Mi primera vez con ella no fue como yo imaginaba
Mi historia empieza unos años después de casado, cuando mi mujer quedó embarazada y las noches dejaron de parecerse en nada a lo que habían sido al principio. No me malinterpreten: amaba a Lorena, y todavía la amo. Pero entre los antojos, los mareos y la barriga creciendo, el deseo se nos fue convirtiendo en una palabra que ya nadie pronunciaba en voz alta.
Empecé a quedarme hasta tarde frente a la pantalla. Primero eran videos. Después fueron perfiles. Después fueron mensajes que escribía y borraba diez veces antes de mandarlos. Cuando nació nuestra hija, la cosa empeoró: los trasnochos, los biberones, el cansancio acumulado en los hombros. Buscaba en los pliegues de internet algo que ni yo mismo sabía nombrar todavía.
La primera mujer con la que me cité era una chica joven de la otra punta de la ciudad. Le ofrecí dinero a cambio, porque en mi país las cosas funcionan así cuando uno tiene poco tiempo y mucha culpa. La recogí en moto un sábado al mediodía, después del trabajo, con un brazo todavía vendado por una caída tonta del día anterior. La llevé a un motel sobre la ruta vieja y aquella tarde, aunque me costó arrancar, terminé disfrutando. Después vinieron otras dos chicas, también lindas, también pagadas, también olvidables.
Y entonces apareció ella.
—¿En qué andás? —me escribió en el chat, después de que yo le pusiera un corazón a una de sus fotos.
Yo había abierto su perfil casi por accidente. Cuerpo de modelo. Shorts de jean. Piernas largas, atléticas, tatuadas desde el muslo hasta el tobillo. Pelo negro hasta los hombros. La piel un poco más oscura que la media, las facciones afiladas. Y en la descripción, tres palabras que me detuvieron en seco: «chica trans, activa».
Le respondí casi sin pensarlo. Me contestaba con frases cortas, secas, como si tuviera mejores cosas que hacer. Eso me gustó. No sé por qué, pero la indiferencia me gustó.
Estábamos en 2017, más o menos. Todavía no existía la inflación de plataformas que existe ahora, donde la mitad de las chicas que te interesan venden contenido y ninguna baja a verte. Si querías encontrarte con alguien, te tenías que encontrar con alguien de verdad. Y yo quería encontrarme con Renata.
—Sos activa, ¿no? —le escribí, casi sin aire.
—Eso dice mi perfil —me respondió—. ¿Tenés problema?
—No. Es justo lo que busco.
Y era verdad. No del todo, pero era verdad.
Cuando era chico, mi primo Ariel me bajaba el short cuando jugábamos a las escondidas debajo de la cama de mi abuela. Tendría diez años, él trece. Me apretaba contra el colchón y me hacía cosas que en su momento no entendí y que mucho después me costó volver a pensar. No fue traumático en el sentido en que la gente usa esa palabra. Fue algo confuso. Algo que durante años escondí incluso de mí mismo. Pero ahí estaba, debajo de todo lo que yo creía saber sobre mí.
Renata me propuso encontrarnos un jueves a las siete de la tarde en el puente peatonal que cruza la avenida principal. Yo pedí un taxi porque la moto seguía descompuesta. Cuando frené y la vi subir, se me trabó la respiración. Ya la había visto en fotos, pero las fotos no daban la idea de cuánto medía, ni de cómo le quedaban los jeans cortos, ni de la forma en que los tatuajes se le enroscaban en los muslos como una conversación que yo no podía leer.
—Hola —dijo, sin mirarme.
—Hola —respondí, igual de seco, tratando de no sonar nervioso.
***
El motel quedaba a diez cuadras. En el camino casi no hablamos. Ella miraba por la ventanilla. Yo miraba sus piernas y trataba de no mirarlas. El taxista no decía nada, como si supiera que mejor no.
Cuando entramos a la habitación pidió algo de tomar. Una coca, dijo. Bajé al kiosco del motel y volví con dos botellas, una para cada uno. Ella se había acostado boca arriba en la cama, completamente vestida, mirando el techo. La blusa corta le dejaba ver un abdomen marcado, y los pezones se le adivinaban bajo la tela. Pensé que serían las hormonas, que le habían cambiado el cuerpo de un modo que era imposible no notar.
—No te quedes ahí parado —me dijo.
Me senté en el borde de la cama. Le puse una mano en la rodilla. No reaccionó. Le subí la mano por el muslo. Ahí sí se movió: levantó la cadera apenas, como una invitación que no quería confesar del todo. Le saqué el short con cuidado. Debajo llevaba una bombacha negra ajustada, y bajo la bombacha, un bulto que no se podía esconder.
—¿Te asustás? —preguntó.
—No —dije, y era verdad.
Empecé a besarle las piernas. Los tatuajes le sabían a crema y a algo más, algo dulce que después entendí que era simplemente ella. Le besé el vientre. Le bajé la bombacha hasta los tobillos. Cuando le tomé el sexo con la mano, lo sentí caliente, denso, latiendo contra mi palma como si tuviera vida propia. Era extraño tener algo así entre los dedos, después de tantos años. Extraño y, al mismo tiempo, familiar de un modo que me asustó.
—Esperá —le dije.
Saqué un preservativo del bolsillo y lo desenrollé con cuidado. Ella se rió por primera vez en la noche, una risa corta y sin alegría.
—¿Vas a chupármela con forro?
—La primera vez sí.
—Como quieras.
Me lo metí en la boca. Sabía a látex, claro. Pero la sensación de tenerla ahí, de sentir cómo se endurecía aún más entre mis labios, era distinta a cualquier cosa que hubiera probado antes. Renata no decía nada. Después, sin avisar, me agarró del pelo y me tiró suavemente hacia arriba.
—Date vuelta —me dijo—. Quiero verte el culo.
Era callada, pero cuando hablaba lo hacía con una autoridad que no admitía discusión. Me di vuelta y apoyé la cara contra la almohada. Sentí sus dedos primero, fríos, mojados de saliva. Después sentí cómo se abría camino con paciencia, con un dedo, después con dos. Era molesto. Y, sin embargo, no quería que parara.
—Tranquilo —me dijo, casi en un susurro—. Respirá.
***
Yo había hecho algunas pruebas solo, con un juguete improvisado, en las pocas noches que tenía la casa para mí. Pensaba que estaba preparado. No lo estaba. Pero tampoco quería detenerla.
Renata se levantó de la cama y me pidió que le tocara el culo. Cuando lo hice no podía creer lo que tocaba: firme, redondo, lleno, perfecto. Era una contradicción andante: cuerpo de modelo, voz grave, un sexo entre las piernas, una mirada que me trataba como si fuera yo el que tenía algo que demostrar.
—¿No querés que yo te haga? —le pregunté, casi por inercia.
—No. Yo no soy de las que se dejan.
No insistí. Hay cosas que cuando una persona dice no, no se discuten. Y de algún modo, oír ese no me excitó más todavía.
Me untó de lubricante con la mano, despacio, como quien prepara una ofrenda. Me pidió que me pusiera en cuatro. Sentí el roce primero, una presión que parecía imposible de aceptar. Después un dolor breve, agudo. Después algo más raro: el cuerpo entendiendo que tenía que abrirse, que no había vuelta atrás.
Cuando entró del todo, me solté.
No supe que existía esa forma de placer. Era lento y duro al mismo tiempo, como si me empujara contra el colchón con el peso entero de su deseo. Pensé en mi mujer durmiendo en casa, con la bebé al lado. Pensé en mi primo, a los trece años, debajo de la cama. Pensé en todas las noches que me había quedado despierto frente a la pantalla, buscando una palabra que no sabía pronunciar.
Renata embestía sin pausa, callada, casi seria. Yo gemía contra la almohada y no entendía cuál de las dos cosas me daba más vergüenza: gemir, o que ella no gimiera.
Después de unos minutos largos, me agarró las caderas con fuerza y me apretó contra su pelvis. Sentí su respiración en mi espalda. Sentí también, por debajo del placer, una punzada distinta, un dolor más sordo que ya no me iba a abandonar esa noche.
Cuando se salió, yo seguía con la cara contra la almohada. Ella se levantó, fue al baño, volvió con papel higiénico. Se limpió. Me alcanzó un trozo.
—Limpiate —dijo.
Vi la mancha en el papel y se me cerró el pecho. No mucha. Lo suficiente para entender que algo se había desgarrado.
—Es normal —agregó, sin mirarme—. La primera vez pasa.
«La primera vez pasa». Esa frase, en su boca, sonaba a estadística. A experiencia repetida. Pensé en cuántos chicos habrían pasado por esa cama antes que yo. No me animé a preguntar.
***
Quise terminarlo de otro modo. Le pedí que se masturbara enfrente mío. Ella se acostó boca arriba, se tomó el sexo con la mano izquierda, cerró los ojos. Yo me arrimé y me arrodillé al costado de la cama. Cuando estaba por acabar, me agarró del pelo y me llevó la cara contra los labios. Sentí el líquido tibio en la boca y en el mentón. Me sorprendió no querer escupir. Me sorprendió, todavía más, querer sostener un segundo esa sensación.
Salí del motel a las once de la noche. La dejé en el mismo paradero. No nos despedimos con un beso. Ni siquiera con la mano alzada. Solo un gesto con la cabeza, como dos cómplices después de hacer algo prohibido.
Volví con ella dos veces más. Después salí con otras dos chicas trans, distintas a Renata, más conversadoras, más cálidas, pero ninguna con esa indiferencia que a mí me había desarmado tanto. Después probé con un hombre, un tipo más grande que yo, moreno, muy varonil, y entendí que en realidad no eran los cuerpos lo que me llamaba, sino el descubrirme. Lo que vino después de eso es otra historia, y la verdad es que la escribiré también si alguien me lee.
***
Hoy, casi diez años más tarde, miro de vez en cuando el perfil de Renata. Está irreconocible. Se puso senos, se infló los labios, se pintó el pelo de un rubio que no le sienta bien. Sigue siendo bella, pero se la ve plástica, helada, distante de la chica que entró aquella noche a un cuarto del motel con shorts de jean y la piel marcada por los tatuajes. No me genera nada. A veces lo natural es lo que más excita: la imperfección de una piel sin tocar, la respiración de alguien que todavía no sabe del todo qué es lo que quiere.
No tengo nada en contra de las chicas trans. Algunas son hermosas. Algunas, en la cama, son mejores que cualquier persona con la que me haya cruzado. Pero lo que sí entendí esa noche, mientras volvía en taxi a una casa donde mi mujer y mi hija dormían sin saber nada, es que las primeras veces no se cuentan por cuántas vienen después. Se cuentan por todo lo que dejan abierto dentro de uno.
Y la mía, esa, sigue abierta.