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Relatos Ardientes

La última noche con mi ex antes de dejarlo todo

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Llevábamos un año y dos meses de relación a distancia cuando decidí que no podía más. No fue por falta de cariño. Fue por todo lo demás: los mensajes que se convertían en discusiones a las tres de la mañana, los celos que aparecían cada vez que salía con amigas, las promesas de vernos que se cancelaban una semana antes. Lo nuestro se había vuelto un ciclo de peleas, reconciliaciones y silencios que duraban días.

Se llamaba Andrés. Nos conocimos por una aplicación de citas, algo que jamás pensé que funcionaría. Pero funcionó. Al menos al principio. Las videollamadas que duraban hasta el amanecer, los mensajes de voz que me hacían sonreír en el trabajo, los planes que armábamos juntos para cuando por fin viviéramos en la misma ciudad. Todo eso fue real. Y también fue real el momento en que dejó de ser suficiente.

La decisión la tomé un martes por la noche, después de otra pelea absurda por una foto que subí a redes. Estaba cansada. Agotada de justificarme, de explicar cosas que no necesitaban explicación, de sentir que cada conversación era un campo minado. Pero no quería hacerlo por teléfono. No después de todo lo que habíamos compartido. Así que compré un pasaje de autobús para el viernes siguiente y le dije que quería verlo.

—¿En serio? —su voz cambió por completo. Sonaba como al principio, cuando todo era nuevo—. Pensé que estabas enojada conmigo.

—Necesito verte —fue lo único que dije.

El viaje duraba cinco horas. Cinco horas para pensar, para repasar mentalmente las palabras que iba a usar. Tenía un discurso armado, algo sobre que los dos merecíamos algo mejor, que la distancia nos estaba destruyendo, que era mejor terminar antes de odiarnos. Lo había ensayado frente al espejo del baño como si fuera una presentación del trabajo.

Llegué a las ocho de la noche. Él me esperaba en la terminal con una bolsa de papel en la mano. Había comprado esas empanadas que me encantaban, de un puesto callejero que descubrimos juntos la primera vez que lo visité. Ese tipo de detalles eran los que complicaban todo. Porque Andrés no era malo. Era atento, divertido, podía hacerme reír hasta que me doliera el estómago. El problema no era quién era él, sino en lo que nos habíamos convertido juntos.

—Estás más flaca —dijo abrazándome fuerte. Olía a la misma colonia de siempre, esa que me regaló su mamá y que yo le dije que me volvía loca.

—Y tú estás más alto —mentí. No había crecido nada.

Fuimos caminando hasta su departamento. Era un estudio pequeño en un tercer piso sin ascensor, con una ventana que daba a la calle y un colchón en el suelo porque todavía no se compraba una cama. La primera vez que vine me pareció encantador, bohemio. Ahora solo me parecía triste.

Comimos las empanadas sentados en el piso, con las espaldas apoyadas contra la pared. Puso música desde su teléfono, algo suave que no reconocí. Me contó sobre su nuevo trabajo, sobre un compañero que lo sacaba de quicio, sobre un gato que había adoptado la vecina del segundo piso. Cosas normales. Cosas de una pareja que se pone al día después de no verse en semanas.

Díselo ahora, pensé. Antes de que sea más difícil.

Pero no lo hice.

—Te extrañé mucho —dijo, girando la cabeza para mirarme. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y cuando me miraba así sentía que podía ver todo lo que yo estaba pensando. Esperaba que no fuera cierto.

—Yo también —respondí. Y no era mentira. Lo había extrañado. Extrañaba la versión de nosotros que ya no existía.

Me besó despacio, con una mano en mi mejilla. Su pulgar me acariciaba justo debajo de la oreja, en ese punto que él sabía que me erizaba la piel. Lo conocía bien. Conocía mi cuerpo mejor que nadie, y eso era parte del problema. Porque cada vez que me tocaba, yo olvidaba todas las razones por las que había venido.

Le devolví el beso. Primero suave, después con más urgencia. Mis manos subieron por su pecho hasta su cuello y lo atraje hacia mí. Él se movió para quedar frente a mí, de rodillas, y me sujetó la cintura con ambas manos. Sentí sus dedos colarse por debajo de mi camiseta, el contacto tibio de sus palmas contra mi piel.

—Espera —dije separándome un centímetro.

—¿Qué pasa?

Díselo. Díselo ahora antes de que no puedas.

—Nada —respondí, y volví a besarlo.

***

Me sacó la camiseta por la cabeza y la tiró a un costado. Me miró como si fuera la primera vez, recorriendo con los ojos cada centímetro desde mi cuello hasta mi ombligo. Siempre hacía eso. Se tomaba su tiempo para mirarme antes de tocarme, y esa pausa me aceleraba el corazón más que cualquier caricia.

Desabrochó mi sostén con una mano. Con la otra me sostenía la espalda, inclinándome despacio hacia el colchón. Sentí la sábana fresca contra mi piel y su boca bajando por mi cuello, dejando un rastro húmedo que me hacía cerrar los ojos.

Sus labios llegaron a mi pecho y se detuvieron en mi pezón izquierdo. Lo rodeó con la lengua, primero despacio, después con más presión, chupándolo entero dentro de su boca hasta hacerlo doler. Con la mano libre me agarró la otra teta, apretándomela, pellizcándome el pezón entre el pulgar y el índice hasta que yo arqueé la espalda y solté un gemido ronco. Mi mano buscó su nuca y lo presioné contra mí, obligándolo a morderme, a chuparme más fuerte. Su otra mano bajó por mi abdomen, trazando una línea recta con los dedos hasta el borde de mi pantalón.

—¿Puedo? —preguntó con la boca todavía en mi piel.

—Sácame todo, ya —le dije, levantando las caderas.

Me quitó el pantalón y la ropa interior juntos, con un solo movimiento. La bombacha se había pegado a mí, empapada, y él lo notó porque sonrió con esa media sonrisa suya antes de tirarla al piso. Se arrodilló entre mis piernas y me miró desde abajo, con los ojos clavados en mi coño abierto. Tenía esa expresión que me derretía, mezcla de deseo animal y algo parecido a la adoración. Nadie me había mirado así antes de él. Nadie me ha mirado así después.

—Mírate cómo estás —murmuró—. Toda mojada para mí.

—Cállate y chúpame —le contesté, con una voz que no era la mía.

Empezó besándome el interior del muslo, subiendo centímetro a centímetro con una lentitud que me hacía retorcer las sábanas con los puños. Su aliento contra mi piel era una tortura calculada. Sabía exactamente lo que hacía, sabía que cada segundo de espera me encendía más, que a esa altura yo ya tenía los muslos temblando y el coño palpitando pidiéndole la boca.

Cuando por fin apoyó la lengua entre mis labios, plana, ancha, arrastrándola desde abajo hasta el clítoris de un solo lametón lento, solté un gemido largo que no pude contener. Se me escapó tan fuerte que me llevé la mano a la boca. Él me la sacó de un manotazo.

—Quiero oírte —dijo, y volvió a bajar.

Su lengua se movía con una precisión que solo da la costumbre, alternando entre presión firme sobre el clítoris y roces suaves que me hacían temblar. Después bajaba, me metía la lengua dentro del coño, entrando y saliendo, cogiéndome con la boca como si quisiera bebérseme entera. Mi jugo le corría por el mentón y él ni se molestaba en limpiarse. Mis caderas se movían solas contra su cara, buscando más contacto, más ritmo, más de todo.

Deslizó un dedo dentro de mí mientras su lengua volvía al clítoris. Después dos. Los curvó justo en el punto correcto, ese punto rugoso adentro que solo él sabía encontrar, y empezó a moverlos rápido, hacia adelante, como llamándome, mientras me chupaba el clítoris con los labios cerrados alrededor. Sentí esa tensión familiar construyéndose en mi vientre, como una ola que crece desde lejos.

—No pares, no pares, me voy a correr —le pedí con la voz entrecortada, y él obedeció, aumentando el ritmo de la lengua y de los dedos al mismo tiempo.

El orgasmo me golpeó con fuerza, una descarga que empezó en mi centro y se expandió hasta la punta de los dedos. Mi espalda se arqueó, los muslos se me cerraron alrededor de su cabeza y sentí el coño apretarse en espasmos alrededor de sus dedos. Él no se detuvo hasta que dejé de temblar, lamiéndome despacio para prolongarlo, bebiéndose todo lo que me salía.

***

Se quitó la ropa mientras yo recuperaba el aliento. Vi su cuerpo recortado contra la luz del velador, delgado, familiar, cada marca y cada ángulo grabados en mi memoria. Y su polla parada, dura, apuntándome, con la punta ya brillante. Se me hizo agua la boca.

—Ven acá —le dije, incorporándome—. Antes de nada, ven.

Entendió. Se puso de rodillas al lado de mi cara sobre el colchón y yo se la agarré con la mano, sintiendo el peso, el latido de las venas contra mi palma. Le pasé la lengua por la punta primero, saboreando el líquido salado que ya tenía. Después me la metí entera en la boca, todo lo que pude, hasta que me golpeó contra la garganta y me lloraron los ojos.

—Puta madre —soltó él, agarrándome del pelo con las dos manos.

Se la chupé despacio, con toda la boca, subiendo y bajando, dejando que la saliva le corriera por el tronco hasta las bolas. Con la otra mano se las agarré, se las masajeé, mientras seguía metiéndomela hasta el fondo. Él empezó a moverse contra mi cara, cogiéndome la boca despacio, y yo lo dejé, ahogándome un poco a propósito, porque sabía cuánto le gustaba oír esos ruidos.

—Basta, basta o me corro —dijo apartándome la cabeza—. Y todavía no.

Me acostó de nuevo, se acostó sobre mí apoyándose en los codos para no aplastarme, y sentí su verga presionando contra mi muslo, dura y caliente y mojada de mi saliva.

—Te amo —dijo contra mi oído.

Algo se rompió dentro de mí al escucharlo. Porque yo también lo amaba, y eso no iba a cambiar lo que tenía que hacer.

—Métemela —le dije, guiándolo con la mano, apoyando su punta contra la entrada de mi coño empapado.

Entró despacio, centímetro a centímetro, con la frente apoyada en la mía, abriéndome de a poco hasta que me llenó del todo. Los dos soltamos el aire al mismo tiempo. Sentí cada vena de su polla contra las paredes del coño, cada milímetro de él dentro de mí. Empezó a moverse con un ritmo lento, profundo, sacándomela hasta la punta y volviendo a enterrármela entera, como si quisiera memorizar cada sensación. Yo enredé mis piernas alrededor de su cintura y lo acerqué más, necesitando sentir su peso completo encima de mí.

—Más fuerte —le pedí—. No te contengas conmigo.

Sus embestidas fueron ganando velocidad. Me embestía con las caderas de golpe, entero, hasta el fondo, y yo sentía sus bolas golpearme el culo con cada estocada. Mis uñas le marcaban la espalda y bajaban hasta clavársele en las nalgas, empujándolo para que me la metiera más. Sus manos me sujetaban las caderas con fuerza, dejándome marcas que iba a ver al día siguiente. Nuestras respiraciones se mezclaban, entrecortadas, ruidosas, y por debajo se oía el ruido húmedo, obsceno, de su polla entrando y saliendo de mi coño chorreante. El colchón en el suelo crujía con cada movimiento y a ninguno de los dos le importó.

—Date la vuelta —me dijo con la voz ronca—. Quiero verte el culo.

Me di la vuelta y me puse en cuatro, con la cara contra la almohada y el culo levantado. Él me lo agarró con las dos manos, me abrió las nalgas, se tomó un segundo para mirarme abierta así. Después me escupió sobre el coño y frotó su polla arriba y abajo entre mis labios antes de metérmela de nuevo, esta vez con más fuerza, de una sola estocada. Grité contra la almohada. El ángulo era diferente, más profundo, cada embestida me llegaba a un punto que me hacía perder la cabeza y me arrancaba un sonido que no reconocía como mío.

Empezó a cogerme fuerte, sin tregua, sujetándome de las caderas y tirando de mí hacia atrás para chocar contra su pelvis. El ruido de la piel contra la piel llenaba el estudio. Su mano se deslizó por mi espalda hasta mi hombro y me atrajo hacia él, doblándome, presionando su pecho contra mi espalda. Me agarró del cuello con una mano, sin apretar, solo sosteniéndome, mientras con la otra me buscó una teta y me la apretó.

—Así —le pedí—. No pares así. Cógeme más fuerte.

—Cómo te gusta, ¿eh? —me susurró al oído, sin bajar el ritmo—. Dime cómo te gusta.

—Así, duro, no pares.

Su mano bajó de mi teta hasta mi clítoris y empezó a frotarlo con movimientos circulares, rápidos, mientras seguía embistiéndome desde atrás. La combinación fue demasiado. Los dedos en el clítoris, la polla golpeándome adentro, su aliento en mi cuello, el peso de él doblado sobre mí. El segundo orgasmo me tomó por sorpresa, más intenso que el primero, y me contraje entera alrededor de su polla, apretándolo con el coño en oleadas mientras gritaba contra la almohada sin poder contenerme.

—Me estás apretando toda —jadeó él—. Mierda, así no aguanto.

—Córrete adentro —le dije con la voz rota—. Córrete adentro mío.

Bastó eso. Un par de estocadas más, brutales, hasta el fondo, y lo sentí explotar dentro de mí con un gemido grave y largo, la polla latiéndole mientras me llenaba de semen. Se quedó ahí, hundido hasta las bolas, temblándome contra la espalda, y después se desplomó sobre mí jadeando, aplastándome contra el colchón. Sentí su corrida escurriéndoseme por el muslo cuando salió de mí despacio.

Nos quedamos así un rato, enredados, sudados, pegajosos, en silencio. Su mano me acariciaba el pelo con pereza y yo escuchaba su corazón latir contra mi ombligo. El ventilador del techo giraba despacio y de la calle subía el ruido lejano de un bar cerrando.

***

Esperé a que se durmiera para llorar.

Lo hice en silencio, con la cara hundida en mi lado de la almohada, mirando la pared mientras su brazo me rodeaba la cintura. Lloraba porque sabía que esa había sido nuestra última vez. Lloraba porque el sexo había sido increíble, como siempre, y eso solo hacía todo más confuso. Lloraba porque quería quedarme y sabía que no debía.

A la mañana siguiente preparé café mientras él seguía dormido. El departamento olía a nosotros, a las empanadas de anoche, a sexo, a esa colonia que iba a perseguirme durante meses. Me senté en el borde de la ventana con la taza entre las manos y miré la calle despertar. Una señora paseaba un perro diminuto. Un repartidor encadenaba su bicicleta a un poste. La vida normal de la gente que no está a punto de romperle el corazón a alguien.

Andrés apareció arrastrando los pies, con el pelo revuelto y los ojos todavía hinchados de sueño. Se acercó por detrás, me abrazó y me besó el cuello.

—Buenos días —murmuró.

—Tenemos que hablar —dije. Y las palabras me supieron a ceniza.

No voy a detallar la conversación porque no es lo que importa de esta historia. Fue larga, fue dolorosa, hubo lágrimas y silencios y preguntas que no tenían buenas respuestas. Le expliqué que nos estábamos haciendo daño, que la distancia nos había convertido en dos personas que se lastimaban más de lo que se cuidaban. Él escuchó. Discutió un poco. Después se quedó callado mirando el piso.

Me fui a las dos de la tarde. En el autobús de vuelta puse los audífonos y cerré los ojos, pero no dormí. Cada vez que lo intentaba, sentía sus manos en mi cintura, su boca en mi coño, su polla llenándome, su voz diciendo que me amaba contra mi oído. Todo eso se había terminado hacía apenas cuatro horas y ya dolía como si hubieran pasado años.

Han pasado varios meses desde esa noche. No hemos vuelto a hablar. Sé por amigos en común que está bien, que se cambió de trabajo, que adoptó un perro. Me alegro por él, sinceramente. Pero a veces, a las tres de la mañana cuando no puedo dormir, mi cuerpo recuerda cosas que mi cabeza intenta olvidar. La forma en que me miraba. Cómo curvaba los dedos dentro de mí. La manera en que me llenaba. Esa pausa antes de besarme.

Sé que tomé la decisión correcta. Las relaciones no se sostienen solo con buen sexo, por más extraordinario que sea. Pero si soy honesta, y esta es una confesión al fin y al cabo, una parte de mí se pregunta si alguna vez voy a volver a sentir algo así con alguien. Esa mezcla de rabia, ternura, deseo y tristeza que solo existía con él.

Probablemente no. Y probablemente está bien.

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Comentarios(11)

Marcos_Cba

Uf, que situacion tan bien contada. Me quede enganchado desde la primera linea hasta el final.

AnaSol72

Increible!!! espero que haya una segunda parte porque asi no puede quedarse

lectora_libre

Me recordo a una situacion parecida que viví hace unos años. Esas noches que uno sabe que van a ser las ultimas... se sienten exactamente así.

Romi_BA

muy bueno el relato, se siente real y cercano

Confesor22

Por favor seguí escribiendo, quede con ganas de saber qué pasó despues. Muy buen trabajo!

TucMán88

La categoría le queda perfecta, se nota que es una confesion de verdad. Gracias por compartirlo.

fern10

y al final que paso?? el final me dejo pensando un rato largo jaja

viajero_mx

Muy bueno, saludos desde mexico. Esperando tu proximo relato con ansias

SantiagoR_77

Esa mezcla de tristeza y deseo esta muy bien retratada, no es facil conseguir eso. Seguí así!

Nano

genial!!!

ClaraBuenos

Me encanto como lo narraste, se siente humano y autentico. Ojalá sigas publicando mas relatos así.

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