Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi cliente me pidió ser el primero esa madrugada

Vuelvo de mis vacaciones con la cabeza llena de cosas que contar. Un mes fuera de casa, mezclando trabajo y placer, y la sensación de que no me alcanzan las palabras para resumir todo lo que pasó. Voy a empezar por el principio, por aquel domingo en que decidimos escaparnos.

Marcos, mi marido, me dio luz verde para salir antes con Esteban. No es una autorización en el sentido tradicional, es más bien una complicidad: él sabe lo que hago, lo apoya y, en cierta forma, disfruta sabiéndome deseada por otros. Esteban es mi cliente más antiguo, el que dejó de ser solo cliente hace mucho tiempo.

El viaje en auto hasta la ciudad del norte fue distinto a cualquier otro. Parábamos en cada cruce, en cada estación de servicio, en cada mirador. Nos besábamos como adolescentes recién descubiertos. Él manejaba con una mano y con la otra me acariciaba el muslo por debajo del vestido. Yo dejaba que lo hiciera.

—No te apures —le decía cuando intentaba avanzar más—. Tenemos toda la semana.

Llegamos al hotel con el sol bajo. Habíamos almorzado en un pueblo intermedio, sin prisa, hablando de cualquier cosa menos de lo que íbamos a hacer cuando cerráramos la puerta. Habitaciones separadas, eso siempre. La mía, doble, esperando a Marcos para el lunes.

Caminamos del brazo por la avenida principal antes de la cena. La gente nos miraba y no podía saber si éramos novios, marido y mujer, o algo más complicado. Cenamos liviano, vino blanco, postre compartido. A las once estábamos de vuelta en el hotel.

—Avísame cuando estés lista —me dijo en el pasillo.

Subí, me di una ducha larga, me pasé crema por todo el cuerpo. Estuve un rato frente al espejo decidiendo qué ponerme. A veces uno cree que estos detalles ya no importan, después de tantos años, pero importan. Cada vez importan más.

Elegí lo clásico: tanga de encaje negro, un babydoll a juego y zapatos de charol con taco bien alto. El pelo recogido tirante hacia atrás, sin un mechón fuera de lugar. Un toque de perfume detrás de la oreja, otro entre los pechos, uno apenas en la cara interna del muslo.

Lo llamé. En dos minutos estaba golpeando la puerta.

—Estás especialmente linda esta noche —dijo en cuanto entró.

Lo dijo como solía decirlo, sin urgencia, mirándome a los ojos primero y al cuerpo después. Esa es una de las cosas que aprendí a valorar de él. Nos besamos un largo rato, parados junto a la puerta, sin acelerar nada. Me pidió pasar al baño para desvestirse y yo me senté en la cama a esperarlo.

Cuando salió, se acercó despacio. Yo lo miraba avanzar y no podía despegar la vista. Esa imagen suya, todavía a medio camino entre relajado y duro, los testículos colgando, el cuerpo limpio y oloroso, me prendía como si fuera la primera vez.

—Mi novia preferida —me dijo cuando llegó—. ¿Sabés lo afortunado que soy?

—Eso decímelo después, en la cama.

Me desvistió con esa paciencia que tienen los hombres que saben que el camino es lo importante. Cada pieza de encaje fue saliendo con un beso o una caricia de por medio. Cuando estuve desnuda, me hizo girar en la mitad del cuarto, solo para mirarme.

Nos acostamos frente a frente, de costado. Mis manos en su cara, las suyas recorriéndome la espalda. Nos besamos hasta perder la noción de cuánto rato estuvimos así. Él me pasaba los dedos por el pelo, yo le mordía el labio inferior.

—Hoy va a ser distinto —dijo de pronto.

—¿Por qué?

—Porque quiero que sea distinto. Quiero que hablemos, que me cuentes cosas, que la noche dure lo que tenga que durar.

Mojó dos dedos con saliva y me los pasó entre las piernas, despacio, casi sin tocarme. Después tomó mi pierna izquierda y la apoyó sobre su muslo. Yo quedé abierta para él, sin que él hiciera nada para estarlo.

—Me gusta esta situación nuestra —siguió—. Saber que estás casada, saber que Marcos sabe, saber que puedo tenerte sin esconderme.

—Mientras me sigas tratando como me tratás, vas a poder tenerme siempre.

Un movimiento corto y la punta entró apenas. Después se quedó quieto, sosteniéndose ahí, sin avanzar. Volvió a besarme. Yo le agradecí, sin decirlo, la transferencia que había llegado a mi cuenta el viernes. Él entendió. Siempre entiende.

—No tenés que agradecer nada —dijo, leyéndome la cara.

—Sí tengo. Y vos sabés que no es por la plata. Es por cómo me lo hacés sentir.

Otro empujón y otro centímetro entró en mí. El ritmo lo marcaba él, lento, conversado, casi pedagógico. Me preguntó si Marcos aprobaba todo lo nuestro: nuestros jueves a la tarde, los almuerzos, las escapadas como esta.

—Marcos lo aprueba todo —le dije—. Te lo juro por lo que quieras.

—Quería estar seguro. Tengo ideas para más adelante.

—¿Qué ideas?

—Cosas con mi mujer. Se está haciendo arreglos, se nota más segura conmigo. Y todo eso, aunque ella no lo sepa, te lo debo a vos.

Yo me reí bajito contra su boca. Él siguió entrando, milímetro a milímetro, como si la conversación marcara el ritmo.

—Te ayudamos en lo que necesites —le dije—. Marcos y yo estamos demorando lo del embarazo, así que tenemos tiempo de sobra.

—Sos única.

—Sos vos el que me hace única.

Una última estocada y lo sentí entero dentro. Se quedó así, los testículos contra mí, y empezó a moverse de a poco. La boca pegada a la mía. La saliva de los dos mezclada. Un dedo que se le escapó hacia atrás y me dilató otra entrada, apenas, sin compromiso todavía.

Después se detuvo. Se concentró en mis pechos un rato largo. Me besaba los pezones como si fueran lo único importante del cuerpo. Yo ya estaba en otro plano.

—Quiero acabar —le pedí.

Subió el ritmo. No mucho, lo justo. Y yo me solté. Me solté completa, sin guardarme nada, sin contener el ruido. El orgasmo me llegó largo, en olas, mientras él me sostenía la cara con las dos manos. Sentí su descarga dentro de mí casi al mismo tiempo, una acabada larga y profunda que me dejó todavía temblando.

—Vení —le dije cuando recuperé el aire.

Salí de él con cuidado, apreté las piernas, trepé por su cuerpo hasta sentarme con mi sexo sobre su boca.

—Chupame todo, después me lo pasás.

Lo hizo sin dudar. Me chupó como si fuera lo más natural del mundo, con las manos en mis pechos y la lengua adentro. Yo sentía bajar el semen y los jugos. Cuando me tocó la espalda, supe que estaba listo.

Me dejé caer a su lado, le abrí la boca con la mía y recibí todo lo que él había juntado. Un beso largo, sucio, denso. Tragué sin pensar. No hay forma de explicar la intimidad de ese momento.

***

Después vino el rato de las preguntas. Acostados, sucios todavía, con la luz del velador prendida.

—Siempre quise saber cómo fue con tu papá —me dijo, mirando el techo.

Esa parte de mi historia la sabe casi en exclusiva. Es una de las cosas más íntimas que le conté, y sabe que no se la cuento a nadie más. La idea había sido de Marcos, mucho antes. Yo ya había estado con su padre, mi suegro, una historia aparte. Y un día, Marcos me planteó la fantasía de que también lo hiciera con el mío. Tardé mucho en aceptarlo. Tardé más en seducirlo.

—¿Querés que te lea el relato que escribí de aquella primera vez?

—Sí. Por favor, sí.

Estiré la mano hacia la tableta de la mesa de luz. Lo busqué entre mis archivos y empecé a leer. Lo leí casi actuándolo, dándole entonación. Esteban me besaba el cuello cada tanto, me acariciaba sin urgencia, hacía algún comentario en voz baja. Cuando llegué a la parte de la foto que terminó de convencer a mi viejo, sentí su sexo despertarse otra vez contra mi cadera.

—Quiero ver esa foto.

—No la tengo conmigo. Se la puedo pedir a Marcos.

—Pedísela. Ahora.

Lo llamé. Era cerca de medianoche. Marcos atendió la videollamada y nos vio así, en la cama, con la cara colorada y el cuerpo todavía pegajoso. Le expliqué el pedido, le conté en una sola frase cómo me había cogido Esteban y le aseguré que cuando él llegara iba a recibir lo mismo. Marcos se rió, me mostró su propia erección al otro lado de la pantalla y nos despidió con un beso.

La foto llegó al rato. Yo, años atrás, sobre sábanas de raso, de espaldas a la cámara, el torso levantado apoyado en un codo, mirando por encima del hombro. Las piernas estiradas. El culo bien alto. Una imagen que sigo considerando una de las mejores que me sacaron en mi vida.

La proyecté con el cañón portátil que llevo siempre conmigo cuando viajo. Apareció a tamaño real en la pared del cuarto. Esteban dejó escapar un sonido entre suspiro y queja y me besó la nuca.

Terminé de leerle el relato. La historia entera. Cómo papá me esperó esa noche. Cómo cedió. Cómo, desde entonces, cada semana es algo que ninguno de los tres quiere perder.

—¿Lo hacen seguido todavía?

—Casi todas las semanas. Es difícil de explicar. Es saber que esa misma persona te trajo al mundo y ahora te llena de otra forma. Hay algo ahí que no puedo poner en palabras, ni quiero intentarlo demasiado.

—Sos puta y sos santa al mismo tiempo. Por eso te quiero.

Me reí. Le pasé la lengua por el cuello hasta el ombligo. Le pasé la lengua más abajo. Después él me devolvió el favor y se entretuvo un rato largo con todo lo que tenía entre las piernas y atrás también. Me lamió con paciencia, sin apuro, como si tuviera que aprenderme de nuevo.

Yo lo terminé de prender frotando mi sexo contra el suyo, los pelos cortos contra su piel, el clítoris contra la cabeza del miembro. Cuando estuvo a punto, me monté sin pedirle permiso. Bajé entera de un solo movimiento.

Le cambié el ritmo todas las veces que se me dio la gana. Lento, rápido, otra vez lento. Él me apretaba los pechos. Yo me inclinaba para besarlo cuando lo veía a punto y me enderezaba para volver a frenar. El segundo orgasmo me agarró así, encima de él, gritando como si nadie pudiera escucharnos en los cuartos de al lado. Él acabó dentro otra vez, y otra vez me subí a su cara para terminar la ceremonia.

—Estoy muerto —dijo cuando recuperó el aire—. Pero te quiero pedir una cosa más. Algo especial.

—Decímelo ahora.

Me arrimó la boca al oído, como si las paredes oyeran, y me lo susurró.

***

Yo me acordé al instante de una conversación que había tenido con Patricia, una amiga, sobre exactamente lo mismo. Ella lo había hecho y le había encantado. Sonreí.

—¿Querés que esperemos a Marcos y lo hagamos los tres?

—Quiero ser el primero. Después, lo que vos quieras.

—Entonces solos.

Nos dormimos abrazados, como dos que se conocen hace años. Calculé después que dormimos unas tres horas. Yo ya soñaba con lo que vendría.

Nos despertamos casi al mismo tiempo. Sin decir mucho, Esteban se fue para abajo. Me chupó largo, sin saltearse ningún rincón. Me dilató con un dedo, después con dos. Yo respiraba hondo y me imaginaba lo que estaba a punto de pasar.

Me puse en cuatro. El centro hacia arriba. No hubo nada de paciencia esta vez. Me escupió desde arriba, se mojó el miembro con la misma saliva, se acomodó y empujó. Empujó de verdad, sin medir. Sentí que entraba entero en un solo movimiento y que los testículos me golpeaban abajo.

El bombeo fue intenso, ansioso, casi desesperado. Me tiraba del pelo, se aferraba a mis pechos, gemía contra mi nuca. Yo le seguía el ritmo como podía, sorprendida por lo poco que dolía, por lo distinto que se sentía.

Me di cuenta enseguida de que quería terminar pronto. Yo no estaba dispuesta a parar, pero entendí.

—Quedate quieta —me dijo.

Salió, esperó unos segundos a que mi cuerpo se cerrara de nuevo y se masturbó por encima. Acabó en la parte baja de mi espalda y en la raya. Sentí el chorro caliente caer despacio y me reí contra la almohada.

—Vení —dijo, agarrándome la mano.

Corrimos a la ducha tomados de la mano, los dos pegajosos, los dos sonriéndonos como cómplices recién descubiertos. Una vez bajo el agua, me arrodillé en el piso. Lo que vino después no lo había hecho nunca tampoco. Sentí el chorro tibio, fuerte, primero por la espalda. Después en la zona que él acababa de estrenar. Me limpié sola con los dedos y la sensación me pareció mejor de lo que esperaba.

Estaba hecho. Y me había gustado.

Nos duchamos juntos, hablando de todo eso como si nada. Le dije que quería repetirlo con Marcos. Pensé, sin decírselo, que también quería ofrecérselo a papá y a mi suegro. Esteban me besó la frente y me prometió un viaje a la costa para agradecerme que él hubiera sido el primero.

—Nada que agradecer —le dije—. Me gustó de verdad.

Bajamos a desayunar vestidos como gente normal. La gente que pasaba por la recepción nos miraba como a una pareja cualquiera. Dos horas después, llegó Marcos. Había salido de la capital en la madrugada, manejando rápido, ansioso por llegar. Se notaba en cuanto bajó del auto.

Pero esa segunda parte se las cuento en el próximo relato.

Besos.

Camila.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.