Volví al aula a buscar al profesor que me marcó
El último año de instituto lo pasé suspirando por Sebastián Aguirre, el profesor más joven del claustro y, sin discusión, el más guapo. Tenía la universidad recién terminada, una sonrisa que cortaba el aire del aula y unos vaqueros que se le marcaban en el culo de una manera que ningún alumno con dos ojos en la cara podía ignorar. Yo, desde luego, no podía.
Lo miraba durante las clases, durante los recreos, durante las tutorías. Y tenía la certeza, no me la sacaba de la cabeza, de que él también miraba mi torso cuando me ponía las camisetas más ajustadas. Una vez me sostuvo la mirada un segundo de más al devolverme un examen. Otra vez se le escapó una sonrisa al verme entrar tarde a clase con el pelo todavía mojado del gimnasio. Pequeñas pistas que coleccionaba como reliquias.
Terminé el curso con buenas notas, hice las maletas para la universidad y, al principio, me convencí de que aquello era una fantasía de adolescente. En verano ligué con un par de chicos y hasta con una chica que conocí en la playa. En los primeros días de facultad, ya con diecinueve recién cumplidos, me acosté con un compañero de residencia y me sentí libre por primera vez. Pero a Sebastián no lograba sacármelo de la cabeza.
El otoño en Valdeñes estaba siendo raro, demasiado cálido. La gente seguía paseando en manga corta a finales de octubre, y los chicos del campus iban medio desnudos por los pasillos. Yo andaba caliente de la mañana a la noche, y cada vez que me cruzaba con alguien de espalda ancha o cintura estrecha, mi cabeza volvía al mismo lugar: al aula 14 del Instituto Salinas, segunda planta, al pupitre desde el que había aprendido a desearlo en silencio.
Un jueves me decidí. Sabía que los jueves Sebastián se quedaba hasta tarde corrigiendo exámenes. Sabía que el horario de tutoría libre era a las seis y media y que casi nunca aparecía nadie. Cogí el autobús sin pensarlo demasiado, bajé en la parada de siempre y crucé el patio vacío con el corazón en la garganta. Era extraño volver de visita a un sitio del que había salido huyendo apenas unos meses antes.
***
Subí las escaleras de dos en dos. La puerta del aula estaba entreabierta, y desde el pasillo lo vi inclinado sobre un montón de exámenes, con el bolígrafo rojo entre los dientes y la frente arrugada. Estaba más guapo de lo que recordaba. Llevaba una camiseta blanca de manga corta, de algodón fino, que se le ajustaba a los hombros y dejaba adivinar los pectorales debajo.
Di tres golpecitos en el marco. Él no levantó la vista.
—Profe, no estoy conforme con la última nota que me puso. Creo que merecía algo más.
Vi cómo apretaba la mandíbula, fastidiado, sin reconocerme todavía. A nadie le gusta que le discutan una calificación a las seis y media de la tarde. Por fin alzó la cabeza, parpadeó dos veces y la sonrisa le iluminó toda la cara.
—¡Adrián! Eres tú. Pensaba que ya no te vería más. Casi nadie vuelve después de selectividad.
—A mí me apetecía volver. —Hice una pausa calculada—. Bueno, volver a ver el sitio. Tuve buenos momentos aquí, y tenerle a usted delante era uno de los mejores.
—Anda, no exageres. Tampoco era para tanto.
Estaba coqueteando descaradamente, a ver si entraba al trapo. Decidí lanzarme del todo. Si me daba calabazas, me marcharía con la cabeza alta y no tendría que volver a verlo en mi vida.
—Es que estaba muy bueno, profe. Y muchos nos dábamos cuenta. Su asignatura era mi favorita, pero no por la materia, precisamente.
—¿En serio pensabas eso?
—No era el único. La mitad del aula perdía las bragas por usted. Y la otra mitad, los calzoncillos.
Le apoyé la mano en el antebrazo, en un gesto de confianza que esperaba se convirtiera enseguida en algo más. La piel le ardía bajo la mía.
—No exageres.
—No sea modesto. Tiene que haberse dado cuenta de cómo le mirábamos. Como cabritos detrás del verde.
—Bueno, tengo ojos en la cara. Claro que se notaba. Pero nunca habría hecho nada con un alumno, y menos siendo menor.
—Lógico. Pero yo ya no soy su alumno. Y sigue gustándome igual. Está aún mejor que cuando le miraba el culo en aquellos vaqueros apretados desde el fondo del aula.
Ahora puede rechazarme con educación, o puede besarme.
No quería darle margen para la primera opción. Seguí presionando, sin soltarle el brazo, repasándolo con los ojos sin disimulo.
—Usted tampoco está mal. Esa camiseta le sienta de pena, en el mejor sentido.
—¿Como esta que llevo ahora?
—Justo como esa.
No hizo falta decir más. Él seguía sentado en su silla y yo apoyado en el borde de la mesa, con el culo sobre los exámenes corregidos. Me incliné despacio, dándole tiempo a apartarse, y le besé. No se apartó. Me devolvió el beso con unos labios cálidos, gruesos, que sabían exactamente lo que hacían.
Besaba mejor de lo que jamás había imaginado. Me mordisqueó el labio inferior antes de meter la lengua, sin prisa, en el momento justo. Su mano me subió por la cadera y se me clavó en la cintura.
***
—Así que, señor Mendoza —murmuró separándose un palmo—, ¿piensa usted que merecía mejor nota?
—Creo que esto la compensa, profe.
—Tuviste matrícula en mi asignatura, no te quejes. Pero si hubiera sabido que besas así, te habría puesto sobresaliente cum laude.
—Entonces no habría tenido excusa para venir hoy.
Tenía la mano en su mandíbula, guiándole el rostro hacia el mío. Él me había rodeado la cintura y tiraba de mí pidiendo más contacto. Cualquiera podía pasar por el pasillo. Sabía que solo quedaba el personal de limpieza, y a esas horas estarían en el ala oeste, pero la idea de que alguien apareciera me ponía aún más.
—Deberíamos cerrar la puerta —dijo.
—¿Le da miedo que le pillen follando con un chico?
—No con uno tan guapo como tú.
Ya me había empezado a subir la camiseta. Sin levantarse de la silla, se inclinó hacia adelante y me pasó la lengua por el vientre, justo encima del ombligo. Sentí un escalofrío que me bajó directo a la entrepierna. Terminé de sacarme la camiseta y la tiré sobre el pupitre de la primera fila, el mismo en el que me había sentado el curso anterior. Cuántas veces había fantaseado con esto desde ahí.
Caminé hasta la puerta y eché el pestillo. Había un cristal alargado junto al picaporte, vertical y estrecho, así que si alguien pasaba por delante nos vería igual. Daba lo mismo. A esas alturas, casi lo prefería.
Volví despacio, luciéndome. Sebastián no me quitaba ojo. Tenía una mueca lasciva que nunca le había visto en clase, una sonrisa torcida que me hacía perder pie.
—Quiero ver más de ti. Llevo dos cursos deseándolo. ¿Por qué no te quitas la camisa? Digo, yo, la mía.
Se trabó. Me hizo gracia.
—¿Por qué no viene aquí y me la quita usted mismo?
Así que fui yo. Me senté en su silla, la del profesor, la que nunca había imaginado tocar, y le abrí los botones de la camisa uno a uno mientras seguía de pie delante de mí. Iba besando cada centímetro de piel a medida que la descubría. Pectorales firmes, vello escaso, dos pezones pequeños, oscuros y ya duros que se ofrecían a la altura justa para mi lengua. Me entretuve con ellos un buen rato, escuchando cómo se le aceleraba la respiración.
—Debería haberte suspendido, así habría visto esto mucho antes.
—Y entonces no habría podido tocarle. Por mucho que lo deseara.
Bajé por el vientre con la lengua. Le metí la punta en el ombligo y le arranqué una carcajada nerviosa. Cuando terminé con la camisa, fui a por el cinturón. Lo abrí sin prisa, desabroché el botón del vaquero, bajé la cremallera. Le metí la mano por encima del calzoncillo y le agarré la polla, ya bien dura, palpitando bajo el algodón.
Le bajé el vaquero y el bóxer hasta medio muslo. La polla saltó hacia adelante, apuntándome a la cara, recta y gruesa. Ni siquiera tuve que ayudarme con la mano.
—En mamadas tendrá que ponerme un diez.
—Vamos a por la matrícula, entonces.
Empecé por los testículos. Los lamí, los chupé despacio, fui subiendo por el tronco y le di pequeños besos a lo largo del glande. Mojé toda la zona con saliva y volví abajo. Cuando por fin me lo metí entero en la boca, lo escuché gemir muy bajo, conteniéndose. La mano se le fue a mi nuca por instinto. Le aparté los dedos con suavidad pero con firmeza. Hago las mamadas a mi ritmo. Pilló la indirecta enseguida y se conformó con acariciarme los hombros y el cuello.
Lo miraba a los ojos cada vez que me apartaba para coger aire. Quería que viera el morbo que le tenía. Le agarré las nalgas con las dos manos. Las tenía duras, casi de mármol. Le metí un dedo por la raja y se la separé despacio, rozándole el ano. Aquello lo terminó de descontrolar.
Se corrió en mi boca con un jadeo largo. No tragué. Subí hasta sus labios sin abrirla, y dejé que viniera a buscar él mismo lo que era suyo. El beso fue sucio, lascivo, con saliva y semen pasando de una boca a la otra. Yo todavía tenía la polla apretada contra los vaqueros, dura como el acero.
***
Me sacó el tubo de lubricante del bolsillo trasero. Levantó una ceja.
—¿Esto es tu móvil o es que te alegras de verme?
—Me alegro de tenerle así, profe. ¿Quiere hacerme el examen final?
—Tengo el culo deseándolo, Adrián.
Terminó de quitarse la ropa y se inclinó sobre la mesa, con el culo en pompa, justo encima de un montón de exámenes a medio corregir. Yo me senté otra vez en su silla para poder comérselo con calma. Estaba viendo, por fin, el culo que tantas veces había imaginado debajo de aquellos vaqueros. Le besé las nalgas, le clavé la lengua en el ano, lo lamí entero. Él se separaba solo, cada vez más entregado.
—Veo que ha aprobado el curso, profe. Parece que ha estudiado mucho.
Se le escapó una carcajada cortada por un gemido.
Le puse gel con dos dedos y lo dilaté con paciencia. Me embadurné la polla bien, me bajé los vaqueros hasta los tobillos y me coloqué detrás. Apoyé el glande en su ano y empujé despacio, dejándolo respirar. Cuando entré del todo, mis huevos chocaron con los suyos y los dos soltamos el mismo gemido.
Me moví sin prisa al principio, buscando el ritmo que más le gustaba. Él se agarraba al borde de la mesa con los nudillos blancos.
—Quiero verte la cara —dijo girando el cuello—. Quiero mirarte a esos ojos azules mientras me lo haces.
—Déjame hacer sitio.
Empujé los exámenes a un lado sin pararme a pensar si se caían. Por centímetros no terminaron en el suelo. Él se tumbó boca arriba con el culo justo en el borde de la mesa. Le levanté las piernas, se las apoyé contra mi pecho, y le entré de nuevo, esta vez mirándole a la cara.
Le agarré la polla, que volvía a estar dura, despacio pero cada vez más firme. Le acaricié los huevos, el vientre, los muslos. Tenía un pie justo al lado de mi cabeza, y giré un poco el cuello para pasarle la lengua por la planta. Aquello pareció encenderlo todavía más.
Justo entonces levanté la vista y la vi.
Una sombra en el cristal vertical de la puerta. Alguien estaba mirando. No podía distinguir quién, pero la silueta estaba quieta, sin tocar el picaporte, sin hacer ruido. Llevaba ahí un rato, seguro. Le había gustado el espectáculo lo suficiente como para no marcharse.
Sebastián no se había dado cuenta. Tenía los ojos clavados en mí, con esa expresión de quien está gozando sin complejos. No le dije nada. Salió mi vena exhibicionista y empujé más fuerte, sabiendo que alguien estaba al otro lado de la puerta tragándoselo todo.
—Fóllame, Adrián.
Me esmeré. Le di un buen espectáculo a quien fuera que estuviera mirando, y un orgasmo brutal a mi profesor favorito. Me corrí dentro, apretándole los muslos contra el pecho, mordiéndole un tobillo. Él se vino apenas un segundo después, sin que ninguno de los dos tuviera que tocarle.
***
Le bajé las piernas con cuidado y me incliné a darle un beso largo, sin prisa. Cuando me separé, le acerqué los labios a la oreja y le hablé muy bajito.
—Por cierto, profe. La mirona que ha estado disfrutando del examen también querría venir, supongo.
A punto estuvo de partirse el cuello de lo rápido que giró la cabeza hacia la puerta. La sombra ya no estaba.
—Tranquilo. Creo que le ha gustado. No dirá nada. Pero igual le apetece participar el próximo día.
Sebastián se rió, todavía agitado.
—¿Te vienes a mi casa el sábado? Pasaremos un buen día. Quiero follarte yo a ti.
—Sería un escándalo, profe. ¿Seducir a un exalumno? Imperdonable.
Le besé otra vez antes de salir. Cuando crucé el pasillo, todavía con su sabor en la boca, miré el aula vacía de la profesora de Lengua y vi una bolsa olvidada en una silla. Reconocí el color. Sonreí. Sospechaba quién había estado al otro lado del cristal. Y sospechaba también que iba a ser un sábado largo.