Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Llevábamos un año hablando y al vernos todo estalló

Hacía meses que no sabía nada de ti. Nueve, para ser exacto, porque los conté. Nueve meses sin un mensaje, sin una notificación con tu nombre, sin esa pequeña descarga que me recorría el pecho cada vez que aparecías en mi pantalla. Nueve meses en los que intenté convencerme de que aquello había sido solo un juego, una distracción entre dos personas que nunca llegarían a verse la cara.

Pero te imaginé. Cada noche, antes de dormir, te imaginé en todas las formas posibles. Sentada frente a mí, tumbada a mi lado, de rodillas, de pie, con la espalda contra una pared. Te puse rostros que no eran el tuyo, voces que no eran la tuya, manos que no eran las tuyas. Y ninguna imagen, ninguna fantasía, se acercó ni remotamente a lo que sentí cuando vi tu nombre en la bandeja de entrada aquella tarde de octubre.

«Hola. ¿Sigues ahí?»

Tres palabras. Tres palabras que demolieron nueve meses de silencio como si fueran papel mojado. Me quedé mirando la pantalla del teléfono durante un minuto entero, con el pulso en las sienes. Luego respondí algo torpe, algo que intentaba sonar casual y que probablemente sonó desesperado. No importaba. Tú también estabas nerviosa, lo noté en tus respuestas cortas, en los puntos suspensivos que dejabas al final de cada frase, como si quisieras decir más pero no te atrevieras.

En tres días recuperamos lo que habíamos perdido en nueve meses. Las conversaciones hasta las dos de la mañana, las confesiones a media voz, los silencios largos que no eran incómodos sino todo lo contrario. Y entonces dijiste algo que cambió todo.

«¿Y si nos vemos?»

Lo escribiste así, sin preámbulo, entre un comentario sobre tu día en el trabajo y una queja sobre el frío. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si no lleváramos un año construyendo algo que ninguno de los dos sabía definir, algo que existía solo en texto y en la imaginación.

Quedamos un viernes. Elegiste tú el sitio, una cafetería pequeña en una calle lateral del centro, de esas que tienen sofás gastados y luz cálida. Llegué veinte minutos antes porque no podía seguir dando vueltas por mi apartamento. Me senté en una mesa del fondo, pedí un café que no iba a poder beber y esperé.

Te vi antes de que me vieras. Entraste mirando el teléfono, con el pelo recogido en una coleta baja y una chaqueta de cuero que no me esperaba. Eras distinta a como te había imaginado y a la vez exactamente como te había imaginado. Más real. Más concreta. Con un lunar en el cuello que ninguna foto me había mostrado y una forma de mover las manos al hablar que me desarmó por completo.

—Adrián —dijiste, y sonreíste.

—Sofía —respondí, y la voz me salió ronca.

Nos sentamos uno frente al otro. Pediste un té que tampoco bebiste. Hablamos de todo y de nada, de los meses de silencio, de por qué desapareciste, de por qué volviste. Pero debajo de cada palabra había otra conversación, una que no necesitaba voz. Cada vez que te inclinabas hacia delante para decirme algo, el espacio entre nosotros se reducía un centímetro. Cada vez que me rozabas la mano al gesticular, el contacto duraba un segundo más que el anterior.

Quiero tocarte. Quiero saber si tu piel es tan suave como parece. Quiero saber a qué hueles de cerca.

No dije nada de eso. Pero tú lo leíste en mis ojos, porque siempre fuiste mejor que yo leyendo lo que no se dice.

—¿Quieres ir a otro sitio? —preguntaste, y no era una pregunta inocente.

Mi apartamento estaba a diez minutos andando. Los recorrimos en silencio, uno al lado del otro, con los hombros casi tocándose. El frío de la calle nos daba una excusa para caminar cerca, pero los dos sabíamos que no tenía nada que ver con el frío.

Subimos las escaleras. Abrí la puerta. Encendí la lámpara del salón, la pequeña, la que deja la habitación en penumbra. Tú te quedaste de pie junto a la estantería, mirando los lomos de los libros sin leerlos, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta.

—Estoy nerviosa —admitiste sin mirarme.

—Yo también.

Me acerqué despacio. No quería asustarte, no quería romper aquello que se había ido construyendo durante un año entero. Levanté la mano y la acerqué a tu cara, pero no te toqué. Dejé los dedos a un centímetro de tu mejilla, lo suficiente para sentir el calor de tu piel, y esperé.

Fuiste tú la que cerró la distancia. Giraste la cara hacia mi mano, y cuando mis dedos tocaron tu mejilla, cerraste los ojos. Tu piel estaba caliente. Noté el hueso de tu pómulo bajo las yemas, la textura suave del vello casi invisible, el pulso que te latía en la sien.

Bajé los dedos por tu mandíbula. Tú abriste los ojos y me miraste de una forma que no había visto nunca, ni en fotos ni en videollamadas. Una mirada que decía que llevabas meses esperando ese momento, igual que yo. Acercaste tu mano a mi boca y pasaste la punta de los dedos por mi labio inferior, despacio, como si estuvieras leyendo braille.

No pude evitarlo. Giré la cara y atrapé tus dedos con los labios. Besé las yemas, una a una, y luego abrí la boca y los introduje, primero solo las puntas, luego más adentro. Mi lengua recorrió cada pliegue, cada línea de tu piel, con una lentitud que era casi dolorosa. Te lamí los dedos como había fantaseado tantas noches que te lamería otras partes del cuerpo, y tus ojos se abrieron un poco más con cada movimiento.

Te oí tragar. Un sonido pequeño, casi imperceptible, que me atravesó como una corriente eléctrica.

Mis dedos bajaron por tu cuello. Encontraron el lunar que había visto antes y lo acaricié con el pulgar mientras seguía chupando tus dedos. Quería tocarte entera, quería recorrerte de arriba abajo, pero algo en tu mirada me decía que no era mi turno. Que necesitabas hacer esto a tu manera.

Retiraste los dedos de mi boca, húmedos, y los bajaste por mi pecho. Sentí el rastro mojado a través de la tela de la camiseta. Llegaste a mi cintura y me miraste, con una pregunta que no necesitaba palabras.

Me dejé caer en el sofá. Tú te arrodillaste entre mis piernas, sin prisa, y colocaste las manos sobre mis muslos. Podía sentir tu respiración a través del pantalón. Podía sentir cómo temblaban tus dedos, no de miedo sino de anticipación.

—Llevo mucho tiempo pensando en esto —murmuraste.

—Yo también —dije, y me salió como un susurro.

Tus manos subieron hasta mi cinturón. Lo desabrochaste con una calma que me desesperó. Luego el botón, luego la cremallera, cada gesto medido, cada segundo estirado al máximo. Cuando bajaste la tela lo suficiente para dejar mi piel al aire, te detuviste a mirar.

Mi erección ya era evidente. La observaste con una curiosidad que me resultó insoportablemente erótica, como si estuvieras memorizando cada detalle. Acercaste los dedos y me tocaste por encima, apenas un roce, lo suficiente para sentir el calor. Un gemido involuntario se me escapó de los labios.

Te dio confianza. Rodeaste mi polla con la mano y la moviste despacio, arriba y abajo, aprendiendo la forma, el grosor, la textura. La piel se deslizó bajo tus dedos y una gota apareció en la punta. La miraste fascinada. Pasaste el pulgar por ella y la extendiste, creando un hilo fino y transparente que estiró hasta romperse. Te llevaste el dedo a la boca y lo saboreaste sin dejar de mirarme.

Dios mío.

Quise tocarte. Quise meter las manos bajo tu ropa, sentir tus pechos, bajar entre tus piernas y descubrir si estabas tan mojada como yo imaginaba. Pero cuando moví la mano hacia ti, la apartaste con suavidad y negaste con la cabeza.

—Todavía no —dijiste, y tu voz sonó más grave de lo normal—. Ahora me toca a mí.

Te inclinaste hacia delante. Sentí tu aliento en mi piel un instante antes de sentir tu nariz, que recorrió mi longitud de abajo arriba como si estuvieras grabándote el olor. Abriste los labios y los apoyaste sobre la punta, sin presión, solo calor y humedad. Tu lengua asomó y trazó un círculo lento alrededor del borde, y los músculos de mi abdomen se contrajeron como si me hubieran dado un golpe.

Habíamos hablado de esto cientos de veces. En mensajes a las tres de la mañana, en audios que nos enviábamos con la respiración entrecortada, en fantasías que construimos juntos palabra por palabra. Pero nada de eso se parecía a la realidad de tu boca cerrándose alrededor de mí, lenta, húmeda, abrasadora.

Fuiste avanzando poco a poco. Cada movimiento más profundo que el anterior, cada succión más segura. Tu lengua encontraba los puntos exactos que me hacían temblar, como si mi cuerpo fuera un mapa que ya hubieras estudiado. Con una mano seguías acariciándome, y con la otra bajaste a mis testículos, apretando con suavidad, masajeando con los dedos.

Mis manos encontraron tu pelo. Solté la coleta sin pensar y tus mechones cayeron sobre tu cara y sobre mis muslos. Enredé los dedos en ellos, no para guiarte sino porque necesitaba agarrarme a algo.

Te separaste un momento. Me miraste desde abajo, con los labios hinchados y un hilo de saliva conectándote a mi piel, y esa imagen se me quedó grabada como si la hubiera fotografiado. Luego abriste los primeros botones de tu blusa y sacaste uno de tus pechos. Era más pequeño de lo que había imaginado y más bonito, con el pezón oscuro y erecto.

Tomaste mi polla con la mano y la guiaste hasta tu pecho. La deslizaste contra tu pezón, lubricada por tu saliva, y el contraste de texturas me arrancó un sonido que no reconocí como mío. Dejaste caer un hilo de saliva sobre la punta y la repartiste con movimientos circulares sobre tu piel, arriba, abajo, entre tus dedos, entre tus labios que volvían una y otra vez a recoger lo que se escapaba.

No podía más. Te lo dije, pero no estoy seguro de que formara palabras. Creo que solo dije tu nombre, o algo parecido a tu nombre. Tú apretaste la mano, aceleraste el ritmo y abriste la boca justo cuando el orgasmo me golpeó desde la base de la columna.

El semen salió con una fuerza que me sorprendió a mí mismo. Te salpicó el pecho, los dedos, la comisura de los labios. Tú no te apartaste. Seguiste moviéndote hasta que el último espasmo terminó, y luego, con una lentitud deliberada, empezaste a limpiar. Tu lengua recorrió cada centímetro, cada gota, cada rastro, y yo sentí cada pasada como una descarga eléctrica en terminaciones que creía agotadas.

Cuando terminaste, te sentaste sobre tus talones y me miraste. Tenías el pelo revuelto, la blusa abierta, los labios brillantes. Sonreíste con esa sonrisa que yo solo conocía por fotos y que en persona era cien veces más devastadora.

—Bueno —dijiste, y tu voz tenía un tono que era mitad ternura y mitad amenaza—. Ahora me toca a mí.

Te miré ahí abajo, despeinada, con los ojos oscuros y la respiración agitada, y supe que todo lo que había fantaseado durante un año no se acercaba ni remotamente a lo que estaba a punto de pasar.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario