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Relatos Ardientes

Mi confesión: lo que descubrí en nuestro primer trío

No estoy seguro de si lo que voy a contar me pasó solo a mí o si hay más hombres que han atravesado lo mismo. Por eso lo escribo. Necesito saber que no soy el único que descubrió esto en sí mismo, y que la confesión que vengo a hacer no es tan rara como me parece.

Me llamo Martín, tengo 39 años y estoy en pareja con Carla, que tiene 35. Ella es morocha, de pelo lacio hasta los hombros, mide alrededor de 1,68 y tiene un cuerpo que me sigue volviendo loco después de doce años juntos: ni delgada ni gruesa, con un pecho grande que es lo primero que mira cualquier hombre y una cola firme que la acompaña. La sigo deseando como el primer día, y supongo que es justamente por eso que todo lo que viene después tiene sentido.

Llevábamos meses fantaseando con probar algo nuevo. La idea del trío con otro hombre fue de los dos: ella la verbalizó un domingo a la noche, yo la había imaginado mil veces sin decirla. Después de varias conversaciones largas, terminamos invitando a Bruno, un conocido del trabajo en quien los dos confiábamos y al que Carla había mirado más de una vez sin decírmelo.

La primera noche fue todo lo que esperábamos, y también algo más. Carla quedó en el medio de la cama, y él y yo nos turnamos para cogérnosla en todas las posiciones que se nos ocurrieron. Mientras uno la tenía agarrada de las caderas, el otro recibía una de esas chupadas que sólo ella sabe dar, con la lengua atenta y los ojos puestos arriba. Yo la conocía de memoria, pero verla así, repartida entre los dos, era una versión nueva de mi mujer que me costaba reconocer. La penetramos al mismo tiempo en algún momento, ella adelante, él atrás, y nunca la oí gritar así. Pidió más sin pedirlo, sólo apretándonos contra ella.

Llegó el final, y ahí fue cuando pasó lo que no estaba en el libreto.

Bruno la tenía en cuatro, embistiéndola cada vez más fuerte. Los pechos de Carla se sacudían al ritmo de los golpes y ella gemía con la cara apoyada en la almohada. Lo escuché gruñir, ella le contestó con un grito ahogado, y un segundo después todo se quedó en silencio. Le había acabado adentro, sin avisar a nadie.

Cuando me tocó el turno, me coloqué detrás de ella casi por inercia. Pero al apoyar la punta del pene contra su raja, vi salir el semen tibio que Bruno había dejado, escurriéndose lentamente sobre el muslo. Me quedé mirándolo. No sé describir lo que sentí. No fue asco, no fue celos. Fue otra cosa.

Y entonces hice algo de lo que no me arrepiento.

Apoyé las dos manos en sus nalgas y bajé la cabeza. Despacio, casi como si quisiera comprobar si era capaz, recorrí con la lengua el camino que el semen había dejado y, sin pensarlo más, lo recogí todo. Lo tragué. Hasta la última gota que le salía de adentro.

Cuando levanté la cabeza, los dos me miraban como si no me reconocieran.

—¿Qué hiciste? —dijo Carla, con una sonrisa que no era de reproche.

—No sé —contesté, y era cierto—. Me ganó la curiosidad.

Bruno se rió bajo. Carla me besó y siguió besándome mientras yo me metía dentro de ella. Cogí esa noche como nunca, con un fuego nuevo, y le acabé adentro igual que él. No me tragué lo mío. Era demasiado, incluso para esa noche tan rara.

***

A los siete días, repetimos.

Esta vez yo ya sabía adónde iba a terminar. Y él también. Bruno se la cogió primero, le acabó adentro de nuevo, y enseguida me hizo una seña con la cabeza, como invitándome. Me agaché entre las piernas de Carla y la chupé hasta limpiarla. Ella me miraba desde arriba, apoyada en los codos, con una cara que mezclaba sorpresa y excitación.

—Te gusta —me dijo, no como pregunta.

—Mucho —admití.

Pero esa noche había algo más. Cuando me levanté de entre sus piernas, Bruno seguía a un costado, con la pija a medias, brillante todavía. Me miró fijo y no hizo falta que dijera nada. Se la señaló con la mano, casi pidiendo permiso, casi ordenando.

Me arrodillé delante de él como si fuera lo más natural del mundo.

Tomé su pene con la mano, lo acerqué a mi boca y empecé a chupárselo igual que se lo había visto hacer a Carla mil veces. Recordé cada uno de sus movimientos: la lengua sobre el glande, la mano en la base, la respiración pausada para no atragantarme. Carla nos miraba sin decir una palabra, masturbándose despacio en la cama.

Esa noche, por primera vez en mi vida, tragué el semen tibio y espeso de otro hombre directamente de su pene. Y me gustó.

***

El tercer encuentro fue distinto desde el principio. Ya no había vergüenza, ni preámbulos, ni excusas. Bruno llegó a casa, abrimos una botella de vino y antes de que terminara el primer vaso, Carla estaba arrodillada en el living chupándonos a los dos.

La escena se me grabó: ella en el medio, él de un lado, yo del otro, los dos penes a la altura de su boca, y a veces nuestras puntas tocándose porque ella las quería juntas. Y entonces, sin pensarlo demasiado, también la chupé yo. A él, con ella al lado, las dos lenguas en la misma pija. Carla soltó una risa breve cuando nuestras bocas se cruzaron.

—Esto es nuevo —murmuró—. Me encanta.

En la cama, las reglas se nos cayeron una a una. Bruno la cogía a ella mientras yo, apoyado encima, dejaba que ella me chupara. Cuando él paraba para tomar aire, yo me corría hacia su lado y me la metía a la boca para mantenerla dura y lubricada. Carla me lamía a mí. Era un baile de tres en el que ya nadie llevaba el ritmo, y nadie hacía falta.

Hasta que Bruno se inclinó hacia mí y me preguntó al oído lo que en el fondo yo estaba esperando.

—¿Querés probar?

No contesté con palabras. Me puse en cuatro sobre la cama, apoyé las manos en el colchón y bajé el pecho. Carla se acercó, me besó en la mejilla y, sin decir nada, me lamió desde abajo. Sentí su lengua tibia abriéndome paso, preparándome con paciencia, y ese gesto suyo, ese cuidado, fue lo que terminó de relajarme. Ella sabía exactamente lo que necesitaba: que su mujer me preparara para otro hombre, que la primera caricia fuera la suya. Cerré los ojos y me dejé hacer.

Cuando Bruno me empezó a empujar, sentí dolor. Lo dije, lo aguantamos, fue de a poco. Él respiró conmigo, fue empujando milímetro a milímetro, hasta que de pronto el dolor cedió y lo que vino después no lo voy a olvidar nunca. Me cogió como cogía a Carla: agarrándome de los hombros, montándose encima, embistiéndome con ganas. Empecé a gemir sin reconocer mi propia voz.

Esa noche él no acabó dentro de mi mujer. Acabó dentro de mí.

Y fue Carla la que se agachó después y, mirándome a los ojos, me limpió igual que yo la había limpiado a ella la primera vez. Tragó todo. Sonreía mientras lo hacía.

***

Pasamos, sin darnos cuenta, de ser una pareja heterosexual a algo distinto. Bisexuales, supongo. Carla nunca tocó a otra mujer, así que en su caso es discutible. Pero yo sí, yo cambié. Y lo extraño es que no fue una crisis: fue un alivio. Como si una parte de mí que llevaba años cerrada hubiera abierto la puerta sin pedir permiso.

Algunas semanas después armamos un cuarteto. Carla quiso meter a un amigo nuevo, Lucas, un compañero de gimnasio al que ella le había echado el ojo. Bruno no tuvo problema. Yo tampoco. La previa fue larga: Carla y yo, los dos arrodillados, chupándoles a los dos al mismo tiempo, cambiando de pene cada tanto, mirándonos con una complicidad que antes guardábamos sólo para los momentos a solas.

En la cama, ellos se nos turnaron. Nos cogían a Carla y a mí en paralelo, y a veces nos intercambiaban. Ella y yo nos besábamos mientras nos embestían por detrás, con las caras pegadas, gimiendo cada uno por su lado. Al final nos juntaron los dos al borde de la cama y se acabaron sobre nuestras bocas, a la vez. Lo recibí en la cara, en los labios, en la lengua. Carla también. Después nos besamos así, sucios, riéndonos como dos chicos.

Me volví adicto. Sé que es una palabra fea, pero no encuentro otra. No me considero gay, porque sigo deseando a mi mujer con la misma intensidad de siempre. Pero algo en el sabor, en el sometimiento, en la confianza absoluta que requiere dejarse usar así, me llama de un modo que ya no puedo ignorar.

Por eso vengo a confesarlo. ¿A ustedes les pasó? ¿Se animaron a probar el semen de otro hombre siendo heteros? ¿Disfrutaron alguna vez ser pasivos? Necesito leerlos. Necesito confirmar que no estoy solo en esto, que esta confesión que me cuesta tanto firmar no es una rareza, que hay otros que también descubrieron, una noche cualquiera, que el deseo no tiene los límites que les habían enseñado.

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