Las vacaciones con Sofía no terminaron como planeamos
Hola a quienes me siguen leyendo. Estuve un tiempo sin escribir, pero ya estoy de vuelta. Trabajando, disfrutando, acostándome con varios. Pasé los ciento cincuenta hombres en mi cuenta y, sana en todo sentido, salvo por una cuestión ginecológica que no estaba en mis planes.
Fui al ginecólogo por una molestia rara que arrastraba hacía semanas. No era al follar — nunca sentí dolor en el coito —, sino estando tranquila, sin nada. Me revisó, me hizo todas las pruebas y notó que mi ovario izquierdo había bajado varios centímetros respecto a la última ecografía. Cuando vio los resultados, me preguntó en confianza si yo solía acostarme con alguien que la tuviera muy grande. Me sorprendió la pregunta. Le dije la verdad: que sí, varias veces, pero que nunca me había traído problemas.
—Doctor, soy soltera. No tengo pareja fija. Suelo acostarme con hombres y, las únicas veces que estuve con alguien realmente grande, fueron dos chicos que conocí en una fiesta el año pasado.
Se quedó callado, escribiendo algo en la ficha, y después me miró por encima de los anteojos.
—La vagina es elástica, pero no infinita. Más de veinticinco centímetros empieza a hacer daño. Si querés tener hijos en algún momento, vas a tener que cuidarte. Grueso normal, largo normal, hasta ahí. Si te gusta tan grande, mejor que no llegue al tope.
Me asusté de verdad. Siempre me había preguntado adónde iban a parar las pijas largas que me follaban — yo me medía por el estómago, las imaginaba acomodándose entre mis órganos —, y ahora tenía la respuesta. Salí de la consulta con una decisión clara: si quería ser madre algún día, debía cuidarme. Solo grueso y largo normal. Eso lo podía manejar. Tenía conocidos que entraban en esa medida.
Pasaron unas semanas y me tocaron las vacaciones del trabajo. Mi amiga Sofía me invitó a Cartagena. Ella nunca había salido del país, soñaba con el mar Caribe desde que éramos chicas. Me entusiasmé, compramos el paquete y nos fuimos las dos solas. Convenimos antes de subir al avión que iban a ser unas vacaciones tranquilas, sin macanas en grupo. Si alguna conocía a alguien y quería quedarse, perfecto, pero nada de líos compartidos.
Llegamos al hotel a media tarde. La habitación tenía vista al mar, una cama matrimonial enorme y un balconcito donde se podía fumar. Esa primera noche caímos rendidas a las nueve. Al día siguiente bajamos a la playa, nos llenamos de sol y de cocteles, y prometimos salir de noche a conocer la zona. Yo iba mentalizada en no hacer macanas, juro que sí.
***
En el primer bar al que entramos, nos cruzamos con un grupo de cinco muchachos del lugar. Compartimos tragos, bailamos, hablamos de tonterías hasta las tres de la madrugada. Sofía quedó pegada con uno alto, de espalda ancha, que se llamaba Mateo. Yo charlé con varios, pero me llamó la atención uno que casi no hablaba — Iván, según se presentó —. Era enorme, callado, miraba demasiado. Volvimos al hotel solas, como habíamos prometido.
—Son lindos —me dijo Sofía mientras se desmaquillaba frente al espejo del baño.
—Mateo te hizo ojitos toda la noche.
Se rio sin contestar. Después nos acostamos en la misma cama, abrazadas como dormíamos siempre desde la facultad. Nos dimos un beso de buenas noches en los labios, sin lengua, como tantas otras veces. Era nuestro código, no significaba nada.
***
La segunda noche fuimos a una discoteca distinta, en la otra punta del paseo, y ahí estaba el mismo grupo. Me pareció demasiada coincidencia. En la pista, mientras Sofía se perdía entre los brazos de Mateo, Iván se acercó por detrás, me apoyó las manos en las caderas y me preguntó si estaba cómoda. Le dije que sí, que estaba bien, y volví a la barra a buscar otro trago. Algo en su quietud me ponía nerviosa.
Al volver al hotel esa noche, le solté lo que pensaba a Sofía mientras nos sacábamos los aretes.
—¿No te parece raro que estuvieran en la otra disco?
Se acercó a mi cara con una sonrisa pícara.
—Tengo el número de Mateo. Le dije a dónde íbamos.
Solo me reí, le acomodé un mechón detrás de la oreja y le dije que era tremenda. Me dio un pico y se dio vuelta para dormir. Yo me quedé pensando en Iván, en sus manos enormes, en si la tendría grande o no. No todos los morenos la tienen grande, eso lo aclaro. Conocí muchos que la tienen normal, y hasta alguno chiquito como un dedo pulgar. De esos solo manchan la sábana, no satisfacen.
***
La tercera noche, Sofía intentó armarme una cita doble. Quiso llevarme a un sector más apartado de la disco con Mateo y otro de los chicos, dejarme medio empujada en una mesa para que me las arreglara sola. La frené antes de que pudiera. Volvimos al hotel y la apreté contra la cama, le di un beso largo, con lengua, sin pedir permiso. Me correspondió.
—Si querés follar con él, follamos las dos juntas —le dije con la boca pegada a la suya—. Pero no me dejes sola con un desconocido en otra mesa. Eso no.
Asintió y se quedó callada. No volvimos a tocar el tema esa noche.
***
La cuarta noche yo no quería salir. Estaba cansada del sol, del ruido, de fingir alegría. Sofía me insistió hasta que cedí. Media hora después de llegar al bar, ella desapareció. La busqué por todos lados, la llamé al celular y lo tenía apagado. Sentí pánico. Volví a la barra donde estaban los chicos y noté que Mateo tampoco estaba. Ahí entendí: se habían escapado.
Me quedé tomando con los otros cuatro, esperando que volvieran. Mi hotel estaba a dos cuadras. A las tres y veinte de la madrugada Sofía seguía sin dar señales. Salí al malecón a tomar aire, me senté en la arena con los zapatos en la mano. Los cinco — porque Iván y los otros me habían seguido — se acomodaron en semicírculo a mi alrededor. Estaba mareada. Solo quería acostarme.
Dos de ellos se ofrecieron a llevarme. Iván fue uno. El otro se llamaba Damián, no estoy segura. Caminé entre los dos, agarrada de los hombros, tambaleando. Cuando abrí la puerta de la habitación, vi a Sofía desnuda, abrazada a Mateo, los dos profundamente dormidos sobre las sábanas revueltas. Sentí una vergüenza enorme. Me dio rabia que no me hubiera dicho nada.
Damián me sujetó por la cintura para que no me fuera al piso. Quedé cara a cara con él, lo besé sin pensar, en agradecimiento. Me llevó al sofá del rincón. Iván, que se había quedado en la puerta, hizo el gesto de irse. Lo llamé con la mano. Cuando volvió, le di un beso distinto, más demorado, mientras mis dedos buscaban su entrepierna por encima del pantalón. Damián se incomodó y se levantó murmurando algo.
—Mejor me voy.
No le contesté. Iván se quedó.
Se desnudó despacio, sin apuro. Me besó el cuello, las tetas, el ombligo, con una dulzura que no esperaba de un tipo tan grande. Cuando su pene se acomodó entre mis muslos y empezó a buscar mi vagina, le agarré la cara con las dos manos.
—Por la vagina no. Te lo pido, por la vagina no.
Se quedó quieto, mirándome, y asintió. Era enorme. Lo confirmé con la mano cerrada alrededor — no llegaban mis dedos a tocarse —. La advertencia del ginecólogo me sonó en la cabeza como una alarma. Lo masturbé un rato, lo besé, le pedí que me dejara dormir un minuto. Me prometió esperar.
Me dormí encima de él. No supe más.
***
Amanecí al lado de Sofía, los labios pegados a los suyos, las piernas enredadas como cuando éramos adolescentes y dormíamos en casa de su abuela. No había nadie más en la habitación. Me toqué entre las piernas, despacio, todavía con miedo: nada. No había habido sexo. Iván había cumplido.
Sofía aún olía a alcohol. Se despertó con el roce de mis labios y me devolvió el beso sin abrir los ojos. La acompañé un rato, le acaricié la cintura, bajé hasta el medio de las piernas. Tenía esperma. Tenía el ano dilatado de un modo que no se explica con un solo hombre. Yo de eso entiendo. Lo que esos tipos estaban haciendo era engatusar y follar entre dos a las chicas. Sofía tenía rastros claros de doble penetración, y yo, que era experta en el tema, lo supe en cinco segundos.
Cuando estuvo bien despierta, le conté todo. Le conté lo de Iván, lo del beso a Damián, lo del sofá. Y le conté lo que había encontrado en su cuerpo. Se largó a llorar. Decía que se sentía violada, que no recordaba nada después del último trago. Le agarré la cara con las dos manos.
—Eso no era lo que veníamos a hacer acá. Lo conversamos antes de subir al avión.
Esa tarde la llevé a desayunar, le hice tomar agua, la abracé en la cama mientras dormía la resaca. Quedamos en que esa noche tomaríamos solas, en la habitación, viendo una película tonta. Nada de salir. Nada de muchachos.
***
Esa noche tomamos demasiado. No me acuerdo qué película pusimos. En algún momento me saqué la remera, ella se sacó el corpiño, y empezamos a tocarnos sin decir una palabra. Sofía tiene una boca riquísima, muy suave, los labios siempre tibios. Nos hicimos terminar despacio, sin apuro, abrazadas bajo el aire acondicionado.
Y entonces golpearon la puerta.
Eran Mateo e Iván. Y atrás, los otros tres del grupo. Cinco en total. Por la calentura, por el alcohol, por las ganas que ya nos teníamos encima a las dos, les abrimos. Estábamos en bombacha, sin más. Apenas entraron, les pedí que se ducharan. Cada uno fue pasando por el baño por turnos. Mientras tanto, Mateo y otro miraban a Sofía como si calcularan el ángulo.
Pedí servicio al cuarto: más bebidas, hielo, lo que tuvieran. Pusimos una película, después un porno. Me acosté boca arriba en la cama, abierta de piernas, y empecé a tocarme delante de todos. Sofía hizo lo mismo a mi lado. Cinco hombres enormes, desnudos, con las pijas paradas, nos rodearon en silencio.
Sofía vino a sentarse a horcajadas sobre mí. Me besó largo rato, como si los demás no estuvieran. Después me dijo, pegada a mi boca:
—Vamos a follar con ellos.
—La calentura ya me ganó —le respondí.
Se levantó y empezó a chuparle la pija a Mateo. La seguí yo. Cada uno de los cinco recibió sexo oral nuestro, alternando, mientras nos besábamos entre Sofía y yo cada tanto. La habitación no era grande. Me tiré en la alfombra, boca arriba, y dejé que me acercaran las pijas a la cara. Escuché un gemido distinto. Volteé. A Sofía la habían puesto en cuatro y se la estaban follando dos a la vez, uno por delante y otro por detrás. Exploté. Ya no me importó nada.
Recosté al más grande de todos en la cama, me lubriqué bien el ano, y me senté arriba. Sé que me arriesgo mucho, pero al natural me gusta más que con condón. Me la hundí entera, despacio, mordiéndome el labio para no gritar. Lo hice terminar adentro mío.
Cumplí mi promesa al ginecólogo: ningún pene tocó mi vagina esa noche. Solo uno me penetró por atrás, y los otros me terminaron en la boca. A Sofía la abrieron entre cuatro. Le dejaron el culo brillante, chorreando. Uno de ellos terminó en su boca mientras yo la miraba a los ojos. Nos besamos en ese momento y nos tragamos juntas lo que él había dejado.
A la mañana siguiente no nos podíamos parar. A Sofía le dolía el vientre. A mí me ardía el ano de un modo distinto a todo lo anterior — uno de ellos la tenía demasiado gruesa y, con la calentura, no medí —. Dormimos abrazadas casi todo el día. Después nos llegó al celular un adelanto de las fotos y los videos que nos habían sacado.
Pero esa parte se las cuento en el próximo relato, mis pijas ricas.