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Relatos Ardientes

Mariela me hizo lo que nunca le pedí a mi marido

Mi marido y yo llevábamos casi un año explorando el ambiente swinger antes de aquella noche. Empezamos como casi todos: una página de internet, una primera cita con una pareja en un café cualquiera, mucha conversación previa para asegurarnos de que los dos queríamos lo mismo. Después vinieron las visitas al Club Vértigo, los martes de mujeres y los viernes mixtos. Y después vino Mariela.

La conocimos un viernes a finales de febrero. Estaba sola en la barra, tomando algo que parecía whisky y mirando todo con esa calma de quien ya vio demasiado. Tenía treinta y pocos, el pelo negro recogido y unos labios que no necesitaban pintura. Mi marido la vio antes que yo y me dijo al oído algo que prefiero no repetir.

Hablamos los tres esa primera noche. Mariela trabajaba en algo relacionado con publicidad —nunca me quedó claro qué exactamente— y vivía sola desde hacía dos años, después de un divorcio que mencionó sin amargura. Le gustaban las mujeres más que los hombres, dijo, pero cada tanto necesitaba lo otro también. Eso lo soltó como quien comenta el clima.

—¿Y tú? —me preguntó, ignorando un poco a mi marido—. ¿Qué necesitas tú?

No supe contestarle en ese momento. Esa noche no pasó nada más allá de la charla, pero quedamos en vernos otra vez. Cambiamos números, mensajes, fotos. Mi marido participaba al principio, pero pronto entendió que el juego entre Mariela y yo lo necesitaba en segundo plano. Lo aceptó con una generosidad que todavía le agradezco.

Llegó el día acordado. Iría sola.

***

Me bañé largo, me depilé entera, me puse una crema que olía a higo y a algo parecido al cuero. Después abrí el cajón donde guardo la lencería buena, la que casi no uso porque me parece demasiado, y elegí un conjunto negro de encaje que mi marido me había regalado para un aniversario. Tanga, sostén con varillas que me levantaban el pecho dos centímetros más de lo natural, una liga sin medias. Encima, un vestido corto color vino, ceñido en la cintura, con un escote que dejaba ver lo justo. Tacones altos que se podían soportar tres horas sin queja.

Me miré al espejo y pensé que hacía rato no me veía así. Que hacía rato no me veía con ganas, en realidad.

El taxi me dejó en la puerta del club a las once y cuarto. Mariela ya estaba dentro. Me lo confirmó por mensaje antes de que entrara: «Mesa cuatro, contra la pared del fondo. Te estoy mirando entrar».

Cuando crucé el salón, sentí los ojos de varios hombres seguirme. Esa sensación, la de saber que se les ponía dura con sólo verme pasar, es algo que no admití disfrutar hasta bastante después en mi vida. Esa noche lo disfruté sin culpa. Llegué hasta la mesa cuatro y ahí estaba ella, esperándome con una copa de vino servida del otro lado.

—Pensé que ibas a tardar más —dijo—. Estaba ensayando excusas para ti.

—¿Excusas?

—Por lo que tengo planeado. Pero te las ahorro.

Me senté frente a ella. La música era música del lugar, ese género impreciso que ponen en los clubes para que se pueda hablar y bailar a la vez. Había gente alrededor, pero no demasiada todavía. Mariela llevaba una camisa de seda abierta hasta dos botones más de lo conveniente y una falda corta que, según me confesó casi enseguida, no escondía nada debajo.

—¿Nada? —pregunté.

—Nada. Verifica si quieres.

No verifiqué en ese momento. Tomamos un trago, hablamos de tonterías, ella se rió de algo que dije con esa risa baja que me gustó desde la primera vez. Después de un rato, su mano apareció debajo del mantel y se apoyó en mi rodilla. No subió enseguida. Se quedó ahí, paciente, midiendo si yo iba a dejarla.

La dejé.

Subió despacio por la cara interna del muslo. Crucé las piernas para detenerla un poco y ella sonrió, sabiendo que cruzarlas era una forma de aprisionar su mano contra mí, no de echarla. Su dedo encontró el borde de la tanga por encima de la liga. Lo recorrió sin entrar todavía.

—Estás mojada —murmuró, sin apartar la vista de mi cara.

—Vine mojada desde casa.

Eso era cierto. Lo era desde que había empezado a vestirme.

Su dedo se metió por debajo del encaje. Uno solo, al principio, deslizándose con una lentitud que casi dolía. Yo seguí tomando mi copa como si no pasara nada, como si la mesa no tuviera nada raro debajo, mirando hacia el resto del salón mientras ella me abría paso. Pasaron dos dedos. Después tres. Mariela no me quitaba los ojos de encima. Quería verme la cara. Quería verme aguantar.

Casi me corrí ahí, en esa mesa, con la gente cerca y la música cubriendo apenas mi respiración. Casi.

—Ven —dijo, sacando la mano y llevándosela a los labios sin pudor—. Vamos al cuarto rojo.

***

El cuarto rojo del Club Vértigo es exactamente eso: un cuarto pintado de un rojo que de día sería ridículo y que de noche, con la luz baja, te traga. Tiene un colchón ancho contra una pared, un sillón largo contra la otra, y una pared abierta cubierta apenas por una cortina de cuentas. Quien quiera mirar, mira. Quien quiera entrar, entra.

Mariela cerró la cortina detrás de nosotras y me empujó contra el colchón con una suavidad que era más promesa que orden. Me besó largo, las dos de pie, sus manos buscando el cierre del vestido y bajándolo despacio. Yo le desabroché los botones de la camisa. Tenía los pechos pequeños, los pezones oscuros y duros antes de que se los tocara. Le mordí uno y la oí inhalar fuerte.

—Abajo —me pidió en voz baja, empujándome los hombros.

Me arrodillé. Le subí la falda hasta la cintura y descubrí que no había mentido: no había nada debajo. Tenía el pubis depilado prolijo, con apenas una línea fina. La olí antes de tocarla. Olía a perfume y a algo más, a ella, a ganas, a humedad.

Le hice sexo oral con la lengua plana al principio, después con la punta, después acariciándole el clítoris en círculos lentos mientras le metía dos dedos. Mariela apoyó las dos manos en la pared detrás de ella y echó la cabeza hacia atrás. Hablaba en voz baja, mezclando palabras sueltas con frases más largas que yo apenas escuchaba. «Así. Más despacio. Sí. Ahí.» Su voz era una guía y un premio al mismo tiempo.

Se corrió contra mi cara. Sentí cómo se le contraía todo y cómo se le aflojaban las piernas a la vez. La sostuve por las caderas hasta que volvió en sí. Cuando me miró desde arriba, tenía los ojos de alguien que acaba de ganar algo.

—Ahora tú —dijo—. Pero no aquí.

—¿Dónde?

—Donde alguien te elija.

***

Salimos del cuarto rojo y volvimos al salón principal, las dos un poco despeinadas y sin disimularlo. Mariela me llevó de la mano hasta la barra y pidió otra ronda. Pasaron unos minutos antes de que se acercara el hombre. Cuarenta y muchos, alto, una camisa oscura desabrochada en el cuello, una mirada que no necesitaba sonrisa. Habló con Mariela primero, no conmigo. Le preguntó algo que no escuché. Ella se rió y me señaló con la cabeza.

—Ella decide —le dijo—. Tú sólo tienes que estar a la altura.

El hombre se presentó. Le voy a llamar Esteban porque su nombre real no importa. Tenía la voz baja y la mirada directa. Me preguntó qué me gustaba y le contesté sin pensarlo. Mariela escuchó toda la conversación con una sonrisa que decía «yo ya hice mi parte».

Los tres volvimos al cuarto rojo. Esta vez la cortina la corrió Esteban. Ya había alguien mirando del otro lado: un hombre solo, sentado en uno de los sillones del pasillo, con una mano apenas apoyada sobre el muslo. Mariela me preguntó con la mirada si me molestaba. Le dije que no.

Esteban me giró de espaldas contra la pared y me bajó la tanga hasta los tobillos. Me hizo apoyar las manos contra el muro rojo. Yo busqué a Mariela con la cara y ella se acercó, me besó largo, me mordió el labio inferior. Sentí cómo Esteban se acomodaba detrás de mí. La primera embestida me sacó un gemido más fuerte de lo que esperaba. Mariela me lo recibió en la boca.

El encuentro fue lento primero, profundo después, ya frenético hacia el final. Yo me sostenía contra la pared y contra el cuerpo de Mariela al mismo tiempo. Ella me hablaba al oído mientras él empujaba, me decía cosas que ahora no recuerdo del todo pero que en ese momento me empujaban a otro lado. Me corrí antes que él, dos veces, una más floja y otra que me dejó las piernas temblando.

Cuando sentí que Esteban estaba a punto, me solté del cuerpo de Mariela y me giré. Me arrodillé delante de él. Lo agarré con una mano y terminé de hacerlo correrse con la boca. Tragué sin pensar en nada. Mariela me miraba desde arriba con una expresión que no le había visto en toda la noche: algo entre orgullo y ternura.

Esteban se vistió rápido, agradeció con una palabra y se fue. El hombre que miraba del otro lado de la cortina también se había marchado. Quedamos las dos en el cuarto rojo, yo en el suelo todavía, ella sentada en el borde del colchón.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó.

Pensé bien antes de contestarle. Pensé en mi marido, que en ese momento estaba en casa, esperando que le mandara un mensaje. Pensé en lo que había sentido durante la última hora. Pensé en mí, en la mujer que se había puesto el conjunto negro frente al espejo y que se había mirado con ganas por primera vez en mucho tiempo.

—Me siento puta —le dije—. Como hacía mucho tenía ganas de sentirme.

Mariela se rió bajito. Me extendió la mano para ayudarme a levantarme. Me besó en la frente, después en la boca, y me dijo que me esperaba afuera mientras yo me arreglaba.

Le mandé un mensaje a mi marido desde el taxi de vuelta. «Estoy bien. Te cuento cuando llegue.» Él contestó con un emoji y un «te espero despierto».

Cuando entré a casa, todavía con el perfume de Mariela pegado a la piel, supe dos cosas. La primera, que aquella noche iba a ser una de esas que se cuentan en susurros, años después, cuando la confianza ya no admite secretos. La segunda, que iba a haber otra. Y otra. Y todas las que hicieran falta.

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