Lo que pasó en casa de mi amiga china esa noche
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Acepté con tres condiciones claras y la mano de mi marido temblando en la mía. Lo que pasó esa tarde en la sala todavía me hace dudar de cuánto lo conozco.
Bea lo organizó todo al milímetro: la casa, la playa nudista, el restaurante. Lo que pasó esa madrugada en el club fue idea de mi mujer.
Su marido nos abrió la puerta de su casa con una sola intención: ver cómo dos desconocidos hacían gozar a su mujer. Ella fingía dudar, pero su mirada ya había decidido.
Entre el vaho de la sauna ella bajó la mirada hacia mi toalla y sonrió, como si supiera exactamente lo que estaba a punto de pasar entre los dos.
Escribimos en papelitos todas las fantasías que nos faltaban y el azar eligió la más peligrosa: dos transexuales, una habitación de hotel y ninguna regla.
Llevaba meses convirtiéndome en otra persona frente al espejo. Esa noche, en la cama de un desconocido, descubrí hasta dónde podía llegar mi nueva piel.
Empezamos el día con una apuesta tonta y lo terminamos en la habitación de unos desconocidos, con un teléfono grabándolo todo.
Salí del local colgada de su brazo, mareada y sin sujetador, convencida de que solo me acompañaba a casa. Esa noche perdí la cuenta de las cosas que dejé pasar.
Estaba furiosa con la idea de mi marido, pero cuando me quité la última prenda y floté desnuda frente a ellos dos, entendí que me gustaba más de lo que debía.
Esa tarde no quería un encuentro más: quería que alguien me llevara más allá de lo que yo misma creía soportar, mientras mi marido observaba sin mover un dedo.
Le dije que el límite lo ponía ella. Lo que no esperaba era cuánto me gustaría quedarme a un lado, mirando, mientras otros la descubrían.
La calentura del ascensor seguía encendida cuando entramos al departamento, y mi novio ya se había acomodado en una silla, dispuesto solo a mirar.
Mientras ellas se iban de compras, nosotros nos quedamos solos con una cerveza, un móvil lleno de fotos y demasiada curiosidad por lo que el otro escondía.
Aquel vuelo nocturno empezó como una charla entre amigas y terminó con una confesión: en mi cama siempre hubo lugar para mi marido, para mi amante y, esa noche, para ella.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Cada noche llegaba un coche distinto a la casa de enfrente y las luces se apagaban, todas menos una. Esa madrugada me acerqué a la ventana y ya no pude dejar de mirar.
Bajaba la mirada cada vez que ella entraba al local, fingiendo contar tornillos. Lo que nunca supe es que ella también me estudiaba a mí.
Marcos creía que dirigía el juego. Su esposa me miró por encima del hombro, dejó caer la toalla y entendí que la única regla la ponía ella.
Le confesé a Bianca por qué su novio nunca la satisfaría del todo, y ella me reveló un secreto idéntico al mío. Esa misma semana invitamos a los dos a casa.