La noche en que aceptamos el intercambio
La empujé hacia esa fantasía durante meses, hasta que llegó el sábado y me di cuenta de que otro hombre iba a follársela en nuestra cama.
La empujé hacia esa fantasía durante meses, hasta que llegó el sábado y me di cuenta de que otro hombre iba a follársela en nuestra cama.
Bajamos a estrenar la piscina a solas, pero los gemidos subieron por toda la casa y la noche acabó mucho más lejos de lo que imaginé.
Subíamos por el vaso de agua cuando escuchamos los gemidos en la habitación. La puerta entreabierta lo cambió todo aquella tarde de sábado en casa de Renata.
Cuando revisamos el video del jacuzzi, descubrimos que no habíamos estado solos ni un solo segundo.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.
La empujé contra la pared del baño del gimnasio sin decirle que la rubia del guiño era mi mujer, y que nos esperaba en casa para seguir.
Éramos pocos en la oficina, demasiado cachondos y con una costumbre peligrosa para los viernes. Aquella mañana nadie iba a salir vestido.
Mi mujer volvió de casa de los vecinos con la mirada encendida, el coño temblándole y una condición clara: la próxima vez, yo tenía que verlo todo.
Me pidieron dos cosas: reservar habitación y llevar condones XL. Cuando ella salió del baño, entendí para qué me había hecho cruzar media provincia.
Cuando abrió la puerta con medias nuevas y una bata corta, supe que no había vuelta atrás y que esa tarde la iba a compartir entera.
Cuando mi esposa vio la polla de aquel hombre, su cara cambió; en ese instante supe que nuestra fantasía ya no tenía vuelta atrás.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.
Ella abrió el video sola al mediodía, pensando en una simple fantasía, y terminó mojada, celosa y con ganas de probarlo todo en persona.
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Todo empezó con una copa frente al mar y una pregunta inocente; terminó con cuatro adultos cruzando fantasías que ya no podían seguir callando.
Se ajustó las cuñas, me miró por el espejo y dijo que esa noche pensaba dejarse llevar. No imaginé hasta dónde, ni cuánto me gustaría mirar.
Fui por dos días de trabajo a la costa y me llevé a mi amiga. No imaginé que una cena con vestidos rojos terminaría marcándome el cuerpo de aquella manera.
Acepté con tres condiciones claras y la mano de mi marido temblando en la mía. Lo que pasó esa tarde en la sala todavía me hace dudar de cuánto lo conozco.
Bea lo organizó todo al milímetro: la casa, la playa nudista, el restaurante. Lo que pasó esa madrugada en el club fue idea de mi mujer.
Su marido nos abrió la puerta de su casa con una sola intención: ver cómo dos desconocidos hacían gozar a su mujer. Ella fingía dudar, pero su mirada ya había decidido.