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Relatos Ardientes

Mi cuñada me esperaba con la misma ropa del domingo

Esta es la segunda parte de una confesión que empecé hace meses con la madre de mi mujer. Si todavía no leíste aquella, conviene que lo hagas: las dos historias se enredan más de lo que me gustaría admitir, y nada de lo que viene a continuación cobra sentido sin entender por qué empecé a mirar a esa familia como si fuera un campo minado al que volvía cada domingo.

Mi cuñada se llama —llamémosla— Tamara. Es la hermana menor de mi mujer y, la primera vez que la vi, en el almuerzo donde me presentaron como novio formal, pensé que iba a ser un problema. Es bajita, de caderas anchas, con un trasero que parece dibujado a propósito para arruinarle el matrimonio a alguien, y un par de pechos que llenan cualquier blusa hasta tensar los botones. Mi mujer se parece, sí, pero tiene otra altura y otro pelo. Y, sobre todo, es mía. Lo prohibido siempre sabe distinto.

Durante años me limité a mirarla. Cada cumpleaños, cada Navidad, cada barbacoa: yo la recorría de arriba abajo como si fuera la primera vez. No estoy seguro de cuánto se daba cuenta. Sospecho que más de lo que aparentaba.

El terreno se inclinó el verano en que me quedé sin trabajo. Tamara coordinaba un equipo en una empresa de logística en las afueras y comentó, casi de pasada, que necesitaban refuerzo durante unos meses. Acepté antes de que terminara de explicarme las condiciones. No me importaba el sueldo ni el horario. Iba a verla todos los días.

Tengo que aclarar algo incómodo: en ese momento mi aventura con mi suegra ya estaba en marcha. Habíamos empezado meses antes, en condiciones que no vienen a cuento ahora. Lo digo porque entrar a trabajar con la hija de mi amante añadía una capa extra de vértigo, y porque desde el primer día tuve que aprender a sostener dos secretos a la vez en la misma casa.

Las primeras semanas fueron disciplinadas. Yo procuraba no quedarme demasiado cerca de su escritorio. Ella me trataba como a cualquier otro compañero, con la frialdad justa para que nadie pensara mal. Las cosas se torcieron un domingo, en el comedor de mis suegros.

Tamara llegó tarde. Llevaba unos leggings negros que le marcaban hasta el contorno de la ropa interior y una blusa color cereza abierta dos botones más de lo que cualquier mujer casada se permite delante de su familia política. Cada vez que se levantaba a buscar algo en la cocina, mis ojos seguían el ritmo de sus caderas como si fuera una obligación. Mi mujer me pilló dos veces. Su madre, una vez más. El marido de Tamara no dijo nada, pero apretaba la copa de vino con los dedos demasiado blancos.

—Estuvo bonito el espectáculo —me soltó mi mujer en el coche, de vuelta a casa—. Hasta su marido se dio cuenta. Ahora le está montando un escándalo a ella por andar provocando.

No respondí. Cualquier cosa que dijera iba a sonar peor. La discusión se alargó hasta la madrugada y terminó con ella durmiendo en el sofá. Me metí en la cama con la cabeza ardiendo y un único pensamiento, repetido como un mantra: Tamara con esos leggings, Tamara con esos leggings, Tamara con esos leggings.

El lunes llegué a la oficina antes que casi nadie. Y entonces entró ella. Con los mismos leggings negros. La misma blusa cereza. El mismo perfume.

No puede ser casualidad.

Pasó por delante de mi puesto tres veces en la primera hora, cuando habitualmente no se acercaba ni una. La cuarta vez fingió buscar un informe en el archivador que tengo a dos metros y se quedó allí un rato largo, agachada, con esos leggings explicándolo todo. Me levanté al baño porque necesitaba un par de minutos a solas con mi propia cara para no perder el control.

***

Cuando volví, la planta estaba casi vacía. Casi todo el equipo había bajado a almorzar. Tamara seguía en su sitio, dándome la espalda, tecleando despacio. No lo pensé. Caminé hasta ella, le tapé los ojos con las manos y le hablé pegado a la nuca.

—Adivina quién soy.

Ella se quedó muy quieta. La sentí estremecerse bajo mis dedos. Aproveché y le susurré, con los labios casi rozándole la oreja:

—Estás increíble hoy. Y lo sabes.

Soltó un suspiro mínimo, un ruidito que valió más que cualquier respuesta. Aparté las manos y la hice girarse en la silla. Nos quedamos frente a frente, demasiado cerca, con los ojos demasiado abiertos. Estábamos a un parpadeo del beso cuando se abrió la puerta de la planta y entró un compañero hablando por teléfono. Yo me alejé fingiendo buscar algo en la fotocopiadora. Ella se acomodó el pelo con manos temblorosas y siguió escribiendo como si nada.

El resto de la jornada no me la pude sacar de la cabeza. A la hora de salida, en el ascensor, le pregunté en voz baja:

—¿Cómo vuelves hoy?

Normalmente la recogía su marido. Pero esa tarde, no sé si por la discusión del domingo o por puro azar, me dijo que iba en taxi.

—Te llevo yo.

—¿No tenías clase en la universidad?

—Falto. Acepta antes de que me arrepienta.

Tardó tres segundos en decir que sí.

***

Bajamos al sótano del edificio. En el coche, antes de arrancar, llamé a mi mujer. Le dije que iba directo a la facultad, que si no daba señales era porque me quedaba sin batería, que no me esperara despierta. Lo de la batería era cierto: me quedaban dos rayitas y ningún cargador. La parte de la facultad, no tanto.

En la autopista nos pilló un atasco interminable. Aproveché.

—Te invito una cerveza —dije, mirando al frente.

—Tú no tomas.

—Hoy sí. La compañía lo merece.

Soltó una risa pícara, esa risa que sueltan las mujeres cuando saben perfectamente lo que les estás proponiendo y todavía no quieren decir que sí del todo.

—Una. Solo para esperar a que se descongele el tráfico.

Fuimos a un bar pequeño cerca de la salida, uno de esos sitios donde la gente no se conoce y la luz es lo bastante baja como para perder la vergüenza. Pedimos una cerveza. Después otra. Después no llevé más la cuenta. En algún punto se inclinó sobre la mesa, con el escote apuntando hacia mí, y preguntó:

—¿Mi hermana sabe que estamos juntos ahora mismo?

—Cree que estoy en la facultad.

—¿Y por qué le mentiste?

—Porque no quería perderme esto.

—¿Esto qué?

Tomé aire. Era el momento o nunca.

—Tu hermana se enojó ayer porque no podía despegar los ojos de tu trasero. Y hoy viniste vestida igual. No me digas que es casualidad.

Se puso colorada hasta las orejas. Y se rió. Esa risa otra vez.

—¿Y por qué miras el mío si el de mi hermana es prácticamente igual?

—Porque el tuyo está prohibido. Y lo prohibido sabe mejor.

Ahí algo terminó de quebrarse. Me miró un rato largo, mordiéndose el labio inferior. Le pregunté si quería que le contara algo que no me dejaba dormir desde el día anterior. Asintió.

—Llevo desde ayer imaginándote desnuda, en cuatro, y yo arrodillado detrás. Toda la noche. Solo eso.

No supo qué decir. Le pedí que bailara conmigo. En la pista no había casi nadie. Me coloqué detrás de ella, con las manos en sus caderas, y sentí enseguida cómo apretaba el trasero contra mí. No fue un roce: fue una declaración. Le pasé la mano por el muslo, despacio, subiendo hasta donde no debía, y le hablé contra el cuello.

—Vámonos.

***

En el coche, en el aparcamiento del bar, no esperé a llegar a ningún sitio. Le abrí la blusa, le bajé el sostén con torpeza y le mordí los pechos como si llevara años conteniéndome. Que en realidad era cierto. Metí la mano dentro de los leggings y la encontré empapada antes incluso de tocarla. Se vino encima de mis dedos en menos de dos minutos, tapándose la boca con la otra mano para no gritar.

—Vamos a un hotel —le dije—. No te quiero apurada.

El hotel que encontramos era de los de carretera, baratos y discretos. Ni la recepcionista nos miró a los ojos. En la habitación me tomé mi tiempo. La desnudé entera, despacio, y la recorrí con la boca de los tobillos al cuello, parándome donde sabía que no la habían parado nunca. Cuando le abrí las piernas y le pasé la lengua por dentro me suplicó que parara porque se iba a venir otra vez. Le dije que era exactamente lo que quería.

Perdimos la cuenta de las veces. En algún momento ella estaba apoyada contra el cabecero, agotada, y yo le pasaba las manos por el trasero. Lo apretaba, lo besaba, lo mordía con cuidado. Hasta que se giró sola, se puso a cuatro patas y me dijo en voz baja, mirando hacia el otro lado:

—Por ahí. Nunca lo hice.

—¿Estás segura?

—Quiero que seas tú el primero.

No le creí del todo en ese momento. Después, cuando sentí lo apretada que estaba y la noté contener el aliento como conteniendo un grito, me convencí. La sujeté del pelo, le hablé al oído cosas que no voy a escribir aquí, y me tomé el tiempo del mundo. Lo recuerdo con un detalle obsceno y todavía hoy, escribiéndolo, vuelvo a sentir la misma presión en el pecho.

***

Cuando miramos el reloj era casi medianoche. Nos vestimos a las apuradas, casi sin hablar. La dejé a tres cuadras de su casa y me fui a la mía rezando para que mi mujer se hubiera dormido. Por suerte, todavía estaba enojada por lo del domingo y se había acostado sin esperarme.

Lo que vino después duró meses. Lo hacíamos en el coche, en el baño del trabajo, en la hora del almuerzo en un motel cercano. Algunos jueves, después de despedirme de ella, pasaba por casa de mis suegros y terminaba la jornada con su madre. Soy consciente de cómo suena. Lo escribo igual.

Mi contrato se acabó. Unas semanas más tarde, Tamara renunció a la empresa. Y a las dos semanas, sin avisar a nadie, se mudó con su marido a otra ciudad a una hora larga de distancia. Las visitas a los suegros se volvieron quincenales y, con su hermana lejos, se cerraba una puerta que ninguno de los dos quería decir en voz alta que extrañábamos.

Meses después, en una cena familiar, mi mujer soltó la noticia: Tamara estaba embarazada. Jamás usamos protección. Conté los días en la cabeza y las fechas encajaban con los meses en los que su marido había estado de viaje por trabajo. La llamé al día siguiente, en cuanto pude. Me juró por su madre que el niño no era mío.

Dos años después nació mi segunda hija. Y ahí terminó la coartada.

Eran iguales. El nene de Tamara y mi hija parecían mellizos. Mismos ojos, mismo gesto al dormir, misma forma de fruncir la frente cuando se enojaban. Lo comentaba todo el mundo en cada cumpleaños. Cada vez que los veía juntos sentía un nudo en la garganta. Tardé un año más en encarar a Tamara. Cuando lo hice, no se molestó en mentir. Lo único que dijo fue:

—Lo supe desde el principio. Por eso me fui.

***

Todavía nos vemos cuando se puede. Cada tantos meses ella viene por trabajo, o yo paso por su ciudad con cualquier excusa barata. Es menos frecuente, más cuidadoso y, al mismo tiempo, más intenso, porque ya no hay nada por descubrir y porque entre los dos cargamos un secreto que nos une de un modo que ningún matrimonio podría imitar.

La historia con mi suegra, por cierto, también continúa. Pero eso queda para la próxima confesión.

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Comentarios (1)

ElTorino88

tremendo relato!! de esos que te quedas pensando un rato despues de leerlo

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