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Relatos Ardientes

Mi amante me mandó a una mujer con un secreto

Había pasado una semana desde aquel encuentro con mi prima y la pareja morena que tanto me había revolucionado el cuerpo. Mi sexo todavía estaba hinchado por la actividad, pero los días con mi marido habían seguido su curso normal: trabajo, cenas tranquilas, una rutina que jamás imaginarían rota por lo que yo guardaba en secreto.

El sábado decidimos pasarlo en el club deportivo. Quería desconectar, dejar que el sauna me limpiara la cabeza tanto como el cuerpo. Después de unas horas de calor y descanso, salí al estacionamiento mientras él iba por el coche. Fue entonces cuando vibró el teléfono. El nombre que apareció en la pantalla me erizó la piel antes de leer una sola palabra.

—Así que quieres que tu familia te vea con la pareja morena, ¿no, perrita?

La voz de Damián, mi amante, sonó burlona y segura. Sentí un tirón en el estómago. ¿Cómo diablos sabía él de esa fantasía que ni siquiera me había atrevido a pronunciar en voz alta?

—Pero cómo… —tartamudeé.

—Cállate. Solo te llamo para advertirte una cosa: hay que tener cuidado con lo que se desea, porque a veces se cumple.

Y colgó.

Me quedé congelada en mitad de la acera, con el teléfono pegado a la oreja, sin saber si excitarme o aterrarme. Conocía a Damián lo suficiente para saber que cuando hablaba en ese tono no era broma. Estaba pasando algo, algo que él ya había puesto en marcha sin consultarme.

—¿Y esa cara? —preguntó mi marido cuando me subí al auto.

—Nada, una llamada del trabajo.

—¿Todo bien?

—Sí, no te preocupes.

Nada estaba bien. Y al mismo tiempo, jamás había estado mejor.

El resto del día lo pasé en ese filo extraño entre el miedo y la calentura. Mi mayor debilidad siempre fue la curiosidad: cuando algo me intriga, no logro sacármelo de la cabeza hasta entenderlo. Y Damián lo sabía. Lo sabía mejor que yo.

Por la noche le hice el amor a mi marido como una buena esposa. Con él hacía el amor; con Damián tenía sesiones de lujuria desenfrenada que no se parecían a nada. Mientras lo sentía venirse dentro de mí, sonó el teléfono. Era mi madre, recordándome que el mes siguiente celebrábamos el cumpleaños de mi tío en casa de mis padres, como cada año. No podía faltar. Estaría toda la familia.

Me dormí pensando en esa reunión. En quiénes estarían sentados a la mesa.

***

El jueves siguiente, Renata pasó por mí al trabajo. Era la pareja de Bruno y, desde la primera vez que la había visto, no podía dejar de mirarla. Una mujer alta, de piel canela, de boca pequeña y manos firmes. Y un secreto entre las piernas que la separaba del resto de las mujeres que conocía.

—Nos vamos de compras —dijo abriéndome la puerta del coche—. Damián me dijo que necesitabas algo para la reunión.

Otra vez él. Por supuesto.

El vestido que escogió Renata para mí en aquella boutique era casi una provocación: ajustado, corto, con una espalda que dejaba a la imaginación apenas lo justo. Para una reunión privada habría estado perfecto. Para un cumpleaños familiar… era otra historia. Cuando vio mi expresión, se inclinó hasta quedar a milímetros de mi cara.

—¿Qué pasa, muñequita? ¿Te lo vas a poner o le digo a Damián que no quisiste?

Soltó una carcajada baja, ronca, y me sostuvo la mirada hasta que se me secó la boca.

—¿Cómo es que lo conocen ustedes? —pregunté en un susurro, entre el pánico y la calentura.

—Por negocios. De hecho, él fue quien nos presentó al esposo de tu prima.

Tuve que apoyarme en el respaldo del probador. No podía creerlo. Todo lo que había pasado, todo lo que yo creía un accidente afortunado, había sido orquestado por Damián desde el principio. Aquella noche con la pareja morena, la cena, el encuentro con mi prima… nada había sido casual.

Recordé entonces una conversación de meses atrás. Estábamos los dos en uno de aquellos hoteles a los que solía llevarme, fumando después del sexo, y él me preguntó qué fantasía me faltaba cumplir. Le confesé que jamás había estado con un hombre moreno. Lo dije casi sin pensarlo, como quien menciona una película pendiente de ver.

Damián no había olvidado ni una palabra.

Empecé a entender que ese hombre era el diablo mismo. El día que me pidió que fuera su hembra, jamás imaginé hasta dónde sería capaz de llegar para satisfacerme. Sabía leerme la mente. Siempre iba un paso por delante de mis propios deseos. Bruno y Renata eran un regalo suyo. Un regalo envuelto en piel y promesas.

Quise llamarlo en ese mismo instante para decirle que era lo mejor que me había pasado desde que me casé. Pero un escalofrío me recorrió la espalda cuando comprendí que aquello era solo el principio. ¿Qué tenía planeado este hombre que sabía someterme a sus más bajos deseos sin que yo pudiera resistirme?

***

Desde aquel día de compras, Renata y yo nos volvimos inseparables. Bruno estaba de viaje y nosotras aprovechábamos cada tiempo libre para vernos. La llevé a la oficina y la presenté como mi mejor amiga. Los comentarios no se hicieron esperar.

—Seguro son amantes —escuché a media voz mientras caminábamos por el pasillo.

—Mira qué mujerón se consiguió Carolina —murmuró otra.

Yo me reía por dentro. Nadie, absolutamente nadie, imaginaba lo que mi nueva amiga llevaba debajo de la falda. Esa idea me ponía cada vez más caliente.

Una semana antes de la reunión familiar, decidí invitarla a comer a casa de mis padres. Quería ver la reacción de todos al conocerla. Mi madre la llenó de halagos. Mi padre fue caballeroso hasta lo ridículo. Mis hermanas no le quitaban los ojos de encima. Era una mujer espectacular, de esas que dejan a una habitación entera en silencio. Cuando volvimos a mi casa esa tarde, ninguna de las dos hablaba. No hacía falta.

Nos fuimos directo a la recámara, que ya se había convertido en nuestro territorio. Me senté al borde de la cama solo para mirarla. Renata se desnudó despacio, sabiendo que cada gesto suyo era un castigo y una promesa. Su cuerpo era perfecto: cintura estrecha, caderas firmes, pechos pequeños y altos. Y entre las piernas, lo que la hacía única me tenía hipnotizada.

Ni cuenta me di de cuándo sacó del cajón un pequeño collar de cuero con una correa, parecido al que se le pone a un perro pequeño. Solo que esa correa no era para un perro. Era para mí. Se paró frente a mí con el collar colgando del dedo y la voz le cambió.

—Desnúdate.

Me levanté como un autómata y dejé caer la ropa pieza por pieza. Sentía sus ojos recorriéndome, evaluando, decidiendo.

—Acércate. En cuatro.

Me bajó la mano hasta la nuca con una firmeza que no admitía discusión. Me puse a sus pies. Me colocó el collar, ajustó la hebilla y sacó del mismo cajón un pequeño fuste, de los que se usan para caballos.

—Hoy vamos a aprender a obedecer, perrita. ¿De acuerdo?

—Sí —respondí, y le meneé las nalgas como hacen los perros pidiendo caricias.

Tomó el extremo de la correa y empezó a pasearme por la habitación. Dos vueltas, lentas, midiendo cada paso mío. Yo iba detrás, desnuda, con el collar apretándome la garganta y los pezones tan duros que dolían. Se detuvo de pronto y me ordenó:

—Chúpame los pies.

Me acerqué y empecé a lamerle el empeine con devoción. Sabía que era una prueba. Sabía que cualquier vacilación se pagaba. Y justo cuando empezaba a meterme uno de sus dedos en la boca, sentí el fuste tronar contra mis nalgas.

—Más fuerte —ordenó.

El golpe siguiente me arrancó un gemido. El siguiente, un escalofrío. Me estaba excitando hasta un punto que ni yo entendía. Alcé un segundo la mirada y la vi: ya tenía una erección imposible de disimular, una erección que se mecía con cada movimiento.

—Sigue, perrita —dijo en tono amenazador—. ¿Quieres mamármela?

—Sí —respondí, pensando que me iba a permitir hacerlo en ese mismo instante.

Movió las caderas para que su sexo se balanceara cerca de mi cara, pero no me dejó tocarla. Todavía no.

—Primero contéstame, Carolina. ¿Te calienta ser sometida así?

—Sí. Muchísimo.

Tiró de la correa para sentarme de lado, sin soltarme.

—¿Qué sientes cuando te trato así?

—Placer. Excitación. Como si por primera vez fuera honesta conmigo misma.

—¿Dejarías que te ofreciera a otros estando así, en una reunión?

Alcé la cara por instinto y recibí un fustazo seco en la pierna.

—No me mires, perrita. Solo contesta.

—Sí, sí dejaría que me ofrecieras a quien quisieras.

—¿Dejarías que te cogiera delante de tus amigos? ¿Delante de tu familia?

—Pero… —los fustazos cortaron mi duda—. Sí, sí, lo dejaré.

—¿Lo deseas?

Silencio. Otro fustazo. Otro más.

—Contéstame, Carolina. ¿Lo deseas?

Gimiendo, con las lágrimas a punto de saltar y el sexo empapado, grité:

—¡Sí! ¡Lo deseo! ¡Quiero hacer todo lo que me pidan!

—Muy bien, nena.

Por fin me dejó acercarme. Su miembro entró en mi boca con un peso y un sabor que ya empezaba a reconocer como propios. Me agarró de la nuca y marcó el ritmo, mientras yo trataba de tomarla entera, con la lujuria que siempre saco a relucir cuando me siento dueña de lo que estoy haciendo.

Me soltó el collar y me arrastró a la cama. Nos acostamos en sesenta y nueve. Yo la tragaba con desesperación mientras sentía su lengua entrar y salir de mi sexo, de mi ano, alternando con una destreza que me hacía perder el control de las caderas.

De pronto se incorporó.

—¿Cómo la quieres?

—En el culo. La quiero en el culo. Dámela ahí.

Me puse boca arriba, abrí las piernas y me agarré las nalgas para ofrecerle un blanco perfecto.

—Eres una golosa —dijo riéndose mientras se acomodaba.

Me besó al mismo tiempo que se hundía en mi ano de un solo empujón. Solté un grito que ahogó en su boca. Me embistió con una fuerza que me dejaba sin aire, hasta que en un momento sacó el miembro y, sin previo aviso, lo enterró en mi sexo.

—Quiero venirme dentro de ti —susurró con la boca pegada a mi oreja.

La abracé con las piernas y le rodeé el cuello con los brazos. Le susurré entre jadeos lo único que tenía sentido decirle en ese momento.

—Si quieres, seré tu perrita. Seré lo que necesites. Y si quieres cogerme delante de quien sea, hazlo.

Lo dije en serio. Y mientras la sentía vaciarse dentro de mí, no imaginaba que tendría oportunidad de recordar esas palabras mucho antes de lo que pensaba.

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