Mi mujer me tendió una trampa en la playa nudista
Llevábamos doce años casados y Marisol seguía siendo la persona que mejor me leía. Yo creía haber escondido bien aquella curiosidad mía, esa que no tenía nombre claro pero que asomaba cada vez que ella sacaba sus juguetes del cajón de la mesilla. Cuando se le acababa la mecha, después de unas cuantas horas, recurríamos a algún consolador para alargarle el placer. Y yo, ya con el cuerpo bajado, agarraba el aparato cuando ella terminaba y lo limpiaba con la boca con una devoción que no sabía esconder.
Al principio le dije que me gustaba el sabor de ella. Era verdad, pero solo la mitad. La otra mitad era el peso del látex contra la lengua, la sensación de tener algo grueso golpeándome el paladar. No me lo confesaba ni a mí mismo del todo.
Marisol no decía nada. Solo me miraba.
Tengo treinta y siete años, mido un metro ochenta y soy de complexión fuerte. La alopecia me ganó pronto la batalla, así que me rapo al cero y dejo crecer la barba para compensar. La gente me ve por la calle y piensa «este tío es de los duros». En el trabajo suelto bromas pesadas, alguna vez de mal gusto sobre los chicos con pluma. Imposible cuadrar esa imagen con un hombre que babea por un dildo en la cocina a las dos de la mañana.
Marisol, en cambio, parece la chica más liviana del mundo. Tiene treinta y cinco, mide uno setenta y cuatro, pesa nada, y es pelirroja con pecas y unos ojos verdes que cuando se enfadan se vuelven traslúcidos. Se viste con vaqueros rotos y tenis como si tuviera veinte. Es la persona más observadora que he conocido.
Por eso, cuando una tarde me dijo que había planeado un fin de semana con una compañera del trabajo y su marido en una cala nudista del sur, supe que algo se traía entre manos. Lo supe y aun así dije que sí. Quizá quería que lo supiera.
***
—Te van a caer bien —me prometió en la autocaravana, mientras conducía yo y ella iba con los pies en el salpicadero—. Carmen es divertidísima. Y Tomás fue jugador de baloncesto, así que ya te imaginas.
—Me imagino qué —pregunté sin mirarla.
—Que es alto. Muy alto.
No dijo más. Marisol nunca decía más de lo necesario.
Quedamos en una cafetería de las afueras y desde el primer apretón de manos entendí lo que era Tomás. Casi dos metros, hombros anchos, una sonrisa franca y una manera de mirar a la cara que desarmaba. Carmen era morena, con media melena, baja, con un cuerpo trabajado en el gimnasio y unas tetas pequeñas y puntiagudas que se le marcaban bajo la camiseta. Se besaron con Marisol como si fueran hermanas y me llamó la atención que mi mujer le pusiera la mano en la cintura más tiempo del necesario.
***
La cala estaba casi vacía cuando llegamos. Cuatro o cinco familias dispersas al fondo y nosotros aparcamos la autocaravana en el camping de al lado y bajamos andando. Nos desnudamos sin ceremonia, como si los cuatro lo hubiéramos hecho mil veces.
Yo me esforcé en no mirar. De verdad lo intenté.
Marisol abrió el bote de crema solar y, sin pedirme permiso, se acercó a Tomás.
—¿Te importa? Lo hago siempre con mi marido y la verdad es que se me da bien.
Le untó la espalda, los hombros, las piernas. Bajó al pubis sin titubear. Le pasó los dedos por el escroto y por la verga con la misma naturalidad con la que se la habría untado a un niño. Tomás se rió, incómodo y cómodo a la vez. La polla se le empezó a empinar a la tercera pasada.
Carmen me señaló con el bote.
—Pues nada, devolución.
Y vino hacia mí.
Me untó despacio mientras yo, traidor a mí mismo, no podía dejar de mirar a Tomás. Marisol le seguía masajeando el sexo con una sonrisa de gata. Tomás tenía mucho. No quiero ser exacto pero era más de lo que yo había visto nunca en otro hombre fuera de una pantalla.
Marisol me miró a los ojos por encima del hombro de él. Solo un segundo. Lo suficiente.
Ya está. Ya me ha pillado.
***
Cuando los cuatro estuvimos brillantes de aceite, Marisol soltó la idea como si se le acabara de ocurrir.
—Tomás, mi marido da masajes increíbles. ¿Por qué no se lo dejas demostrar? A ver si supera al fisio de tu equipo.
Tomás se rió y se tumbó boca abajo en la toalla.
—Si lo haces mejor que el mío te contrato yo mismo.
Le trabajé la nuca, los omóplatos, la espalda larga. Bajé a las nalgas y me forcé a tratarlas como si fuera un masaje deportivo: amasar, soltar, presionar. Pero los dedos se me retrasaban un poco más de la cuenta. Tomás soltaba algún suspiro corto. Carmen y Marisol cuchicheaban a mi lado y, en algún momento, dejaron de cuchichear. Cuando miré, se estaban besando con la boca abierta y las manos en la nuca de la otra.
—La parte de delante también —dijo Marisol sin separarse de Carmen.
Tomás se giró. Estaba duro.
Le pasé las manos por el pecho, por la cintura, por las ingles. Y, sin preguntar a nadie y sin permiso explícito, le agarré la polla y empecé a deslizar la palma de arriba abajo con la excusa de la crema. Tomás cerró los ojos.
No me detuvo. Eso fue lo importante.
***
Había poca gente en la cala pero alguien podía pasar, así que terminamos metiéndonos en la tienda de cinco plazas que Tomás había montado contra un muro de piedra. Dentro hacía calor y olía a lona vieja.
Marisol se subió encima de Tomás. Carmen se subió encima de mí. Las dos de espaldas, agachadas, dejándose caer sobre nosotros con un ritmo que controlaban ellas. Yo veía los hombros pecosos de mi mujer moviéndose arriba y abajo encima de otro hombre y, por primera vez en años, no sentí celos. Sentí algo más confuso, más antiguo, más mío.
Tomás llegó primero. Marisol se levantó, se puso a horcajadas sobre la cara de Carmen y le soltó allí todo lo que llevaba dentro. Carmen abrió la boca como quien recibe agua bendita.
Después Carmen se acercó a mí, me besó con la lengua y me pasó la boca llena de lo que Tomás le había dejado a Marisol. Lo tragué. Lo tragué sin pensarlo. Y supe, mientras lo hacía, que ese era el momento en el que ya no había vuelta atrás.
Marisol me miraba desde el otro lado de la tienda. Sonreía.
***
Tardé poco en correrme dentro de Carmen. Marisol esta vez se acercó y, en lugar de pasarme la carga, se la tragó delante de mí, despacio, sin apartar los ojos.
—Estás como yo nunca te he visto —me dijo en voz baja, casi cariñosa.
Las dos terminaron a su manera, en un sesenta y nueve sobre la lona, ruidosas y desinhibidas como si hubieran ensayado.
Tomás y yo nos quedamos sentados un rato, mirándolas, los hombros tocándose. Mi mano fue hacia su muslo. Él no la apartó. Mi mano subió. Él soltó el aire.
Hicimos un sesenta y nueve nosotros también. Yo debajo, él encima, y la diferencia de altura hacía que su sexo me llegara hasta el fondo de la boca cada vez que dejaba caer las caderas. No supe qué hacer al principio. Después supe perfectamente qué hacer.
—Os falta algo —dijo Marisol cuando terminamos esa ronda.
Yo sabía exactamente qué nos faltaba. Lo había sabido toda la tarde, lo había sabido durante años.
***
—Nunca lo había hecho —admití mirando a Tomás—. Ninguno de los dos.
—Ninguno de los dos —repitió él.
Carmen y Marisol se rieron, encantadas. Mi mujer se acercó, se arrodilló entre las piernas de Tomás y, durante diez minutos largos, le hizo a su sexo lo que llevo doce años pidiéndole a ella que me haga a mí cuando estoy desesperado. Carmen me hizo lo mismo, con menos elegancia y más empeño, y a la vez nos pasaba la lengua por los muslos, por el perineo, por el borde estrecho que ninguno de los dos había dejado tocar antes.
—Tú primero —decidió Marisol señalándome.
Tomás se sentó en una hamaca plegable, su sexo apuntando al techo de lona y brillando por la saliva de mi mujer. Me senté encima despacio, dándole la espalda. No me cabía. No me iba a caber.
—Si necesitas parar, paras —me susurró Marisol al oído. No era una orden, era un permiso. Y por eso justamente no paré.
El dolor fue peor que cualquier cosa que me hubiera imaginado leyendo en internet a escondidas. Mordí los labios para no gritar, porque alguien podía estar paseando cerca de la tienda. Tomás me sujetó las caderas con las dos manos y empezó a moverse muy despacio, esperando a que yo le marcara el ritmo.
—Más fuerte —le pidió Marisol—. Que sepa lo que sentimos nosotras.
Tomás aceleró. Carmen me cogió el sexo otra vez con la boca, supongo que para distraerme del dolor, y entre las dos cosas dejé de pensar. Diez minutos enteros. No exagero. Cuando me bajé, las rodillas me temblaban.
—Te toca —le dije a Tomás.
Cambiamos. Esta vez yo arriba, él tumbado, las dos chicas a un lado animándonos como si fuera un partido. Le abrí las nalgas con las dos manos y entré despacio. Carmen le comía la polla mientras tanto. Tomás soltó un quejido largo, ronco, completamente distinto a la voz con la que había hablado en la cafetería esa misma mañana. Era una voz nueva. Una voz que también, supuse, llevaba años escondiendo.
***
Acabamos los cuatro tirados en la lona, sudados, sin saber exactamente quién había puesto qué encima de quién.
Marisol me pasó la mano por la cabeza rapada.
—¿Mejor? —me preguntó.
—Mejor —respondí, y lo dije en serio.
—Llevaba años esperando a que me lo contaras tú —dijo, sin reproche, sin victoria. Solo lo dijo.
Carmen y Tomás se rieron desde el otro lado, agarrados.
—La próxima la organizo yo —dijo Carmen.
Y así fue. Volvimos a aquella cala dos veces más ese verano. Después montamos otras escapadas, en otras playas, en casas alquiladas tierra adentro. Marisol jamás me ha vuelto a preguntar por qué chupaba sus juguetes con esa devoción. Lo sabe. Yo lo sé. Y desde aquella tienda de campaña en la cala del sur, los dos sabemos también que llevábamos doce años queriéndonos de verdad, pero no del todo.
Ahora sí.