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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la casa de campo con la otra pareja

Con Camila siempre fuimos curiosos. Llevábamos seis años casados y, desde el principio, compartimos cierta fascinación por lo que la mayoría de las parejas no se atreve ni a nombrar. Veíamos pornografía juntos, hablábamos de fantasías sin filtro y, una tarde de invierno, ella misma propuso lo que yo no me había animado a sugerir: visitar un club swinger.

El primer año fuimos solo a mirar. Nos vestíamos bien, pedíamos un par de tragos en la barra y nos sentábamos en uno de los sillones del fondo a ver bailar a las parejas que ya tenían experiencia. A veces alguien se nos acercaba, intercambiábamos un par de palabras y, con la sonrisa más amable que podíamos, declinábamos cualquier invitación. Camila necesitaba tiempo. Yo también, aunque me costaba reconocerlo.

Hacia la décima visita, ya estábamos listos. Esa noche pedimos una sala con vidrio que daba al salón principal y, por primera vez, dejamos que nos miraran. No sé cómo describir lo que sentí al darme cuenta de que tres o cuatro parejas se habían acercado al cristal y nos seguían con la vista. Camila se transformó. Nunca la había visto así de suelta, así de exhibicionista. Terminó pidiéndome con la mirada que acabara en su boca y, cuando lo hice, una mujer del otro lado del vidrio aplaudió. El aplauso se contagió. Salimos al salón y nos invitaron tragos durante el resto de la noche.

Después de aquello, fuimos durante varios fines de semana. Nos saludaban como si fuéramos parte del lugar. Algunos nos pedían consejos. Otros, en cambio, solo nos miraban. Nunca habíamos sentido tanto poder.

Marcela y Esteban se acercaron una noche de junio. Ella tenía cuarenta y cuatro años, pechos grandes y naturales, una caída de hombros que parecía pensada para los vestidos de seda. Él rondaba los cincuenta y dos. Era de esos hombres que se mantienen en forma sin estridencias: espalda ancha, manos firmes, una sonrisa que estudiaba antes de aparecer. Nos invitaron una copa, se presentaron sin prisa y nos confesaron que venían siguiéndonos desde hacía tres semanas.

—No quisimos acercarnos antes —dijo Marcela—. Esto requiere paciencia.

Charlamos hasta las cuatro de la mañana. Esa noche no hicimos nada con ellos. Tampoco la siguiente, ni la otra. Solo conversábamos, bebíamos, los veíamos a ellos con otras parejas y ellos nos veían a nosotros. Por momentos parecía que nos cortejaban con una cautela que ya nadie usa.

***

La invitación a su casa llegó después de dos meses. Vivían en las afueras, en una finca rodeada de eucaliptos. La casa era de madera oscura, con una chimenea apagada en el centro del living y una bodega que Esteban abrió con orgullo de coleccionista. Cenamos algo ligero. Marcela cocinó. Camila reía con ella en la cocina mientras Esteban me mostraba unos cuadros que había comprado en un viaje a Italia. Todo era pausado, como si nadie quisiera que llegara el momento.

A medianoche subimos a la habitación. Era enorme. Una cama king, dos lámparas de pie con luz cálida, una alfombra que apagaba los pasos. Nos desvestimos sin hablar, como si cualquier palabra pudiera arruinar la coreografía.

Empezamos despacio, cada pareja en una esquina de la cama. Camila y yo en sesenta y nueve, Marcela y Esteban en la misma posición, separados por menos de un metro. Yo escuchaba la respiración de Marcela y el rumor sordo de la boca de Esteban contra ella. Camila gemía bajito sobre mí. Algo en ese coro me puso más duro de lo que recordaba haber estado.

Después vinieron las penetraciones. Cada uno con la suya, todavía sin cruzarnos. Las mujeres se permitieron gemir sin contenerse. Yo arremetía contra Camila con un ritmo que no había encontrado nunca antes, mirando de reojo a Marcela mientras Esteban la sostenía por la cintura. Hubo un momento en que ella y yo nos cruzamos la mirada y entendí que el intercambio era cuestión de minutos.

Esteban habló primero.

—¿Cambiamos?

Marcela se levantó sin esperar respuesta y caminó hacia mí. Camila se acercó a Esteban con una sonrisa que yo conocía bien, la que ponía cuando estaba a punto de hacer algo que después iba a contarme entre risas.

Marcela se acostó boca arriba. La toqué primero con la mano, despacio, como buscando permiso aunque ya lo tuviera. Estaba apretada de una manera que no esperaba. Cuando entré, ella ahogó un grito en mi hombro y me clavó las uñas. Empecé suave. Después, no tan suave.

A mi lado, Esteban tenía a Camila en cuatro patas y la penetraba con una calma que me sorprendió. No era el ritmo desesperado del swinger primerizo. Era el de alguien que sabía exactamente qué buscaba. Camila tenía la cara hundida en la almohada y los ojos cerrados.

***

No sé en qué momento Esteban empezó a mirarme.

Lo noté porque su ritmo se sincronizó con el mío. Cuando yo arremetía contra Marcela, él arremetía contra Camila. Cuando yo bajaba la intensidad, él bajaba. Levanté la vista y lo encontré ahí, los ojos clavados en mi cuerpo, no en su mujer ni en la mía. En mí.

Su mano dejó la cintura de Camila y, sin dejar de penetrarla, se acercó hasta rozarme el pecho. Fue un toque rápido, casi accidental. Yo me quedé quieto. Marcela, debajo de mí, sintió la pausa y abrió los ojos.

—Sigue —me susurró—. No pasa nada.

Esteban volvió a tocarme. Esta vez, más arriba, sobre el pectoral izquierdo. Sus dedos eran tibios y se demoraron un segundo más de lo necesario. Algo se encendió en una parte de mí que yo creía cerrada con llave.

Esto no estaba en el plan.

Seguí moviéndome dentro de Marcela. Ella gimió largo, profundo, como si supiera lo que estaba pasando entre los dos. Esteban sacó su miembro de Camila y se quedó arrodillado a un costado. Mi mujer giró la cabeza, lo miró, después me miró a mí y entendió antes que yo.

—Hazlo —dijo Camila.

Yo no entendía bien qué hacer. Esteban me tomó el brazo y me hizo bajar la mano hasta su pene. Era grueso, más ancho de lo que parecía cuando se movía. Lo cerré con la palma sin pensar, y él respiró hondo, como si llevara horas esperando ese gesto. Después me guió con la voz.

—¿Le puedo dar atrás? —le preguntó a Camila, no a mí.

Mi mujer asintió. Yo seguía con su miembro entre los dedos y, sin saber muy bien por qué, lo acerqué a Camila. La ayudé a entrar. Lo hice yo. Sentí cómo se abría camino y, al mismo tiempo, sentí cómo Marcela se contraía debajo de mí. Camila gritó. Un grito largo, hondo, distinto a todos los que le había escuchado.

Esteban empezó a moverse. Yo no le solté el pene. Mis dedos se quedaron pegados a la base, casi tocándole los testículos, y cada vez que él empujaba, yo lo sentía hincharse. No podía dejar de mirarlo. Marcela me devolvió la mente al cuerpo de un mordisco en el cuello y aceleré el ritmo dentro de ella. Acabé sin avisar, hundido hasta el fondo, con un temblor que me recorrió de la nuca a los talones.

Cuando me retiré, Marcela giró sobre la cama, abrió las piernas y miró a su marido. No hizo falta que dijera nada. Esteban, sin dejar de penetrar a Camila, se inclinó hacia su mujer y, con la lengua, empezó a recoger lo que yo había dejado dentro de ella. Lo hizo despacio, sin asco, como si fuera parte de un ritual largamente practicado. No quedó una sola gota.

Camila acabó después. Le temblaron las piernas, las manos, la voz. Yo me acerqué a su cara y se la ofrecí. Ella me tomó con la boca, todavía con Esteban encima, y se quedó así, con los ojos cerrados, hasta que él, con un gemido grueso, terminó sobre sus mejillas. Camila, sin sacarse mi miembro de la boca, fue lamiendo el semen ajeno que le caía sobre los labios.

***

Las mujeres se levantaron al rato y se metieron juntas al baño. Las escuché hablar en voz baja, reírse de algo. Me quedé solo con Esteban en la cama.

Él se estiró a mi lado, todavía agitado. No me dijo nada al principio. Yo tampoco. Le miraba el pene, ahora a medio camino entre el descanso y la nueva erección, y sentí cómo el mío respondía de inmediato. Algo me ardió en la cara. Vergüenza, supongo. O algo más nuevo y más difícil de nombrar.

Esteban lo notó. Sonrió de costado y empezó a masturbarse despacio, mirándome. Una gota de líquido transparente le brotó en la punta. La tomó con la yema del índice y, sin pedirme permiso, me la acercó a la boca.

No pensé. Abrí los labios. Mi lengua se movió alrededor de su dedo como si lo hubiera hecho mil veces. El sabor no me pareció desconocido; me pareció una versión más densa de algo que ya había probado en la boca de Camila otras veces. Cerré los ojos. Lo solté con cuidado.

Esteban no se alejó. Recogió otra gota, esta vez con el dedo medio, y bajó la mano hasta encontrarme la entrada del cuerpo. Apoyó el dedo ahí, sin presión, solo el líquido tibio dilatando la piel.

—Mira —murmuró.

Yo me quedé quieto. Sentí cómo el músculo cedía un poco solo con el contacto. Moví la pelvis. Apenas. Lo justo para que la punta de su dedo entrara medio centímetro. Sentí el líquido por dentro. No es su pene, todavía no.

Esteban me miró a los ojos y eligió cada palabra.

—A la próxima —dijo—, me voy adentro de ti.

Estuve a un suspiro de acabar solo con la frase. No lo hice. Apreté los dientes, le sostuve la mirada y, sin decir nada, asentí.

Las chicas volvieron a los pocos minutos. Camila me besó con un cariño que me desarmó, como si supiera todo lo que había pasado en su ausencia. Marcela apoyó la cabeza sobre el hombro de Esteban y nos preguntó si nos quedábamos a desayunar. Dijimos que sí.

Camila se durmió enseguida, abrazada a mí, con las piernas pesadas y la respiración tranquila. Yo no pude dormir. Esteban tampoco; sentía su mirada a través de la cama, lenta, paciente, como si estuviera esperando algo que todavía no tocaba contar.

Llevo tres días pensando en la próxima visita.

***

Esta es la primera vez que escribo lo que pasó. Camila lo sabe, claro. Hablamos de eso al día siguiente, en el auto, durante el regreso. Le pregunté si le había molestado y se rio bajito, como cuando algo le parece tierno y exagerado al mismo tiempo. Me dijo que se había dado cuenta antes que yo. Me preguntó si quería repetir. Le contesté que sí, sin dudar.

Lo que no me animé a contarle todavía es que, cuando me imagino esa próxima visita, no es a Marcela a quien veo debajo de mí. Es a Esteban, encima.

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