza.

—Tengo que contarte algo —dijo—. Llevo años saliendo del clóset. Soy gay. Gay declarado. Las mujeres no me interesan, ni siquiera por curiosidad.

Sentí algo entre la decepción y el alivio. Se nos hizo un silencio raro, en el que los dos sabíamos lo que faltaba decir. Lo dijo él primero, mirándome con esa sonrisa que le conocía desde los dieciséis.

—Pero a ti sí me gustaría volver a tocarte. Bien hecho, esta vez. Con paciencia.

Le respondí que no esperaba esa respuesta. Le respondí también que lo iba a pensar.

Esa noche, Mariana se calentó como pocas veces la había visto cuando le conté la conversación palabra por palabra. Me pidió, casi me suplicó, que fuera a verlo. Quería detalles. Quería material real para nuestras noches.

—Anda —me dijo, mordiéndome el cuello—. Quiero que vuelvas con todo en la cabeza.

***

Volví a casa de Esteban un martes por la tarde. Vivía solo en un departamento del centro, con vista al parque, con la cocina abierta al living, con una luz amarilla que le quedaba bien a cualquier piel.

Intentó besarme en la boca apenas entré y lo paré con una mano. No quería besos. Era una incoherencia que él notó y aceptó sin discutir. Le dije que prefería ir directo.

Le bajé el pantalón y casi me quedo sin aire. La verga de Esteban a los dieciséis tenía un tamaño parecido al mío. La de adulto era otra cosa. Más larga, mucho más gruesa, con una cabeza redonda y oscura que llenaba toda la palma. Me arrodillé sin pensarlo. Le metí el primer tercio en la boca y noté la suavidad de la piel contra la dureza del tronco. Lo hice con calma al principio, después más adentro, después con un ritmo que ni yo mismo sabía que tenía.

Tardó muy poco. Antes de los dos minutos lo sentí ponerse tenso y agarrarme la nuca. Me llenó la boca de un golpe, sin avisar. Tragué para no atragantarme y para no manchar nada. Me limpié con el dorso de la mano. Él se reía, asombrado.

—No esperaba eso —dijo—. Nada de eso.

Me fui sin terminar yo mismo. Llegué a casa y Mariana me estaba esperando en la cama, con una camisa mía y nada debajo. Le conté absolutamente todo. Coger esa noche fue brutal. Se vino tres veces. Yo creo que cuatro.

Volví a casa de Esteban varias veces más. La idea era cerrar mi asignatura pendiente. Ahora sí con lubricante, con tiempo, con preparación. Aun así, no entró. Lo intentamos en varias posiciones, en varias visitas. A lo mucho conseguía meterme la mitad de la cabeza antes de que el cuerpo me pidiera retirarme. Cada intento terminaba con él lanzándome chorros encima de la espalda o de las nalgas, y yo escurriendo lo que él me dejaba.

***

Una tarde, mientras nos vestíamos, me dijo que tenía un amigo. Un tipo del gimnasio, hetero, divorciado, que ya estaba al tanto de nuestra historia y se había ofrecido a entrar en la película. Se llamaba Iván. Esteban no me daba muchos detalles, solo que era buena gente, discreto y que estaba interesado en Mariana.

Lo presentamos en una cena en nuestra casa. Iván era todo lo opuesto a Esteban: alto, de barba corta, hablaba poco y miraba mucho. Le dejé el terreno libre a mi mujer. No tardó ni una semana en contarme, riendo en la cocina mientras lavaba platos, que Iván la había invitado a un hotel del centro y que ella había aceptado.

Cuando volvía de esos encuentros, Mariana llegaba transformada. Caminaba distinto. Hablaba distinto. Me lo contaba todo entre risas, mientras yo le quitaba la ropa y la tiraba a la cama. Esas noches le di las cogidas más intensas de toda nuestra vida juntos. No eran celos. Era una corriente eléctrica que yo no entendía y a la que decidí no ponerle nombre.

Una tarde que ella estaba con Iván, fui a ver a Esteban. Le agradecí que nos hubiera presentado a su amigo. Empecé a tocarlo por encima del pantalón sin que mediara palabra. Me lo permitió. Yo estaba caliente por la doble idea: saber que a mi esposa se la estaban cogiendo a unas cuadras y tener a Esteban duro contra mi cara.

Esa tarde me dijo que había comprado una pomada que se usaba en los hospitales. Un anestésico tópico. Me untó con cuidado y esperó los minutos que tenía que esperar. Después, despacio, esta vez sí, la metió. Sentí la presión, la incomodidad, pero no el dolor. Su verga entraba y salía sin obstáculo. Cerré los ojos y me dejé hacer. No sentí placer. Sentí cierre. Cumplí algo que llevaba pendiente desde los dieciséis y descubrí, en el mismo acto, que ese pendiente nunca iba a ser parte de mi vida sexual real. Esteban se vino dentro de mí con un bufido y yo me sequé las nalgas con una toalla mientras él se reía y me agradecía.

***

Esa noche, en la cama, Mariana volvió cogida por Iván y yo volví cogido por Esteban. Lo conversamos. Nos reímos como dos personas que comparten un secreto absurdo. Decidimos que faltaba una escena: estar los tres. Esteban, ella, yo.

Lo arreglamos para el viernes siguiente, en su departamento. Esteban dejó dos copas servidas en la mesa baja y una tercera en la cocina. Empezamos sentados, vestidos, hablando del trabajo y de cualquier cosa. No tardó en aparecer lo que habíamos ido a buscar. Le saqué la verga al living. Mariana abrió mucho los ojos cuando la vio fuera del pantalón.

Se la mamamos entre los dos. A ella le costó al principio, no por la situación sino por el tamaño. Me miró con cara de pánico y de risa al mismo tiempo.

—Me va a partir en dos —me susurró.

—Si yo la aguanté en el culo —le respondí en el mismo tono—, tú la vas a disfrutar.

Le pedí a Esteban que se acostara en el sofá. Mariana se montó encima, despacio. La cara que puso no la voy a olvidar nunca. Ni ella supo si dolía o si se estaba viniendo. Se movió un par de veces y soltó un grito largo que me hizo apretar los dientes. Era la primera vez que la escuchaba sonar así.

Cabalgó sobre él con una mezcla de miedo y entrega que pocas veces le había visto. Tardó en venirse, y cuando se vino, lo hizo con todo el cuerpo. Esteban aguantó sin venirse, lo cual me sorprendió: conmigo siempre fue rápido. Quizá la novedad lo contenía, o quizá quería estirar la noche.

Cuando le pidió a Mariana que cambiaran, ella se bajó con piernas temblorosas y yo ocupé su lugar. Esta vez no hizo falta pomada. Su verga entró con la lubricación que mi mujer le había dejado encima. Sentí la calidez, sentí el grosor, y sentí, por un segundo, una conexión rarísima de tres cuerpos en la misma escena. Esteban se vino dentro de mí al rato. Mariana se reía y lloraba un poco, todo a la vez, sentada en una silla, con la mano entre las piernas.

***

Volvimos a casa pasada la medianoche. No coger esa noche habría sido un insulto a lo vivido. Nos amamos como nunca, riéndonos, contándonos detalles que el otro no había podido ver. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, Mariana dejó la taza en la mesa y me dijo algo que no he olvidado.

—No quiero volver a esconder lo que somos —dijo—. Pero quiero que sigamos siendo nosotros.

Eso resume todo. Repetimos varias veces más, con Esteban y sin él, con Iván y sin él, y también muchas otras noches a solas, los dos, como siempre.

De toda esa historia aprendí tres cosas. La primera, que tener una verga clavada en el culo no es lo mío; cerré la asignatura y la archivé. La segunda, que ver a mi esposa con otro hombre me activa algo profundo que no sabía que tenía. La tercera, y la más importante, que lo mejor de la vida es coger en trío con tu propia esposa, con un amigo de confianza, y volver a casa juntos.

Vivan los tríos. Vivan las confesiones que se hacen a tiempo.

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